Precoz (Ariana Harwicz)

precoz ariana harwiczLa editorial barcelonesa :Rata_ inauguraba su catálogo el pasado mes de noviembre. Entre sus primeros títulos el lector puede toparse con la tercera nouvelle de Ariana Harwicz. Precoz ya había sido publicada en 2015 por Mardulce, sello argentino como la autora. En esta obra, la autora se enreda en una trama con bases muy similares a las que caracterizan tanto Matame amor como La débil mental: la relación tortuosa entre una madre y su fruto.

En esta ocasión, Harwicz refleja el amor perturbador y posiblemente insano que se establece entre la narradora y su hijo adolescente, de quien depende en lo psicológico y casi en lo físico. También pueden verse, sin embargo, la enfermedad, la locura producida por un amor no correspondido, la sexualidad desbordada —incluso desesperada, cabría decir—, la decadencia social del entorno.

A pesar de la cantidad de información que contiene Precoz, lo destacable del texto, y con total seguridad lo destacable de la producción literaria de la escritora argentina es el uso de la palabra como cuchillo. Narrada sin asideros, su último libro es un torrente apenas controlado por los márgenes de sus 101 páginas. En una danza macabra bailan voces y tiempos distintos, como resplandores concretos en medio de un viaje psicotrópico. Contra la lírica hiriente, la oralidad; contra lo visceral, las más grandes muestras de amor.

No debe resultar este comentario demasiado extenso en relación a la obra de la que trata. Decía Iolanda Bataller, responsable de la editorial, que en :Rata_ «quieren libros escritos desde la necesidad. Libros escritos desde la rabia. Libros sin concesiones», y probablemente lo están consiguiendo. No queda, pues, mucho que añadir. Para muestra: Precoz.

Precoz
Ariana Harwicz (:Rata_, 2016)

Erratas encontradas: 2.

Tú no eres como las otras madres (Angelika Schrobsdorff)

Cuando una se enteró de que dos editoriales con un catálogo resplandeciente como son Periférica y Errata naturae estaban trabajando juntas en un mismo volumen, no pudo sino frotarse las manos y esperar con la impaciencia del niño que aguarda la Navidad. Tú no eres como las otras madres llegó a los estantes españoles en marzo de 2016, pocos meses antes del fallecimiento de su autora, Angelika Schrobsdorff, a los 88 años. Pero en estos tiempos en los que tanto se publica y tanto se vende para que apenas unas semanas más tarde los títulos se difuminen entre las listas hasta desaparecer por completo, tal vez haya que dar un pequeño margen de tiempo y ver, con algo de distancia, qué curva de repercusión dibuja cada libro.

Un año después de su publicación, las memorias de Schrobsdorff han pasado holgadamente de la décima edición. Veinticinco años después del momento de su escritura —y aún digo más, habiendo transcurrido casi un siglo desde los acontecimientos que narra—, es capaz todavía de remover conciencias. La escritora y actriz ofreció en Tú no eres como las otras madres un completo retrato de la suya, Else, enmarcado en el grueso del libro por los hechos más significativos del III Reich (si bien fueron limados del forzado dramatismo que en muchas ocasiones define a los textos de este tipo y tal vez por eso el efecto es más violento, si cabe). Y avalada por fragmentos e incluso cartas enteras de su familia y allegados, nos descubrió que fue una mujer, efectivamente, diferente a muchas otras. Crecida en el seno de una familia judía, Else Kirschner tuvo numerosos affaires, parió un hijo de cada uno de sus tres grandes amores y vivió cómoda y alocadamente más allá de los famosos veinte berlineses. Tanto fue así que, cuando comenzaron los problemas en el paraíso, su círculo de amistades no acababa de creerlo. La Else que su hija mejor recompuso a partir de los testimonios de quienes la conocieron tardó demasiado en darse cuenta de que la felicidad burguesa no es inmune a la estupidez humana, ni al poder en manos erradas, ni al despliegue bélico llegado el momento.

Tras el desfase, las fiestas, los romances y el ajetreado mundo cultural en su adorado Berlín, Else, caracterizada por ese temperamento arrebatado que la hacía irresistible, acabó siendo moldeada a base de dolor. Más por causa de sus dos hijas que por la suya, y con su primogénito en algún punto del mundo pero jamás concreto ni cercano, hubo de pasar los años más duros exiliada en Bulgaria, donde no acabarían tampoco de estar a salvo. Allí recibiría las peores noticias de su vida y a pesar de todo resistió, como tantos otros resistirían. Incluso se esforzó, en los últimos años, por hacer desaparecer el odio que había germinado en su garganta:

Infinitas veces me he imaginado el final de la guerra, el final de los nazis. Y, en efecto, ahora ha ocurrido lo que había soñado y ansiado con todas mis fuerzas. Y así como tú, me imaginaba cómo un día me vengaría, cómo me vengaría en todos aquellos que me ofendieron, me humillaron, me infligieron un mal tan terrible. Que me lo quitaron todo: hijo, madre, marido, patria (…). No obstante, quiero luchar contra el deseo de venganza y quiero dejar de odiar. Lo que quisiera es la paz y un poco de calma. Sólo suplico una cosa: dejar de tener miedo, no estar obligada a vivir en un país extranjero. Y, sobre todo, quisiera saber salvados a mis tres hijos, saberlos seguros, saberlos felices.

En un ejercicio de valentía y honestidad, pero sobre todo de justicia, la autora reconoció sobre el papel sus faltas: si Else repetía en numerosas misivas que no estaba siendo una buena madre y que no podía proteger a su prole de la barbarie, tampoco Angeli, testaruda y egoísta, muchas veces ignorante de las posibles consecuencias que sobre los demás tendrían sus actos, fue la mejor hija. Así lo escribió Elschen y así lo recogió, sin censura, Schrobsdorff.

Así lo publican dos de las mejores editoriales españolas en la actualidad y así, pues, debemos leerlo.

Tú no eres como las otras madres
Angelika Schrobsdorff (Periférica & Errata naturae, 2016)

Erratas encontradas: 2.

Muerde ese fruto (Aharon Quincoces)

QuincocesEl escritor Aharon Quincoces debutaba en la narrativa el pasado verano de la mano de Tolstoievski, una editorial contestana que apuesta por la honestidad, la transparencia y por encima de todo la literatura sin edulcorantes ni vaselina —entiéndanme, no hablo de amor, hablo del «cuanto más azúcar, más dulce» y de «esto es bueno pero lo que en realidad vende es lo otro» que construye pirámides de libros en las grandes superficies—. Muerde ese fruto, la segunda novela de esta colección, da crédito a estas palabras.

Casi acostumbrados ya a las historias de reencuentros de antiguos alumnos que parecen haberse puesto de moda, no extraña que el encargo que recibe el personaje principal (detonante, por cierto, del argumento) siga por esos derroteros. Andrés, periodista relegado al suplemento de fin de semana de un periódico, animal de costumbres hasta para las derrotas y recién abandonado por su novia, debe reencontrarse con su pandilla de la adolescencia y trazar una línea entre el entonces y el ahora, una especie de revival que inevitablemente ha de conllevar consecuencias nefastas. A su alrededor, un jefe ascendente, parroquianos de bar que comparten su rutina, una puta, algunos yonquis, y un puñado de novias fantasmas completan el elenco.

A medida que pasa las páginas, el lector puede suponer no sólo que la novela es una suerte de distopía, sino que además puede imaginar Ciudad envuelta por una estética ciberpunk en la que la publicidad proyectada en la fachada de los imponentes edificios contrasta con la realidad a ras de suelo. No en vano desfila por ella una nómina de personajes en cierto modo estrafalarios, dependientes en su mayoría del consumo de sustancias psicotrópicas o directamente farmacéuticas y suceden cosas como que un edificio se derrumbe a causa de una reunión clandestina de suicidas. No es el caso, sin embargo. Ciudad es «todas las ciudades en una sola. (…) [U]n desafío narrativo», explica el autor, y es indudablemente cierto. Las miserias no difieren tanto de las que puedan encontrarse en los barrios menos afortunados de Barcelona, Turín o Belfast, sino más bien al contrario. El deseo de aparentar, de vivir de acuerdo con unas exigencias sociales o sencillamente de sentir algo diferente al vacío arrastra al ser humano hasta las peores alcantarillas. Y para comprobar esto no hay que inventar un futuro desolador: hay que abrir las ventanas.

Los numerosos diálogos coloquiales, casi transcritos de la calle, entre los que se cuelan préstamos lingüísticos del inglés o el francés, encuentran su contrapunto en algunas reflexiones profundas y argumentadas con solidez sobre cuestiones como la frivolidad o la manipulación por parte de los medios informativos. La escalada de puestos laborales a base de enchufes o polvos y la hipocresía primermundista de las organizaciones que pretenden salvar (entre muchas comillas) a los habitantes de los países en eso que aquí llamamos «vías de desarrollo» cuentan también con su merecido espacio en Muerde ese fruto. Puede hablarse, pues, de un estilo equilibrado y de un argumento que, cuando llega de verdad a la carne, se desvanece como el humo de los coches en cualquier urbe.

Este sorprendente debut de Quincoces es, por muchos motivos, un atrevimiento por parte de autor y editor. Justo lo que esperábamos de Tolstoievski quienes supimos de su nacimiento a principios de 2016. Queda aguardar a ver si la siguiente novela de este autor, ya en marcha, resuelve algunas de las dudas existenciales que quedan en el aire tras la lectura de su primer título.

Muerde ese fruto
Aharon Quincoces (Tolstoievski, 2016)

Erratas encontradas: 11.

Oculto sendero (Elena Fortún)

Oculto sendero de Elena FortúnLa editorial Renacimiento comenzó a reeditar en 2015 la colección de libros juveniles que condujo a Encarnación Aragoneses de Urquijo a la fama bajo el pseudónimo de Elena Fortún. Celia, la niña que cautivó a todos los chiquillos españoles que sabían leer con sus limpias reflexiones, se cuestionaba las acciones y los principios de un mundo de adultos que no acababa de comprender. Protagonizó una serie en TVE con guión de Carmen Martín Gaite e incluso llegó a vivir la Guerra Civil española (Celia y la revolución, 1987), aunque esta aventura se publicase 35 años después de ser escrita. Pero Elena Fortún no escribió sólo para niños. La editorial sevillana recuperó a finales del pasado año una obra hasta el momento inédita que arroja luz sobre esta autora.

A cargo de la edición de Oculto sendero se encuentran Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga, quienes ya se encargaron en su momento de trabajar en la publicación de El camino es nuestro (Fundación Banco Santander, 2015), antología que recoge artículos y correspondencia entre Elena Fortún y la grafóloga Matilde Ras. Capdevila introduce la novela con un prólogo de unas sesenta páginas, jugoso y equilibrado, asequible para el lector medio pero coherentemente sustancial para quien esté algo más puesto tanto en Encarnación Aragoneses como en cuestiones de género (la investigadora es Catedrática asociada de estudios Hispánicos y Estudios de Género en la Universidad de Exer).

Entrados ya en materia, Oculto sendero muestra una narradora cándida como, eso es cierto, pudiera serlo Celia. María Luisa Arroyo, alter ego de la escritora, comienza su historia en la tierna infancia, esa edad en la que nacen todas las preguntas de verdad importantes y se desarrolla hasta su madurez. Por el camino, la inocencia de esta niña —que gusta de vestir trajes de marinerito y no de acunar muñecas o bordar flores— se ve manchada, sin embargo y sin remedio, por un sentimiento de culpa que la asfixiará durante décadas. ¿Por qué se casan las mujeres que la rodean? ¿Por qué admiten que la violencia del apetito masculino invada sus lechos sin quejarse? ¿Ha de hacerlo ella, que lo único que quiere es pintar y, si acaso, contemplar durante un instante los labios carnosos de una mujer que fuma? En efecto, la angustia se apodera de ella en tanto en cuanto lo hacen los «deberes de una mujer». Contrae un matrimonio que ha de liberarla pero queda muy lejos de hacerlo; sus amistades son censuradas por su marido, así como su talento para la pintura, y llega a consultar a un médico por su «dolencia».

María Luisa, como le ocurriera a Elena Fortún, encuentra a lo largo de su vida a muchas mujeres que intentan hacerla ver que poco hay de «desequilibrio de su naturaleza», pero necesita mucho tiempo, quizás demasiado, para que alguien rompa su silencio por ella. «¡Y tú callando! ¿Por qué y en nombre de qué? Perdiendo una vida que pudo ser fecunda para el arte, y haciendo de mujercita casera… ¡Me irritas! En el fondo de todo eso solo hay cobardía, falta de dignidad, rutina… miedo a la vida…».

Puede que el lector actual termine Oculto sendero y no acabe de entender a qué tanto escándalo por una novela que nunca llega a desprenderse del todo del carácter naif de la protagonista. Si esto sucede, deberá recordar que ya —y digo «ya» pero debería decir «ya casi»— no escandaliza precisamente gracias a mujeres como Encarna Aragoneses que, en palabras de Nuria Capdevila, «requirió tratar en su escritura inédita e íntima[:] nociones tradicionales y modernas sobre identidad sexual, haciendo patente la desgarradora contradicción de su propia escondida existencia de mujer en lucha». Extiéndase el justo agradecimiento a las editoras de este volumen, así como a Renacimiento.

Oculto sendero
Elena Fortún (Renacimiento, 2016)
Erratas encontradas: 0

Las chicas (Emma Cline)

Portada de Las chicas, de Emma ClineAnagrama, una de las pocas editoriales sobre cuyo catálogo no se suele discutir, al menos en su colección de Panorama de narrativas, lanzaba en septiembre y con mucho revuelo la traducción de la primera novela de Emma Cline. Esta jovencísima narradora tiene ya los derechos de traducción y publicación repartidos por medio mundo y casi asegurada la adaptación de su opera prima a la pantalla. Una publicidad así y el morboso argumento que recoge la sinopsis, inspirado libremente en Charles Manson y sus acólitas, son suficiente para desorbitar las ventas de Las chicas en los primeros meses desde su aparición en el mercado español.

Si bien es cierto que la traducción de Inga Pellisa es casi impecable, es discutible la opinión de la crítica que engalana fajas dispuestas a hacer el producto más atractivo: se dice que Cline consigue impresionar con una voz madura y ambiciosa. Sin embargo, la historia sobre adolescentes y sectas, sobre el complejo mundo adulto y la zanja invisible que separa generaciones; la historia, digo, sobre el morbo, el miedo, las drogas y el sexo se refleja entre sus páginas como ya la hemos leído tantas otras veces. La fascinación que siente Evie por Suzanne —que no por Russell, alter ego de Manson— es la de muchas otras adolescentes literarias por féminas misteriosas, oscuras y atractivas aún en su crueldad.

En el elenco de personajes que recorren de forma alterna la adolescencia y la asentada vida de la Evie adulta no falta nadie: está la madre desentendida que aprieta los ojos para verse la depresión en ellos; están el desconocido carismático y retorcido que mueve los hilos pero no se mancha las manos y la bella ejecutora, fría e inexpresiva. Aparecen también los chavales que han tenido todo y son tan rebeldes como para dejar la universidad para vender droga, las muchachas que experimentan con el sexo y las sustancias de cualquier tipo y tienen perfiles tan definidos como el de madre joven y dudosa o la eterna niña que sigue peinando sus coletas y alisando su falda con intenciones provocativas. Incluso la propia Evie cumple con sus roles en las dos edades desde las que se nos desgrana el argumento, siendo unas veces una cría que no tiene bastante con sus manidas amistades del colegio y busca alternativas para encontrarse a sí misma y otras una mujer insegura no tanto por su pasado como por su falta de estabilidad laboral y emocional.

El estilo de Cline se muestra casi limpio y tendente a embellecer lo pequeño o lo terrible, pero no resulta suficiente y, en cualquier caso, poco o nada aporta a la nómina de Bildungsroman. Si a esto se suma que la historia real en la que se basa la escritora californiana es casi insuperable por cualquier ficción, tal vez lo que debería hacernos reflexionar a estas alturas es, en realidad, qué medallas se dan a un libro para que alcance una de esas listas de «los más vendidos».

Las chicas
Emma Cline (Anagrama, 2016)
Erratas encontradas: 7.

Todos los crímenes se cometen por amor (Luisgé Martín)

luisgeLeyendo sobre lo último de Luisgé Martín, que ya nos ocupará llegado el momento, me viene a la cabeza con frecuencia el término «cuentista», aunque llegase a mí por vez primera —hace ya algunos años— gracias a un artículo que publicó El País en el que hablaba de la importancia de los editores para la literatura y para el mundo. Cuentista no como embustero. Cuentista porque suena a tradición, a autor de textos destinados a ser leídos como clásicos. Porque en algunas ocasiones me trae a la memoria los nombres de autores de los libros ilustrados con los que crecí y en otras los de los latinoamericanos que me empujaron a amar sin remedio los cuentos.

Algunos de los textos que recoge Todos los crímenes se cometen por amor ya habían sido editados con anterioridad, como el que da título al volumen, sin ir más lejos, que apareció en la revista Zut, dirigida por el también escritor Juan Bonilla y que enreda el enamoramiento de un escritor con una joven italiana a los hilos de la conspiración para asesinar a Kennedy o «Del ingenio de los caudillos y de su guardarropía», una particular versión del cuento de Andersen «El traje nuevo del Emperador» con tintes republicanos que fue publicado en 2006 dentro de Rojo, amarillo, morado (Martínez Roca).

Hay mucha, muchísima metaliteratura en los diez relatos que forman el cuerpo de este libro publicado en la Colección Púrpura de la editorial Salto de Página: protagonistas que ejercen el bello oficio de la escritura, referencias desde el Lazarillo de Tormes hasta Truman Capote, pasando por un personaje que desarrolla una trastorno obsesivo tras su lectura de «Pierre Menard, autor del Quijote», de Borges. Sin embargo, repaso las líneas con las que se cierra la recopilación, un cuento titulado «Los dientes del azar» con el que Luisgé Martín obtuvo el Premio Vargas Llosa NH en su edición de 2012, y me estremezco. Pienso en qué casualidades se dieron para que este libro haya acabado en mis manos. En que si aquel día hubiese desayunado más temprano no lo habría hecho leyendo el artículo sobre los editores y por tanto posiblemente no habría recordado el nombre de su autor, no lo habría reconocido en alguna antología, tal vez no habría leído ninguna de sus novelas o habría dejado pasar la oportunidad de leer Todos los crímenes se cometen por amor. Y entonces, lamentablemente, no asociaría su nombre a una palabra tan bonita como es «cuentista».

Todos los crímenes se cometen por amor
Luisgé Martín (Salto de Página, 2013)
160 páginas. Erratas encontradas: 0.

La edad media (Leonardo Cano)

La edad mediaLos seguidores del blog y las redes de Letras de Contestania saben de sobra que tenemos ciertas preferencias editoriales. Ello se debe, en gran medida, al trato que desde aquí recibimos por parte de los editores, para qué nos vamos a engañar. Lo que sí es cierto es que esta disponibilidad siempre, este regalo amable de traer a sus autores, esta manera de hacer tan cercana, suelen ir de la mano del criterio indiscutible, el gusto estético a la hora de editar y, por encima de todo, las arriesgadas apuestas que se hacen a ojos cerrados. Dado el salto al vacío que ha supuesto nuestra aparición, este hermanamiento queda, a nuestro parecer, más que justificado.

Hablando, pues, de afinidades y editoriales favoritas, nos centramos en un título de Candaya, primero de Leonardo Cano, autor murciano que se estrena con La edad media. La novela se presentó en Alicante el 21 de marzo, lunes santo y con lluvia, para más inri, en una escena tan cotidiana que bien podría haber formado parte del propio texto. Y es que esta opera prima no es ni más, pero sobre todo ni menos, que un retrato hiperrealista de su generación. Leonardo tiene ahora treinta y nueve años, más o menos como los protagonistas de su novela, y presumiblemente comparte con ellos vivencias de infancia y adolescencia, grupos musicales que propiciaron las pequeñas rebeliones en casa —que, la mayoría de ellas inofensivas, consistían en dejarse crecer las greñas y vestir chupas de polipiel—, los bares y los esporádicos contactos con las drogas.

Predispuesta a despertar nostalgias, esta obra interpretada a tres voces destacaría hoy, tal vez incluso escandalizaría, por su brutalidad, no tanto en las partes ambientadas en el presente sino por los testimonios del pasado: el narrador se expresa desde una inocencia preservada con celo en la que la violencia, el sexo o los cadáveres en el armario de las «familias bien» se cuentan como lo que son, de manera casi anecdótica, libres de juicio moral. Resulta paradójico, ya que, como podemos comprobar en las otras voces, el trabajo en el presente de varios de aquellos chavales está directamente relacionado con la justicia en su faceta legal.

Con la excusa de una cena de antiguos alumnos, Cano nos relata las andanzas de un grupo de chavales que estudian en un centro privado, que crecen juntos y están convencidos de que vienen a llevarse la vida por delante a pesar de las expectativas paternas, entrelazadas con la debacle de la relación entre Julia y Fauró en bruto, en formato chat, tal y como cualquier amigo nos copiaría sus conversaciones para pedir consejo, y con el empleo rutinario que desempeña cada día M en la Ciudad de la Justicia, expuesto por un narrador ajeno a la escena que sin embargo evoca levemente —tal vez sea obsesión nuestra— al tedio que genera de manera deliberada David Foster Wallace en El rey pálido. Y aunque podría parecer que estas tres historias están prespuntadas para construir una suerte de patchwork literario, no sólo son indispensables para el impecable funcionamiento de La edad media, sino que además están tan bien cosidas como las piezas de unos vaqueros Bonaventure.

Y ya ves si nos ha encantado la novela, aunque sea imposible que esta sea nuestra historia y aunque todavía nos quede un poco para copiar en nuestras carpetas aquellos versos de Gil de Biedma que sentenciaban «que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde».

La edad media
Leonardo Cano (Candaya, 2016)
320 páginas. Erratas encontradas: 0.

La Galla Ciencia SEIS: Minoría virgiliana II

La edad mediaCumpliendo con un propósito que comenzó en 2014, los editores de La Galla Ciencia, una de las revistas de poesía con mayor repercusión en este país, recuperan el distintivo de los escritores de su número DOS para publicar esta «Minoría virgiliana II: los poetas sensatos». Como dicen en el editorial, la intención es que haya cuatro volúmenes dedicados a los escritores contemporáneos que continúan bebiendo de la tradición más arraigada, que se muestran «al margen de la moda y [son] miembros de una cultura exigente».

Hay, además, un segundo homenaje en cuanto a la selección de autores: son los mismos que recogió la cuarta entrega de la revista Escrito en el agua. Con motivo del 25 aniversario de su publicación, como muestra de respeto y como reconocimiento de los referentes compartidos, esta lista se repite íntegra, cumpliendo la norma de LGC de publicar siempre un autor póstumo al cerrar el SEIS con un hermoso poema de Víctor Botas, fallecido en el 94.

Entre estos «poetas sensatos» aparecen nombres como Vicente Gallego o Javier Almuzara, que en el momento de la publicación en Escrito en el agua apenas comenzaban su andadura poética y que ahora son dos de las voces mejor reconocidas de su generación y, en general, del panorama literario en España. Desde Ramón Bascuñana hasta los jovencísimos Santiago de Navascués y Andrea Giménez (añadidos estos tres a la selección original, así como otros veinte, incluido el propio editor de aquella, José Luis Piquero), el SEIS ofrece una panorámica que demuestra que no existe necesariamente un factor generacional para beber de las fuentes clásicas. Sí puede observarse un cruce de trayectorias: se recoge un poema de Alberto Tesán, por ejemplo, que si bien podría ahora no considerarse «virgiliano», sí demuestra que su obra ha evolucionado desde estas influencias; lo contrario podría decirse de Gallego, citado anteriormente. Cabría destacar otra excepción con respecto a las sólidas reglas de publicación de La Galla Ciencia, y es que el poema de Bonilla no es exactamente un poema sino, como él mismo explica en una nota, unos apuntes para un texto sobre Jaufre Rudel que es posible que nunca llegue a escribir.

Revisado el contenido literario, no debo dejar pasar la oportunidad de hablar del resultado estético. Este LGC6 iguala en sobriedad al DOS del que es continuidad, pero la garra, interpretación que la ilustradora murciana Laura Fernández ha hecho del gallo icónico de la revista, dota a la portada de un inesperado efecto impactante que se ve reforzado en el interior por los trazos redondeados de unos dibujos tremendamente oscuros.

Como viene siendo habitual en ellos, pues, La Galla Ciencia nos malacostumbra de nuevo con un producto final impecable: el SEIS es una joya en todos los aspectos, un higo maduro y jugoso, limpio de todo veneno y de toda «pasión fútil», digno de declarar como mentor a Virgilio. Les aconsejo encarecidamente que se sumen al banquete.

Minoría virgiliana II
La Galla Ciencia #SEIS (2016)
137 págs. Erratas encontradas: 0.

Solo (August Strindberg)

SoloQue estamos viviendo la época de mayor producción literaria, pero sobre todo, de mayor variedad editorial, es una realidad innegable. Desde este lado de la mesa nos sorprendemos con frecuencia de la cantidad de novedades salen de imprenta cada semana. Sin embargo, hay editoriales que apuestan por rescatar joyas aparentemente olvidadas. Es el caso de Solo, del polifacético August Strindberg, que Mármara Ediciones publicó hace un año como tercer título de su colección La balsa de piedra. Este relato autobiográfico tiene un formato que invita al lector a echarlo al bolsillo y buscar un espacio en el que estar apartados del «mundanal ruïdo». Porque es un libro para leer como indica el título y como elige vivir el protagonista, una suerte de Harry Haller sueco que, tras un desencuentro con su hábitat social, se decanta por la exclusión voluntaria y construye para sí un microcosmos desde el cual contemplar cómo interactúan sus vecinos, cómo se comporta incluso la ciudad, sin la imposición de ser partícipe de tales experiencias.

Desde la primera página puede apreciarse la influencia de Nietzsche en el escritor —curiosamente, la admiración era mutua hasta el punto de que el pensador le encargó la traducción de su obra—, que retorna a Estocolmo después de haber pasado sus peores años en París para encontrarse con una ciudad que no reconoce; con unos amigos que, años después de su último encuentro, ya nada tienen que decirse.

Strindberg nos invita a acompañarle en su recorrido por calles y rutinas: seguimos a nuestro protagonista en sus paseos diarios, cuyas enriquecidas descripciones cobran sentido tras saber que el autor, además de a la escritura, dedicó parte de su vida a las artes plásticas. Casi sincronizamos nuestro reloj biológico con el suyo. Somos, a lo largo de las primeras páginas, contagiados por un virus que no duele y que —si estamos in the mood para este tipo de lectura— podemos llegar a agradecer. Los síntomas son mutismo, desarrollo de una capacidad de observación paciente del medio, en ocasiones, sobre todo al caer la tarde, una angustia existencial difícilmente explicable. Al principio nos convence: con todos los sentidos agudizados pero sin responsabilidades para con la sociedad, todas las sensaciones son más intensas, todos los paisajes más concretos, más «limpios». Sin embargo, a medida que avanza la novela, quedan progresivamente reflejadas la paranoia y la manía persecutoria que sufría el escritor, quien como protagonista huye incluso de su hijo y nos deja sentir su pavor al verse atrapado por el gentío en uno de sus paseos en coche, en un momento que nos evoca La parada de los monstruos por la descripción de la escena.

A pesar de todo, Strindberg —autor y personaje— comprende que necesita el refugio que ofrece la figura de un amigo y retoma la relación con un músico, al que va a visitar en repetidas ocasiones, en parte como excusa para ser espectador de lo que ocurre en la ventana de enfrente, donde una muchacha cuida de un niño. Tarda poco en darse cuenta de que su colega toca para ella, de que la ama, de que, en fin, vive de acuerdo con la supuesta naturaleza humana, concluyendo así con una suerte de reconciliación con la vitalidad necesaria para enfrentarse, parafraseo, a la soledad, el trabajo y los combates de uno.

Solo
August Strindberg (Mármara, 2015)
176 páginas. Erratas encontradas: 0.