La banda de los niños (Roberto Saviano)

Es curiosa la sucesión de acontecimientos (casuales o intencionados) que conducen a una reseña. A raíz de la lista de mejores series de 2017 elaborada por Jorge Carrión volvió a aparecer Gomorra en mi imaginario. También sabía que, después de CeroCeroCero, La banda de los niños de Roberto Saviano tenía todas las papeletas para aparecer en las listas de más vendidos, más recomendados y más ansiosamente esperados. Así pues, tras la mención a Gomorra, dejé de esperar no se sabe bien a qué y fui a la estantería a saldar mis deudas pendientes con 2017.

La banda de los niños relata un caso real de un barrio de Nápoles, Forcella: el ascenso (¿y caída?) de un grupo de púberes que encuentran en el Sistema la salida fácil a sus pretensión económicas. El caldo de cultivo ideal se crea a partir de la mezcla entre ambición y el carisma que ha catapultado a la mafia a raíz del cine y la televisión (son frecuentes las referencias a El padrino, El primero de los nuestros y otros grandes títulos del género), a los que se suman en una feliz mezcolanza infantil e ingenua otros elementos del mundo audiovisual que mezclan ilegalidad y violencia (Call of Duty o Breaking Bad, sin ir más lejos). Es en este magma donde lo que comienza como un trapicheo menor se convierta en una carrera por convertirse en un nuevo grupo de poder.

A una buena historia Saviano sabe sumarle una manera peculiar de narración, como ha demostrado en sus anteriores títulos. En esta ocasión se aleja del discurso lírico que impregnaba CeroCeroCero para construir una novela que, si bien gira en torno a un protagonista indiscutible (Nicolas, el Marajá, quinceañero con todas las de convertirse en capo), los secundarios se desarrollan con tanta fuerza que la novela en ocasiones se acerca a una composición coral. También, como en el mundo trágico, son estos quienes activan el resorte que desencadena un final que no es sino una suerte de comienzo. Huelga decir que, pese a que estamos también ante hechos con más poso de realidad del deseable, La banda de los niños también se aleja del mazazo que supuso Gomorra y sí que imprime un desarrollo narrativo que permite hablar de una verdadera novela.

Con los pies sobre el suelo transalpino, en estas páginas el lector encuentra la construcción de una banda criminal con elementos del estilo de la Bildungsroman junto a una serie de acontecimientos que hacen recordar el tono de denuncia de sus dos obras anteriores. No en vano, además de al éxito rápido, «la banda de los niños» se enfrenta a la pérdida de la inocencia y al abismo de un sistema, esta vez en minúscula, que es más fuerte que cada uno de ellos por separado y que actúa por voluntad propia.

La banda de los niños recupera en la actualidad algo que a veces parece haber perdido la narrativa actual: la construcción de una obra de entretenimiento que hable de la realidad en que se inserta con una perspectiva crítica y mordaz. Se entiende, claro, que Roberto Saviano viva escoltado desde que en 2009 publicara Gomorra. A horcajadas entre la investigación periodística y un discurso narrativo fluido y penetrante, los libros del napolitano escuecen y embriagan a partes iguales.

 

La banda de los niños
Roberto Saviano (Anagrama, 2017)

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