#poetasenCercanías a punto de descarrilar

El pasado sábado día 20 de mayo, fieles a nuestra cita con la poesía, tenía lugar el recital del que fue penúltimo vagón del tren de esta temporada. Gracias al sol, la playa y la amplia oferta de actividades culturales de este fin de semana, debido a que se celebraba el Día Internacional de los Museos, unido todo ello a una confabulación de astros, hizo que esta sesión poética quedase más bien como una reunión de amigos para tomar una cerveza en The October Press, donde ya nos sentimos como en casa.

Con un excelente puñado de oyentes en el público y únicamente con dos de los habituales tres poetas, la mañana pasó de un modo distendido y ameno. Las voces que nos acompañaron fueron las de Juan de Dios García, llegado desde Cartagena, y la de Christian Nieto, desde Murcia.

Faltó la presencia de Álvaro Carbonell, poeta alicantino al que, debido a un imprevisto de última hora, le resultó imposible acudir a la cita; aunque sí pudimos disfrutar de su poesía a través de la voz del también poeta Ramón Bascuñana, quien leyó varios poemas del poemario de Álvaro Cómo escapar de la isla de Villings editado por Valparaiso. Christian Nieto nos sorprendió cuando decidió no leer nada de su libro Última bala, editado por La Fea Burguesía, y leyó toda una selección de poemas inéditos que traía en su smartphone. Juventud impone. Por su parte, Juan de Dios encandiló con su voz y su expresividad. Recitó un par de poemas de Ártico (Germanía), varios de su último libro Un fotógrafo ciego (Balduque) y, para finalizar y por petición del público, el poema con el que colabora en el especial LIFT OFF dedicado a David Bowie de la revista La Galla Ciencia.

Como ya viene siendo habitual, tras la media hora escasa que duró el recital, mantuvimos una amena y constructiva charla y compartimos unas cervezas. Aprovechamos el momento para adelantar la noticia de que, seguramente, esta sería la última sesión de esta vía 2 que tendría lugar en nuestro querido The October Press. No pudimos anticipar más, pero es más que probable que el último vagón salga de la ciudad, fiel a su espíritu de dar cuenta de la realidad de la creación en territorio contestano.

La máquina se para (E. M. Forster)

forsterUn día, de repente, internet deja de funcionar: ya no recibimos noticias a través de Twitter, debemos visitar a las personas a las que queremos comunicarles algo porque ya no hay Whatsapp, y esta reseña solamente puede leerse en papel, y no en un “estado” de Facebook. Imaginemos que nuestra vida, controlada y condicionada por “la nube”, vuelve a un adánico e irreversible mundo analógico. Un ejercicio de imaginación parecido ya lo realizó, hace más de 100 años, el británico Edward Morgan Forster, uno de los de Bloomsbury. Sin embargo, es probable que la existencia de algo parecido a internet solo existiera en la imaginación de algunos científicos bien informados, aunque la literatura ya había comenzado a anticiparse y ahí tenemos las obras de Wells u otros.

Forster publicó su relato La Máquina se para en 1909. En ese momento, quizá solo unos pocos clarividentes podían comenzar a intuir la proximidad de una hecatombe equiparable a la que esta novelita imaginaba. Lo que seguro que no se les pasaba por la cabeza es que un siglo más tarde esa misma sociedad vivirá de una manera asombrosamente similar a la que plantea en el relato. Este texto ha sido alabado entre los aficionados anglosajones al género de la ciencia ficción como uno de los mejor “relatos de anticipación” del siglo XX. Desde hace un año tenemos la oportunidad de leerlo en español, en la traducción de Javier Rodríguez Hidalgo, editado por el inquieto sello de raíz alicantina Ediciones El Salmón.

La distopía que plantea, se aproxima a otras más conocidas, como A brave new world de Huxley, 1984 de Orwell, Anthem de Ayn Rand o Fahrenheit 451 de Bradbury. A diferencia de aquellas, The Machine Stops de Forster presenta una sociedad homogeneizada no por una suerte de directorio de sabios que deciden lo que conviene o no a la sociedad, sino por una misteriosa Máquina que mueve los hilos de todos los habitantes de una tierra subterránea, cuya superficie es presentada como hostil para el ser humano y, por tanto, prohibida. En ese mundo seguro y pacífico, la única ocupación de las personas es producir ingentes cantidades de información que, a su vez, sirve de fuente para generar más y más información, cada vez más alejada de la primera mano. ¿Suena familiar?

Sin embargo, en ese mundo idílico aparece la nota discordante en la figura del hijo de la protagonista, que sospecha que algo no funciona como debería, que se les está ocultando algo. Es en este momento cuando el relato, en mi opinión, flaquea como tal, quedando en poco más que un germen de novela ya que en unas pocas páginas aparecen tramas y personajes que carecen del desarrollo al que nos tiene acostumbrado el autor en sus otras obras mayores.

Los personaje de Forster son habitualmente de una desquiciada complejidad psicológica. Los diálogos entre ellos nos permiten conocerlos casi mejor que a nosotros mismos. Esto no sucede en La Máquina se para. Aquí todo es frialdad, aunque creo que esta es debida a los corsés que La Máquina impone a sus súbditos. Nos obstante, el personaje del hijo parece querer escapar de esa gelidez, aunque en realidad, en las páginas de esta historia, no lo hace. En algún momento nos hace pensar que se va a convertir en actor del cambio que se avecina, pero pronto nos damos cuenta de que, inexplicablemente, ha vuelto a su papel de espectador.

Como conclusión, desde mi punto de vista, La Máquina se para es un relato de anticipación excelente, cercano a la profecía en cuanto al mundo mecanicista que muestra. Una lectura e la que podemos disfrutar gracias a Ediciones El Salmón. Sin embargo, desde un punto de vista estrictamente literario, el relato puede llegar a defraudar a los lectores habituados a que las elipsis propias del género se justifiquen a sí mismas, pero no a que nos dejen con la sensación de que la historia podría haberse desarrollado más. Desconozco las circunstancias de su escritura, pero creo que Forster perdió la oportunidad de ser recordado sin ninguna duda entre los autores de un género interesantísimo que en aquellos años comenzaba a dar sus primeros frutos maduros. Por fortuna, gracias a sus muchas otras obras, ya ocupa su merecido lugar en la historia.

 La máquina se para
E. M. Forster (Ediciones El Salmón, 2016)
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Patología o simple queja (puertadeHerakles #12)

El 12 de mayo asistimos puntuales a nuestra cita quincenal en Ravi Café. Aunque echamos de menos a algunos habituales en las sesiones del Puerta de Herakles, cumplimos con nuestro propósito, que no era otro que hablar de la lectura que nos había ocupado los últimos días: El lamento (o mal, según el gusto del traductorde Portnoy de Philip Roth. Antes de entrar en materia comentamos que las novelas propuestas a lo largo de este año parecen comunicarse entre ellas —no en vano se configuró una lista en octubre que hemos conseguido conservar casi intacta—. En este caso, se da al menos una similitud innegable: la del monólogo de Portnoy con aquel Zeno de Svevo.

Con la lectura caliente, puesto que algunos de los participantes recorrieron las últimas páginas justo antes de entrar al café, hablamos de lo sorprendente del final y, en general, del tono de la novela si se pone en contexto: si no escandalizó, al menos debió causar impacto. Sobre la mesa se destacan factores como la falta de pudor. De hecho, a lo largo de la narración se cambia de interlocutor con frecuencia: Portnoy habla a un doctor, a sí mismo o a su propia polla (con aparente voluntad propia), de un modo tan latente que el protagonista, propone Manuel, no es tanto Alexander como ésta.

Por supuesto, no nos pasa desapercibida la destreza de Roth al perfilar personajes con lo que se nos antojan, a primera vista, unas pocas pinceladas. Se ponen como ejemplos Mona, que es la antítesis —intelectual y social— de Alex en tanto en cuanto ella desea una vida acomodada y «normal», mientras él trata como puede de alejarse de los parámetros que se le imponen en su casa, su religión o su país; y de su madre. En este caso, Raúl expone que ella ejerce un rol de dominación sobre su hijo, por muchos detalles que aparecen sobre todo en la primera mitad de la novela. Yo apunto que el discurso es subjetivo y como tal, debería valorarse la posibilidad de que el retrato de este personaje esté manipulado por Portnoy para justificar las obsesiones que arrastra a la vida adulta, como ya sucedió con la mencionada novela de Svevo.

Sara dirigió el puntero hacia la figura del autor para señalar que, tal y como era de esperar, en El mal de Portnoy aparecen los pilares temáticos que se reflejan en gran parte de la bibliografía de Roth: el judaísmo y el sexo. Discutimos también acerca de la traducción del título, puesto que Portnoy’s Complaint ha sido trasladado al castellano, como señalábamos al principio, como El lamento de Portnoy o como El mal de Portnoy, sutil diferencia que, como bien indicó Ramón, puede condicionar el enfoque preliminar del lector a la hora de abordar la novela.

Queda pendiente para todo el grupo la versión cinematográfica, que data de 1972, aunque hay algunas reticencias a verla, dada la estructura narrativa, que roza lo caótico y salta de un recuerdo a otro sin un argumento definido. La propuesta, eso sí, queda lanzada.

El soldado asimétrico (Antonio Manuel)

soldadoEn una de las muchas ferias que se organizan con motivo del día del libro, me encontré hace unas semanas con un pequeño ejemplar que, nada más ver su título, llamó mi atención. Ese libro era  El sacrificio como acto poético, de Angélica Liddell. El motivo de esa llamada inmediata se debió a que acababa de terminar de leer El soldado asimétrico, de Antonio Manuel (Berenice, 2017) y el título de aquel libro podría ser la definición perfecta de esta novela. La historia se presenta como la relación amorosa que surge entre dos hombres: un soldado sin nombre ni pie izquierdo y el hombre que debe asesinar al general Francisco Franco en la final de fútbol de la Copa de las Naciones en 1964.

 Y no hay más verdad que la que uno quiere creerse por mentira que sea.

Después de leer la sinopsis del libro y adentrarse en las primeras páginas, el lector observará que poco o nada tiene que ver con lo que esperaba encontrar. Sería muy fácil pensar en el sexo homosexual o el amor furtivo entre dos hombres en tiempo de guerra, y la  morbosidad  lectora podría estar acechando detrás, para ver cómo termina esa «relación de dos». Pero el autor narra una  historia que va mucho más allá, siendo la relación carnal entre soldados lo menos importante.  Antonio Manuel plasma perfectamente la hipocresía del ser humano, la doble moral, las mentiras, el odio y el egoísmo que convierte al hombre en lo más inhumano y de mayor bajeza en la Tierra; todo esto desde el prisma y la percepción poética. Porque este es el pilar central en torno al que gira todo lo demás en la novela: la poesía.

También soy ateo. Y, sin embargo, creo en las vírgenes de escayola. En alguna parte tendré que depositar la basura que me sobra.

 El autor no se anda con ambages y relata la historia con un lenguaje duro y directo, utilizando frases cortas, muy cortas, sin apenas descripciones de lo que rodea al soldado sin nombre. A veces no son más que un par de palabras que dan la contundencia necesaria para conseguir plasmar esa crueldad alrededor de la cual se mueve el personaje. En otras ocasiones, sin embargo, la narración pasa a todo lo opuesto. Las descripciones se hacen detalladas: sensaciones, olores y el aspecto visual cobran gran relevancia para que el lector comparta mejor los momentos agradables, los conmovedores encuentros en los que a lo único que se aferran los personajes es a los sentimientos.

 Los capítulos son cortos, narrados en pasado en primera persona, pues el personaje está recordando todo lo que ha sucedido a lo largo de su vida. Inevitable acordarse de La conciencia de Zeno, de Svevo, pues igualmente asistimos al relato, de su propia boca, de la vida de un octogenario. El libro se lee de forma amena, lo que lleva al lector a continuar leyendo para averiguar el desenlace de la trama. Cierto es que llega un punto en la obra en el que la historia se hace un poco pesada, quizá por la cantidad de líneas abiertas o quizá debido a los saltos temporales en el relato que facilitan información al lector que, en ese momento, no sabrá cómo interpretar. En algún pasaje la historia se hace poco creíble, por lo enrevesado de la misma, y parecen existir demasiadas casualidades. Pero ya lo dice el personaje sin nombre: el ser humano es sus actos y sus pensamientos. Quizá exista la casualidad, o más bien sea cuestión de causalidad. Por pensar demasiado (y mal) en esos actos, podemos actuar tarde o no actuar. Después siempre estará la conciencia para recordárnoslo toda la vida, de ahí que, para aplacar un poco su mala conciencia, renuncie al amor de su vida a cambio de conservar la dignidad de un poeta, pues él hace tiempo que perdió la suya. Si algo caracteriza a este soldado sin nombre ni pie, es su vida, o más bien si “no vida”. Y ya se sabe que nuestra vida es la que es, una única verdad que no podemos cambiar; con lo que no debemos ser hipócritas con nosotros mismos. El personaje lo es, y esto le ha atormentado desde siempre. Nunca hizo lo que realmente quería, ya fuese deseo de su mente o de su corazón. Debe poner remedio a esto.

Aún más insoportable que la ignorancia es el exceso de conocimiento.

 El hombre es un animal de costumbres, o manías, y una de las mías es no dejar nunca un libro sin terminar, aunque me cueste seguir leyendo palabras. Y en esta ocasión me alegro (mucho) de ser maniático, porque de no serlo no hubiera acabado la lectura de esta novela que en sus últimas 30 páginas, de las 144 que tiene en total, consigue hilar a la perfección todo cuanto pudiera quedar pendiente de cerrar y no deja lugar a ninguna laguna o posible “error de guión”. Es en este momento cuando el lector se da cuenta de que todo lo anterior es necesario, incluso ese pequeño lapso más pesado de leer. Esto demuestra que no debemos juzgar un libro sin haberlo leído entero. Estamos ante una historia preciosa y horrible, de verdades y mentiras, de amor y odio, de complicidad y venganza; pero principalmente de amor llevado al límite a través de la poesía. Una lectura que no deja indiferente e invita a la reflexión.

 El soldado asimétrico
Antonio Manuel (Berenice, 2017)
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Apuntes sobre Caídas (Teresa Soto)

Si cada libro tiene su momento, no había mejor regalo en el último mes que el que Alba Ceres puso en mis manos: un poemario cuadrado y florecido. Caídas es el cuarto título que firma Teresa Soto, después de haber ganado el premio Adonais con Un poemario (Rialp, 2008) y de haber publicado también Erosión en Paisaje  y Nudos.

Formado por dos partes bien delimitadas, este último trabajo de la poeta asturiana es un recorrido por el duelo, explícito en cuanto al ajeno y mucho más comedido en lo propio. La que abre el libro, «El Dorado», hace referencia a un viaje real, en concreto a un punto geográfico existente (el parque californiano), si bien está plagado de la semántica del oro y su simbología, en ocasiones falsa, de esperanza y cambio: «voy a ti / para sanarte del oro / para cuidar la pérdida / abrazar tu exilio».

Esta intención de cuida atraviesa cada una de las páginas, tal vez con menos ternura en la segunda sección, que nomina el total. En ella aparecen la rabia, el gesto violento para demostrar que queda vida (y cómo acogerlo desde fuera, aprobarlo incluso), pero también el abandono de «la lucha de sí mismo hacia las alturas [que] es suficiente para llenar el corazón del hombre» de la que habla Camus en El mito de Sísifo, la rendición ante lo innegable y el posterior descanso:

Y entonces empujar
la gran piedra ladera abajo.
Que caiga.
Un golpe seco,
no fácil,
que duele en las manos.
Luego, el cuerpo aliviado,
arrojado hacia atrás:
la misma fuerza del empuje,
inyectada de vuelta:
fuerza contra fuerza.

A pesar de esta intención de cuidar al (más) doliente, de tratar de dar respuestas a quien pena, los poemas con los que Soto compone este libro son en muchas ocasiones preguntas, llamadas al ausente («Hace falta saber / que no habrá más pérdidas. / Que no me faltarás / nunca. / ¿Qué paraíso me invento / para retenerte siempre?»); de posicionamiento, en definitiva, en el duelo propio.

Lleno de heridas, de dolores, de huecos que rellenar con algo que no sea falta, están estas caídas. Pero también de rodillas obstinadas que empujan el cuerpo hacia arriba de nuevo, de asumir el hueco y habitarlo (y habitar hermosamente al otro) como refugio. Y si en versos en apariencia sencillos condensa Soto el duelo, hace lo propio con lo más simple y obvio, lo que nunca llegamos a decir en voz alta: «Agradecida / celebro / que aún hay / vida».

Caídas
Teresa Soto (incorpore, 2016)
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El ruido del tiempo (Julian Barnes)

Creo que sus fans lo estábamos esperando desde hace años, más o menos secretamente: un libro de Julian Barnes sobre Dmitri Schostakovich. Ya en La mesa limón (2004) había ensayado un modelo en miniatura de esta última novela, un cuento breve llamado «El silencio» donde parecía intentar restañar, dándole voz, la desolada vejez de otro músico fundamental del siglo xx, el finlandés Jean Sibelius. Barnes empleaba allí la misma rutina narrativa con la que se acerca a Schostakovich en El ruido del tiempo, consistente en inmiscuirse en la intimidad más bien trivial del genio, y desde ahí ahondar en sus miedos y manías, reconstruyendo una memoria personal tan poco indulgente como la escritura que la ilumina. Mordaz, solo en ocasiones amablemente irónico, el narrador convierte la compasión en una responsabilidad del lector que este siempre termina cumpliendo, en parte por la culpa derivada del impúdico escrutinio en que se ha visto arrastrado a participar, en parte por la tragedia que circula bajo la contenida exposición de los hechos. La impresión final era la de que allí había mucho material literario por desarrollar —lo cual, es cierto, es una de las virtudes del cuento—, de modo que parecía solo cuestión de tiempo que el británico terminara cantando la tristísima vida del compositor ruso.

El resultado de este trabajo, acometido en lo que los críticos han querido acotar como «la plenitud» del autor, es una fabulación sobria y realista, asentada con solidez sobre las biografías del músico y la labor de documentación del propio Barnes. Un desarrollo discursivo trabajosamente lineal, veteado por continuos regresos al pasado e inquietas digresiones sobre el presente narrativo, queda contenido en una estructura general bien sencilla: tras un breve introito en cursiva, la novela se divide en tres partes mayores que recorren tres periodos de la vida de Schostakovich. Los dos primeros, separados entre sí por doce años, se desarrollan bajo el mandato de Stalin, y el tema dominante es el de la tortuosa relación del compositor con el poder (el Poder, como aparece siempre en el texto), irrevocablemente conflictiva desde que su Lady Macbeth fuera condenada por el Partido en 1936. En este sentido, la obra es una vívida crónica del utilitarismo torpe e implacable que el régimen hizo del arte y, en particular, de la música, para la que el caso de Schostakóvich resulta paradigmático. Reacio a colaborar pero forzado a hacerlo, el músico vive dividido entre el miedo, el deseo de rebeldía —y los tímidos intentos de manifestarla— y el auto-desprecio por lo que él mismo lee como una larga y degradante sucesión de cobardías. Muy poco cambia la situación en la tercera parte, separada por otros doce años de la segunda, que se sitúa  bajo el gobierno de Kruschev, cuando el Poder, según las palabras de Ajmátova que Barnes recuerda, «se volvió vegetariano».

Penosa y fracturada es la imagen que un narrador omnisciente ofrece de su vida, normalmente a través del filtro del propio Schostakovich. Todo está teñido de su inconsolable pesimismo: el entramado cultural soviético, la idiosincrasia rusa —al margen de la política—, sus relaciones amorosas, los juicios sobre su producción musical, sus pequeñas envidias y vergüenzas. Como sucedía en «El silencio», la posibilidad de la música como bálsamo o vía de fuga queda anulada por su carácter problemático. Si el drama, en el cuento sobre Sibelius, era que no se sentía capaz de continuar escribiendo, en Schostakovich es que no le está permitido, con el añadido de que el narrador, aunque hace de la música un tema recurrente, la excluye de, digámoslo así, el nivel profundo de la escritura. Solo cuando hacia el final se mencionan los cuartetos de cuerda parece que los lectores intuimos ese vínculo entre vida y música que esperábamos cuando esperábamos este libro, y solo en el brevísimo cierre, que retoma y termina el episodio de la introducción, la música aparece como protagonista central, e insinúa, quizá bordeando lo cursi, una vía de redención o, cuanto menos, de consuelo para el ruso.

Tal vez la «plenitud» de Julian Barnes no se manifiesta aquí con el brillo de otras obras como, por ejemplo, Nada que temer, pero en cualquier caso El ruido del tiempo está escrito con la firmeza de un maestro, y logra bosquejar con lucidez fragmentos de la Historia y la condición humana sin resultar ampuloso o pretencioso. Tanto si el lector lo abre atraído por Barnes como si lo hace por fidelidad a Schostakovich, dudo que se sienta defraudado.

(Julian Barnes, The noise of time, London, Vintage, 2016)

#poetasenCercanias con amago de invierno (vía 2 – vagón 10)

Ya vamos encarando el final de la presente temporada. El pasado sábado nos reunimos en The October Press para el vagón número 10 del ciclo #poetasenCercanías de este año. Como ha sido la tónica habitual, el tiempo fue desapacible en la calle, pero los tres poetas convocados estuvieron muy bien acompañados por un público cálido y atento.

En esta ocasión, viajaban en el vagón Cristina Llorens, como anfitriona, de Alicante; Arturo Tendero, que vino desde Albacete, y el canario, afincado en Valencia, Jorge Ortiz Robla.

Contamos decíamos, el papel de afitriona recayó sobre Cristina Llorens, buena amiga de la casa, autora de una obra breve pero intensa. Nos ofreció una lectura de varios poemas inéditos, así como de algunos previamente publicados en revistas como la extinta Ex Libris, que en sus últimas temporadas publicaba el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert. Cristina introdujo brevemente la lectura de cada uno de sus poemas, en los que latía cierto poso de pesimismo.

Siguiendo con la ronda de turnos, el siguiente en leer sus poemas fue Arturo Tendero. Los poemas de este autor, con una extensa obra publicada, hicieron mención a la familia, a la vida cotidiana y a las cosas más sencillas de la vida, a las que él presta atención y que nutren sus textos. Nos confesó que habitualmente escribe sus poemas en papeles sueltos, que deja reposar hasta que los considera maduros, y, a modo de bis, nos regaló la lectura de dos poemas, escritos hace años, y con los que se había reencontrado hacía solo unos días.

En tercer lugar intervino el canario, valenciano de adopción, Jorge Ortiz Robla, que se encontraba en tránsito hacia la librería La Montaña Mágica de Cartagena para presentar esa misma tarde su último libro de poesía, Presbicia. Jorge recitó poemas extraídos de varios de sus libros publicados. Al final, de propina, hizo una lectura de algunos poemas todavía inéditos.

El público de esta sesión asistió, como siempre, muy atento a la voz de los tres poetas. Al finalizar, siguiendo nuestra costumbre, hubo fotos, vermut y tertulia, la cual se prolongó en petit comité durante la sobremesa.

Eichmann en Jerusalén (Hannah Arendt)

EichmannLa «banalidad del mal» es lo que lleva a hombres corrientes, ordinarios, a cometer atrocidades sin que asome un solo atisbo de culpabilidad en sus conciencias. Así lo plantea Hannah Arendt, así se entiende en el contexto de estas páginas y así ha pasado el concepto a formar parte del lenguaje común. Adolf Eichmann es, tal vez, el ejemplo más paradigmático de lo que representa el membrete: una pieza del engranaje burocrático del Tercer Reich sobre cuyas motivaciones reflexiona la autora del libro. Para ello se ayuda de las palabras que Eichmann pronunció o escribió en los días en los que tuvo lugar su juicio, al cual, Arendt, asistió y no asistió. La explicación es necesaria: asistió, pero sólo en parte, hecho que ha servido tanto para argumentar que el libro está escrito con conocimiento de causa como para todo lo contrario. Paradojas de la crítica: nada que no sepamos ya. Sin embargo, aunque quizá lo más interesante sea el retrato del funcionario de Estado que, casi de casualidad, se convierte en responsable de un número escandalosamente alto de deportaciones y muertes, también atractivo resulta el análisis desde un punto de vita estrictamente jurídico del proceso que terminó condenando a muerte a Eichmann.

Hannah Arendt intentó desprenderse del maniqueísmo en el que se suele caer cada vez que se habla del nazismo. Al pasar la última página del libro se tiene la firme impresión de que lo que se ha leído es un escrito en defensa de un hombre, algo difícil de conseguir dadas las circunstancias, incluso hoy. Lo fácil y esperable es trazar el retrato de un psicópata o un sádico. Lo fácil es decir por enésima vez lo malos que fueron los nazis y justificar que Israel tenía el derecho moral de secuestrar a un hombre, sentarlo en un banquillo, impedir que estuvieran allí determinados testigos de la defensa y acabar con su vida dos años después. A fin de cuentas, ¿quién era Eichmann? La encarnación de mal: un chivo expiatorio, no para tranquilizar conciencias, sino porque representa metonímicamente a todos los que llevaron a cabo las monstruosidades que la historia, los periodistas y los historiadores ya se han encargado de mostrarnos ad nauseam. La realidad, como siempre, es mucho más compleja, aunque parezca irónico y cruel pretender rasgarse las vestiduras ante las injusticias cometidas, a posteriori, contra los vencidos.

Quizá lo único que pretendió Arendt aquí fue realizar un análisis lo más objetivo posible. A lo mejor no tan objetivo cuando se trata de retratar a Adolf Eichmann (son comunes los adjetivos fuera de lugar y hay un intento de hacerlo pasar por un hombre idiota), pero sí desde luego en lo que se refiere al papel que jugó Israel. Para Hannah Arendt, no había justificación posible para su secuestro, ilegal a todas luces; además, el juicio, lleno de irregularidades, pasó por momentos de puro espectáculo y con intervenciones por parte de los testigos del fiscal dignas de reality show barato. Sí, se cometieron atrocidades, muchas, pero eso no justifica que la sala donde se juzga a un hombre para condenarlo a muerte se tenga que convertir en el lugar donde exponer dramáticamente los episodios más escatológicos del holocausto. Y, por si fuera poco, una vez dictada sentencia y recurrida sin éxito, se tarda menos de veinticuatro horas en ejecutarla, no vaya a ser que a alguiens e le ocurra cursar nada por la vía legar e impedir el triunfo de la justicia poética para vergüenza y escarnio de Israel. Vergüenza porque si secuestramos a un hombre y después de un juicio tan parcial tenemos que dejarlo libre nos convertiríamos en auténticos bufones, así que la poética fue quizá el único tipo de justicia que hubo en todo el proceso.

Parte de los argumentos que Eichmann esgrimió en su defensa es lo que justifica esta visión completamente ordinaria del hombre convertido en monstruo: se defiende alegando que él cumplía órdenes y estaba cumpliendo la ley vigente en la Alemania nazi. Y ahí está lo fascinante y atroz. Era cierto. El Tercer Reich debió tener un sistema de propaganda organizado, tanto en el terreno lingüístico como en el estrictamente superficial. Ese sistema de propaganda cuyo objetivo era limpiar las conciencias. Y ello explicaría por qué ni Adolf Eichmann ni casi ningún otro se plantease que lo que hacían no estaba bien, que había otras opciones o que podían negarse a cumplir órdenes. También explicaría cómo es posible que alguien que no es antisemita (¡y que de hecho afirmó admirar y respetar profundamente a ciertos judíos!) ordene deportar a tantísimos aún sabiendo lo que significaba «deportar».

Bien. Si esto es así, los culpables siguen siendo todos (otra de las líneas que trata el libro son los países que no colaboraron con el régimen nazi, como un rayo de esperanza, pese a que fueron una minoría), sin embargo, los culpables a los que tendríamos derecho a castigar son muchísimos menos. No obstante, Arendt pone de manifiesto lo oportuno de que algunos con mucha más responsabilidad de la que tuvo Eichmann estuvieran en aquel momento ocupando puestos como funcionarios del Estado mientras él estaba a punto de pasar por el cadalso. Algo imprescindible si queremos comprender la historia de nuestro turbulento siglo XX.

Eichmann en Jerusalén
Hannah Arendt (Lumen, 2012)
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Prosas reunidas (Wisława Szymborska)

SzymborskaA día de hoy casi siente uno pudor de admitir que le gusta y admira la poesía de la polaca Szymborska, de tan extendida como está esta opinión en nuestro país. Sin embargo, no puedo más que repetirlo: me gusta esta mujer. Me cae bien; incluso en las fotos que conozco de ella me resulta simpática. El libro que hoy nos ocupa no ha hecho más que acrecentar esta opinión.

En esta ocasión no se trata de poesía. En Prosas reunidas, se recogen cientos de artículos publicados a lo largo de unos 40 años y previamente agrupados en tres colecciones: Lecturas no obligatorias, Otras lecturas no obligatorias y Más lecturas no obligatorias. En ellos, Szymborska comenta lecturas de lo más variopinto, desde novelas clásicas de todas las latitudes hasta catálogos de papel de pared (la autora se encarga de dejar claro en el prólogo que no debemos esperar reseñas al uso). Nada más heterogéneo que estas lecturas, de las que se sirve para hablarnos de sí misma, de sus pensamientos y de sus intereses, como una de las últimas seguidoras de la estela de Montaigne, de quien en varias ocasiones manifiesta su admiración.

Estoy leyendo porque desde pequeña me produce placer acumular saberes innecesarios. (p. 33)

Llegado el caso de tener que resumir este extenso volumen de casi 600 páginas en un solo lema, este sería el de «el placer de leer». En este sentido, no he podido evitar pensar en otra ilustre lectora, Helene Hanff, con la que Szymborska comparte el amor por los libros, si bien sus gustos son mucho menos restrictivos que los de la estadounidense.

El libro destila humor en cada página. Cuando reseña algún libro que contiene elementos narrativos, despliega el argumento de este con un estilo muy cercano a la oralidad, como quien le cuenta una anécdota a un amigo (vid. pp. 293-294). Eso no le impide criticar con dureza aquellos que no le gustan o con los que no está de acuerdo:

Y aún otro disgusto: la traducción del libro es horrorosa. La autora parece no darse cuenta en ningún momento de que la sintaxis polaca y la alemana son diferentes (p. 231).

Ahora que sale el tema, en todos y cada uno de los libros reseñados hace mención del traductor, cosa nada habitual.

Personajes históricos, libros de cocina, textos literarios, muchos libros sobre animales y plantas, catálogos. El volumen está poblado de libros de toda índole. Quisiera destacar una de las reseñas que aparecen cerca del principio, el titulado «Pasar página» (p. 55), que en realidad es una exquisita (aunque no esté yo de acuerdo con algunos aspectos de la traducción) felicitación de Año Nuevo, bajo el disfraz de una enumeración de todo lo que se puede uno encontrar en el reverso de las hojas de un calendario.

En conclusión, estas Prosas reunidas de Wislawa Szymborska deparan horas de muy entretenida lectura, durante las cuales no podemos sino pensar con agrado en esa mujer menuda, de sonrisa pícara y agradable, con cuya poesía ya habíamos disfrutado tanto. Una lectura muy recomendable de la mano de la editorial Malpaso.

Prosas reunidas
Wisława Szymborska (Malpaso, 2017)
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Convocatoria para participar en el número dos de Carne para el perro

SERIE Z: TU MADRE SE HA COMIDO A MI ANDROIDE. Con este título está claro lo que queremos: casquería, vísceras, sombreros voladores de los que el mismo Ed Wood se avergonzaría, pero que dentro de varias décadas, cuando no quedemos ni nosotros, se conviertan en obras de culto.

Pero, ojo, también tenemos hueco para el campeón del endecasílabo y sus elipsis de humo. Porque nos gusta lo mejor, pero también lo peor de lo peor. Queremos dejar momentáneamente a un lado la trascendencia y el compromiso para regodearnos en nuestras primeras experiencias fílmicas y morir, si es necesario, a 33 rpm.

En algún momento todos hemos copiado en una notita un poema de Bécquer haciéndolo pasar por nuestro para ligar con una compañera de clase. Así que ya sabéis: podéis revisar vuestros cuadernos de escritorzuelo acneico, los márgenes garabateados de los apuntes o, mejor, los papeles que pintarrajeáis mientras habláis por teléfono (o el papel en el que envuelves las pechugas de pollo: hay arte donde queráis verlo).

Queremos celebrar nuestra afición a la crema proponiendo una nueva modalidad de participación, así que atentos a las bases.

Serie Z

Podéis enviar vuestras colaboraciones inéditas: poemas, prosa de creación, ilustración (en cualquier técnica) y fotografía original (en blanco y negro). Podéis incluir también para este número cualquier creación audiovisual, que aparecerá en el fanzine con un código QR que redirija a la obra que alojaremos en la red bajo licencia creative commons.

Las condiciones para la valoración de las colaboraciones serán las siguientes:

  • El tema para este número será «Serie Z: Tu madre se ha comido a mi androide».
  • Los autores deberán ser originarios o residentes en territorios relacionados con la Contestania íbera: provincias de Alicante, Albacete, Murcia y Valencia.
  • Las colaboraciones deberán ser originales e inéditas.
  • Los poemas no excederán los 40 versos y los textos en prosa no superarán las 700 palabras. Para las obras musicales y audiovisuales no hay límite de duración o tamaño.
  • Las ilustraciones y fotografías deberán tener en cuenta que el fanzine se editará en reprografía en blanco y negro.
  • Todos los originales que se ajusten a las presentes condiciones serán valorados para su publicación en este número. Los que la asociación no considere adecuados para este número podrán quedar en nuestro poder para una posible publicación en números futuros, siempre con la autorización de su autor.
  • Los originales deberán enviarse por correo electrónico a la dirección fanzine@librosdecontestania.es.
  • El plazo de presentación de originales terminará el día 31 de mayo de 2017.

Os rogamos que tengáis en cuenta que no podremos mantener correspondencia sobre vuestras aportaciones, aparte del obligatorio acuse de recibo. En cualquier caso, informaremos tanto en caso de incluir vuestra propuesta en este número como en caso contrario.

Muchas gracias a todos los que estéis interesados en este proyecto. Os animamos a participar y que, entre todos, el perro no pase hambre.