Cata literaria

¿Qué fue antes, el huevo o la poesía? Es decir, ¿se cantó, oh musa, la comida en la mesa o nos la comimos? Existen diversas teorías sobre la relación entre literatura y gastronomía. Comer y leer son dos placeres que siempre han estado unidos, como escribir y cocinar. La famosa «cocina de la escritura» nos introduce en el proceso creador de quien se gana la vida con palabras. Sin embargo, no siempre la escritura da para comer.

Pensemos en la primera vez que el ser humano se detuvo en el lenguaje con la finalidad de producir un texto oral que, de boca en boca, lograra un efecto estético. ¿Lo hizo feliz mientras digería unas bayas en su tinta? ¿O fue al salivar ante el esperado fruto cuando, poseído, expresó su emoción de una forma nueva, literaria?

Si nos fijamos en las primeras manifestaciones literarias en nuestra lengua, imaginamos al monje que copió las jarchas en el margen de las moaxajas refiriéndose al amor con un par de manchas de vino, la sangre y el cuerpo del delito. Si nuestra principal preocupación siempre ha sido alimentarnos, ¿por qué no hemos cultivado la poesía gastronómica? O mejor, ¿por qué no lo hemos hecho con la atención, los tiempos y los pasos que merece, especialmente ahora, un buen plato?

En la carta de un famoso restaurante encontramos «Tarama con remolacha y raifort acidulado / Cigala a la brasa sobre fondo marino al anís y mahonesa de sus corales». ¿Se está acercando la poesía a la gastronomía? Por lo primero o por lo segundo, el poema llega a parecerse a la tradicional Shopping List. Como apunta Alejandro Higashi en Letras Libres: «Gracias a la metáfora las técnicas ancestrales de la cocina se convirtieron en un arte».

Este espacio que nos brinda Letras de Contestania nos permitirá partir del sureste peninsular, los siglos XIX y XX, para llegar a comentar la evolución de la gastronomía en la poesía mexicana contemporánea. Aunque son numerosos los casos gastroliterarios, especialmente en la novela de las últimas décadas, veremos a Vicente Blasco Ibáñez, gracias a la ayuda de Arantxa Fernández, a Azorín o a Miguel Hernández. El monovero y el oriolano, por cierto, ya cuentan con sendos vinos gracias a Bodegas Monóvar y Casa Cesilia. Y es que Alicante es un referente para dicho maridaje, tal como lo viene demostrando el ciclo «El sabor de las palabras»; donde es posible cenar con nuestros autores más cercanos.

En la sección Cata literaria veremos algunos ejemplos que degustaremos en abril de 2018 durante el XV Congreso Internacional ALEPH que se celebrará en la Universidad de Alicante. Para ello, nos basaremos en tres libros básicos para la zona de Contestania: Recetario de cocina de la madre de Azorín 1898 (1999), de María Luisa Ruiz Maestre (transcripción y notas de Rafael Poveda); Garbera de recetas hernandianas (2011), de Jaime Ruiz Reig; o Gastronomía alicantina (2017), de José Guardiola y Ortiz.

Cata literaria: Miguel Hernández

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *