El cuaderno gris (Josep Pla)

cuaderno grisLa escritura memorialista no es precisamente la que más predicamento tiene en nuestra literatura. No así, dicen, sucede en las letras de otras lenguas, como las anglosajonas, donde gozan de una salud de hierro. No obstante, en las distintas lenguas peninsulares existen algunos ejemplos de excelente calidad. Me vienen de pronto a la cabeza los esfuerzos de Andrés Trapiello y, para no hablar solo de lo reciente, de Teresa de Jesús, en El libro de su vida, o del Diario de un artista seriamente enfermo de Jaime Gil de Biedma.

El año 1966 vio la luz el primer volumen de lo que iba a constituir la colección de las Obras completas de Josep Pla. Este primer volumen lo constituye el que quizá sea la obra maestra del dietario, de las memorias, escrito en España. Se trata de El Quadern Gris. En dicho volumen, Pla presenta, reelaboradas, reescritas, ordenadas y puestas al día, las anotaciones del dietario personal que había llevado durante los años 1918 y 1919.

No me había aproximado antes a la obra de Pla debido a un, ahora lo comprendo, estúpido prejuicio contra la ideología política del autor, tan alejado de la mía propia. Pero es quizá la incipiente madurez la que me ha llevado a dejar caer el velo de esas tonterías y a poder disfrutar (gozar, que diría Roland Barthes) de estas páginas.

No me he atrevido a leer la obra en su lengua original, que comprendo pero no lo suficiente como para adentrarme en ella con suficiente pertrecho. La edición que he leído es la traducción realizada en 1975 por Dionisio Ridruejo y por su esposa Gloria de Ros, asistidos por Josep Vergés, y editada por Destino, en su colección «Áncora y Delfín».

Lo que más llama la atención al leer este “diario” es la aparente frescura y juventud de la voz del narrador-memorialista. No en vano, la obra está elaborada a partir de los apuntes que el propio Josep Pla fue registrando, con esa diligencia de grafómano tan suya, durante los dos últimos años de la Gran Guerra. Pla y su familia, y su entorno, vivían alejados de la Guerra en su idílico entorno de Palafrugell, y luego de Barcelona, aunque sin poder darle la espalda del todo. Quizá debido a la influencia que el conflicto estaba teniendo en toda Europa, incluso en los países no beligerantes como España, en las páginas de El Cuaderno Gris se puede apreciar que el mundo está cambiando; lo que su mundo era antes y lo que es ahora —entonces—, es una constante en las páginas del Cuaderno.

La obra está formada, así, por un mosaico de muy diversos géneros: anécdotas familiares, retratos de costumbres, anécdotas, reflexiones diversas, partes meteorológicos (cuánta importancia tienen, comprensible en el entorno rural del principio del libro, los distintos vientos que soplan sobre Palafrugell), crónicas de sucesos, noticias venidas de más allá de su comarca, etcétera.

Es muy probable, no lo sé,  que los textos plasmados en el libro no se correspondan exactamente con la fecha bajo la que aparecen registrados. Tanto da. El Cuaderno Gris es, como todo buen libro de memorias, el fruto de una relectura por parte de su autor, de una profunda reelaboración y de una reescritura minuciosa. El fruto de todo ese trabajo es un libro de una lectura muy placentera, que se presta a volver a leer a fragmentos de tanto en tanto. Es un libro lleno de sabiduría y de reflexiones memorables. ¡Cuánta influencia no habrá en él de los Essais de Montaigne! Es un documento impagable para conocer un lugar, el Baix Ampordà, y una época, principios del siglo XX, que son trasunto de lo que podría estar sucediendo por esos años en tantos otros lugares de Europa donde los obuses no estuvieran silbando.

El cuaderno gris
Josep Pla (Destino, 1975)
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Precoz (Ariana Harwicz)

precoz ariana harwiczLa editorial barcelonesa :Rata_ inauguraba su catálogo el pasado mes de noviembre. Entre sus primeros títulos el lector puede toparse con la tercera nouvelle de Ariana Harwicz. Precoz ya había sido publicada en 2015 por Mardulce, sello argentino como la autora. En esta obra, la autora se enreda en una trama con bases muy similares a las que caracterizan tanto Matame amor como La débil mental: la relación tortuosa entre una madre y su fruto.

En esta ocasión, Harwicz refleja el amor perturbador y posiblemente insano que se establece entre la narradora y su hijo adolescente, de quien depende en lo psicológico y casi en lo físico. También pueden verse, sin embargo, la enfermedad, la locura producida por un amor no correspondido, la sexualidad desbordada —incluso desesperada, cabría decir—, la decadencia social del entorno.

A pesar de la cantidad de información que contiene Precoz, lo destacable del texto, y con total seguridad lo destacable de la producción literaria de la escritora argentina es el uso de la palabra como cuchillo. Narrada sin asideros, su último libro es un torrente apenas controlado por los márgenes de sus 101 páginas. En una danza macabra bailan voces y tiempos distintos, como resplandores concretos en medio de un viaje psicotrópico. Contra la lírica hiriente, la oralidad; contra lo visceral, las más grandes muestras de amor.

No debe resultar este comentario demasiado extenso en relación a la obra de la que trata. Decía Iolanda Bataller, responsable de la editorial, que en :Rata_ «quieren libros escritos desde la necesidad. Libros escritos desde la rabia. Libros sin concesiones», y probablemente lo están consiguiendo. No queda, pues, mucho que añadir. Para muestra: Precoz.

Precoz
Ariana Harwicz (:Rata_, 2016)

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Apuntes sobre el suicidio (Simon Critchley)

Portada Apuntes sobre el suicidioPoco después de un año, parece que ha cesado el fervor con el que se abordaba el suicidio a comienzos de 2016. En pocos meses aparecieron dos títulos que se revelaban como los dos paradigmas discursivos desde los que se podía hablar del inefable acto de «levantar la mano contra uno mismo» sobre el que Jean Améry disertaba poco antes de poner fin a su vida. Apuntes sobre el suicidio era uno de ellos; el otro, Semper dolens, lo firmaba Ramón Andrés y penetraba hasta el fondo del asunto con la minuciosidad a la que el filósofo acostumbra. Hasta cierto punto, el contraste hace parecer estos «apuntes» algo desabridos, pero su acercamiento a través de pinceladas, aun con sus sombras, es también sugestivo.

Si Simon Critchley es parco como tienden a serlo muchos de los títulos que engrosan la colección «Héroes modernos» de la editorial Alpha Decay, no es porque le sea ajeno el trabajo monográfico, al que en alguna ocasión se ha acercado (Stay, Illusion! o The Problem with Levinas dan cuenta de su capacidad), sino por una decisión que tiene más que ver con la capacidad de evocación de la brevedad. El filósofo toma la sencillez como premisa y aborda el suicidio a partir de cuatro esbozos, a saber: los casos, la tradición filosófica (articulada en forma de derechos y deberes), las notas de suicidio y la resemantización de la vida tras la muerte voluntaria. Pero al hallarse condensado en ochenta páginas el objeto de reflexión, debe ser el receptor quien ensanche, tras la lectura, su significado.

Mientras los apuntes pares pertenecen a un marco teórico, los impares lo hacen a uno más práctico: el de los ejemplos, si bien no todos están escogidos con la misma fortuna (v. gr., hay notas de suicidio menos polémicas que la de Kurt Cobain). El discurso teórico, por su parte, viene de lejos y se sustenta en el supuesto de que la capacidad potencial de suicidio es aquello que hace hombre al hombre. A esta capacidad se opone, también desde antiguo, la moral cristiana como agente imposibilitador. Como en todo apunte, la disertación se pierde en digresiones, conduce a callejones sin salida y retoma cabos que parecían sueltos.

Critchley pretende alejarse de la problemática moral y jurídica que rodea al asunto y despersonalizar el acto suicida en la medida que sea posible, sin dejar de lado que es personal el motivo que le lleva a escribir el libro. Para ello, contrapone a nuestra moral heredada la familiaridad con la que los antiguos trataban la cuestión, por un lado, y la progresiva disolución al menos desde las Luces de la moral cristiana, por otro. Ello empero no es óbice a que haya seguido ejerciendo su influencia sobre el acto de quitarse la vida por la propia voluntad. Sobre esto también hay un interrogante, que finalmente se responde apelando a la ideología: tener derecho al suicidio es un acto de libertad enfrentado a la supuesta inalienabilidad de la vida. La estructura se repite de forma sucesiva, y cada resolución de un conflicto lleva necesariamente a la aparición de uno nuevo hasta concluir en la dicha y el amor, quiebro que pone punto y final al ensayo. Aunque el final quede diluido en el texto de David Hume que sirve de corolario, es la prueba manifiesta del fracaso de la búsqueda que se emprendía al comienzo. Si no puedes parece decirnos encontrarle una explicación a ninguna de las dos caras que presenta la vida, cántale al ahora.

Apuntes sobre el suicidio
Simon Critchley (Alpha Decay, 2016)
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Ser el canto (Vicente Gallego)

Ser el cantoEs evidente que toda la literatura en lengua española no es, ni mucho menos, literatura mística; y por obvio, tampoco toda la literatura mística lo es en lengua española, si bien es una de las lenguas en las que se han escrito algunos de sus textos más famosos. De igual modo, si bien la mística supone en su origen el intento de los poetas por expresar su experiencia directa de la divinidad, no siempre esa divinidad es equiparable al dios de ninguna de las grandes religiones monoteístas.

Dicho todo esto, creo que no yerro al afirmar que el poemario del poeta valenciano Vicente Gallego Ser el canto no es ni más ni menos que un bello fruto reciente dentro de la corriente de poesía mística que tan buena fortuna ha tenido en nuestra lengua. Hoy, la expresión del acercamiento a la totalidad no necesita de deidad alguna. En este libro, Gallego canta al encuentro con la naturaleza, con la existencia en sí misma, con todos los seres que la conforman.

El poemario está formado por cincuenta cantos. Poemas de una preciosa factura técnica, de verso medido con cuidado (casi exclusivamente heptasílabos y endecasílabos), que en ningún momento devienen en arte frío ni en anacronismo, desmintiendo la idea muy extendida de que la poesía actual vive de espaldas a la tradición. Su lenguaje, en apariencia sencillo, forma imágenes de una belleza plástica en ocasiones apabullante:

Muy lavando de pájaros, a vueltas
de pétalos y pólenes, el cuerpo
se derramó en la tierra,
fue quebrado en la fe de lo radiante.
(Canto IX)

Al igual que en los poemas de Juan de la Cruz, de Ramon Llull o de Shelomo Ibn Gabirol, Vicente Gallego canta al Amor, no al amor concreto, minimizado a un solo ser, sino al hecho mismo de amar:

Es todo tan sencillo, es lo de siempre:
entra el amor en uno y siente uno
que lo hace como Pedro por su casa,
(Canto XLIX)

Canta igualmente a la belleza, a la evidencia de que la naturaleza carece de plazos y de que solamente el presente es real:

Canto lo irremediable,
lo que se hace presente en el presente,
canto el olvido y canto
del olvido el olvido; de la muerte
la grandísima muerte.
(Canto XLVI)

Antonio Moreno, dedicatario del libro y autor del texto de la contraportada, duda que estos poemas sean en realidad poesía mística («¿Poesía mística? Solamente poesía. Vibrante, honesta, sabia poesía»). En realidad, es cierto. Poco importa si en los versos de Ser el canto tiembla la necesidad de expresar aquello para lo que, según Gerardo Diego, el lenguaje es insuficiente. No desdiría nada si así fuera de la enorme calidad de estos poemas, de la belleza con la que su autor los cincela.

Ser el canto
Vicente Gallego (Visor, 2016)
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Tú no eres como las otras madres (Angelika Schrobsdorff)

Cuando una se enteró de que dos editoriales con un catálogo resplandeciente como son Periférica y Errata naturae estaban trabajando juntas en un mismo volumen, no pudo sino frotarse las manos y esperar con la impaciencia del niño que aguarda la Navidad. Tú no eres como las otras madres llegó a los estantes españoles en marzo de 2016, pocos meses antes del fallecimiento de su autora, Angelika Schrobsdorff, a los 88 años. Pero en estos tiempos en los que tanto se publica y tanto se vende para que apenas unas semanas más tarde los títulos se difuminen entre las listas hasta desaparecer por completo, tal vez haya que dar un pequeño margen de tiempo y ver, con algo de distancia, qué curva de repercusión dibuja cada libro.

Un año después de su publicación, las memorias de Schrobsdorff han pasado holgadamente de la décima edición. Veinticinco años después del momento de su escritura —y aún digo más, habiendo transcurrido casi un siglo desde los acontecimientos que narra—, es capaz todavía de remover conciencias. La escritora y actriz ofreció en Tú no eres como las otras madres un completo retrato de la suya, Else, enmarcado en el grueso del libro por los hechos más significativos del III Reich (si bien fueron limados del forzado dramatismo que en muchas ocasiones define a los textos de este tipo y tal vez por eso el efecto es más violento, si cabe). Y avalada por fragmentos e incluso cartas enteras de su familia y allegados, nos descubrió que fue una mujer, efectivamente, diferente a muchas otras. Crecida en el seno de una familia judía, Else Kirschner tuvo numerosos affaires, parió un hijo de cada uno de sus tres grandes amores y vivió cómoda y alocadamente más allá de los famosos veinte berlineses. Tanto fue así que, cuando comenzaron los problemas en el paraíso, su círculo de amistades no acababa de creerlo. La Else que su hija mejor recompuso a partir de los testimonios de quienes la conocieron tardó demasiado en darse cuenta de que la felicidad burguesa no es inmune a la estupidez humana, ni al poder en manos erradas, ni al despliegue bélico llegado el momento.

Tras el desfase, las fiestas, los romances y el ajetreado mundo cultural en su adorado Berlín, Else, caracterizada por ese temperamento arrebatado que la hacía irresistible, acabó siendo moldeada a base de dolor. Más por causa de sus dos hijas que por la suya, y con su primogénito en algún punto del mundo pero jamás concreto ni cercano, hubo de pasar los años más duros exiliada en Bulgaria, donde no acabarían tampoco de estar a salvo. Allí recibiría las peores noticias de su vida y a pesar de todo resistió, como tantos otros resistirían. Incluso se esforzó, en los últimos años, por hacer desaparecer el odio que había germinado en su garganta:

Infinitas veces me he imaginado el final de la guerra, el final de los nazis. Y, en efecto, ahora ha ocurrido lo que había soñado y ansiado con todas mis fuerzas. Y así como tú, me imaginaba cómo un día me vengaría, cómo me vengaría en todos aquellos que me ofendieron, me humillaron, me infligieron un mal tan terrible. Que me lo quitaron todo: hijo, madre, marido, patria (…). No obstante, quiero luchar contra el deseo de venganza y quiero dejar de odiar. Lo que quisiera es la paz y un poco de calma. Sólo suplico una cosa: dejar de tener miedo, no estar obligada a vivir en un país extranjero. Y, sobre todo, quisiera saber salvados a mis tres hijos, saberlos seguros, saberlos felices.

En un ejercicio de valentía y honestidad, pero sobre todo de justicia, la autora reconoció sobre el papel sus faltas: si Else repetía en numerosas misivas que no estaba siendo una buena madre y que no podía proteger a su prole de la barbarie, tampoco Angeli, testaruda y egoísta, muchas veces ignorante de las posibles consecuencias que sobre los demás tendrían sus actos, fue la mejor hija. Así lo escribió Elschen y así lo recogió, sin censura, Schrobsdorff.

Así lo publican dos de las mejores editoriales españolas en la actualidad y así, pues, debemos leerlo.

Tú no eres como las otras madres
Angelika Schrobsdorff (Periférica & Errata naturae, 2016)

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La gran adicción (Enric Puig Punyet)

El siglo XIX, con su idealismo liberal, estaba convencido de ir por el camino recto e infalible hacia «el mejor de los mundos». Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, hambrunas y revueltas, como a un tiempo en que la humanidad aún era menor de edad y no lo bastante ilustrada.

Stefan Zweig

la gran adicción - internetAlgo parecido, a tenor de nuestro comportamiento, podría decirse que le sucede a este «fin de la historia» al que frenéticamente hemos ido a hundirnos y entregar lo mejor de nosotros. Hemos alcanzado —diríamos ufanamente— la mayoría de edad y colocamos nuestra enseña en la cumbre de la era digital. Si el siglo pasado veía desarrollarse una trepidante carrera espacial, la meta del presente lo es el manejo simultáneo de múltiples plataformas digitales y el hombre se ve abocado a la lucha por la supremacía del más influencer. Y, en sus antípodas, claro está, se sitúa el exconectado, el anacoreta digital. Ese otro individuo cuya existencia ponemos razonablemente en duda, porque ¿cómo va a ser posible vivir al margen, no, de espaldas a internet?

La respuesta a una pregunta similar es lo que intenta elaborar Enric Puig Punyet a lo largo de las páginas de La gran adicción, duodécimo título publicado por Arpa, editorial-trinchera donde muchos nos escudamos en busca de libros que conviertan la reflexión en un ejercicio crítico. Puig Punyet desarrolla su actividad en diferentes ámbitos, desde la filosofía al comisariado artístico, lo que se presta bien a la amalgama y a la generación apriorística de altas expectativas. En esta ocasión esgrime un discurso divulgativo sobre la base de una investigación que, más desde la sociología que desde la filosofía pura, se articula en la descripción de casos que apuntan una posible respuesta.

Sin embargo, para entender la necesidad de preguntarse por la viabilidad de vivir sin internet es necesario antes saber por qué iba uno a querer hacerlo. Y para ello es mejor empezar por el final. Es en «Enric y la muerte del autor» y en un breve «FAQ» que sirve para capitular y dar cierre a la obra donde desarrollan las bases teóricas que permiten comprender la necesidad de poner el foco sobre aquellos individuos que se han alejado de lo virtual y han decidido volver a un mundo analógico (o, en algunos casos, los de aquellos más jóvenes, construirlo ex nihilo). Lejos de presentar internet como una herramienta neutra que, dependiendo del uso, crea o destruye, Enric Puig Punyet revela la faceta ideológica que condiciona y coacciona al individuo desde sus comienzos (o, al menos desde el comienzo de su era 2.0 y sus sucesivas perversiones). Y, más aún, lo usa para sus propios fines.

De ahí se deriva que no se conforme con un término medio y haya presentado casos de desconexión total, en lugar de una racionalización de su uso (miento, hay un caso de desconexión parcial: el suyo). Casos, como indica en el prólogo, de éxito. De individuos en su mayoría nativos digitales que encontraron en un modus vivendi analógico la única forma de conectar de verdad con su entorno. Algunos casos son extremos (llama la atención un adolescente que pide a sus padres que no contraten internet o un músico que subvierte la necesidad de estar constantemente presente en las plataformas digitales para relanzar su carrera), pero lo son, también en palabras del autor, porque el otro discurso tiene suficientes adeptos y es necesaria la radicalización para encontrar un punto intermedio.

En su mayoría, se trata de ejemplos urbanos, aunque también tiene cabida el de una pareja seducida por el mundo neorrural, donde también se produce un cambio de perspectiva laboral. Son en total diez testimonios que, desde lo laboral al terreno amoroso, desde la dosificación de sustancias adictivas a la vorágine de adicción del teléfono móvil, se convierten en vértices que ayudan a dibujar la problemática que se cierne en torno a un mundo, el nuestro, que parece ser el centro de una distopía, pero también vértices que sirven para ver más allá y mirar al otro lado, donde la vida comienza.

La gran adicción
Enric Puig Punyet (Arpa, 2016)

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Eres hermosa (Chuck Palahniuk)

eres-hermosa-chuck-palahniuk-trabalibrosPenny ya no era virgen el día en que había conocido a Maxwell. Había tenido relaciones con unos cuantos chicos en la universidad. Pero siempre de uno en uno. Y sólo chicos. ¡Y nunca por detrás! No era ni una pervertida ni una guarra. (pág. 52)

De este modo nos presenta Palahniuk a Penny Harrigan, la protagonista de su última novela Eres hermosa (Random House, 2016). Una chica de pueblo que, con la intención de labrarse un futuro brillante, se traslada a Nueva York para trabajar en el despacho de abogados más prestigioso de Manhattan. Aunque empieza siendo la joven de los recados y la camarera de los capuccinos, Penny es una licenciada en derecho que aspira a convertirse en una importante y respetada abogada, obteniendo un poder y autoridad que trasciendan los roles de género. Sin embargo, lo que encontrará será una cita para cenar con C. Linus Maxell, CLIMAX, el hombre más rico y famoso del país, gran empresario del sector tecnológico con el cual, de manera fortuita, se cruzará en el despacho en el que trabaja. A partir de esta primera cita, Penny se verá inmersa en una relación con el mejor amante que jamás haya tenido, pues Maxwell está ultimando el lanzamiento al mercado de una línea de «productos de bienestar femenino» de la cual perfecciona detalles con Penny como beneficiaria del placer. Ella pronto descubrirá que la relación está exenta de cualquier tipo de sentimiento por parte de Max y que los juguetes sexuales que llegarán al mercado esconden algo más.

En esta ocasión, Palahniuk vuelve a escoger un tema cuanto menos complicado (como a él le gusta): el sexo o, mejor dicho, la masturbación femenina. Por momentos parece que se deja entrever a aquel autor de AsfixiaMonstruos invisiblesEl club de la lucha, si bien es cierto que tanto el tema como la crítica que a través de él se hace al gran consumo de masas podría haber dado mucho más de sí. En la primera parte del libro, pecando un poco de exceso en cuanto a tecnicismos anatómico-sexuales —aunque lo pueda parecer, esta novela no tiene nada que ver con 50 sombras de Grey (menos mal, si no, ya no sé qué podría haber pasado)—, Palahniuk es el autor mordaz, directo, de frases cortas y siempre crítico que conocimos hace años a través de sus primeros (y mejores) títulos. Es al avanzar en la lectura cuando descubrimos que no, que falta algo. La historia es muy buena, divertida y refleja perfectamente la sociedad en la que vivimos, siempre obsesionados con el consumo y aborregados por la publicidad, que ha adquirido gran relevancia en la vida diaria de todos nosotros. Sin embargo, la narración pasa a ser plana, sosa y simple.

Al finalizar la lectura, el lector se percata de que sí, de que es una novela entretenida, fácil de leer y muy actual en cuanto al asunto tratado, pero también se da cuenta de que no ha empatizado nada con ningún personaje. Es más, no puede imaginarse a ninguno de ellos ya que son personajes vacíos. Chuck los utiliza porque tienen que ser éstos los que hagan de nexo de unión entre los hechos y las acciones, pero cuenta muy poco de su día a día, sus pensamientos o sus personalidades (lo que cuenta lo hace con una narración ramplona y fría), con lo que los convierte en completamente olvidables nada más cerrar el libro. Llega un momento en el lector sólo estará pendiente de (y le interesará/recordará) lo que sucede, sin importar mucho a quién ni por qué.

Algo que siempre me ha gustado de las novelas de Palahniuk han sido sus finales, siempre sorprendentes (para bien o para mal) y con giros inesperados que cambian todo en el último momento, pero esta vez la cosa se le ha ido un poco de las manos y el final es cuanto menos inclasificable: ciencia-ficción, fantasía, o quizá una mezcla de ambas mezclada con una «ida de cabeza» que me ha decepcionado bastante. Estas cosas no le pasaban en sus inicios. Recordemos si no a Brandy Alexander o Tyler Durden.

Con Eres hermosa Palahniuk parece dejar claro que su estilo narrativo ha cambiado para siempre. Sigue siendo ese autor que aprovecha cualquier detalle para criticar a la sociedad americana en general, siempre con un humor ácido y mucha sátira, muy explícito e incisivo, pero ha perdido su toque personal. Así pues, los fans del autor disfrutarán de la novela (¿y les gustará?), pero si no se ha leído nada de él mejor empezar por cualquiera de sus cinco primeros libros.

Eres hermosa
Chuck Palahniuk (Random House, 2016)
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Luciérnaga (Alba Ceres)

LuciérnagaLa pregunta de para qué están los textos críticos cuando existe el poema cobra una especial relevancia ante el verso esencial que cruza Luciérnaga con la solidez del filo del cuchillo. La poesía de Alba Ceres —nos dicen, sabemos— permite entenderse como respuesta a una desafortunada declaración de Susan Sontag acerca de la literatura y el cáner. Sí, se puede escribir sobre la enfermedad que acecha en la laguna de Lerna, pero ese nivel de lectura, por sí solo, no agota los significados que resuenan en un poemario como el que aquí me ocupa.

Luciérnaga se estructura en cuatro partes precedidas por cuatro fundidos fundidos en negro que hacen las veces de pórticos. Sobre el negro, tres poetas japoneses presentan las luciérnagas que guían al lector a lo largo del libro. Las luciérnagas o, más específicamente, acaso el viaje de una única luciérnaga que se enfrenta a la pérdida y al proceso de reconstrucción de un yo mutilado cuya memoria, lejos de ajar, por fin crea. Esto último, que sin duda es un lugar común (aunque intento utilizar «lugar común» en el sentido menos estereotipado de la expresión), gracias al trabajo de artesanía realizado por la autora deja una huella imborrable.

Hay en estos textos un aliento poético que se contrae en el verso —pulido, reducido al mínimo indispensable para llenar el vacío— y se expande como lo hace el dolor en las tres primeras secciones, pero también como el abrazo o la calidez de la música hacia el final del libro, en la cuarta sección. Podría hablarse no tanto de secciones como de movimientos, dada la capacidad expresiva que sostiene el vuelo de esta Luciérnaga, aunque, en cualquier caso, secciones o movimientos son difíciles de acotar. Los dos primeros, precedidos por citas de Issa Kobayashi, también los más duros (necesariamente hostiles con el lector), reflejan el proceso de enfermedad, muerte y consiguiente orfandad. Un duelo que se extiende hasta la forma de concebir el lenguaje, donde la voz poética retorna al origen y se vuelve infancia («mamahija / mamadentro / mamaún a / tiempo / de nutrir») u onomatopeya. En la segunda mitad, encontramos primero, como anticipa Masaoka Shiki, una realidad gélida («no tiembla la voz del cartero»), pero también comienza la fase de asimilación del duelo hasta convivir con él («sin tu / cuerpo / soy ¿tu / caja de / resonancias?»), aunque todavía no exento de culpa. Por ultimo, el libro se cierra con un regreso (lo abre un homérico Taneda Santôka), una luz luciérnaga que llena los espacios «y es / reposo».

Cuando el lector llega a la última página una suerte de clama rompe con la tensión acumulada y podemos al fin comenzar a asumir y comprender, un proceso que gana consistencia con las sucesivas relecturas, como si Alba nos atrajera con este poemario a la evolución de su propio aprendizaje.

Luciérnaga
Alba Ceres (Kriller71-Kokoro, 2017)
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Muerde ese fruto (Aharon Quincoces)

QuincocesEl escritor Aharon Quincoces debutaba en la narrativa el pasado verano de la mano de Tolstoievski, una editorial contestana que apuesta por la honestidad, la transparencia y por encima de todo la literatura sin edulcorantes ni vaselina —entiéndanme, no hablo de amor, hablo del «cuanto más azúcar, más dulce» y de «esto es bueno pero lo que en realidad vende es lo otro» que construye pirámides de libros en las grandes superficies—. Muerde ese fruto, la segunda novela de esta colección, da crédito a estas palabras.

Casi acostumbrados ya a las historias de reencuentros de antiguos alumnos que parecen haberse puesto de moda, no extraña que el encargo que recibe el personaje principal (detonante, por cierto, del argumento) siga por esos derroteros. Andrés, periodista relegado al suplemento de fin de semana de un periódico, animal de costumbres hasta para las derrotas y recién abandonado por su novia, debe reencontrarse con su pandilla de la adolescencia y trazar una línea entre el entonces y el ahora, una especie de revival que inevitablemente ha de conllevar consecuencias nefastas. A su alrededor, un jefe ascendente, parroquianos de bar que comparten su rutina, una puta, algunos yonquis, y un puñado de novias fantasmas completan el elenco.

A medida que pasa las páginas, el lector puede suponer no sólo que la novela es una suerte de distopía, sino que además puede imaginar Ciudad envuelta por una estética ciberpunk en la que la publicidad proyectada en la fachada de los imponentes edificios contrasta con la realidad a ras de suelo. No en vano desfila por ella una nómina de personajes en cierto modo estrafalarios, dependientes en su mayoría del consumo de sustancias psicotrópicas o directamente farmacéuticas y suceden cosas como que un edificio se derrumbe a causa de una reunión clandestina de suicidas. No es el caso, sin embargo. Ciudad es «todas las ciudades en una sola. (…) [U]n desafío narrativo», explica el autor, y es indudablemente cierto. Las miserias no difieren tanto de las que puedan encontrarse en los barrios menos afortunados de Barcelona, Turín o Belfast, sino más bien al contrario. El deseo de aparentar, de vivir de acuerdo con unas exigencias sociales o sencillamente de sentir algo diferente al vacío arrastra al ser humano hasta las peores alcantarillas. Y para comprobar esto no hay que inventar un futuro desolador: hay que abrir las ventanas.

Los numerosos diálogos coloquiales, casi transcritos de la calle, entre los que se cuelan préstamos lingüísticos del inglés o el francés, encuentran su contrapunto en algunas reflexiones profundas y argumentadas con solidez sobre cuestiones como la frivolidad o la manipulación por parte de los medios informativos. La escalada de puestos laborales a base de enchufes o polvos y la hipocresía primermundista de las organizaciones que pretenden salvar (entre muchas comillas) a los habitantes de los países en eso que aquí llamamos «vías de desarrollo» cuentan también con su merecido espacio en Muerde ese fruto. Puede hablarse, pues, de un estilo equilibrado y de un argumento que, cuando llega de verdad a la carne, se desvanece como el humo de los coches en cualquier urbe.

Este sorprendente debut de Quincoces es, por muchos motivos, un atrevimiento por parte de autor y editor. Justo lo que esperábamos de Tolstoievski quienes supimos de su nacimiento a principios de 2016. Queda aguardar a ver si la siguiente novela de este autor, ya en marcha, resuelve algunas de las dudas existenciales que quedan en el aire tras la lectura de su primer título.

Muerde ese fruto
Aharon Quincoces (Tolstoievski, 2016)

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Euforia (Lily King)

Portada de Euforia, de Lily KingJusto ahora hace un año desde que Malpaso publicara en España Euforia, la última novela de la escritora americana Lily King. Aunque es una novela de ficción, detrás de ella se esconden un personaje y una historia reales: la antropóloga Margaret Mead. Y es que fue a raíz de la lectura de la polémica biografía de esta mujer, que revolucionó el mundo de la investigación antropológica, que King decidió que era necesario escribir una novela sobre la vida de esta investigadora y los años que pasó entre tribus en Nueva Guinea. De este modo surge esta apasionante novela que esconde poblados reales, comportamientos, formas de vivir y de relacionarse totalmente ciertas (con sus rituales y tabúes), si bien la autora cambia los nombres de tribus e individuos.

La acción se desarrolla en 1931 en diferentes zonas de Nueva Guinea a lo largo del río Sepik. Los personajes son tres: Bankson, un inglés sensible, equilibrado y seguro de sí mismo y de sus ideas pero que depende económicamente de su madre, a la que no aguanta, para poder continuar con sus estudios; nell Stone, el personaje de la antropóloga basado en Margaret Mead, es una mujer americana decidida, valiente e independiente que ya tiene un libro de éxito en el mercado; y, por último, su marido Fen, un hombre australiano egoísta, posesivo y dependiente de Nell, pues si no fuera por ella y su dinero proveniente de becas y del libro no podría seguir con sus expediciones. Las distintas nacionalidades de todos ellos tienen importancia, pues gracias a ello la autora expone de manera sublime las diferencias de pensamiento y costumbres de unos hombres avanzados pero muy diferentes entre sí.

Le pregunté si creía que podría llegar a comprender realmente otra cultura. (…) Lo que había encontrado más interesante era cómo nos convencemos de que podemos ser objetivos de algún modo, nosotros que llegamos con nuestras propias definiciones personales de amabilidad, fuerza, masculinidad, feminidad, Dios, civilización, lo correcto y lo incorrecto. (pág. 56)

Tras casi dos años estudiando a la tribu de los kiona, Bankson no consigue avanzar en sus estudios y, en un arranque de ira unido a la depresión que padece, intenta suicidarse tirándose al río con los bolsillos llenos de piedras. La suerte quiere que, por casualidades varias, sus dos colegas, Nell y Fen, terminen coincidiendo con él en una fiesta de Nochebuena, lo que aprovechará para convencerles de que se queden y así combatir su soledad. Será a partir de este momento cuando los tres trabajen juntos y se cree un extraño triángulo amoroso y competitivo. La información obtenida de las tribus para los futuros libros y trabajos que puedan aportar conocimiento y dinero es muy valiosa para Fen, que desconfía incluso de su propia mujer, con la que no compartirá nada.

Aunque el lector no posea conocimientos de antropología ni tenga el más mínimo interés hacia ella, sin ser consciente avanza en las páginas y llega ese momento en que no puede parar. La autora consigue centrar la acción en las relaciones personales entre los tres antropólogos y las de éstos con los aborígenes, todo ello sin entrar en tecnicismos ni aburrir con información innecesaria. Por la ubicación en la que se desarrolla la aventura, hubiera sido muy fácil caer en el tema quizá monótono de la naturaleza y las extensas descripciones del clima y de los insectos, pero Lily King consigue de manera sutil dar al lector sólo unas pequeñas dosis de calor, de mosquitos, de sudor y olores para que después sea él el que complete las escenas con su imaginación.

En el fondo desearía pasar mucho más tiempo sin saber el idioma. Sin él, hay mucho más espacio para la observación prudente. (…) Hasta que no dispones del lenguaje no te das cuenta de cuánto interfiere con la comunicación. (…) Cuando llega la comprensión, se pierden muchas otras cosas. Confías en las palabras, y las palabras no siempre son lo más fiable. (pág. 85)

La novela está dividida en treinta y un capítulos, alternando los narrados en primera persona por Bankson, con los que él mismo cuenta en tercera persona hablando del matrimonio. Aproximadamente a mitad del libro empiezan a aparecer capítulos a modo de diario (el de Nell, que llegará a manos de Bankson al cabo de los años), en los que la antropóloga cuenta impresiones y sentimientos que en conversaciones en voz alta no se podrían expresar.

Con todo esto, Lily King consigue crear una novela inquietante por momentos, tensa, con algo de sexo, amor furtivo, pero sobre todo una novela muy interesante. Tengamos en cuenta que desde 1930 en adelante el hombre blanco acudía a estudiar a estas tribus, pero también a forzarlas a trabajar en minas y a obligarlos a ser creyentes de unas costumbres para ellos desconocidas. Lo más importante de todo es que el «hombre blanco moderno» llegaba para estudiar a aquellos «negritos» y para enseñarles cómo debían vivir y desarrollarse cuando realmente el hombre blanco, incluso a día de hoy, no se conoce a sí mismo. ¿Debe el hombre blanco enseñar algo a los aborígenes o más bien debería aprender de ellos?

Quizá toda la ciencia no sea más que la investigación de uno mismo. (pág. 89)

Euoforia
Lily King (Malpaso, 2016)

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