Ser el canto (Vicente Gallego)

Ser el cantoEs evidente que toda la literatura en lengua española no es, ni mucho menos, literatura mística; y por obvio, tampoco toda la literatura mística lo es en lengua española, si bien es una de las lenguas en las que se han escrito algunos de sus textos más famosos. De igual modo, si bien la mística supone en su origen el intento de los poetas por expresar su experiencia directa de la divinidad, no siempre esa divinidad es equiparable al dios de ninguna de las grandes religiones monoteístas.

Dicho todo esto, creo que no yerro al afirmar que el poemario del poeta valenciano Vicente Gallego Ser el canto no es ni más ni menos que un bello fruto reciente dentro de la corriente de poesía mística que tan buena fortuna ha tenido en nuestra lengua. Hoy, la expresión del acercamiento a la totalidad no necesita de deidad alguna. En este libro, Gallego canta al encuentro con la naturaleza, con la existencia en sí misma, con todos los seres que la conforman.

El poemario está formado por cincuenta cantos. Poemas de una preciosa factura técnica, de verso medido con cuidado (casi exclusivamente heptasílabos y endecasílabos), que en ningún momento devienen en arte frío ni en anacronismo, desmintiendo la idea muy extendida de que la poesía actual vive de espaldas a la tradición. Su lenguaje, en apariencia sencillo, forma imágenes de una belleza plástica en ocasiones apabullante:

Muy lavando de pájaros, a vueltas
de pétalos y pólenes, el cuerpo
se derramó en la tierra,
fue quebrado en la fe de lo radiante.
(Canto IX)

Al igual que en los poemas de Juan de la Cruz, de Ramon Llull o de Shelomo Ibn Gabirol, Vicente Gallego canta al Amor, no al amor concreto, minimizado a un solo ser, sino al hecho mismo de amar:

Es todo tan sencillo, es lo de siempre:
entra el amor en uno y siente uno
que lo hace como Pedro por su casa,
(Canto XLIX)

Canta igualmente a la belleza, a la evidencia de que la naturaleza carece de plazos y de que solamente el presente es real:

Canto lo irremediable,
lo que se hace presente en el presente,
canto el olvido y canto
del olvido el olvido; de la muerte
la grandísima muerte.
(Canto XLVI)

Antonio Moreno, dedicatario del libro y autor del texto de la contraportada, duda que estos poemas sean en realidad poesía mística («¿Poesía mística? Solamente poesía. Vibrante, honesta, sabia poesía»). En realidad, es cierto. Poco importa si en los versos de Ser el canto tiembla la necesidad de expresar aquello para lo que, según Gerardo Diego, el lenguaje es insuficiente. No desdiría nada si así fuera de la enorme calidad de estos poemas, de la belleza con la que su autor los cincela.

Ser el canto
Vicente Gallego (Visor, 2016)
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Luciérnaga (Alba Ceres)

LuciérnagaLa pregunta de para qué están los textos críticos cuando existe el poema cobra una especial relevancia ante el verso esencial que cruza Luciérnaga con la solidez del filo del cuchillo. La poesía de Alba Ceres —nos dicen, sabemos— permite entenderse como respuesta a una desafortunada declaración de Susan Sontag acerca de la literatura y el cáner. Sí, se puede escribir sobre la enfermedad que acecha en la laguna de Lerna, pero ese nivel de lectura, por sí solo, no agota los significados que resuenan en un poemario como el que aquí me ocupa.

Luciérnaga se estructura en cuatro partes precedidas por cuatro fundidos fundidos en negro que hacen las veces de pórticos. Sobre el negro, tres poetas japoneses presentan las luciérnagas que guían al lector a lo largo del libro. Las luciérnagas o, más específicamente, acaso el viaje de una única luciérnaga que se enfrenta a la pérdida y al proceso de reconstrucción de un yo mutilado cuya memoria, lejos de ajar, por fin crea. Esto último, que sin duda es un lugar común (aunque intento utilizar «lugar común» en el sentido menos estereotipado de la expresión), gracias al trabajo de artesanía realizado por la autora deja una huella imborrable.

Hay en estos textos un aliento poético que se contrae en el verso —pulido, reducido al mínimo indispensable para llenar el vacío— y se expande como lo hace el dolor en las tres primeras secciones, pero también como el abrazo o la calidez de la música hacia el final del libro, en la cuarta sección. Podría hablarse no tanto de secciones como de movimientos, dada la capacidad expresiva que sostiene el vuelo de esta Luciérnaga, aunque, en cualquier caso, secciones o movimientos son difíciles de acotar. Los dos primeros, precedidos por citas de Issa Kobayashi, también los más duros (necesariamente hostiles con el lector), reflejan el proceso de enfermedad, muerte y consiguiente orfandad. Un duelo que se extiende hasta la forma de concebir el lenguaje, donde la voz poética retorna al origen y se vuelve infancia («mamahija / mamadentro / mamaún a / tiempo / de nutrir») u onomatopeya. En la segunda mitad, encontramos primero, como anticipa Masaoka Shiki, una realidad gélida («no tiembla la voz del cartero»), pero también comienza la fase de asimilación del duelo hasta convivir con él («sin tu / cuerpo / soy ¿tu / caja de / resonancias?»), aunque todavía no exento de culpa. Por ultimo, el libro se cierra con un regreso (lo abre un homérico Taneda Santôka), una luz luciérnaga que llena los espacios «y es / reposo».

Cuando el lector llega a la última página una suerte de clama rompe con la tensión acumulada y podemos al fin comenzar a asumir y comprender, un proceso que gana consistencia con las sucesivas relecturas, como si Alba nos atrajera con este poemario a la evolución de su propio aprendizaje.

Luciérnaga
Alba Ceres (Kriller71-Kokoro, 2017)
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Muerde ese fruto (Aharon Quincoces)

QuincocesEl escritor Aharon Quincoces debutaba en la narrativa el pasado verano de la mano de Tolstoievski, una editorial contestana que apuesta por la honestidad, la transparencia y por encima de todo la literatura sin edulcorantes ni vaselina —entiéndanme, no hablo de amor, hablo del «cuanto más azúcar, más dulce» y de «esto es bueno pero lo que en realidad vende es lo otro» que construye pirámides de libros en las grandes superficies—. Muerde ese fruto, la segunda novela de esta colección, da crédito a estas palabras.

Casi acostumbrados ya a las historias de reencuentros de antiguos alumnos que parecen haberse puesto de moda, no extraña que el encargo que recibe el personaje principal (detonante, por cierto, del argumento) siga por esos derroteros. Andrés, periodista relegado al suplemento de fin de semana de un periódico, animal de costumbres hasta para las derrotas y recién abandonado por su novia, debe reencontrarse con su pandilla de la adolescencia y trazar una línea entre el entonces y el ahora, una especie de revival que inevitablemente ha de conllevar consecuencias nefastas. A su alrededor, un jefe ascendente, parroquianos de bar que comparten su rutina, una puta, algunos yonquis, y un puñado de novias fantasmas completan el elenco.

A medida que pasa las páginas, el lector puede suponer no sólo que la novela es una suerte de distopía, sino que además puede imaginar Ciudad envuelta por una estética ciberpunk en la que la publicidad proyectada en la fachada de los imponentes edificios contrasta con la realidad a ras de suelo. No en vano desfila por ella una nómina de personajes en cierto modo estrafalarios, dependientes en su mayoría del consumo de sustancias psicotrópicas o directamente farmacéuticas y suceden cosas como que un edificio se derrumbe a causa de una reunión clandestina de suicidas. No es el caso, sin embargo. Ciudad es «todas las ciudades en una sola. (…) [U]n desafío narrativo», explica el autor, y es indudablemente cierto. Las miserias no difieren tanto de las que puedan encontrarse en los barrios menos afortunados de Barcelona, Turín o Belfast, sino más bien al contrario. El deseo de aparentar, de vivir de acuerdo con unas exigencias sociales o sencillamente de sentir algo diferente al vacío arrastra al ser humano hasta las peores alcantarillas. Y para comprobar esto no hay que inventar un futuro desolador: hay que abrir las ventanas.

Los numerosos diálogos coloquiales, casi transcritos de la calle, entre los que se cuelan préstamos lingüísticos del inglés o el francés, encuentran su contrapunto en algunas reflexiones profundas y argumentadas con solidez sobre cuestiones como la frivolidad o la manipulación por parte de los medios informativos. La escalada de puestos laborales a base de enchufes o polvos y la hipocresía primermundista de las organizaciones que pretenden salvar (entre muchas comillas) a los habitantes de los países en eso que aquí llamamos «vías de desarrollo» cuentan también con su merecido espacio en Muerde ese fruto. Puede hablarse, pues, de un estilo equilibrado y de un argumento que, cuando llega de verdad a la carne, se desvanece como el humo de los coches en cualquier urbe.

Este sorprendente debut de Quincoces es, por muchos motivos, un atrevimiento por parte de autor y editor. Justo lo que esperábamos de Tolstoievski quienes supimos de su nacimiento a principios de 2016. Queda aguardar a ver si la siguiente novela de este autor, ya en marcha, resuelve algunas de las dudas existenciales que quedan en el aire tras la lectura de su primer título.

Muerde ese fruto
Aharon Quincoces (Tolstoievski, 2016)

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Desnuda luz de la melancolía (Ramón Bascuñana)

desnuda luz melancolía ramón bascuñanaQue Ramón Bascuñana (Alicante, 1963) se encuentra en posesión de un voz poética firme y consolidada es algo que no se escapa fácilmente a cuantos seguimos el curso de su obra, extensa y extendida en el tiempo. Lo que quizá pudiera entenderse como un defecto, no lo es en absoluto en este caso ya que regresar a un texto de Bascuñana es como volver a una playa conocida, en la que sabes que el disfrute está garantizado.

Ramón tiene oficio, pero sus poemas no son en absoluto predecibles ni artificiosos. Tiene oficio porque conoce los resortes de su labor y los emplea con habilidad. En su último libro publicado hasta el momento, Desnuda luz de la melancolía, ese oficio es casi el de un orfebre cuando consigue pulir las facetas de los temas que le obsesionan: el paso del tiempo, el vislumbre de la muerte, la decepción ante la realidad.

En el presente poemario, galardonado con el XXI Premio Internacional de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, Ramón Bascuñana labra cada uno de los poemas, consiguiendo que suenen a nuevo las cosas de las que ya nos ha hablado antes:

Este mismo poema puede que lo haya escrito
con alguna variante en un pasado incierto.
La vida y la escritura solo tienen sentido
si encontramos la forma de ver lo que es igual
de un modo diferente. […]

Una característica que vertebra el conjunto de poemas de Desnuda luz de la melancolía es la del ritmo. En todos ellos, Bascuñana hace un sabio uso de los metros clásicos, principalmente endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos (como en el ejemplo expuesto más arriba). Se atreve incluso con estrofas de otras latitudes, aunque muy bien adaptadas a la poesía en español, como el haiku, del que un ejemplo es el poema «Bajo el sol de septiembre». Los poemas de este libro son textos para ser leídos en voz alta, que es como entiende la poesía este autor. No en vano, es uno de los seleccionados para formar parte de Minoría Virgiliana II, entrega número 6 de la revista La Galla Ciencia.

Pero si hay algo, en mi opinión, que singulariza este libro frente a otros suyos anteriores, es la presencia del humor. No un humor irónico o dolido, sino que los poemas despiertan una sonrisa por la actitud que afronta su autor cuando habla de cosas que quizá en otros momentos hubieran sido más amargos:

Amo las cosas breves, todas las cosas breves:
[…]
Quizá por eso amo,
con desesperación, tercamente, la vida.

Por otro lado, aparece en Desnuda luz de la melancolía un tema recurrente en la poesía última de Bascuñana, la reflexión sobre el hecho de la escritura poética. Para él, escribir poesía es un acto doloroso, aunque necesario. Doloroso por la materia de la que se nutre

¿Qué obtuve de la vida?
Puede que la materia
—el dolor y el esfuerzo—
con los que ahora escribo
este frágil poema.

pero doloroso también por el mismo hecho físico del acto de escribir; «¡Cuánto dolor para parir un verso!», dice al concluir el poema «Rendición».

Resulta complicado hacer una crítica de un libro que habla de cosas sobre las que se ha hablado en persona con su autor. No obstante, una cosa son la ideas, y otra bien distinta su plasmación en el poema. Y Ramón Bascuñana ha logrado, de nuevo, plasmar en su poesía todas esas ideas que le rondan, que me consta que le rondan. Todo aquello que, confesado entre cervezas y alguna copa de vino, constituye buena parte del fondo de sus pensamientos. Conocer, sea superficialmente, el alma de una persona no supone un obstáculo para disfrutar de sus criaturas. Más bien al contrario, ayuda a saber apreciarlas quizá un poco mejor.

Desnuda luz de la melancolía
Ramón Bascuñana (Ayto. de Las Palmas de Gran Canaria, 2016)
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Este libro no te interesa (José Sáez Olmos)

Portada Este libro no te interesaEl cuento es ese género literario que se caracteriza por narrar en un solo aliento, normalmente breve, una escena o un relámpago que ilumine una escena. Todo esto lo encontramos en este volumen, Este libro no te interesa.

Según confiesa en la introducción José Sáez Olmos (San Pedro del Pinatar, 1982), el desconcertante título del libro responde a una intención de provocar. Apelando a un truco de psicología inversa, pretende que el lector penetre sus páginas atraído por la intriga. Una vez dentro, quizá tampoco interesen a la mayoría de la sociedad los temas que se tratan en sus relatos, de ahí la necesidad de exponerlos.

A lo largo de una decena de cuentos, el autor nos despliega un abanico diverso de «miserias» sociales; la violencia contra los transgénero, la pobreza en las favelas brasileñas, la disidencia política, las minorías étnicas y religiosas en contextos hostiles, los niños de la guerra, la trata de personas, el tráfico de órganos. Podríamos pensar que todos estos temas en realidad no son asunto literario presentados tal cual, sino más bien noticias en los diarios. Pero quizá el hecho de presentarlos encarnados en unos seres concretos, con apariencia de realidad, haga que sus dolores duelan más.

Creo que merece la pena destacar, en particular, el microrrelato titulado «En dos prisiones», finalista en el I Concurso de Microrrelatos de Amnistía Internacional Madrid «Escribir por Derechos» en 2014. A pesar de la brevísima extensión del formato, el autor logra crear un inesperado giro y sorprender, a la vez que sobrecoger, al lector en las últimas líneas.

Al final de la introducción, el autor anuncia que los beneficios obtenidos de la venta de los ejemplares de Este libro no te interesa irán destinados a proyectos y programas de carácter social y asistencial.

Este libro no te interesa
José Sáez Olmos (Círculo Rojo, 2016)
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Bagatelas (Carlos Javier Cebrián)

Portada de Bagatelas, de Carlos Javier CebriánRecién sobrepasado el medio siglo, Carlos Javier Cebrián (Salies de Béarn, 1965) emprende un viaje retrospectivo hacia el centro de su condición de hombre. Se encuentra, como elemento estructural de Bagatelas, la superación de cierta dualidad que se empeña en oponer lo amado al odio desde el siglo I ANE. Y es esta una declaración de amor que halla, en lo cotidiano, la razón de ser y de ser escrita.

Bagatelas es, entre otras cosas, una búsqueda que se sabe desde el principio estéril, «baldí[a] como significar la experiencia». Es una indagación poética que, lejos de resultar fallida (o precisamente por resultarlo), y como le sucede al autor en «Piel y versos», nos reconcilia con esa parte de la existencia que tan fácil es pasar por alto como necesaria para sobrevivir.

Su título remite a lo insignificante y pequeño, prediciendo la brevedad de los textos que lo conforman: ensayos y poemas, como reza el epígrafe, o también ejercicios de prosa poética que aúnan temas propios del cuaderno de bitácora con la experimentación lingüística que conlleva nombrar lo que nos es, de tan conocido, invisible. Así, en cada uno de los 43 textos, se condensa un aspecto de la vida, donde el amor y la escritura son claros protagonistas, aunque también quede espacio para elementos semánticamente vecinos: de un lado, el anhelo insatisfecho, el deseo contenido; del otro, los libros y la piel que los recubre y los escribe, el lenguaje, su ejercicio.

Por otra parte, y como contrapunto, Cebrián se acerca a elementos anodinos para poetizarlos, pues «de naderías y anécdotas, de banalidades, se conforma el ser humano. En la suma de ellas reside el misterio del ser», como reza un texto en el que expresa su rechazo a cierta clase de himenópteros que arruinan la paz del hogar en verano. El catálogo es variado, desde las calles hasta la mascota fiel pero en cuya naturaleza no está sobrevivirnos. El porqué de su empresa nos lo revela en el homónimo: tratar como épico lo que sólo es ordinario. Algo que, contrariamente a lo que sucede con la busca contingente al verso, no es tierra baldía.

Bagatelas
Carlos Javier Cebrián (Babilonia, 2016)
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El libro blanco (Augusto Rodríguez)

El libro blancoDe nuevo se adentra la editorial Chamán Ediciones en la terra ignota que para la mayoría de los lectores españoles supone la poesía iberoamericana, después de que en su colección «Chamán ante el fuego» publicara el poemario de Guillermo Samperio Volvimos a escuchar ese adagio de Mozart. En esta ocasión, la curiosidad de los editores nos lleva a Ecuador para presentarnos la antología que de su obra poética ha realizado el joven escritor Augusto Rodríguez y que aquí se agrupa bajo el título de El libro blanco.

Como afirma Rafael Courtoisie en el prólogo a este libro, «El libro blanco es un conjunto poético donde el resultado es mucho más que la suma de las partes». Y es que lo primero que llama la atención al leer estas páginas es la fuerte unidad de la que gozan estos poemas y que nos llevan a la sorpresa de comprobar que se trata de una antología y no de un único poemario.

En estas páginas, el autor habla de temas que no son desconocidos para los lectores de poesía: la muerte, las relaciones con el padre… Sin embargo, cabe destacar la originalidad que supone el que la muerte, es más, la enfermedad, sea tratada sin máscaras, con valentía, con crudeza incluso: «El cáncer es un territorio donde todos de algún modo u otro vamos a perecer» (pág. 56). Esta valentía, que no elude palabras que la sociedad oculta como apestadas, se aprecia desde el mismo título de algunos de los libros que componen esta antología: La enfermedad invisible o El libro del cáncer.

«El hombre es una cabeza que se incendia y que no puede apagar el infierno que lleva dentro» (p. 102), dice el poeta en uno de los poemas en prosa que pueblan esta obra. A lo largo de las páginas de El libro blanco, nos habla de la lucha de su padre contra la enfermedad, el cáncer, del que habla sin tapujos. Para él, la palabra, la poesía, se convierte en un refugio: 

La palabra debe enterrarse en nuestra memoria
y dejar que nos descifre desde adentro.
Incendiémonos el cerebro
y quedémonos desnudos en la intemperie.

(«Desnudos en la intemperie», pág. 57)

En sus poemas, el autor alterna los versos tradicionales con poemas en prosa, sin que por ello el conjunto vea resentida la unidad de la que hablábamos arriba. Esta unidad queda fuertemente amarrada por el tono y por los temas de los que trata.

Para Rodríguez, la muerte no es una amiga. La muerte es la que es inevitable, pero contra la que nos rebelamos: «No podrán derrotarnos. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos dice Pavese y yo digo: Vendrán tus ojos y no habrá muerte. Nuestro amor como una fuente inagotable, jamás se morirá ni acabará en nuestras manos» (pág. 147).

Otro elemento que aparece una y otra vez en estos poemas es el de la sensualidad. Pero no la sensualidad erótica, sino que de lo que nos habla es de la fuerza de las caricias, del tacto, del gusto incluso, del sexo como vehículos de comunicación, de acercamiento: «Los sentidos tienen que fortalecer el puente entre mi padre y yo» (pág. 84). 

En alguna página leo sobre Augusto Rodríguez que se trata de una «joven promesa». Yo más bien creo que es una fuerte realidad. Una voz que, con la dulzura propia de la lengua con la que se comunica, nos enfrenta a todos a una realidad ineludible. A una realidad que no deberíamos querer eludir:

Tengamos precaución
de no morir envenenados
que todavía hay luz y no todo es noche.

El libro blanco
Augusto Rodríguez (Chamán Ediciones, 2016)
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La edad media (Leonardo Cano)

La edad mediaLos seguidores del blog y las redes de Letras de Contestania saben de sobra que tenemos ciertas preferencias editoriales. Ello se debe, en gran medida, al trato que desde aquí recibimos por parte de los editores, para qué nos vamos a engañar. Lo que sí es cierto es que esta disponibilidad siempre, este regalo amable de traer a sus autores, esta manera de hacer tan cercana, suelen ir de la mano del criterio indiscutible, el gusto estético a la hora de editar y, por encima de todo, las arriesgadas apuestas que se hacen a ojos cerrados. Dado el salto al vacío que ha supuesto nuestra aparición, este hermanamiento queda, a nuestro parecer, más que justificado.

Hablando, pues, de afinidades y editoriales favoritas, nos centramos en un título de Candaya, primero de Leonardo Cano, autor murciano que se estrena con La edad media. La novela se presentó en Alicante el 21 de marzo, lunes santo y con lluvia, para más inri, en una escena tan cotidiana que bien podría haber formado parte del propio texto. Y es que esta opera prima no es ni más, pero sobre todo ni menos, que un retrato hiperrealista de su generación. Leonardo tiene ahora treinta y nueve años, más o menos como los protagonistas de su novela, y presumiblemente comparte con ellos vivencias de infancia y adolescencia, grupos musicales que propiciaron las pequeñas rebeliones en casa —que, la mayoría de ellas inofensivas, consistían en dejarse crecer las greñas y vestir chupas de polipiel—, los bares y los esporádicos contactos con las drogas.

Predispuesta a despertar nostalgias, esta obra interpretada a tres voces destacaría hoy, tal vez incluso escandalizaría, por su brutalidad, no tanto en las partes ambientadas en el presente sino por los testimonios del pasado: el narrador se expresa desde una inocencia preservada con celo en la que la violencia, el sexo o los cadáveres en el armario de las «familias bien» se cuentan como lo que son, de manera casi anecdótica, libres de juicio moral. Resulta paradójico, ya que, como podemos comprobar en las otras voces, el trabajo en el presente de varios de aquellos chavales está directamente relacionado con la justicia en su faceta legal.

Con la excusa de una cena de antiguos alumnos, Cano nos relata las andanzas de un grupo de chavales que estudian en un centro privado, que crecen juntos y están convencidos de que vienen a llevarse la vida por delante a pesar de las expectativas paternas, entrelazadas con la debacle de la relación entre Julia y Fauró en bruto, en formato chat, tal y como cualquier amigo nos copiaría sus conversaciones para pedir consejo, y con el empleo rutinario que desempeña cada día M en la Ciudad de la Justicia, expuesto por un narrador ajeno a la escena que sin embargo evoca levemente —tal vez sea obsesión nuestra— al tedio que genera de manera deliberada David Foster Wallace en El rey pálido. Y aunque podría parecer que estas tres historias están prespuntadas para construir una suerte de patchwork literario, no sólo son indispensables para el impecable funcionamiento de La edad media, sino que además están tan bien cosidas como las piezas de unos vaqueros Bonaventure.

Y ya ves si nos ha encantado la novela, aunque sea imposible que esta sea nuestra historia y aunque todavía nos quede un poco para copiar en nuestras carpetas aquellos versos de Gil de Biedma que sentenciaban «que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde».

La edad media
Leonardo Cano (Candaya, 2016)
320 páginas. Erratas encontradas: 0.

La Galla Ciencia SEIS: Minoría virgiliana II

La edad mediaCumpliendo con un propósito que comenzó en 2014, los editores de La Galla Ciencia, una de las revistas de poesía con mayor repercusión en este país, recuperan el distintivo de los escritores de su número DOS para publicar esta «Minoría virgiliana II: los poetas sensatos». Como dicen en el editorial, la intención es que haya cuatro volúmenes dedicados a los escritores contemporáneos que continúan bebiendo de la tradición más arraigada, que se muestran «al margen de la moda y [son] miembros de una cultura exigente».

Hay, además, un segundo homenaje en cuanto a la selección de autores: son los mismos que recogió la cuarta entrega de la revista Escrito en el agua. Con motivo del 25 aniversario de su publicación, como muestra de respeto y como reconocimiento de los referentes compartidos, esta lista se repite íntegra, cumpliendo la norma de LGC de publicar siempre un autor póstumo al cerrar el SEIS con un hermoso poema de Víctor Botas, fallecido en el 94.

Entre estos «poetas sensatos» aparecen nombres como Vicente Gallego o Javier Almuzara, que en el momento de la publicación en Escrito en el agua apenas comenzaban su andadura poética y que ahora son dos de las voces mejor reconocidas de su generación y, en general, del panorama literario en España. Desde Ramón Bascuñana hasta los jovencísimos Santiago de Navascués y Andrea Giménez (añadidos estos tres a la selección original, así como otros veinte, incluido el propio editor de aquella, José Luis Piquero), el SEIS ofrece una panorámica que demuestra que no existe necesariamente un factor generacional para beber de las fuentes clásicas. Sí puede observarse un cruce de trayectorias: se recoge un poema de Alberto Tesán, por ejemplo, que si bien podría ahora no considerarse «virgiliano», sí demuestra que su obra ha evolucionado desde estas influencias; lo contrario podría decirse de Gallego, citado anteriormente. Cabría destacar otra excepción con respecto a las sólidas reglas de publicación de La Galla Ciencia, y es que el poema de Bonilla no es exactamente un poema sino, como él mismo explica en una nota, unos apuntes para un texto sobre Jaufre Rudel que es posible que nunca llegue a escribir.

Revisado el contenido literario, no debo dejar pasar la oportunidad de hablar del resultado estético. Este LGC6 iguala en sobriedad al DOS del que es continuidad, pero la garra, interpretación que la ilustradora murciana Laura Fernández ha hecho del gallo icónico de la revista, dota a la portada de un inesperado efecto impactante que se ve reforzado en el interior por los trazos redondeados de unos dibujos tremendamente oscuros.

Como viene siendo habitual en ellos, pues, La Galla Ciencia nos malacostumbra de nuevo con un producto final impecable: el SEIS es una joya en todos los aspectos, un higo maduro y jugoso, limpio de todo veneno y de toda «pasión fútil», digno de declarar como mentor a Virgilio. Les aconsejo encarecidamente que se sumen al banquete.

Minoría virgiliana II
La Galla Ciencia #SEIS (2016)
137 págs. Erratas encontradas: 0.

El paraíso —que merece ser— recobrado (Henry D. Thoreau)

El paraíso que merece ser recobradoEl último título de Ediciones El Salmón que ha llegado a nuestras manos se suma al goteo de reediciones de la obra de Thoreau, pero lo hace con una perspectiva crítica que trata de denunciar la tendencia a mostrar sólo su cara más amable e inofensiva. Así pues, frente a lecturas parciales de su vida y obra, con El paraíso —que merece ser— recobrado, «nos encontramos ante la resistencia de la conciencia individual a las transformaciones que la vida organizada por la economía empezaba a propiciar ya en el siglo XIX» y de cuyas consecuencias «disfrutamos» en estas primeras décadas del XXI, motivo por el cual —nunca nos cansaremos de repetirlo— la lectura de Thoreau nos dice tanto hoy en día.

El breve ensayo que nos ocupa no es más que una reseña de El paraíso al alcance de todos los Hombres, sin Trabajo, mediante la Energía de la Naturaleza y la Máquina. Su autor, J. A. Etzler, es un hombre de su tiempo, que encarna la mítica búsqueda del movimiento perpetuo. A juzgar por el análisis de Thoreau,El paraíso al alcance de todos es  es una suerte de tratado —y fuerte apología— sobre las energías renovables y sus aplicaciones para la mejora de las condiciones de vida. El insaciable deseo de aumentar su utilidad le sirve a Thoreau para alzarse contra el egoísmo que subyace a la lucha por subyugar la naturaleza al servicio del hombre.

Crítico con esa mecanización de la que hoy somos hijos, no por ello se ve trasladado a las utopías del polo opuesto o a un reducido conservadurismo del medio, como deja ver al afirmar que «[n]adie duda de que los meros poderes de la naturaleza, debidamente guiados por el hombre, podrían convertirlo en un entorno saludable y paradisíaco». Ante las utopías tecnófilas, Thoreau vira hacia una suerte de individualismo, porque «tampoco puede hacerse con más facilidad ninguna faena realmente importante mediante la cooperación o las máquinas». En conjunto, el libro es crítico con cierta superficialidad de Etzler, que por extensión es la de la mayoría de los hombres, que se ve al buscar satisfacer los deseos materiales del hombre («garantizar únicamente el mayor grado posible de burda comodidad y placer»), desatendiendo sus necesidades internas.

Dicen los editores en la contraportada que se darán por satisfechos si contribuyen a cultivar cierta rebeldía, porque llegar a conmover es muy difícil en estos tiempos. Creemos que consiguen, al rescatar este texto, las dos cosas: Thoreau incomoda como hace 173 años. E inspira en la misma medida.

El paraíso —que merece ser— recobrado
H. D. Thoreau (El Salmón, 2016)

51 páginas. Erratas encontradas: 0.