Solaris (Stanislav Lem)

El hombre siempre ha tenido la necesidad de explorar el universo con la esperanza de encontrar otros planetas en los que poder implantar sus conocimientos, con la máxima de que lo conocido por el ser humano siempre es lo superior; ante lo cual no cabe discusión, y si algo no coincide con sus ideas siempre se podrá modificar y adaptar a su deseo. Pero en Solaris la cosa no funciona de este modo. Fue en 1961 cuando el polaco Stanislaw Lem escribió la que sería su obra más conocida y con la que cambió el concepto de lo que hasta entonces era la ciencia ficción.

Tras más de cien años de conocimiento de la existencia del planeta Solaris, después de que muchas expediciones hayan partido de la Tierra con el fin de estudiar este nuevo descubrimiento de la humanidad, algo no anda bien entre los hombres que aún quedan allí. Hace unos días el comandante Gibarian, el que fuera profesor de Kris, se ha suicidado. Por este motivo el psicólogo Kris Kelvin debe reunirse con los compañeros de misión que quedan en la estación espacial. Nada más llegar al planeta y observar el estado en que se encuentra la estación, Kris comprende que algo extraño está pasando allí y tendrá que averiguar qué es lo que atormenta a los otros tripulantes. Para terminar de alimentar su impresión de extrañeza y su incomprensión ante qué es lo que puede estar sucediendo, su compañero Snaut le advierte de que tenga claro que en la estación sólo se encuentran Kris, Snaut y el físico que siempre está encerrado en el laboratorio, Sartorius. Pero Kris pronto se percatará de que tiene algún «visitante».

El hombre se había lanzado al descubrimiento de otros mundos y otras civilizaciones, sin haber explorado íntegramente sus propios abismos… (p. 181).

Toda la historia está narrada en primera persona en función de las vivencias del propio Kris, quien va contando lo que ve, lo que siente, lo que sueña, lo que vive. A esto se añade toda la información que, de manera sutil y eficaz a la vez, el autor va mostrando a los lectores a través de los libros de la biblioteca de la estación espacial que Kris lee. De este modo vamos conociendo mejor la razón de la situación en la que se encuentran los personajes y cómo se ha llegado a esta. En la ciencia ficción estamos acostumbrados a que se nos presente el ser extraterrestre de una forma humanizada (humanoides verdes con cabeza de cono) o bien formas pensadas y creadas a semejanza de algo común en la Tierra (insectos, masas viscosas o animales de tamaño gigante), pero en Solaris ese ser extraterrestre no cumple estas premisas, va más allá .

Tal vez valga la pena quedarse. Sin duda no aprenderemos nada acerca de él, pero sí acerca de nosotros… (p. 93).

Si bien por la situación en la que se desarrolla la acción (un planeta a millones de años luz) sería muy sencillo encasillar esta obra dentro de la ciencia ficción, Lem se vale de este entorno para hablar y tratar otros temas como son la comunicación/incomunicación, las relaciones humanas, la psicología y los sentimientos. Aunque todo transcurre en una estación espacial, este libro tiene mucho más de psicología y filosofía que de ciencia ficción. El autor lanza una serie de preguntas en torno a la metafísica y, más concretamente, a la ontología, preguntas a las que el hombre lleva intentando dar respuesta desde hace siglos y que a los lectores, después de disfrutar Solaris, atraparán del mismo modo y les hará replantearse muchas cosas a las cuales hasta este momento no habían dado la menor importancia. Una lectura muy recomendable.

¿Qué nos sería más sencillo, racionalizar lo irracional o pensar que estamos locos y así tener ese consuelo de sabernos enfermos, con la posibilidad de una curación futura?

Yo no estaba loco. El último rayo de esperanza se había extinguido (p. 64).

Aun cuando el hombre hubiese explorado todos los rincones del cosmos, aun cuando hubiese encontrado otras civilizaciones, fundadas por criaturas semejantes a nosotros, Solaris seguiría siendo un eterno desafío (p. 199).

Solaris
Stanislav Lem (Minotauro, 1961)
Erratas encontradas: 3.

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado (Maya Angelou)

angelouDe sobra es sabido que el catálogo de Libros del Asteroide roza lo impecable. Pero cuando imprimen un título de un autor como Maya Angelou, a mí, particularmente, se me hacen agua las manos.

La polifacética Marguerite Annie Johnson, quien fuera llamada “la más laureada de las poetas de color” en su momento, escribió su autobiografía en siete volúmenes, de los cuales el primero es el más conocido: Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado. En él, Maya cuenta en primera persona y recuperando una inocencia pueril que se va transformando en crudeza cómo fueron sus primeros años (concretamente hasta los 17, cuando da a luz a su hijo). La niña Marguerite creció en un pueblecito de Arkansas junto a su hermano Bailey, su abuela y su tío, en circunstancias de cambio. La yaya poseía una tiendecita y desde los ojos de los niños era un ser casi todopoderoso al que el resto de la comunidad (negra, por supuesto) respetaba. Sin embargo, la emancipación negra no había llegado tan lejos todavía, y los mayores conflictos internos de Maya antes de marcharse a California, se dan cuando experimenta en sus propias carnes el rechazo y el trato de superioridad de los niños blancos. La escritora cuenta cómo ella misma llega a aborrecer los comportamientos y las tradiciones de su raza: no acaba de comprender por qué se doblegan; tampoco le agradan los sermones ni la manera de vivir la religiosidad. «Éramos criadas, granjeros, mozos y lavanderas, y cualquier aspiración a algo superior era ridícula y presuntuosa».

Con sus padres separados, los hermanos Johnson viajan primero a San Luis y más tarde a California, donde Maya se instala definitivamente junto a su madre, a quien ambos tienen por una diosa tanto por su belleza como por su fuerza y descaro contra el mundo. Allí se desarrolla física (más bien poco) e intelectualmente, se instruye, comienza a trabajar, descubre diversas formas de discriminación tanto racial como sexual, tiene contacto con el mundo nocturno y con conceptos como el lesbianismo y finalmente descubre, cuando se entera de que va a ser madre, lo que es el verdadero miedo.

Como decía anteriormente, la narración es naive o parece serlo, porque Angelou no tiene miramientos a la hora de contar linchamientos a negros señalados por un dedo acusador, como tampoco los tiene cuando explica cómo el novio de su madre abusó de ella en repetidas ocasiones. Pero tampoco conoce el pudor y es explícita en cuanto a sus pensamientos acerca de todo lo que sucede o está por suceder a su alrededor. Las memorias de esta poeta, publicadas por primera vez entre 1969 y 2013, un año antes de su muerte, son un reflejo fiel y sin adornos de su evolución como mujer, pero también del tránsito a la emancipación del pueblo negro en los EEUU de principios del siglo XX.

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado
Maya Angelou (Libros del Asteroide, 2016)

Erratas encontradas: 2.

La máquina se para (E. M. Forster)

forsterUn día, de repente, internet deja de funcionar: ya no recibimos noticias a través de Twitter, debemos visitar a las personas a las que queremos comunicarles algo porque ya no hay Whatsapp, y esta reseña solamente puede leerse en papel, y no en un “estado” de Facebook. Imaginemos que nuestra vida, controlada y condicionada por “la nube”, vuelve a un adánico e irreversible mundo analógico. Un ejercicio de imaginación parecido ya lo realizó, hace más de 100 años, el británico Edward Morgan Forster, uno de los de Bloomsbury. Sin embargo, es probable que la existencia de algo parecido a internet solo existiera en la imaginación de algunos científicos bien informados, aunque la literatura ya había comenzado a anticiparse y ahí tenemos las obras de Wells u otros.

Forster publicó su relato La Máquina se para en 1909. En ese momento, quizá solo unos pocos clarividentes podían comenzar a intuir la proximidad de una hecatombe equiparable a la que esta novelita imaginaba. Lo que seguro que no se les pasaba por la cabeza es que un siglo más tarde esa misma sociedad vivirá de una manera asombrosamente similar a la que plantea en el relato. Este texto ha sido alabado entre los aficionados anglosajones al género de la ciencia ficción como uno de los mejor “relatos de anticipación” del siglo XX. Desde hace un año tenemos la oportunidad de leerlo en español, en la traducción de Javier Rodríguez Hidalgo, editado por el inquieto sello de raíz alicantina Ediciones El Salmón.

La distopía que plantea, se aproxima a otras más conocidas, como A brave new world de Huxley, 1984 de Orwell, Anthem de Ayn Rand o Fahrenheit 451 de Bradbury. A diferencia de aquellas, The Machine Stops de Forster presenta una sociedad homogeneizada no por una suerte de directorio de sabios que deciden lo que conviene o no a la sociedad, sino por una misteriosa Máquina que mueve los hilos de todos los habitantes de una tierra subterránea, cuya superficie es presentada como hostil para el ser humano y, por tanto, prohibida. En ese mundo seguro y pacífico, la única ocupación de las personas es producir ingentes cantidades de información que, a su vez, sirve de fuente para generar más y más información, cada vez más alejada de la primera mano. ¿Suena familiar?

Sin embargo, en ese mundo idílico aparece la nota discordante en la figura del hijo de la protagonista, que sospecha que algo no funciona como debería, que se les está ocultando algo. Es en este momento cuando el relato, en mi opinión, flaquea como tal, quedando en poco más que un germen de novela ya que en unas pocas páginas aparecen tramas y personajes que carecen del desarrollo al que nos tiene acostumbrado el autor en sus otras obras mayores.

Los personaje de Forster son habitualmente de una desquiciada complejidad psicológica. Los diálogos entre ellos nos permiten conocerlos casi mejor que a nosotros mismos. Esto no sucede en La Máquina se para. Aquí todo es frialdad, aunque creo que esta es debida a los corsés que La Máquina impone a sus súbditos. Nos obstante, el personaje del hijo parece querer escapar de esa gelidez, aunque en realidad, en las páginas de esta historia, no lo hace. En algún momento nos hace pensar que se va a convertir en actor del cambio que se avecina, pero pronto nos damos cuenta de que, inexplicablemente, ha vuelto a su papel de espectador.

Como conclusión, desde mi punto de vista, La Máquina se para es un relato de anticipación excelente, cercano a la profecía en cuanto al mundo mecanicista que muestra. Una lectura e la que podemos disfrutar gracias a Ediciones El Salmón. Sin embargo, desde un punto de vista estrictamente literario, el relato puede llegar a defraudar a los lectores habituados a que las elipsis propias del género se justifiquen a sí mismas, pero no a que nos dejen con la sensación de que la historia podría haberse desarrollado más. Desconozco las circunstancias de su escritura, pero creo que Forster perdió la oportunidad de ser recordado sin ninguna duda entre los autores de un género interesantísimo que en aquellos años comenzaba a dar sus primeros frutos maduros. Por fortuna, gracias a sus muchas otras obras, ya ocupa su merecido lugar en la historia.

 La máquina se para
E. M. Forster (Ediciones El Salmón, 2016)
Erratas encontradas: 1. 

El soldado asimétrico (Antonio Manuel)

soldadoEn una de las muchas ferias que se organizan con motivo del día del libro, me encontré hace unas semanas con un pequeño ejemplar que, nada más ver su título, llamó mi atención. Ese libro era  El sacrificio como acto poético, de Angélica Liddell. El motivo de esa llamada inmediata se debió a que acababa de terminar de leer El soldado asimétrico, de Antonio Manuel (Berenice, 2017) y el título de aquel libro podría ser la definición perfecta de esta novela. La historia se presenta como la relación amorosa que surge entre dos hombres: un soldado sin nombre ni pie izquierdo y el hombre que debe asesinar al general Francisco Franco en la final de fútbol de la Copa de las Naciones en 1964.

 Y no hay más verdad que la que uno quiere creerse por mentira que sea.

Después de leer la sinopsis del libro y adentrarse en las primeras páginas, el lector observará que poco o nada tiene que ver con lo que esperaba encontrar. Sería muy fácil pensar en el sexo homosexual o el amor furtivo entre dos hombres en tiempo de guerra, y la  morbosidad  lectora podría estar acechando detrás, para ver cómo termina esa «relación de dos». Pero el autor narra una  historia que va mucho más allá, siendo la relación carnal entre soldados lo menos importante.  Antonio Manuel plasma perfectamente la hipocresía del ser humano, la doble moral, las mentiras, el odio y el egoísmo que convierte al hombre en lo más inhumano y de mayor bajeza en la Tierra; todo esto desde el prisma y la percepción poética. Porque este es el pilar central en torno al que gira todo lo demás en la novela: la poesía.

También soy ateo. Y, sin embargo, creo en las vírgenes de escayola. En alguna parte tendré que depositar la basura que me sobra.

 El autor no se anda con ambages y relata la historia con un lenguaje duro y directo, utilizando frases cortas, muy cortas, sin apenas descripciones de lo que rodea al soldado sin nombre. A veces no son más que un par de palabras que dan la contundencia necesaria para conseguir plasmar esa crueldad alrededor de la cual se mueve el personaje. En otras ocasiones, sin embargo, la narración pasa a todo lo opuesto. Las descripciones se hacen detalladas: sensaciones, olores y el aspecto visual cobran gran relevancia para que el lector comparta mejor los momentos agradables, los conmovedores encuentros en los que a lo único que se aferran los personajes es a los sentimientos.

 Los capítulos son cortos, narrados en pasado en primera persona, pues el personaje está recordando todo lo que ha sucedido a lo largo de su vida. Inevitable acordarse de La conciencia de Zeno, de Svevo, pues igualmente asistimos al relato, de su propia boca, de la vida de un octogenario. El libro se lee de forma amena, lo que lleva al lector a continuar leyendo para averiguar el desenlace de la trama. Cierto es que llega un punto en la obra en el que la historia se hace un poco pesada, quizá por la cantidad de líneas abiertas o quizá debido a los saltos temporales en el relato que facilitan información al lector que, en ese momento, no sabrá cómo interpretar. En algún pasaje la historia se hace poco creíble, por lo enrevesado de la misma, y parecen existir demasiadas casualidades. Pero ya lo dice el personaje sin nombre: el ser humano es sus actos y sus pensamientos. Quizá exista la casualidad, o más bien sea cuestión de causalidad. Por pensar demasiado (y mal) en esos actos, podemos actuar tarde o no actuar. Después siempre estará la conciencia para recordárnoslo toda la vida, de ahí que, para aplacar un poco su mala conciencia, renuncie al amor de su vida a cambio de conservar la dignidad de un poeta, pues él hace tiempo que perdió la suya. Si algo caracteriza a este soldado sin nombre ni pie, es su vida, o más bien si “no vida”. Y ya se sabe que nuestra vida es la que es, una única verdad que no podemos cambiar; con lo que no debemos ser hipócritas con nosotros mismos. El personaje lo es, y esto le ha atormentado desde siempre. Nunca hizo lo que realmente quería, ya fuese deseo de su mente o de su corazón. Debe poner remedio a esto.

Aún más insoportable que la ignorancia es el exceso de conocimiento.

 El hombre es un animal de costumbres, o manías, y una de las mías es no dejar nunca un libro sin terminar, aunque me cueste seguir leyendo palabras. Y en esta ocasión me alegro (mucho) de ser maniático, porque de no serlo no hubiera acabado la lectura de esta novela que en sus últimas 30 páginas, de las 144 que tiene en total, consigue hilar a la perfección todo cuanto pudiera quedar pendiente de cerrar y no deja lugar a ninguna laguna o posible “error de guión”. Es en este momento cuando el lector se da cuenta de que todo lo anterior es necesario, incluso ese pequeño lapso más pesado de leer. Esto demuestra que no debemos juzgar un libro sin haberlo leído entero. Estamos ante una historia preciosa y horrible, de verdades y mentiras, de amor y odio, de complicidad y venganza; pero principalmente de amor llevado al límite a través de la poesía. Una lectura que no deja indiferente e invita a la reflexión.

 El soldado asimétrico
Antonio Manuel (Berenice, 2017)
Erratas encontradas: 0.

Apuntes sobre Caídas (Teresa Soto)

Si cada libro tiene su momento, no había mejor regalo en el último mes que el que Alba Ceres puso en mis manos: un poemario cuadrado y florecido. Caídas es el cuarto título que firma Teresa Soto, después de haber ganado el premio Adonais con Un poemario (Rialp, 2008) y de haber publicado también Erosión en Paisaje  y Nudos.

Formado por dos partes bien delimitadas, este último trabajo de la poeta asturiana es un recorrido por el duelo, explícito en cuanto al ajeno y mucho más comedido en lo propio. La que abre el libro, «El Dorado», hace referencia a un viaje real, en concreto a un punto geográfico existente (el parque californiano), si bien está plagado de la semántica del oro y su simbología, en ocasiones falsa, de esperanza y cambio: «voy a ti / para sanarte del oro / para cuidar la pérdida / abrazar tu exilio».

Esta intención de cuida atraviesa cada una de las páginas, tal vez con menos ternura en la segunda sección, que nomina el total. En ella aparecen la rabia, el gesto violento para demostrar que queda vida (y cómo acogerlo desde fuera, aprobarlo incluso), pero también el abandono de «la lucha de sí mismo hacia las alturas [que] es suficiente para llenar el corazón del hombre» de la que habla Camus en El mito de Sísifo, la rendición ante lo innegable y el posterior descanso:

Y entonces empujar
la gran piedra ladera abajo.
Que caiga.
Un golpe seco,
no fácil,
que duele en las manos.
Luego, el cuerpo aliviado,
arrojado hacia atrás:
la misma fuerza del empuje,
inyectada de vuelta:
fuerza contra fuerza.

A pesar de esta intención de cuidar al (más) doliente, de tratar de dar respuestas a quien pena, los poemas con los que Soto compone este libro son en muchas ocasiones preguntas, llamadas al ausente («Hace falta saber / que no habrá más pérdidas. / Que no me faltarás / nunca. / ¿Qué paraíso me invento / para retenerte siempre?»); de posicionamiento, en definitiva, en el duelo propio.

Lleno de heridas, de dolores, de huecos que rellenar con algo que no sea falta, están estas caídas. Pero también de rodillas obstinadas que empujan el cuerpo hacia arriba de nuevo, de asumir el hueco y habitarlo (y habitar hermosamente al otro) como refugio. Y si en versos en apariencia sencillos condensa Soto el duelo, hace lo propio con lo más simple y obvio, lo que nunca llegamos a decir en voz alta: «Agradecida / celebro / que aún hay / vida».

Caídas
Teresa Soto (incorpore, 2016)
Erratas encontradas: 0.

 

Eichmann en Jerusalén (Hannah Arendt)

EichmannLa «banalidad del mal» es lo que lleva a hombres corrientes, ordinarios, a cometer atrocidades sin que asome un solo atisbo de culpabilidad en sus conciencias. Así lo plantea Hannah Arendt, así se entiende en el contexto de estas páginas y así ha pasado el concepto a formar parte del lenguaje común. Adolf Eichmann es, tal vez, el ejemplo más paradigmático de lo que representa el membrete: una pieza del engranaje burocrático del Tercer Reich sobre cuyas motivaciones reflexiona la autora del libro. Para ello se ayuda de las palabras que Eichmann pronunció o escribió en los días en los que tuvo lugar su juicio, al cual, Arendt, asistió y no asistió. La explicación es necesaria: asistió, pero sólo en parte, hecho que ha servido tanto para argumentar que el libro está escrito con conocimiento de causa como para todo lo contrario. Paradojas de la crítica: nada que no sepamos ya. Sin embargo, aunque quizá lo más interesante sea el retrato del funcionario de Estado que, casi de casualidad, se convierte en responsable de un número escandalosamente alto de deportaciones y muertes, también atractivo resulta el análisis desde un punto de vita estrictamente jurídico del proceso que terminó condenando a muerte a Eichmann.

Hannah Arendt intentó desprenderse del maniqueísmo en el que se suele caer cada vez que se habla del nazismo. Al pasar la última página del libro se tiene la firme impresión de que lo que se ha leído es un escrito en defensa de un hombre, algo difícil de conseguir dadas las circunstancias, incluso hoy. Lo fácil y esperable es trazar el retrato de un psicópata o un sádico. Lo fácil es decir por enésima vez lo malos que fueron los nazis y justificar que Israel tenía el derecho moral de secuestrar a un hombre, sentarlo en un banquillo, impedir que estuvieran allí determinados testigos de la defensa y acabar con su vida dos años después. A fin de cuentas, ¿quién era Eichmann? La encarnación de mal: un chivo expiatorio, no para tranquilizar conciencias, sino porque representa metonímicamente a todos los que llevaron a cabo las monstruosidades que la historia, los periodistas y los historiadores ya se han encargado de mostrarnos ad nauseam. La realidad, como siempre, es mucho más compleja, aunque parezca irónico y cruel pretender rasgarse las vestiduras ante las injusticias cometidas, a posteriori, contra los vencidos.

Quizá lo único que pretendió Arendt aquí fue realizar un análisis lo más objetivo posible. A lo mejor no tan objetivo cuando se trata de retratar a Adolf Eichmann (son comunes los adjetivos fuera de lugar y hay un intento de hacerlo pasar por un hombre idiota), pero sí desde luego en lo que se refiere al papel que jugó Israel. Para Hannah Arendt, no había justificación posible para su secuestro, ilegal a todas luces; además, el juicio, lleno de irregularidades, pasó por momentos de puro espectáculo y con intervenciones por parte de los testigos del fiscal dignas de reality show barato. Sí, se cometieron atrocidades, muchas, pero eso no justifica que la sala donde se juzga a un hombre para condenarlo a muerte se tenga que convertir en el lugar donde exponer dramáticamente los episodios más escatológicos del holocausto. Y, por si fuera poco, una vez dictada sentencia y recurrida sin éxito, se tarda menos de veinticuatro horas en ejecutarla, no vaya a ser que a alguiens e le ocurra cursar nada por la vía legar e impedir el triunfo de la justicia poética para vergüenza y escarnio de Israel. Vergüenza porque si secuestramos a un hombre y después de un juicio tan parcial tenemos que dejarlo libre nos convertiríamos en auténticos bufones, así que la poética fue quizá el único tipo de justicia que hubo en todo el proceso.

Parte de los argumentos que Eichmann esgrimió en su defensa es lo que justifica esta visión completamente ordinaria del hombre convertido en monstruo: se defiende alegando que él cumplía órdenes y estaba cumpliendo la ley vigente en la Alemania nazi. Y ahí está lo fascinante y atroz. Era cierto. El Tercer Reich debió tener un sistema de propaganda organizado, tanto en el terreno lingüístico como en el estrictamente superficial. Ese sistema de propaganda cuyo objetivo era limpiar las conciencias. Y ello explicaría por qué ni Adolf Eichmann ni casi ningún otro se plantease que lo que hacían no estaba bien, que había otras opciones o que podían negarse a cumplir órdenes. También explicaría cómo es posible que alguien que no es antisemita (¡y que de hecho afirmó admirar y respetar profundamente a ciertos judíos!) ordene deportar a tantísimos aún sabiendo lo que significaba «deportar».

Bien. Si esto es así, los culpables siguen siendo todos (otra de las líneas que trata el libro son los países que no colaboraron con el régimen nazi, como un rayo de esperanza, pese a que fueron una minoría), sin embargo, los culpables a los que tendríamos derecho a castigar son muchísimos menos. No obstante, Arendt pone de manifiesto lo oportuno de que algunos con mucha más responsabilidad de la que tuvo Eichmann estuvieran en aquel momento ocupando puestos como funcionarios del Estado mientras él estaba a punto de pasar por el cadalso. Algo imprescindible si queremos comprender la historia de nuestro turbulento siglo XX.

Eichmann en Jerusalén
Hannah Arendt (Lumen, 2012)
Erratas encontradas: 0.

Prosas reunidas (Wisława Szymborska)

SzymborskaA día de hoy casi siente uno pudor de admitir que le gusta y admira la poesía de la polaca Szymborska, de tan extendida como está esta opinión en nuestro país. Sin embargo, no puedo más que repetirlo: me gusta esta mujer. Me cae bien; incluso en las fotos que conozco de ella me resulta simpática. El libro que hoy nos ocupa no ha hecho más que acrecentar esta opinión.

En esta ocasión no se trata de poesía. En Prosas reunidas, se recogen cientos de artículos publicados a lo largo de unos 40 años y previamente agrupados en tres colecciones: Lecturas no obligatorias, Otras lecturas no obligatorias y Más lecturas no obligatorias. En ellos, Szymborska comenta lecturas de lo más variopinto, desde novelas clásicas de todas las latitudes hasta catálogos de papel de pared (la autora se encarga de dejar claro en el prólogo que no debemos esperar reseñas al uso). Nada más heterogéneo que estas lecturas, de las que se sirve para hablarnos de sí misma, de sus pensamientos y de sus intereses, como una de las últimas seguidoras de la estela de Montaigne, de quien en varias ocasiones manifiesta su admiración.

Estoy leyendo porque desde pequeña me produce placer acumular saberes innecesarios. (p. 33)

Llegado el caso de tener que resumir este extenso volumen de casi 600 páginas en un solo lema, este sería el de «el placer de leer». En este sentido, no he podido evitar pensar en otra ilustre lectora, Helene Hanff, con la que Szymborska comparte el amor por los libros, si bien sus gustos son mucho menos restrictivos que los de la estadounidense.

El libro destila humor en cada página. Cuando reseña algún libro que contiene elementos narrativos, despliega el argumento de este con un estilo muy cercano a la oralidad, como quien le cuenta una anécdota a un amigo (vid. pp. 293-294). Eso no le impide criticar con dureza aquellos que no le gustan o con los que no está de acuerdo:

Y aún otro disgusto: la traducción del libro es horrorosa. La autora parece no darse cuenta en ningún momento de que la sintaxis polaca y la alemana son diferentes (p. 231).

Ahora que sale el tema, en todos y cada uno de los libros reseñados hace mención del traductor, cosa nada habitual.

Personajes históricos, libros de cocina, textos literarios, muchos libros sobre animales y plantas, catálogos. El volumen está poblado de libros de toda índole. Quisiera destacar una de las reseñas que aparecen cerca del principio, el titulado «Pasar página» (p. 55), que en realidad es una exquisita (aunque no esté yo de acuerdo con algunos aspectos de la traducción) felicitación de Año Nuevo, bajo el disfraz de una enumeración de todo lo que se puede uno encontrar en el reverso de las hojas de un calendario.

En conclusión, estas Prosas reunidas de Wislawa Szymborska deparan horas de muy entretenida lectura, durante las cuales no podemos sino pensar con agrado en esa mujer menuda, de sonrisa pícara y agradable, con cuya poesía ya habíamos disfrutado tanto. Una lectura muy recomendable de la mano de la editorial Malpaso.

Prosas reunidas
Wisława Szymborska (Malpaso, 2017)
Erratas encontradas: 6.

Matadero cinco (Kurt Vonnegut)

Y Billy había sido testigo de la mayor carnicería de la historia de Europa, el bombardeo de Dresde. Los dos intentaban rehacerse a sí mismos y rehacer el universo entero. Y por eso la ciencia ficción constituía una gran ayuda para ellos.

En Matadero cinco, Kurt Vonnegut sumerge al lector de pleno en la Segunda Guerra Mundial a través de la historia del soldado Billy Pilgirm, el cual fue hecho prisionero de guerra y trasladado a Dresde para trabajar. Lo que no podía haber imaginado Billy es que viviría el bombardeo de la ciudad en primera persona. Esto mismo le sucedió al autor quien, valiéndose de su experiencia personal, crea este personaje como su álter ego y nos cuenta todo lo que allí vivió. Porque recordemos que Vonnegut se encontraba en Dresde el día del bombardeo, lo que le dejó tan marcado que se vio en la necesidad de escribir un libro acerca de ello. Ese libro es Matadero cinco, pues las paredes que le dieron cobijo durante los días que permaneció en la ciudad fueron las de un matadero de animales señalado con el número cinco.

Si bien el tema principal alrededor del cual gira toda la historia es la guerra y todo lo que ella conlleva (muerte, miseria, sangre, hambre, etcétera), Vonnegut consigue hablar de todo esto de una manera pausada, sin dramatizar e incluso dándole un toque de humor a cualquier situación. Consigue así que, en un tono de sátira y con su peculiar sarcasmo, el lector termine riéndose frente a algunas situaciones e imágenes, pese a lo duro y cruel de ellas.  A todo esto se añade, además, la ciencia ficción, tema que el autor controla a la perfección y que engarza con otros géneros. En este caso no se podría catalogar en ningún estilo concreto la obra, pues este libro engloba la autobiografía, la historia, la fantasía y la ciencia ficción haciendo del conjunto una historia peculiar y, en algún momento al principio de su lectura, un poco rara y difícil de seguir.

Esto se debe a que, entre las muchas cosas que le suceden a Billy Pilgrim, se hable del secuestro que sufre por parte de un platillo volante para exponerlo en el zoo de Trafalmadore, un planeta lejano cuyos habitantes tienen una percepción en cuatro dimensiones. Para los extraterrestres el tiempo no tiene importancia, con lo que tampoco la tiene la vida o la muerte. Según ellos todo lo que existe, fue y siempre será en un momento pasado, presente y futuro. Su lema es que hay que quedarse con las cosas buenas y siempre serán esas cosas las que existan. Vonnegut describe a estos seres como pequeños, de no más de un metro, que no hablan pero se comunican entre ellos por telepatía, y con unos ojos muy graciosos en las palmas de sus manos. Si buscamos la metáfora de esto, el zoo al que esos seres llevan a Billy podría ser el matadero al que los alemanes llevan al autor y esos seres pequeños podrían ser esos niños de la guerra, pues como el propio Vonnegut comenta, una vez afeitados y un poco aseados, la cara de la mayoría de ellos no era la de un hombre, de ahí el otro título por el que se conoce este libro: La cruzada de los niños.

Otra de las características de tan peculiar personaje es su capacidad de viajar por el tiempo. En un momento puede dormirse en el hospital militar y después despertar en su tierna infancia para, tras una descuidada siesta, descubrirse en el día de su boda. Para que el lector no se pierda en estos saltos temporales, con sus personajes y localizaciones, el autor utiliza de forma acertadísima imágenes (colores), detalles (frío, calor), elementos físicos (casa, bosque) y sentimientos para cada época concreta, de manera que es muy sencillo seguir la historia. Además, los diferentes capítulos están relatados en párrafos cortos y con un lenguaje coloquial, con lo que se leen rápidamente sin que se pierda la información.

Lectura obligatoria para los amantes de la ciencia ficción que, detrás de la aventura y la sátira, esconde una denuncia antibelicista y un mensaje claro de cómo sobrellevar las cosas y la perspectiva con la que mirar el día a día que poco tienen que ver con la fantasía. Así pues, gustará a unos y a otros, cada lector la podrá leer desde su propio punto de vista y quedará sorprendido gratamente por esta gran obra. Aunque ya había escrito Cuna de gato, Las sirenas de Titán y otras, Matadero cinco está considerada su mejor obra. Fue esta la que dio nombre y reconocimiento a Kurt Vonnegut, el autor que con el paso del tiempo es considerado uno de los grandes de la literatura contemporánea estadounidense.

Billy miró dentro de las letrinas y comprobó que los lamentos procedían de allí. El lugar estaba abarrotado de americanos con los pantalones bajados. El festín de bienvenida les había transformado en volcanes. Los cubos estaban llenos e incluso rebosaban.

 Un americano que estaba cerca de Billy se lamentaba de que lo había defecado todo menos el cerebro. Momentos después decía:

 -¡Ahí va! ¡Ahí va! – refiriéndose al cerebro.

Este era yo. Este era yo en persona. El autor de este libro. (p. 114)

Matadero cinco
Kurt Vonnegut (Anagrama, 2014)
Erratas encontradas: 3.

decir vivo a quién (Danielle Collobert)

collobertCuando Kokoro emprendió su viaje como editorial después de su andadura como revista imprescindible para aquellos que buscábamos voces distintas a las mismas selecciones de siempre, lo hizo con dos títulos. De uno, Luciérnaga, ya hablamos en su momento. El otro era una antología bilingüe de Danielle Collobert, titulada en castellano decir vivo a quien, que parte del primer volumen de sus obras que recogió P.O.L. Éditeur en 2004.

De esta autora no se sabe mucho: nació en un pueblo de Bretaña, formó parte del FLN, sus textos fueron rechazados alguna vez, escribió algunas obras para radio, se suicidó el día de su cumpleaños (paradójicamente después de publicar con prisas Survie). Tampoco contiene el volumen que nos ocupa mayores aclaraciones con respecto a este personaje. Comenta en la nota introductoria Antonio F. Rodríguez, uno de los responsables de Kokoro y el traductor de la antología, que creen «que la fuerza de estos textos es su despojamiento». Y tienen razón. Por eso los presentan limpios, como los habría querido Collobert: sencillamente el verbo contra la página.

Los textos contenidos en decir vivo a quién pertenecen a Meurtre (1964), Dire I y II (1972), Il donc (1976) y Survie (1978). Mientras que en Asesinato nos enfrentamos a piezas en prosa, en esta muestra —primera y prácticamente textual traducción de Collobert al castellano, por cierto— el lector puede observar cómo la escritora fuerza la descomposición del lenguaje, lo limpia como se retiran de la granada las tastanas para dejar sólo el fruto, que sangra y mancha pero es puro. Comentaba Alba Ceres, autora del Luciérnaga mencionado antes, que «es increíble cómo los poemas se depuran conforme el libro avanza, cómo van de la carne al hueso, del hueso a la médula».

En este viaje cobran especial importancia el cuerpo, metamorfoseado de manera constante («je deviens soif, uniquement, totalement»), desarmado incluso de nombre; la voz que quiere ser grito y sin embargo se diluye, se desconoce; pero también el miedo, el dolor y la muerte en sus formas más esenciales, primitivas, que arrastran al lector. Y, por supuesto, la palabra, el medio para coser estos conceptos a lo largo de las páginas y convertir el conjunto tanto en una única obra como en una obra única.

dire
n’arrive pas à dire
rien n’échappe plus
enfermé
tout es clos
attente
fin
se termine
s’achève peu à peu
les derniers jeux
derniers mots liés de sens
l’espace autor – l’instant là
rien n’échappe
finit là
achève de se séparer en mots
disloqué
se raréfie
n’essaie plus
sans effort – résistance
laisse aller
ce qui continue
vague détresse
douleur – atténue
limite précise de l’immobile
le terme
mesure précise du parcours
limité
les restes – émiettements
parole broyée
se fige
non – vidée de l’intérieur
les mots tendus sur rien
support rétréci – ramassé
aspiré au-dedans
apparence de dureté – osseuse
soutient compact – se désagrège
destruction – terreur*

No resta, en realidad, decir nada. Vale más recurrir de nuevo a la cita extraída de la nota que introduce el volumen: la «experiencia Collobert» sólo puede vivirse leyéndola.

decir vivo a quién
Danielle Collobert (Kriller71-Kokoro, 2017)
Erratas encontradas: 0.


* decir / no logra decir / nada escapa / encerrado / todo cercado / espera / fin / se termina / culmina poco a poco / los últimos juegos / últimas palabras con sentido / el espacio en derredor – el instante ahí / nada escapa / el cuerpo ahí / acaba ahí / termina por separarse en palabras / desmembrado / se enrarece / deja de probar / sin esfuerzo / resistencia / deja ir / lo que continúa / vago desamparo / dolor – atenúa / límite preciso de lo inmóvil / el término / medida precisa del recorrido / limitado / los restos – desmenuzamiento / palabra molida / se fija / no – vaciada en su interior / las palabras tendidas sobre nada / soporte encogido – condensado / aspirado dentro / apariencia de dureza – ósea / apoyo compacto – se disgrega / destrucción – terror

Castellio contra Calvino (Stefan Zweig)

castellio-contra-calvinoUn hombre defiende, en un momento histórico donde lo demencial se vuelve norma, al hombre. Da igual si es Sebastian Castellio defendiendo a Miguel Servet; si es Stefan Zweig rescatando del olvido a Sebastian Castellio. Es el hombre defendiendo al hombre. El hombre erigiéndose portavoz de un humanismo contra el que la tiranía impone sus propias leyes y al que, como dijera Primo Levi, le roba la paz, la humanidad, hasta el punto de obligar a una época futura a guardar memoria.

Ignoro si la labor de recuperación que llevó a cabo Stefan Zweig en el siglo pasado obedece exclusivamente a esa necesidad de preservar la memoria, pero, a la luz de los acontecimientos que le tocó vivir —y que, por cierto, relata magistralmente en otro librito publicado por El Acantilado—, no parece descabellado pensar que guardan algún tipo de relación. De entre todas las luchas de opuestos que la historia puede ofrecer como espejo en el que mirar nuestros propios defectos, la de Castellio contra Calvino resulta particularmente ejemplar. A pesar de subdividirse en diez capítulos, su estructura interna es tripartita —Calvino, Servet, Castellio—, y esta coherencia interna puede servir para ilustrar lo que Zweig consigue en esta obra.

De Calvino nos muestra un acerbo retrato que, en ocasiones, raya en el determinismo; en el polo opuesto el biógrafo sitúa a un Castellio que «transmite una delicada y esperanzada serenidad». De un lado, la violencia; del otro, la conciencia. En el centro de ambas, una víctima de sus propias circunstancias: Miguel Servet. Quizá a día de hoy sea el tratamiento de Servet, esa figura que ha servido para reivindicar casi todo, lo que más sobresalga de este lúcido ensayo. En contraposición a un Servet ateo y deliberadamente rebelde, Stefan Zweig describe a un intelecto mediocre cuya obstinación le lleva a tener el dudoso honor de convertirse, históricamente, en la primera víctima del calvinismo.

Los tres retratos apenas esbozados en estas líneas protagonizarán una controversia atemporal: lo anecdótico sirve al autor para hacer una profunda reflexión en torno a la libertad de pensamiento, al humanismo más genuino y a tolerancia como armas contra la perfidia y la estrechez de miras. Armas que hasta la fecha se han revelado estériles (venció Calvino en el siglo XVI y al siglo de Zweig no le fue mucho mejor), pero que han sido y son el único refugio que nos queda.

Castellio contra Calvino
Stefan Zweig (El Acantilado, 2001 [1976])
Erratas encontradas: 0.