Manicoño y los otros

Crítica a la acción Manicoño #2

Este colectivo se denomina a sí mismo «Manicoño», nombre que nos traslada directamente al Estadio del espejo, del psicoanalista Lacan y a las consecuencias bélicas y destructivas que habitan en el interior del sujeto moderno: hombre blanco, heterosexual, macho, occidental y de clase media, y ahora, también, devastado por haber sido durante tanto tiempo un campo de contienda psíquica nuclear. Me explico: para Lacan, el ego del sujeto moderno se conforma a partir del reconocimiento primordial de nuestro cuerpo en un espejo, contemplando así nuestra primera imagen de unidad corporal. En ese momento, nuestro ego se identifica con una imagen pero esa identidad, al mismo tiempo, revela una profunda alienación porque ese cuerpo unido que vemos contraído en el espejo, en realidad, nos recuerda inconscientemente una etapa prístina en la que nuestro cuerpo era caótico, fragmentado y fluido, entregado sin remedio a impulsos y pasiones desbocadas. Así, el ego reflejado en el espejo es la garantía principal que construimos contra el retorno de ese cuerpo despedazado, fragmentado, monstruoso y ahogado en su vacío. Dicho de otro modo, la amenaza del «otro» convierte al ego en una coraza que se despliega violentamente contra el mundo interior y exterior para conservar su forma y su seguridad. En definitiva, en el espejo se configura un sujeto fascista que se des-identifica de lo monstruosos y del vacío, y se des-identifica de él a través del estereotipo del «otro». A un lado del espejo, el hombre ideal de la ilustración kantiano. Al otro: un cuerpo de mujer violada, ultrajada, desposeída, marcada como un res por el canon de belleza, objetualizada por y para el deseo de la imagen narcisista que ejerce su poder normalizador, pero en ese camino de sometimiento hay al mismo tiempo un camino de fetichización.

Y es que, si nos ponemos a mirar la Historia, ¿quiénes han sido los principales «otros» que el sujeto fascista lacaniano extermina para salir fortalecido en su normatividad? La primitiva, la colonizada, la mujer y la loca, esto es, las artistas hibridizadas de Manicoño en su acción número 2.

manicoño

En un momento de la performance, ellas, cubiertas por un burka, toman un espejo circular y lo proyectan a cada uno de los espectadores desde sus cabezas. En este momento nos polarizan. Nos recuerdan por un lado nuestro ego-coraza normalizado construido contra la otredad amenazante (la mujer loca en proceso de colonización). Así, ellas, las manicoño, nos reconfortan en nuestra heteronormatividad: nosotros, los espectadores, no somos ellas, las monstruosas. Nosotros, los espectadores, en nuestra imagen especular presidida por las artistas, quedamos así aliviados y seguros. Sin embargo, en este recorrido algo nos deja un sabor amargo. De forma tácita, nos dejan entrever que somos los vectores encubiertos de su acción.

Entonces somos secuestrados por ellas.

Y nos secuestran precisamente en la interfaz líquida donde se anula la polaridad de la imagen especular, en el interior mismo del espejo: allí, en ese no-lugar donde el tiempo deja de ser diacrónico para dilatarse. Aión destrona a Kronos. Todo queda suspendido en el silencio.

SILENCIO

Aparecen los utensilios y las mascaradas femeninas; las herramientas con las que operan las prácticas divisorias que Foucault reveló: la cocina, el hornillo, el aceite de girasol, la cuchara de madera, la harina, la sémola, las barbies, el burka… Todo lo que confina a la híbrida manicoñal para ser aceptada por el poder pastoral. Pero la acción ya ha irrumpido, y el tiempo ha perdido toda capacidad de generar secuencias lógicas, y por tanto, brota como un géiser, una nueva semiótica a partir del utensilio divisorio del género: las palomitas de maíz salen despavoridas del fuego quieto, el burka engloba el cuerpo que contiene y lo suspende en el aire, se abre la grieta del bosque, donde se enzarzan la loba y la noche, mientras crepita el primitivo y griego arkhé; hay látex, maquillaje y lifting facial; hay las uñas ungidas y las pestañas del cyborg; hay un altar doméstico con ofrendas a lo Amalia Mesa-Bains; hay un cerdito rosa que gime como una perra mientras se folla una bola de lana; hay la soga de tantas ahorcadas, y el secador de pelo emponzoñado y hay: un ente de rostro tapado y enfundado en guantes de limpieza, con su pecho repleto de pelo rizado, tocando el birimbao; hay un traje de novia crucificado en cuyo centro gravita una compresa, y un tutorial de maquillaje oriental atravesando el magma transparente del no-tiempo.

Todo ello fluye por el juego a través del intersticio interior del espejo. Hasta que surge la grieta del grito de las híbridas: visceral, gutural, la hembra se parte en dos. Y entonces, todo se para. Y al instante, recobra su diacronía suspendida: la guerra nuclear se ha cobrado como víctima a su verdugo; el hombre moderno ha desaparecido como una figura de arena en una playa. Las manicoños desnudan su rostro liberadas ya del dispositivo foucaltiano:

«Esta ha sido la acción manicoñal #2», declaran.manicoño

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