Eichmann en Jerusalén (Hannah Arendt)

EichmannLa «banalidad del mal» es lo que lleva a hombres corrientes, ordinarios, a cometer atrocidades sin que asome un solo atisbo de culpabilidad en sus conciencias. Así lo plantea Hannah Arendt, así se entiende en el contexto de estas páginas y así ha pasado el concepto a formar parte del lenguaje común. Adolf Eichmann es, tal vez, el ejemplo más paradigmático de lo que representa el membrete: una pieza del engranaje burocrático del Tercer Reich sobre cuyas motivaciones reflexiona la autora del libro. Para ello se ayuda de las palabras que Eichmann pronunció o escribió en los días en los que tuvo lugar su juicio, al cual, Arendt, asistió y no asistió. La explicación es necesaria: asistió, pero sólo en parte, hecho que ha servido tanto para argumentar que el libro está escrito con conocimiento de causa como para todo lo contrario. Paradojas de la crítica: nada que no sepamos ya. Sin embargo, aunque quizá lo más interesante sea el retrato del funcionario de Estado que, casi de casualidad, se convierte en responsable de un número escandalosamente alto de deportaciones y muertes, también atractivo resulta el análisis desde un punto de vita estrictamente jurídico del proceso que terminó condenando a muerte a Eichmann.

Hannah Arendt intentó desprenderse del maniqueísmo en el que se suele caer cada vez que se habla del nazismo. Al pasar la última página del libro se tiene la firme impresión de que lo que se ha leído es un escrito en defensa de un hombre, algo difícil de conseguir dadas las circunstancias, incluso hoy. Lo fácil y esperable es trazar el retrato de un psicópata o un sádico. Lo fácil es decir por enésima vez lo malos que fueron los nazis y justificar que Israel tenía el derecho moral de secuestrar a un hombre, sentarlo en un banquillo, impedir que estuvieran allí determinados testigos de la defensa y acabar con su vida dos años después. A fin de cuentas, ¿quién era Eichmann? La encarnación de mal: un chivo expiatorio, no para tranquilizar conciencias, sino porque representa metonímicamente a todos los que llevaron a cabo las monstruosidades que la historia, los periodistas y los historiadores ya se han encargado de mostrarnos ad nauseam. La realidad, como siempre, es mucho más compleja, aunque parezca irónico y cruel pretender rasgarse las vestiduras ante las injusticias cometidas, a posteriori, contra los vencidos.

Quizá lo único que pretendió Arendt aquí fue realizar un análisis lo más objetivo posible. A lo mejor no tan objetivo cuando se trata de retratar a Adolf Eichmann (son comunes los adjetivos fuera de lugar y hay un intento de hacerlo pasar por un hombre idiota), pero sí desde luego en lo que se refiere al papel que jugó Israel. Para Hannah Arendt, no había justificación posible para su secuestro, ilegal a todas luces; además, el juicio, lleno de irregularidades, pasó por momentos de puro espectáculo y con intervenciones por parte de los testigos del fiscal dignas de reality show barato. Sí, se cometieron atrocidades, muchas, pero eso no justifica que la sala donde se juzga a un hombre para condenarlo a muerte se tenga que convertir en el lugar donde exponer dramáticamente los episodios más escatológicos del holocausto. Y, por si fuera poco, una vez dictada sentencia y recurrida sin éxito, se tarda menos de veinticuatro horas en ejecutarla, no vaya a ser que a alguiens e le ocurra cursar nada por la vía legar e impedir el triunfo de la justicia poética para vergüenza y escarnio de Israel. Vergüenza porque si secuestramos a un hombre y después de un juicio tan parcial tenemos que dejarlo libre nos convertiríamos en auténticos bufones, así que la poética fue quizá el único tipo de justicia que hubo en todo el proceso.

Parte de los argumentos que Eichmann esgrimió en su defensa es lo que justifica esta visión completamente ordinaria del hombre convertido en monstruo: se defiende alegando que él cumplía órdenes y estaba cumpliendo la ley vigente en la Alemania nazi. Y ahí está lo fascinante y atroz. Era cierto. El Tercer Reich debió tener un sistema de propaganda organizado, tanto en el terreno lingüístico como en el estrictamente superficial. Ese sistema de propaganda cuyo objetivo era limpiar las conciencias. Y ello explicaría por qué ni Adolf Eichmann ni casi ningún otro se plantease que lo que hacían no estaba bien, que había otras opciones o que podían negarse a cumplir órdenes. También explicaría cómo es posible que alguien que no es antisemita (¡y que de hecho afirmó admirar y respetar profundamente a ciertos judíos!) ordene deportar a tantísimos aún sabiendo lo que significaba «deportar».

Bien. Si esto es así, los culpables siguen siendo todos (otra de las líneas que trata el libro son los países que no colaboraron con el régimen nazi, como un rayo de esperanza, pese a que fueron una minoría), sin embargo, los culpables a los que tendríamos derecho a castigar son muchísimos menos. No obstante, Arendt pone de manifiesto lo oportuno de que algunos con mucha más responsabilidad de la que tuvo Eichmann estuvieran en aquel momento ocupando puestos como funcionarios del Estado mientras él estaba a punto de pasar por el cadalso. Algo imprescindible si queremos comprender la historia de nuestro turbulento siglo XX.

Eichmann en Jerusalén
Hannah Arendt (Lumen, 2012)
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