Muerde ese fruto (Aharon Quincoces)

QuincocesEl escritor Aharon Quincoces debutaba en la narrativa el pasado verano de la mano de Tolstoievski, una editorial contestana que apuesta por la honestidad, la transparencia y por encima de todo la literatura sin edulcorantes ni vaselina —entiéndanme, no hablo de amor, hablo del «cuanto más azúcar, más dulce» y de «esto es bueno pero lo que en realidad vende es lo otro» que construye pirámides de libros en las grandes superficies—. Muerde ese fruto, la segunda novela de esta colección, da crédito a estas palabras.

Casi acostumbrados ya a las historias de reencuentros de antiguos alumnos que parecen haberse puesto de moda, no extraña que el encargo que recibe el personaje principal (detonante, por cierto, del argumento) siga por esos derroteros. Andrés, periodista relegado al suplemento de fin de semana de un periódico, animal de costumbres hasta para las derrotas y recién abandonado por su novia, debe reencontrarse con su pandilla de la adolescencia y trazar una línea entre el entonces y el ahora, una especie de revival que inevitablemente ha de conllevar consecuencias nefastas. A su alrededor, un jefe ascendente, parroquianos de bar que comparten su rutina, una puta, algunos yonquis, y un puñado de novias fantasmas completan el elenco.

A medida que pasa las páginas, el lector puede suponer no sólo que la novela es una suerte de distopía, sino que además puede imaginar Ciudad envuelta por una estética ciberpunk en la que la publicidad proyectada en la fachada de los imponentes edificios contrasta con la realidad a ras de suelo. No en vano desfila por ella una nómina de personajes en cierto modo estrafalarios, dependientes en su mayoría del consumo de sustancias psicotrópicas o directamente farmacéuticas y suceden cosas como que un edificio se derrumbe a causa de una reunión clandestina de suicidas. No es el caso, sin embargo. Ciudad es «todas las ciudades en una sola. (…) [U]n desafío narrativo», explica el autor, y es indudablemente cierto. Las miserias no difieren tanto de las que puedan encontrarse en los barrios menos afortunados de Barcelona, Turín o Belfast, sino más bien al contrario. El deseo de aparentar, de vivir de acuerdo con unas exigencias sociales o sencillamente de sentir algo diferente al vacío arrastra al ser humano hasta las peores alcantarillas. Y para comprobar esto no hay que inventar un futuro desolador: hay que abrir las ventanas.

Los numerosos diálogos coloquiales, casi transcritos de la calle, entre los que se cuelan préstamos lingüísticos del inglés o el francés, encuentran su contrapunto en algunas reflexiones profundas y argumentadas con solidez sobre cuestiones como la frivolidad o la manipulación por parte de los medios informativos. La escalada de puestos laborales a base de enchufes o polvos y la hipocresía primermundista de las organizaciones que pretenden salvar (entre muchas comillas) a los habitantes de los países en eso que aquí llamamos «vías de desarrollo» cuentan también con su merecido espacio en Muerde ese fruto. Puede hablarse, pues, de un estilo equilibrado y de un argumento que, cuando llega de verdad a la carne, se desvanece como el humo de los coches en cualquier urbe.

Este sorprendente debut de Quincoces es, por muchos motivos, un atrevimiento por parte de autor y editor. Justo lo que esperábamos de Tolstoievski quienes supimos de su nacimiento a principios de 2016. Queda aguardar a ver si la siguiente novela de este autor, ya en marcha, resuelve algunas de las dudas existenciales que quedan en el aire tras la lectura de su primer título.

Muerde ese fruto
Aharon Quincoces (Tolstoievski, 2016)

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Un comentario sobre “Muerde ese fruto (Aharon Quincoces)

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