decir vivo a quién (Danielle Collobert)

collobertCuando Kokoro emprendió su viaje como editorial después de su andadura como revista imprescindible para aquellos que buscábamos voces distintas a las mismas selecciones de siempre, lo hizo con dos títulos. De uno, Luciérnaga, ya hablamos en su momento. El otro era una antología bilingüe de Danielle Collobert, titulada en castellano decir vivo a quien, que parte del primer volumen de sus obras que recogió P.O.L. Éditeur en 2004.

De esta autora no se sabe mucho: nació en un pueblo de Bretaña, formó parte del FLN, sus textos fueron rechazados alguna vez, escribió algunas obras para radio, se suicidó el día de su cumpleaños (paradójicamente después de publicar con prisas Survie). Tampoco contiene el volumen que nos ocupa mayores aclaraciones con respecto a este personaje. Comenta en la nota introductoria Antonio F. Rodríguez, uno de los responsables de Kokoro y el traductor de la antología, que creen «que la fuerza de estos textos es su despojamiento». Y tienen razón. Por eso los presentan limpios, como los habría querido Collobert: sencillamente el verbo contra la página.

Los textos contenidos en decir vivo a quién pertenecen a Meurtre (1964), Dire I y II (1972), Il donc (1976) y Survie (1978). Mientras que en Asesinato nos enfrentamos a piezas en prosa, en esta muestra —primera y prácticamente textual traducción de Collobert al castellano, por cierto— el lector puede observar cómo la escritora fuerza la descomposición del lenguaje, lo limpia como se retiran de la granada las tastanas para dejar sólo el fruto, que sangra y mancha pero es puro. Comentaba Alba Ceres, autora del Luciérnaga mencionado antes, que «es increíble cómo los poemas se depuran conforme el libro avanza, cómo van de la carne al hueso, del hueso a la médula».

En este viaje cobran especial importancia el cuerpo, metamorfoseado de manera constante («je deviens soif, uniquement, totalement»), desarmado incluso de nombre; la voz que quiere ser grito y sin embargo se diluye, se desconoce; pero también el miedo, el dolor y la muerte en sus formas más esenciales, primitivas, que arrastran al lector. Y, por supuesto, la palabra, el medio para coser estos conceptos a lo largo de las páginas y convertir el conjunto tanto en una única obra como en una obra única.

dire
n’arrive pas à dire
rien n’échappe plus
enfermé
tout es clos
attente
fin
se termine
s’achève peu à peu
les derniers jeux
derniers mots liés de sens
l’espace autor – l’instant là
rien n’échappe
finit là
achève de se séparer en mots
disloqué
se raréfie
n’essaie plus
sans effort – résistance
laisse aller
ce qui continue
vague détresse
douleur – atténue
limite précise de l’immobile
le terme
mesure précise du parcours
limité
les restes – émiettements
parole broyée
se fige
non – vidée de l’intérieur
les mots tendus sur rien
support rétréci – ramassé
aspiré au-dedans
apparence de dureté – osseuse
soutient compact – se désagrège
destruction – terreur*

No resta, en realidad, decir nada. Vale más recurrir de nuevo a la cita extraída de la nota que introduce el volumen: la «experiencia Collobert» sólo puede vivirse leyéndola.

decir vivo a quién
Danielle Collobert (Kriller71-Kokoro, 2017)
Erratas encontradas: 0.


* decir / no logra decir / nada escapa / encerrado / todo cercado / espera / fin / se termina / culmina poco a poco / los últimos juegos / últimas palabras con sentido / el espacio en derredor – el instante ahí / nada escapa / el cuerpo ahí / acaba ahí / termina por separarse en palabras / desmembrado / se enrarece / deja de probar / sin esfuerzo / resistencia / deja ir / lo que continúa / vago desamparo / dolor – atenúa / límite preciso de lo inmóvil / el término / medida precisa del recorrido / limitado / los restos – desmenuzamiento / palabra molida / se fija / no – vaciada en su interior / las palabras tendidas sobre nada / soporte encogido – condensado / aspirado dentro / apariencia de dureza – ósea / apoyo compacto – se disgrega / destrucción – terror

Precoz (Ariana Harwicz)

precoz ariana harwiczLa editorial barcelonesa :Rata_ inauguraba su catálogo el pasado mes de noviembre. Entre sus primeros títulos el lector puede toparse con la tercera nouvelle de Ariana Harwicz. Precoz ya había sido publicada en 2015 por Mardulce, sello argentino como la autora. En esta obra, la autora se enreda en una trama con bases muy similares a las que caracterizan tanto Matame amor como La débil mental: la relación tortuosa entre una madre y su fruto.

En esta ocasión, Harwicz refleja el amor perturbador y posiblemente insano que se establece entre la narradora y su hijo adolescente, de quien depende en lo psicológico y casi en lo físico. También pueden verse, sin embargo, la enfermedad, la locura producida por un amor no correspondido, la sexualidad desbordada —incluso desesperada, cabría decir—, la decadencia social del entorno.

A pesar de la cantidad de información que contiene Precoz, lo destacable del texto, y con total seguridad lo destacable de la producción literaria de la escritora argentina es el uso de la palabra como cuchillo. Narrada sin asideros, su último libro es un torrente apenas controlado por los márgenes de sus 101 páginas. En una danza macabra bailan voces y tiempos distintos, como resplandores concretos en medio de un viaje psicotrópico. Contra la lírica hiriente, la oralidad; contra lo visceral, las más grandes muestras de amor.

No debe resultar este comentario demasiado extenso en relación a la obra de la que trata. Decía Iolanda Bataller, responsable de la editorial, que en :Rata_ «quieren libros escritos desde la necesidad. Libros escritos desde la rabia. Libros sin concesiones», y probablemente lo están consiguiendo. No queda, pues, mucho que añadir. Para muestra: Precoz.

Precoz
Ariana Harwicz (:Rata_, 2016)

Erratas encontradas: 2.

Ser el canto (Vicente Gallego)

Ser el cantoEs evidente que toda la literatura en lengua española no es, ni mucho menos, literatura mística; y por obvio, tampoco toda la literatura mística lo es en lengua española, si bien es una de las lenguas en las que se han escrito algunos de sus textos más famosos. De igual modo, si bien la mística supone en su origen el intento de los poetas por expresar su experiencia directa de la divinidad, no siempre esa divinidad es equiparable al dios de ninguna de las grandes religiones monoteístas.

Dicho todo esto, creo que no yerro al afirmar que el poemario del poeta valenciano Vicente Gallego Ser el canto no es ni más ni menos que un bello fruto reciente dentro de la corriente de poesía mística que tan buena fortuna ha tenido en nuestra lengua. Hoy, la expresión del acercamiento a la totalidad no necesita de deidad alguna. En este libro, Gallego canta al encuentro con la naturaleza, con la existencia en sí misma, con todos los seres que la conforman.

El poemario está formado por cincuenta cantos. Poemas de una preciosa factura técnica, de verso medido con cuidado (casi exclusivamente heptasílabos y endecasílabos), que en ningún momento devienen en arte frío ni en anacronismo, desmintiendo la idea muy extendida de que la poesía actual vive de espaldas a la tradición. Su lenguaje, en apariencia sencillo, forma imágenes de una belleza plástica en ocasiones apabullante:

Muy lavando de pájaros, a vueltas
de pétalos y pólenes, el cuerpo
se derramó en la tierra,
fue quebrado en la fe de lo radiante.
(Canto IX)

Al igual que en los poemas de Juan de la Cruz, de Ramon Llull o de Shelomo Ibn Gabirol, Vicente Gallego canta al Amor, no al amor concreto, minimizado a un solo ser, sino al hecho mismo de amar:

Es todo tan sencillo, es lo de siempre:
entra el amor en uno y siente uno
que lo hace como Pedro por su casa,
(Canto XLIX)

Canta igualmente a la belleza, a la evidencia de que la naturaleza carece de plazos y de que solamente el presente es real:

Canto lo irremediable,
lo que se hace presente en el presente,
canto el olvido y canto
del olvido el olvido; de la muerte
la grandísima muerte.
(Canto XLVI)

Antonio Moreno, dedicatario del libro y autor del texto de la contraportada, duda que estos poemas sean en realidad poesía mística («¿Poesía mística? Solamente poesía. Vibrante, honesta, sabia poesía»). En realidad, es cierto. Poco importa si en los versos de Ser el canto tiembla la necesidad de expresar aquello para lo que, según Gerardo Diego, el lenguaje es insuficiente. No desdiría nada si así fuera de la enorme calidad de estos poemas, de la belleza con la que su autor los cincela.

Ser el canto
Vicente Gallego (Visor, 2016)
Erratas encontradas: 0.

Tú no eres como las otras madres (Angelika Schrobsdorff)

Cuando una se enteró de que dos editoriales con un catálogo resplandeciente como son Periférica y Errata naturae estaban trabajando juntas en un mismo volumen, no pudo sino frotarse las manos y esperar con la impaciencia del niño que aguarda la Navidad. Tú no eres como las otras madres llegó a los estantes españoles en marzo de 2016, pocos meses antes del fallecimiento de su autora, Angelika Schrobsdorff, a los 88 años. Pero en estos tiempos en los que tanto se publica y tanto se vende para que apenas unas semanas más tarde los títulos se difuminen entre las listas hasta desaparecer por completo, tal vez haya que dar un pequeño margen de tiempo y ver, con algo de distancia, qué curva de repercusión dibuja cada libro.

Un año después de su publicación, las memorias de Schrobsdorff han pasado holgadamente de la décima edición. Veinticinco años después del momento de su escritura —y aún digo más, habiendo transcurrido casi un siglo desde los acontecimientos que narra—, es capaz todavía de remover conciencias. La escritora y actriz ofreció en Tú no eres como las otras madres un completo retrato de la suya, Else, enmarcado en el grueso del libro por los hechos más significativos del III Reich (si bien fueron limados del forzado dramatismo que en muchas ocasiones define a los textos de este tipo y tal vez por eso el efecto es más violento, si cabe). Y avalada por fragmentos e incluso cartas enteras de su familia y allegados, nos descubrió que fue una mujer, efectivamente, diferente a muchas otras. Crecida en el seno de una familia judía, Else Kirschner tuvo numerosos affaires, parió un hijo de cada uno de sus tres grandes amores y vivió cómoda y alocadamente más allá de los famosos veinte berlineses. Tanto fue así que, cuando comenzaron los problemas en el paraíso, su círculo de amistades no acababa de creerlo. La Else que su hija mejor recompuso a partir de los testimonios de quienes la conocieron tardó demasiado en darse cuenta de que la felicidad burguesa no es inmune a la estupidez humana, ni al poder en manos erradas, ni al despliegue bélico llegado el momento.

Tras el desfase, las fiestas, los romances y el ajetreado mundo cultural en su adorado Berlín, Else, caracterizada por ese temperamento arrebatado que la hacía irresistible, acabó siendo moldeada a base de dolor. Más por causa de sus dos hijas que por la suya, y con su primogénito en algún punto del mundo pero jamás concreto ni cercano, hubo de pasar los años más duros exiliada en Bulgaria, donde no acabarían tampoco de estar a salvo. Allí recibiría las peores noticias de su vida y a pesar de todo resistió, como tantos otros resistirían. Incluso se esforzó, en los últimos años, por hacer desaparecer el odio que había germinado en su garganta:

Infinitas veces me he imaginado el final de la guerra, el final de los nazis. Y, en efecto, ahora ha ocurrido lo que había soñado y ansiado con todas mis fuerzas. Y así como tú, me imaginaba cómo un día me vengaría, cómo me vengaría en todos aquellos que me ofendieron, me humillaron, me infligieron un mal tan terrible. Que me lo quitaron todo: hijo, madre, marido, patria (…). No obstante, quiero luchar contra el deseo de venganza y quiero dejar de odiar. Lo que quisiera es la paz y un poco de calma. Sólo suplico una cosa: dejar de tener miedo, no estar obligada a vivir en un país extranjero. Y, sobre todo, quisiera saber salvados a mis tres hijos, saberlos seguros, saberlos felices.

En un ejercicio de valentía y honestidad, pero sobre todo de justicia, la autora reconoció sobre el papel sus faltas: si Else repetía en numerosas misivas que no estaba siendo una buena madre y que no podía proteger a su prole de la barbarie, tampoco Angeli, testaruda y egoísta, muchas veces ignorante de las posibles consecuencias que sobre los demás tendrían sus actos, fue la mejor hija. Así lo escribió Elschen y así lo recogió, sin censura, Schrobsdorff.

Así lo publican dos de las mejores editoriales españolas en la actualidad y así, pues, debemos leerlo.

Tú no eres como las otras madres
Angelika Schrobsdorff (Periférica & Errata naturae, 2016)

Erratas encontradas: 2.

La gran adicción (Enric Puig Punyet)

El siglo XIX, con su idealismo liberal, estaba convencido de ir por el camino recto e infalible hacia «el mejor de los mundos». Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, hambrunas y revueltas, como a un tiempo en que la humanidad aún era menor de edad y no lo bastante ilustrada.

Stefan Zweig

la gran adicción - internetAlgo parecido, a tenor de nuestro comportamiento, podría decirse que le sucede a este «fin de la historia» al que frenéticamente hemos ido a hundirnos y entregar lo mejor de nosotros. Hemos alcanzado —diríamos ufanamente— la mayoría de edad y colocamos nuestra enseña en la cumbre de la era digital. Si el siglo pasado veía desarrollarse una trepidante carrera espacial, la meta del presente lo es el manejo simultáneo de múltiples plataformas digitales y el hombre se ve abocado a la lucha por la supremacía del más influencer. Y, en sus antípodas, claro está, se sitúa el exconectado, el anacoreta digital. Ese otro individuo cuya existencia ponemos razonablemente en duda, porque ¿cómo va a ser posible vivir al margen, no, de espaldas a internet?

La respuesta a una pregunta similar es lo que intenta elaborar Enric Puig Punyet a lo largo de las páginas de La gran adicción, duodécimo título publicado por Arpa, editorial-trinchera donde muchos nos escudamos en busca de libros que conviertan la reflexión en un ejercicio crítico. Puig Punyet desarrolla su actividad en diferentes ámbitos, desde la filosofía al comisariado artístico, lo que se presta bien a la amalgama y a la generación apriorística de altas expectativas. En esta ocasión esgrime un discurso divulgativo sobre la base de una investigación que, más desde la sociología que desde la filosofía pura, se articula en la descripción de casos que apuntan una posible respuesta.

Sin embargo, para entender la necesidad de preguntarse por la viabilidad de vivir sin internet es necesario antes saber por qué iba uno a querer hacerlo. Y para ello es mejor empezar por el final. Es en «Enric y la muerte del autor» y en un breve «FAQ» que sirve para capitular y dar cierre a la obra donde desarrollan las bases teóricas que permiten comprender la necesidad de poner el foco sobre aquellos individuos que se han alejado de lo virtual y han decidido volver a un mundo analógico (o, en algunos casos, los de aquellos más jóvenes, construirlo ex nihilo). Lejos de presentar internet como una herramienta neutra que, dependiendo del uso, crea o destruye, Enric Puig Punyet revela la faceta ideológica que condiciona y coacciona al individuo desde sus comienzos (o, al menos desde el comienzo de su era 2.0 y sus sucesivas perversiones). Y, más aún, lo usa para sus propios fines.

De ahí se deriva que no se conforme con un término medio y haya presentado casos de desconexión total, en lugar de una racionalización de su uso (miento, hay un caso de desconexión parcial: el suyo). Casos, como indica en el prólogo, de éxito. De individuos en su mayoría nativos digitales que encontraron en un modus vivendi analógico la única forma de conectar de verdad con su entorno. Algunos casos son extremos (llama la atención un adolescente que pide a sus padres que no contraten internet o un músico que subvierte la necesidad de estar constantemente presente en las plataformas digitales para relanzar su carrera), pero lo son, también en palabras del autor, porque el otro discurso tiene suficientes adeptos y es necesaria la radicalización para encontrar un punto intermedio.

En su mayoría, se trata de ejemplos urbanos, aunque también tiene cabida el de una pareja seducida por el mundo neorrural, donde también se produce un cambio de perspectiva laboral. Son en total diez testimonios que, desde lo laboral al terreno amoroso, desde la dosificación de sustancias adictivas a la vorágine de adicción del teléfono móvil, se convierten en vértices que ayudan a dibujar la problemática que se cierne en torno a un mundo, el nuestro, que parece ser el centro de una distopía, pero también vértices que sirven para ver más allá y mirar al otro lado, donde la vida comienza.

La gran adicción
Enric Puig Punyet (Arpa, 2016)

Erratas encontradas: 2.

Luciérnaga (Alba Ceres)

LuciérnagaLa pregunta de para qué están los textos críticos cuando existe el poema cobra una especial relevancia ante el verso esencial que cruza Luciérnaga con la solidez del filo del cuchillo. La poesía de Alba Ceres —nos dicen, sabemos— permite entenderse como respuesta a una desafortunada declaración de Susan Sontag acerca de la literatura y el cáner. Sí, se puede escribir sobre la enfermedad que acecha en la laguna de Lerna, pero ese nivel de lectura, por sí solo, no agota los significados que resuenan en un poemario como el que aquí me ocupa.

Luciérnaga se estructura en cuatro partes precedidas por cuatro fundidos fundidos en negro que hacen las veces de pórticos. Sobre el negro, tres poetas japoneses presentan las luciérnagas que guían al lector a lo largo del libro. Las luciérnagas o, más específicamente, acaso el viaje de una única luciérnaga que se enfrenta a la pérdida y al proceso de reconstrucción de un yo mutilado cuya memoria, lejos de ajar, por fin crea. Esto último, que sin duda es un lugar común (aunque intento utilizar «lugar común» en el sentido menos estereotipado de la expresión), gracias al trabajo de artesanía realizado por la autora deja una huella imborrable.

Hay en estos textos un aliento poético que se contrae en el verso —pulido, reducido al mínimo indispensable para llenar el vacío— y se expande como lo hace el dolor en las tres primeras secciones, pero también como el abrazo o la calidez de la música hacia el final del libro, en la cuarta sección. Podría hablarse no tanto de secciones como de movimientos, dada la capacidad expresiva que sostiene el vuelo de esta Luciérnaga, aunque, en cualquier caso, secciones o movimientos son difíciles de acotar. Los dos primeros, precedidos por citas de Issa Kobayashi, también los más duros (necesariamente hostiles con el lector), reflejan el proceso de enfermedad, muerte y consiguiente orfandad. Un duelo que se extiende hasta la forma de concebir el lenguaje, donde la voz poética retorna al origen y se vuelve infancia («mamahija / mamadentro / mamaún a / tiempo / de nutrir») u onomatopeya. En la segunda mitad, encontramos primero, como anticipa Masaoka Shiki, una realidad gélida («no tiembla la voz del cartero»), pero también comienza la fase de asimilación del duelo hasta convivir con él («sin tu / cuerpo / soy ¿tu / caja de / resonancias?»), aunque todavía no exento de culpa. Por ultimo, el libro se cierra con un regreso (lo abre un homérico Taneda Santôka), una luz luciérnaga que llena los espacios «y es / reposo».

Cuando el lector llega a la última página una suerte de clama rompe con la tensión acumulada y podemos al fin comenzar a asumir y comprender, un proceso que gana consistencia con las sucesivas relecturas, como si Alba nos atrajera con este poemario a la evolución de su propio aprendizaje.

Luciérnaga
Alba Ceres (Kriller71-Kokoro, 2017)
Erratas encontradas: 0.

Muerde ese fruto (Aharon Quincoces)

QuincocesEl escritor Aharon Quincoces debutaba en la narrativa el pasado verano de la mano de Tolstoievski, una editorial contestana que apuesta por la honestidad, la transparencia y por encima de todo la literatura sin edulcorantes ni vaselina —entiéndanme, no hablo de amor, hablo del «cuanto más azúcar, más dulce» y de «esto es bueno pero lo que en realidad vende es lo otro» que construye pirámides de libros en las grandes superficies—. Muerde ese fruto, la segunda novela de esta colección, da crédito a estas palabras.

Casi acostumbrados ya a las historias de reencuentros de antiguos alumnos que parecen haberse puesto de moda, no extraña que el encargo que recibe el personaje principal (detonante, por cierto, del argumento) siga por esos derroteros. Andrés, periodista relegado al suplemento de fin de semana de un periódico, animal de costumbres hasta para las derrotas y recién abandonado por su novia, debe reencontrarse con su pandilla de la adolescencia y trazar una línea entre el entonces y el ahora, una especie de revival que inevitablemente ha de conllevar consecuencias nefastas. A su alrededor, un jefe ascendente, parroquianos de bar que comparten su rutina, una puta, algunos yonquis, y un puñado de novias fantasmas completan el elenco.

A medida que pasa las páginas, el lector puede suponer no sólo que la novela es una suerte de distopía, sino que además puede imaginar Ciudad envuelta por una estética ciberpunk en la que la publicidad proyectada en la fachada de los imponentes edificios contrasta con la realidad a ras de suelo. No en vano desfila por ella una nómina de personajes en cierto modo estrafalarios, dependientes en su mayoría del consumo de sustancias psicotrópicas o directamente farmacéuticas y suceden cosas como que un edificio se derrumbe a causa de una reunión clandestina de suicidas. No es el caso, sin embargo. Ciudad es «todas las ciudades en una sola. (…) [U]n desafío narrativo», explica el autor, y es indudablemente cierto. Las miserias no difieren tanto de las que puedan encontrarse en los barrios menos afortunados de Barcelona, Turín o Belfast, sino más bien al contrario. El deseo de aparentar, de vivir de acuerdo con unas exigencias sociales o sencillamente de sentir algo diferente al vacío arrastra al ser humano hasta las peores alcantarillas. Y para comprobar esto no hay que inventar un futuro desolador: hay que abrir las ventanas.

Los numerosos diálogos coloquiales, casi transcritos de la calle, entre los que se cuelan préstamos lingüísticos del inglés o el francés, encuentran su contrapunto en algunas reflexiones profundas y argumentadas con solidez sobre cuestiones como la frivolidad o la manipulación por parte de los medios informativos. La escalada de puestos laborales a base de enchufes o polvos y la hipocresía primermundista de las organizaciones que pretenden salvar (entre muchas comillas) a los habitantes de los países en eso que aquí llamamos «vías de desarrollo» cuentan también con su merecido espacio en Muerde ese fruto. Puede hablarse, pues, de un estilo equilibrado y de un argumento que, cuando llega de verdad a la carne, se desvanece como el humo de los coches en cualquier urbe.

Este sorprendente debut de Quincoces es, por muchos motivos, un atrevimiento por parte de autor y editor. Justo lo que esperábamos de Tolstoievski quienes supimos de su nacimiento a principios de 2016. Queda aguardar a ver si la siguiente novela de este autor, ya en marcha, resuelve algunas de las dudas existenciales que quedan en el aire tras la lectura de su primer título.

Muerde ese fruto
Aharon Quincoces (Tolstoievski, 2016)

Erratas encontradas: 11.

Euforia (Lily King)

Portada de Euforia, de Lily KingJusto ahora hace un año desde que Malpaso publicara en España Euforia, la última novela de la escritora americana Lily King. Aunque es una novela de ficción, detrás de ella se esconden un personaje y una historia reales: la antropóloga Margaret Mead. Y es que fue a raíz de la lectura de la polémica biografía de esta mujer, que revolucionó el mundo de la investigación antropológica, que King decidió que era necesario escribir una novela sobre la vida de esta investigadora y los años que pasó entre tribus en Nueva Guinea. De este modo surge esta apasionante novela que esconde poblados reales, comportamientos, formas de vivir y de relacionarse totalmente ciertas (con sus rituales y tabúes), si bien la autora cambia los nombres de tribus e individuos.

La acción se desarrolla en 1931 en diferentes zonas de Nueva Guinea a lo largo del río Sepik. Los personajes son tres: Bankson, un inglés sensible, equilibrado y seguro de sí mismo y de sus ideas pero que depende económicamente de su madre, a la que no aguanta, para poder continuar con sus estudios; nell Stone, el personaje de la antropóloga basado en Margaret Mead, es una mujer americana decidida, valiente e independiente que ya tiene un libro de éxito en el mercado; y, por último, su marido Fen, un hombre australiano egoísta, posesivo y dependiente de Nell, pues si no fuera por ella y su dinero proveniente de becas y del libro no podría seguir con sus expediciones. Las distintas nacionalidades de todos ellos tienen importancia, pues gracias a ello la autora expone de manera sublime las diferencias de pensamiento y costumbres de unos hombres avanzados pero muy diferentes entre sí.

Le pregunté si creía que podría llegar a comprender realmente otra cultura. (…) Lo que había encontrado más interesante era cómo nos convencemos de que podemos ser objetivos de algún modo, nosotros que llegamos con nuestras propias definiciones personales de amabilidad, fuerza, masculinidad, feminidad, Dios, civilización, lo correcto y lo incorrecto. (pág. 56)

Tras casi dos años estudiando a la tribu de los kiona, Bankson no consigue avanzar en sus estudios y, en un arranque de ira unido a la depresión que padece, intenta suicidarse tirándose al río con los bolsillos llenos de piedras. La suerte quiere que, por casualidades varias, sus dos colegas, Nell y Fen, terminen coincidiendo con él en una fiesta de Nochebuena, lo que aprovechará para convencerles de que se queden y así combatir su soledad. Será a partir de este momento cuando los tres trabajen juntos y se cree un extraño triángulo amoroso y competitivo. La información obtenida de las tribus para los futuros libros y trabajos que puedan aportar conocimiento y dinero es muy valiosa para Fen, que desconfía incluso de su propia mujer, con la que no compartirá nada.

Aunque el lector no posea conocimientos de antropología ni tenga el más mínimo interés hacia ella, sin ser consciente avanza en las páginas y llega ese momento en que no puede parar. La autora consigue centrar la acción en las relaciones personales entre los tres antropólogos y las de éstos con los aborígenes, todo ello sin entrar en tecnicismos ni aburrir con información innecesaria. Por la ubicación en la que se desarrolla la aventura, hubiera sido muy fácil caer en el tema quizá monótono de la naturaleza y las extensas descripciones del clima y de los insectos, pero Lily King consigue de manera sutil dar al lector sólo unas pequeñas dosis de calor, de mosquitos, de sudor y olores para que después sea él el que complete las escenas con su imaginación.

En el fondo desearía pasar mucho más tiempo sin saber el idioma. Sin él, hay mucho más espacio para la observación prudente. (…) Hasta que no dispones del lenguaje no te das cuenta de cuánto interfiere con la comunicación. (…) Cuando llega la comprensión, se pierden muchas otras cosas. Confías en las palabras, y las palabras no siempre son lo más fiable. (pág. 85)

La novela está dividida en treinta y un capítulos, alternando los narrados en primera persona por Bankson, con los que él mismo cuenta en tercera persona hablando del matrimonio. Aproximadamente a mitad del libro empiezan a aparecer capítulos a modo de diario (el de Nell, que llegará a manos de Bankson al cabo de los años), en los que la antropóloga cuenta impresiones y sentimientos que en conversaciones en voz alta no se podrían expresar.

Con todo esto, Lily King consigue crear una novela inquietante por momentos, tensa, con algo de sexo, amor furtivo, pero sobre todo una novela muy interesante. Tengamos en cuenta que desde 1930 en adelante el hombre blanco acudía a estudiar a estas tribus, pero también a forzarlas a trabajar en minas y a obligarlos a ser creyentes de unas costumbres para ellos desconocidas. Lo más importante de todo es que el «hombre blanco moderno» llegaba para estudiar a aquellos «negritos» y para enseñarles cómo debían vivir y desarrollarse cuando realmente el hombre blanco, incluso a día de hoy, no se conoce a sí mismo. ¿Debe el hombre blanco enseñar algo a los aborígenes o más bien debería aprender de ellos?

Quizá toda la ciencia no sea más que la investigación de uno mismo. (pág. 89)

Euoforia
Lily King (Malpaso, 2016)

Erratas encontradas: 1.

Oculto sendero (Elena Fortún)

Oculto sendero de Elena FortúnLa editorial Renacimiento comenzó a reeditar en 2015 la colección de libros juveniles que condujo a Encarnación Aragoneses de Urquijo a la fama bajo el pseudónimo de Elena Fortún. Celia, la niña que cautivó a todos los chiquillos españoles que sabían leer con sus limpias reflexiones, se cuestionaba las acciones y los principios de un mundo de adultos que no acababa de comprender. Protagonizó una serie en TVE con guión de Carmen Martín Gaite e incluso llegó a vivir la Guerra Civil española (Celia y la revolución, 1987), aunque esta aventura se publicase 35 años después de ser escrita. Pero Elena Fortún no escribió sólo para niños. La editorial sevillana recuperó a finales del pasado año una obra hasta el momento inédita que arroja luz sobre esta autora.

A cargo de la edición de Oculto sendero se encuentran Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga, quienes ya se encargaron en su momento de trabajar en la publicación de El camino es nuestro (Fundación Banco Santander, 2015), antología que recoge artículos y correspondencia entre Elena Fortún y la grafóloga Matilde Ras. Capdevila introduce la novela con un prólogo de unas sesenta páginas, jugoso y equilibrado, asequible para el lector medio pero coherentemente sustancial para quien esté algo más puesto tanto en Encarnación Aragoneses como en cuestiones de género (la investigadora es Catedrática asociada de estudios Hispánicos y Estudios de Género en la Universidad de Exer).

Entrados ya en materia, Oculto sendero muestra una narradora cándida como, eso es cierto, pudiera serlo Celia. María Luisa Arroyo, alter ego de la escritora, comienza su historia en la tierna infancia, esa edad en la que nacen todas las preguntas de verdad importantes y se desarrolla hasta su madurez. Por el camino, la inocencia de esta niña —que gusta de vestir trajes de marinerito y no de acunar muñecas o bordar flores— se ve manchada, sin embargo y sin remedio, por un sentimiento de culpa que la asfixiará durante décadas. ¿Por qué se casan las mujeres que la rodean? ¿Por qué admiten que la violencia del apetito masculino invada sus lechos sin quejarse? ¿Ha de hacerlo ella, que lo único que quiere es pintar y, si acaso, contemplar durante un instante los labios carnosos de una mujer que fuma? En efecto, la angustia se apodera de ella en tanto en cuanto lo hacen los «deberes de una mujer». Contrae un matrimonio que ha de liberarla pero queda muy lejos de hacerlo; sus amistades son censuradas por su marido, así como su talento para la pintura, y llega a consultar a un médico por su «dolencia».

María Luisa, como le ocurriera a Elena Fortún, encuentra a lo largo de su vida a muchas mujeres que intentan hacerla ver que poco hay de «desequilibrio de su naturaleza», pero necesita mucho tiempo, quizás demasiado, para que alguien rompa su silencio por ella. «¡Y tú callando! ¿Por qué y en nombre de qué? Perdiendo una vida que pudo ser fecunda para el arte, y haciendo de mujercita casera… ¡Me irritas! En el fondo de todo eso solo hay cobardía, falta de dignidad, rutina… miedo a la vida…».

Puede que el lector actual termine Oculto sendero y no acabe de entender a qué tanto escándalo por una novela que nunca llega a desprenderse del todo del carácter naif de la protagonista. Si esto sucede, deberá recordar que ya —y digo «ya» pero debería decir «ya casi»— no escandaliza precisamente gracias a mujeres como Encarna Aragoneses que, en palabras de Nuria Capdevila, «requirió tratar en su escritura inédita e íntima[:] nociones tradicionales y modernas sobre identidad sexual, haciendo patente la desgarradora contradicción de su propia escondida existencia de mujer en lucha». Extiéndase el justo agradecimiento a las editoras de este volumen, así como a Renacimiento.

Oculto sendero
Elena Fortún (Renacimiento, 2016)
Erratas encontradas: 0

El espíritu de la ciencia ficción (Roberto Bolaño)

Portada de El espíritu de la ciencia ficción de Roberto BolañoA propósito de la reciente novedad de Alfaguara me viene a la cabeza la reflexión en torno a la calumnia que Ramón Andrés realiza en Pensar y no caer. Dice el filósofo que es un mal insoslayable y que no sabemos desenvolvernos sin ella. Esta reseña pretende, sin falsear la realidad (aunque también Andrés nos advierte de que «nadie más engañoso y solapado que quien apela a la sinceridad para persuadirnos»), alejarse de la calumnia gratuita a un mercado editorial cuyos medios publicitarios, lejos de ser un despliegue de elegancia al estilo de la Madison Avenue, más que convencer asquean.

Como dije recientemente, resulta casi imposible hablar hoy de Roberto Bolaño sin sentir cierto pudor ante lo que parece ser un acto de oportunismo desmedido. La prensa nos ha venido dando nuestra dosis quincenal de amarillismo para intelectuales y ha convertido la figura del escritor chileno en trending topic por razones extraliterarias. No viene mal, en este mar de sargazos, ver qué hay de literario.

El espíritu de la ciencia ficción es una novela que, según la cronología que puso a nuestra disposición el catálogo de la exposición Archivo Bolaño (1977-2003), su autor escribió en 1984 y dejó en el cajón del olvido hasta que el reciente cambio de manos del legado bolañiano ha sacado a la luz. Me parece recordar que Bolaño la menciona en alguno de los artículos de Entre paréntesis y que Rodrigo Fresán hace mención a ella en alguna ocasión, pero, grosso modo, estos son los hechos.

El argumento es más o menos el de siempre: una novela con letraheridos como protagonistas, donde se prefigura algún personaje de sus grandes novelas, como las hermanas Font o Remo Morán, uno de sus primeros heterónimos; o, en determinados capítulos, el ritmo del lenguaje que parece ser el culpable de la adicción a Bolaño. Nada que sus lectores no hubiéramos descubierto en obras anteriores y nada que un neófito no pueda ver mejor en ellas. Sí puede resultar novedoso el intercalado de episodios epistolares o el ámbito en el que circulan algunos de sus intertextos, aunque no sean, ni mucho menos, elementos centrales.

Que una editorial decida publicar una obra menor que su autor había decidido deliberadamente dejar en la sombra no es algo que a estas alturas me sorprenda ni me importe. Sí lo hacen, sin embargo, los galones con los que se ha visto envuelta. El espíritu de la ciencia ficción es una novela cuyo valor difícilmente puede apreciar alguien que, salvo que sea un incondicional, se encuentre fuera del mundo académico. Veo claro por qué debería interesarle a alguien que esté estudiando a Bolaño, para quien pueda ser relevante los diferentes estadios por los que un autor hace pasar elementos que se repiten, de forma transversal, en una obra; pero no al lector medio de Alfaguara. Y no porque sea Alfaguara o porque el lector medio sea imbécil, sino porque semejante nivel de profundización para encontrarle interés a una obra literaria sólo tiene sentido en un ámbito muy específico o como herramienta de generar expectación para que luego el público se trague lo que, aunque de verdad funcione, ya estaba en el mercado editorial hace más de una década.

El espíritu de la ciencia ficción
Roberto Bolaño (Alfaguara, 2016)
Erratas encontradas: 1.