Demasiadas prisas

Para la lectura, como para tantas cosas en la vida, las prisas no son buenas consejeras. Aunque sea porque el trabajo nos obligue a ello, acumular lecturas por hacerlo, por el prurito de añadir una nueva muesca a la lista de libros ya leídos, no se aviene con el hecho de disfrutar de la lectura. Disfrute, digo bien, y no entretenimiento, cuya buena fama en la superficial sociedad de hoy en día es una plaga para toda obra fruto del pensamiento.

Esta reflexión tan desmañada se abrió camino en mi cabeza a raíz de la primera lectura del duro y difícilísimo poemario de Alba Ceres, Luciérnaga, del que puede que hable en otro momento. Tras muchas semanas deseándolo, cuando el libro finalmente llegó a mis manos no sólo lo devoré, sino que lo leí a una velocidad totalmente inadecuada. Me perdí casi todo. Ese fue el momento en el que me di cuenta del error en el que estaba cayendo.

En mi caso, creo que esa voracidad lectora se debe a cierto mecanismo mental mediante el cual trato de rectificar un yermo de unos veinte años. En ese tiempo, lo que va de la finalización de la carrera hasta no hace mucho, la actitud con la que me acercaba a la lectura era simplemente la diversión. De modo que llego al tiempo presente con la impresión de que en mi formación hay un hueco demasiado hondo. De ahí las prisas. Además, yo fui siempre un lector de paso lento. Y esto se suma a lo anterior para azuzarme en la urgencia.

Pero ya no, ya no hay prisa. La lectura es reflexión, es goce. Es entrar en la mente de otra persona y compartir, o disentir, un mundo, una manera de entender la realidad. Las palabras unidas en un texto inteligente no son meras sucesiones de sonidos, sino un organismo sobre el que no es buena cosa pasar de puntillas, sino enfangarse en él.

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