Eichmann en Jerusalén (Hannah Arendt)

EichmannLa «banalidad del mal» es lo que lleva a hombres corrientes, ordinarios, a cometer atrocidades sin que asome un solo atisbo de culpabilidad en sus conciencias. Así lo plantea Hannah Arendt, así se entiende en el contexto de estas páginas y así ha pasado el concepto a formar parte del lenguaje común. Adolf Eichmann es, tal vez, el ejemplo más paradigmático de lo que representa el membrete: una pieza del engranaje burocrático del Tercer Reich sobre cuyas motivaciones reflexiona la autora del libro. Para ello se ayuda de las palabras que Eichmann pronunció o escribió en los días en los que tuvo lugar su juicio, al cual, Arendt, asistió y no asistió. La explicación es necesaria: asistió, pero sólo en parte, hecho que ha servido tanto para argumentar que el libro está escrito con conocimiento de causa como para todo lo contrario. Paradojas de la crítica: nada que no sepamos ya. Sin embargo, aunque quizá lo más interesante sea el retrato del funcionario de Estado que, casi de casualidad, se convierte en responsable de un número escandalosamente alto de deportaciones y muertes, también atractivo resulta el análisis desde un punto de vita estrictamente jurídico del proceso que terminó condenando a muerte a Eichmann.

Hannah Arendt intentó desprenderse del maniqueísmo en el que se suele caer cada vez que se habla del nazismo. Al pasar la última página del libro se tiene la firme impresión de que lo que se ha leído es un escrito en defensa de un hombre, algo difícil de conseguir dadas las circunstancias, incluso hoy. Lo fácil y esperable es trazar el retrato de un psicópata o un sádico. Lo fácil es decir por enésima vez lo malos que fueron los nazis y justificar que Israel tenía el derecho moral de secuestrar a un hombre, sentarlo en un banquillo, impedir que estuvieran allí determinados testigos de la defensa y acabar con su vida dos años después. A fin de cuentas, ¿quién era Eichmann? La encarnación de mal: un chivo expiatorio, no para tranquilizar conciencias, sino porque representa metonímicamente a todos los que llevaron a cabo las monstruosidades que la historia, los periodistas y los historiadores ya se han encargado de mostrarnos ad nauseam. La realidad, como siempre, es mucho más compleja, aunque parezca irónico y cruel pretender rasgarse las vestiduras ante las injusticias cometidas, a posteriori, contra los vencidos.

Quizá lo único que pretendió Arendt aquí fue realizar un análisis lo más objetivo posible. A lo mejor no tan objetivo cuando se trata de retratar a Adolf Eichmann (son comunes los adjetivos fuera de lugar y hay un intento de hacerlo pasar por un hombre idiota), pero sí desde luego en lo que se refiere al papel que jugó Israel. Para Hannah Arendt, no había justificación posible para su secuestro, ilegal a todas luces; además, el juicio, lleno de irregularidades, pasó por momentos de puro espectáculo y con intervenciones por parte de los testigos del fiscal dignas de reality show barato. Sí, se cometieron atrocidades, muchas, pero eso no justifica que la sala donde se juzga a un hombre para condenarlo a muerte se tenga que convertir en el lugar donde exponer dramáticamente los episodios más escatológicos del holocausto. Y, por si fuera poco, una vez dictada sentencia y recurrida sin éxito, se tarda menos de veinticuatro horas en ejecutarla, no vaya a ser que a alguiens e le ocurra cursar nada por la vía legar e impedir el triunfo de la justicia poética para vergüenza y escarnio de Israel. Vergüenza porque si secuestramos a un hombre y después de un juicio tan parcial tenemos que dejarlo libre nos convertiríamos en auténticos bufones, así que la poética fue quizá el único tipo de justicia que hubo en todo el proceso.

Parte de los argumentos que Eichmann esgrimió en su defensa es lo que justifica esta visión completamente ordinaria del hombre convertido en monstruo: se defiende alegando que él cumplía órdenes y estaba cumpliendo la ley vigente en la Alemania nazi. Y ahí está lo fascinante y atroz. Era cierto. El Tercer Reich debió tener un sistema de propaganda organizado, tanto en el terreno lingüístico como en el estrictamente superficial. Ese sistema de propaganda cuyo objetivo era limpiar las conciencias. Y ello explicaría por qué ni Adolf Eichmann ni casi ningún otro se plantease que lo que hacían no estaba bien, que había otras opciones o que podían negarse a cumplir órdenes. También explicaría cómo es posible que alguien que no es antisemita (¡y que de hecho afirmó admirar y respetar profundamente a ciertos judíos!) ordene deportar a tantísimos aún sabiendo lo que significaba «deportar».

Bien. Si esto es así, los culpables siguen siendo todos (otra de las líneas que trata el libro son los países que no colaboraron con el régimen nazi, como un rayo de esperanza, pese a que fueron una minoría), sin embargo, los culpables a los que tendríamos derecho a castigar son muchísimos menos. No obstante, Arendt pone de manifiesto lo oportuno de que algunos con mucha más responsabilidad de la que tuvo Eichmann estuvieran en aquel momento ocupando puestos como funcionarios del Estado mientras él estaba a punto de pasar por el cadalso. Algo imprescindible si queremos comprender la historia de nuestro turbulento siglo XX.

Eichmann en Jerusalén
Hannah Arendt (Lumen, 2012)
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Prosas reunidas (Wisława Szymborska)

SzymborskaA día de hoy casi siente uno pudor de admitir que le gusta y admira la poesía de la polaca Szymborska, de tan extendida como está esta opinión en nuestro país. Sin embargo, no puedo más que repetirlo: me gusta esta mujer. Me cae bien; incluso en las fotos que conozco de ella me resulta simpática. El libro que hoy nos ocupa no ha hecho más que acrecentar esta opinión.

En esta ocasión no se trata de poesía. En Prosas reunidas, se recogen cientos de artículos publicados a lo largo de unos 40 años y previamente agrupados en tres colecciones: Lecturas no obligatorias, Otras lecturas no obligatorias y Más lecturas no obligatorias. En ellos, Szymborska comenta lecturas de lo más variopinto, desde novelas clásicas de todas las latitudes hasta catálogos de papel de pared (la autora se encarga de dejar claro en el prólogo que no debemos esperar reseñas al uso). Nada más heterogéneo que estas lecturas, de las que se sirve para hablarnos de sí misma, de sus pensamientos y de sus intereses, como una de las últimas seguidoras de la estela de Montaigne, de quien en varias ocasiones manifiesta su admiración.

Estoy leyendo porque desde pequeña me produce placer acumular saberes innecesarios. (p. 33)

Llegado el caso de tener que resumir este extenso volumen de casi 600 páginas en un solo lema, este sería el de «el placer de leer». En este sentido, no he podido evitar pensar en otra ilustre lectora, Helene Hanff, con la que Szymborska comparte el amor por los libros, si bien sus gustos son mucho menos restrictivos que los de la estadounidense.

El libro destila humor en cada página. Cuando reseña algún libro que contiene elementos narrativos, despliega el argumento de este con un estilo muy cercano a la oralidad, como quien le cuenta una anécdota a un amigo (vid. pp. 293-294). Eso no le impide criticar con dureza aquellos que no le gustan o con los que no está de acuerdo:

Y aún otro disgusto: la traducción del libro es horrorosa. La autora parece no darse cuenta en ningún momento de que la sintaxis polaca y la alemana son diferentes (p. 231).

Ahora que sale el tema, en todos y cada uno de los libros reseñados hace mención del traductor, cosa nada habitual.

Personajes históricos, libros de cocina, textos literarios, muchos libros sobre animales y plantas, catálogos. El volumen está poblado de libros de toda índole. Quisiera destacar una de las reseñas que aparecen cerca del principio, el titulado «Pasar página» (p. 55), que en realidad es una exquisita (aunque no esté yo de acuerdo con algunos aspectos de la traducción) felicitación de Año Nuevo, bajo el disfraz de una enumeración de todo lo que se puede uno encontrar en el reverso de las hojas de un calendario.

En conclusión, estas Prosas reunidas de Wislawa Szymborska deparan horas de muy entretenida lectura, durante las cuales no podemos sino pensar con agrado en esa mujer menuda, de sonrisa pícara y agradable, con cuya poesía ya habíamos disfrutado tanto. Una lectura muy recomendable de la mano de la editorial Malpaso.

Prosas reunidas
Wisława Szymborska (Malpaso, 2017)
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Convocatoria para participar en el número dos de Carne para el perro

SERIE Z: TU MADRE SE HA COMIDO A MI ANDROIDE. Con este título está claro lo que queremos: casquería, vísceras, sombreros voladores de los que el mismo Ed Wood se avergonzaría, pero que dentro de varias décadas, cuando no quedemos ni nosotros, se conviertan en obras de culto.

Pero, ojo, también tenemos hueco para el campeón del endecasílabo y sus elipsis de humo. Porque nos gusta lo mejor, pero también lo peor de lo peor. Queremos dejar momentáneamente a un lado la trascendencia y el compromiso para regodearnos en nuestras primeras experiencias fílmicas y morir, si es necesario, a 33 rpm.

En algún momento todos hemos copiado en una notita un poema de Bécquer haciéndolo pasar por nuestro para ligar con una compañera de clase. Así que ya sabéis: podéis revisar vuestros cuadernos de escritorzuelo acneico, los márgenes garabateados de los apuntes o, mejor, los papeles que pintarrajeáis mientras habláis por teléfono (o el papel en el que envuelves las pechugas de pollo: hay arte donde queráis verlo).

Queremos celebrar nuestra afición a la crema proponiendo una nueva modalidad de participación, así que atentos a las bases.

Serie Z

Podéis enviar vuestras colaboraciones inéditas: poemas, prosa de creación, ilustración (en cualquier técnica) y fotografía original (en blanco y negro). Podéis incluir también para este número cualquier creación audiovisual, que aparecerá en el fanzine con un código QR que redirija a la obra que alojaremos en la red bajo licencia creative commons.

Las condiciones para la valoración de las colaboraciones serán las siguientes:

  • El tema para este número será «Serie Z: Tu madre se ha comido a mi androide».
  • Los autores deberán ser originarios o residentes en territorios relacionados con la Contestania íbera: provincias de Alicante, Albacete, Murcia y Valencia.
  • Las colaboraciones deberán ser originales e inéditas.
  • Los poemas no excederán los 40 versos y los textos en prosa no superarán las 700 palabras. Para las obras musicales y audiovisuales no hay límite de duración o tamaño.
  • Las ilustraciones y fotografías deberán tener en cuenta que el fanzine se editará en reprografía en blanco y negro.
  • Todos los originales que se ajusten a las presentes condiciones serán valorados para su publicación en este número. Los que la asociación no considere adecuados para este número podrán quedar en nuestro poder para una posible publicación en números futuros, siempre con la autorización de su autor.
  • Los originales deberán enviarse por correo electrónico a la dirección fanzine@librosdecontestania.es.
  • El plazo de presentación de originales terminará el día 31 de mayo de 2017.

Os rogamos que tengáis en cuenta que no podremos mantener correspondencia sobre vuestras aportaciones, aparte del obligatorio acuse de recibo. En cualquier caso, informaremos tanto en caso de incluir vuestra propuesta en este número como en caso contrario.

Muchas gracias a todos los que estéis interesados en este proyecto. Os animamos a participar y que, entre todos, el perro no pase hambre.

Damien Hirst, arqueólogo submarino

Hacía tiempo que no se sabía nada de él y que la imagen que perseveraba en la memoria de su prolija obra eran los animales disecados de Historia natural, las monótonas instalaciones sobre farmacias, y las insoportables concesiones comerciales de sus infinitas series Spot Paintings y Butterflies. Pero he aquí que Damien Hirst, tras un largo periodo de inactividad, reaparece en la escena artística con una exposición cuanto menos sorprendente: en la sede de la Fundación de François Pinault en Venecia, el artista británico presenta Tesoros del naufragio del «Increible»; una muestra integrada mayoritariamente por la colección de Cif Amotan II, otomano cuya embarcación se hundió en las costas de Zanzíbar hace dos mil años, y en cuyo rescate Hirst participó activamente. Entre esculturas y objetos egipcios, griegos y romanos, Hirst introduces trabajos propios con alusiones a personajes y «diosas» de la cultura contemporánea como Mickey Mouse, Kate Moss o Rihanna. Y, a la entrada a la exposición, una frase de su propia cosecha marca el camino intelectual que ha de seguir el espectador para entender cuanto pasa ahí dentro: «En algún lugar entre la mentira y la verdad yace la verdad».

Evidentemente, en este periodo de «mentiras verosímiles» y de «verdades mentirosas», el concepto de verdad ha perdido cualquier carácter referencial a la hora de enjuiciar y valorar la realidad. Desde el 11-S la frontera entre lo real y lo ficticio se ha difuminado, y la perversión de los hechos ya no se considera una anomalía sino una estrategia más. La historia fue de una manera, pero la forma de contarla es múltiple. Y es frente a las múltiples problemáticas ocasionadas por esta elasticidad adquirida por la idea de verdad que Damien Hirst  pretende situar al espectador. Su manipulación de la historia, lejos de resultar sutil, es exagerada y no exenta de cierto gamberrismo. Pero da igual. Su exposición abunda en cómo las nuevas estrategias de «gestión» de la verdad ya no pretenden ocultarse tras escurridizos ejercicios de homologación: aunque la inserción parezca en un principio brusca, insultante para la inteligencia, el contraste se torna de inmediato en casi invisible, y el elemento «alien» termina por normalizarse y asimilarse como verídico. Una vez abierta la puerta, la abertura no es selectiva —lo tolera todo. Las grandes mentiras de la historia pronto serán nuestras grandes verdades, y viceversa.

Visitantes en Ravi Café (puertadeHerakles #11)

Para celebrar que hace un par de semanas entrábamos en unas semanas de merecidas vacaciones, el pasado 7 de abril volvimos a reunirnos en el café Ravi con la intención de charlar sobre la novela Solaris de Stanislaw Lem. Una nueva sesión del club de lectura #puertadeHerakles.

Hubo poca discrepancia al respecto: Solaris es una novela de ciencia ficción que va mucho más allá del género de la ciencia ficción tradicional. Manuel lanzó la piedra que nos llevó a debatir sobre la dificultad de catalogar de forma precisa los diferentes géneros narrativos. Aunque Solaris está ambientada en otro planeta y la acción transcurre en una estación espacial,  todos coincidimos en que esta novela trata temas tan profundos como las dificultades de la comunicación, la convivencia o la delgada línea que separa la realidad de la imaginación así como la locura de la cordura. De ahí que, además de una novela de ciencia ficción, se la pueda considerar como psicológica y filosófica.

Egor apuntó la idea de que en la novela uno de los principales temas tratados, si no el principal de todos, es el de la dificultad o imposibilidad de comunicación. Centrado el debate en esta idea, a todos nos vino a la mente la reciente película La llegada, dirigida por Denis Villeneuve, en la que se trata este mismo asunto aunque quizá desde un punto de vista más naïf y efectista. También dieron mucho que hablar las diferentes adaptaciones cinematográficas de esta novela. Para la mayoría, la mejor de todas es la de Tarkowsky de 1972.

Por otro lado, Ramón comentó que otra de las bases principales sobre la que se sostiene toda la novela son las relaciones humanas. Esto enfocado desde diferentes perspectivas: tanto las relaciones que tiene el ser humano con los demás en la Tierra, como las relaciones que surgen entre los personajes de la novela, encerrados en una nave  prácticamente en soledad (pues apenas se ven unos a otros) pero con la capacidad de generar sentimientos hacia alguien que saben no es real. ¿Desde qué momento somos conscientes de que queremos realizar una acción mandada por nuestro cerebro? ¿Podemos controlar lo que queremos pensar, o es nuestro cerebro el que nos controla a nosotros? A los personajes les va a venir muy bien esta incomunicación para descubrirse y conocerse mejor a sí mismos.

Llegados a este punto surgió el intercambio de interpretaciones acerca del final de la novela. Creemos que los mimoides y los visitantes no son más que regalos de Solaris hacia sus nuevos habitantes, si bien estos no saben interpretarlo de este modo debido a esa incomunicación frustrante que les lleva a enloquecer. Como último tema a tratar todos coincidimos en que, aunque no se diga de forma explícita, el personaje principal, Kris, finalmente decide quedarse en el planeta; pues se da cuenta de que no hay nada a lo que temer.

Se habló de otras muchas cosas: el detalle en las descripciones, la información dada por el autor a través de los libros que lee el personaje, la maestría que tiene Lem para crear un ser extraterrestre saltándose los tópicos de la ciencia ficción,  la consideración del autor como el Borges de la scifi y otros y muy variados temas; pero finalmente la conversación se asentó en el tema del género y pasamos a hablar de Kurt Vonnegut, F.K. Dick o Ray Bradbury, lo cual nos llevó a una charla distendida que terminó con unas cervezas y el propósito de descubrir más obras de estos grandes autores. Pues como comentaba Ramón, aunque hasta no hace mucho el género estaba considerado como menor, Lem con Solaris hace alta literatura y lo sublima.

Matadero cinco (Kurt Vonnegut)

Y Billy había sido testigo de la mayor carnicería de la historia de Europa, el bombardeo de Dresde. Los dos intentaban rehacerse a sí mismos y rehacer el universo entero. Y por eso la ciencia ficción constituía una gran ayuda para ellos.

En Matadero cinco, Kurt Vonnegut sumerge al lector de pleno en la Segunda Guerra Mundial a través de la historia del soldado Billy Pilgirm, el cual fue hecho prisionero de guerra y trasladado a Dresde para trabajar. Lo que no podía haber imaginado Billy es que viviría el bombardeo de la ciudad en primera persona. Esto mismo le sucedió al autor quien, valiéndose de su experiencia personal, crea este personaje como su álter ego y nos cuenta todo lo que allí vivió. Porque recordemos que Vonnegut se encontraba en Dresde el día del bombardeo, lo que le dejó tan marcado que se vio en la necesidad de escribir un libro acerca de ello. Ese libro es Matadero cinco, pues las paredes que le dieron cobijo durante los días que permaneció en la ciudad fueron las de un matadero de animales señalado con el número cinco.

Si bien el tema principal alrededor del cual gira toda la historia es la guerra y todo lo que ella conlleva (muerte, miseria, sangre, hambre, etcétera), Vonnegut consigue hablar de todo esto de una manera pausada, sin dramatizar e incluso dándole un toque de humor a cualquier situación. Consigue así que, en un tono de sátira y con su peculiar sarcasmo, el lector termine riéndose frente a algunas situaciones e imágenes, pese a lo duro y cruel de ellas.  A todo esto se añade, además, la ciencia ficción, tema que el autor controla a la perfección y que engarza con otros géneros. En este caso no se podría catalogar en ningún estilo concreto la obra, pues este libro engloba la autobiografía, la historia, la fantasía y la ciencia ficción haciendo del conjunto una historia peculiar y, en algún momento al principio de su lectura, un poco rara y difícil de seguir.

Esto se debe a que, entre las muchas cosas que le suceden a Billy Pilgrim, se hable del secuestro que sufre por parte de un platillo volante para exponerlo en el zoo de Trafalmadore, un planeta lejano cuyos habitantes tienen una percepción en cuatro dimensiones. Para los extraterrestres el tiempo no tiene importancia, con lo que tampoco la tiene la vida o la muerte. Según ellos todo lo que existe, fue y siempre será en un momento pasado, presente y futuro. Su lema es que hay que quedarse con las cosas buenas y siempre serán esas cosas las que existan. Vonnegut describe a estos seres como pequeños, de no más de un metro, que no hablan pero se comunican entre ellos por telepatía, y con unos ojos muy graciosos en las palmas de sus manos. Si buscamos la metáfora de esto, el zoo al que esos seres llevan a Billy podría ser el matadero al que los alemanes llevan al autor y esos seres pequeños podrían ser esos niños de la guerra, pues como el propio Vonnegut comenta, una vez afeitados y un poco aseados, la cara de la mayoría de ellos no era la de un hombre, de ahí el otro título por el que se conoce este libro: La cruzada de los niños.

Otra de las características de tan peculiar personaje es su capacidad de viajar por el tiempo. En un momento puede dormirse en el hospital militar y después despertar en su tierna infancia para, tras una descuidada siesta, descubrirse en el día de su boda. Para que el lector no se pierda en estos saltos temporales, con sus personajes y localizaciones, el autor utiliza de forma acertadísima imágenes (colores), detalles (frío, calor), elementos físicos (casa, bosque) y sentimientos para cada época concreta, de manera que es muy sencillo seguir la historia. Además, los diferentes capítulos están relatados en párrafos cortos y con un lenguaje coloquial, con lo que se leen rápidamente sin que se pierda la información.

Lectura obligatoria para los amantes de la ciencia ficción que, detrás de la aventura y la sátira, esconde una denuncia antibelicista y un mensaje claro de cómo sobrellevar las cosas y la perspectiva con la que mirar el día a día que poco tienen que ver con la fantasía. Así pues, gustará a unos y a otros, cada lector la podrá leer desde su propio punto de vista y quedará sorprendido gratamente por esta gran obra. Aunque ya había escrito Cuna de gato, Las sirenas de Titán y otras, Matadero cinco está considerada su mejor obra. Fue esta la que dio nombre y reconocimiento a Kurt Vonnegut, el autor que con el paso del tiempo es considerado uno de los grandes de la literatura contemporánea estadounidense.

Billy miró dentro de las letrinas y comprobó que los lamentos procedían de allí. El lugar estaba abarrotado de americanos con los pantalones bajados. El festín de bienvenida les había transformado en volcanes. Los cubos estaban llenos e incluso rebosaban.

 Un americano que estaba cerca de Billy se lamentaba de que lo había defecado todo menos el cerebro. Momentos después decía:

 -¡Ahí va! ¡Ahí va! – refiriéndose al cerebro.

Este era yo. Este era yo en persona. El autor de este libro. (p. 114)

Matadero cinco
Kurt Vonnegut (Anagrama, 2014)
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#poetasenCercanías… o en AVE (vía 2 – vagón 09)

Las energías contestanas son infinitas, o al menos lo parecen. Por eso una semana después de finalizar nuestro primer festival de poesía —y, todo hay que decirlo, después del subidón de presentar un inédito de Unamuno con Pollux Hernúñez y Ángel Luis Prieto de Paula— volvimos a la carga con una nueva entrega del #poetasenCercanías. Para este noveno vagón contamos con Carlos Mazarío como poeta anfitrión, Diego Sánchez Aguilar desde Murcia y Ana Martínez Castillo desde Albacete.

Fieles a nuestras costumbres, dividimos el recital en tres bloques donde cada uno de los poetas se centró en una parte de su obra, bien de distintas secciones del mismo poemario, bien de títulos distintos. Como ocurre con frecuencia en estas sesiones, también hubo tiempo para la lectura de textos inéditos.

Nuestro anfitrión, Mazarío, fue galardonado recientemente con el Premio Fractal, del que parte del equipo contestano fue jurado, y dedicó dos de sus intervenciones a conducirnos entre las páginas de Movilidad exterior. También conocido ya en esta casa era Diego Sánchez Aguilar, con quien tuvimos la ocasión de celebrar en nuestro taller de lectura el merecido Premio Setenil 2016 por su Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino. Como buen narrador, trajo a The October Press a tres personajes a los que convirtió respectivamente en sujeto poético de Diario de las bestias blancas y dos poemarios inéditos. Para procurarnos un equilibrio entre el hiperrealismo de Carlos y la ficcionalidad de Diego, Ana Martínez recorrió su último libro (hasta ahora, puesto que más tarde supimos algunas buenas noticias al respecto). De Bajo la sombra del árbol en llamas destacó la fuerte influencia recibida de poetas indispensables como Pizarnik o Aleixandre.

Con rondas algo más extensas de lo habitual, los poetas supieron sin embargo mantener la atención del público, que quedó contento y agradecido al finalizar el evento. Al parecer los tres autores quedaron también satisfechos, puesto que en el coloquio posterior, ya más distendido, amenazaron con volver a pisar tierras alicantinas para hacerlas partícipes de sus próximas obras.

decir vivo a quién (Danielle Collobert)

collobertCuando Kokoro emprendió su viaje como editorial después de su andadura como revista imprescindible para aquellos que buscábamos voces distintas a las mismas selecciones de siempre, lo hizo con dos títulos. De uno, Luciérnaga, ya hablamos en su momento. El otro era una antología bilingüe de Danielle Collobert, titulada en castellano decir vivo a quien, que parte del primer volumen de sus obras que recogió P.O.L. Éditeur en 2004.

De esta autora no se sabe mucho: nació en un pueblo de Bretaña, formó parte del FLN, sus textos fueron rechazados alguna vez, escribió algunas obras para radio, se suicidó el día de su cumpleaños (paradójicamente después de publicar con prisas Survie). Tampoco contiene el volumen que nos ocupa mayores aclaraciones con respecto a este personaje. Comenta en la nota introductoria Antonio F. Rodríguez, uno de los responsables de Kokoro y el traductor de la antología, que creen «que la fuerza de estos textos es su despojamiento». Y tienen razón. Por eso los presentan limpios, como los habría querido Collobert: sencillamente el verbo contra la página.

Los textos contenidos en decir vivo a quién pertenecen a Meurtre (1964), Dire I y II (1972), Il donc (1976) y Survie (1978). Mientras que en Asesinato nos enfrentamos a piezas en prosa, en esta muestra —primera y prácticamente textual traducción de Collobert al castellano, por cierto— el lector puede observar cómo la escritora fuerza la descomposición del lenguaje, lo limpia como se retiran de la granada las tastanas para dejar sólo el fruto, que sangra y mancha pero es puro. Comentaba Alba Ceres, autora del Luciérnaga mencionado antes, que «es increíble cómo los poemas se depuran conforme el libro avanza, cómo van de la carne al hueso, del hueso a la médula».

En este viaje cobran especial importancia el cuerpo, metamorfoseado de manera constante («je deviens soif, uniquement, totalement»), desarmado incluso de nombre; la voz que quiere ser grito y sin embargo se diluye, se desconoce; pero también el miedo, el dolor y la muerte en sus formas más esenciales, primitivas, que arrastran al lector. Y, por supuesto, la palabra, el medio para coser estos conceptos a lo largo de las páginas y convertir el conjunto tanto en una única obra como en una obra única.

dire
n’arrive pas à dire
rien n’échappe plus
enfermé
tout es clos
attente
fin
se termine
s’achève peu à peu
les derniers jeux
derniers mots liés de sens
l’espace autor – l’instant là
rien n’échappe
finit là
achève de se séparer en mots
disloqué
se raréfie
n’essaie plus
sans effort – résistance
laisse aller
ce qui continue
vague détresse
douleur – atténue
limite précise de l’immobile
le terme
mesure précise du parcours
limité
les restes – émiettements
parole broyée
se fige
non – vidée de l’intérieur
les mots tendus sur rien
support rétréci – ramassé
aspiré au-dedans
apparence de dureté – osseuse
soutient compact – se désagrège
destruction – terreur*

No resta, en realidad, decir nada. Vale más recurrir de nuevo a la cita extraída de la nota que introduce el volumen: la «experiencia Collobert» sólo puede vivirse leyéndola.

decir vivo a quién
Danielle Collobert (Kriller71-Kokoro, 2017)
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* decir / no logra decir / nada escapa / encerrado / todo cercado / espera / fin / se termina / culmina poco a poco / los últimos juegos / últimas palabras con sentido / el espacio en derredor – el instante ahí / nada escapa / el cuerpo ahí / acaba ahí / termina por separarse en palabras / desmembrado / se enrarece / deja de probar / sin esfuerzo / resistencia / deja ir / lo que continúa / vago desamparo / dolor – atenúa / límite preciso de lo inmóvil / el término / medida precisa del recorrido / limitado / los restos – desmenuzamiento / palabra molida / se fija / no – vaciada en su interior / las palabras tendidas sobre nada / soporte encogido – condensado / aspirado dentro / apariencia de dureza – ósea / apoyo compacto – se disgrega / destrucción – terror

Castellio contra Calvino (Stefan Zweig)

castellio-contra-calvinoUn hombre defiende, en un momento histórico donde lo demencial se vuelve norma, al hombre. Da igual si es Sebastian Castellio defendiendo a Miguel Servet; si es Stefan Zweig rescatando del olvido a Sebastian Castellio. Es el hombre defendiendo al hombre. El hombre erigiéndose portavoz de un humanismo contra el que la tiranía impone sus propias leyes y al que, como dijera Primo Levi, le roba la paz, la humanidad, hasta el punto de obligar a una época futura a guardar memoria.

Ignoro si la labor de recuperación que llevó a cabo Stefan Zweig en el siglo pasado obedece exclusivamente a esa necesidad de preservar la memoria, pero, a la luz de los acontecimientos que le tocó vivir —y que, por cierto, relata magistralmente en otro librito publicado por El Acantilado—, no parece descabellado pensar que guardan algún tipo de relación. De entre todas las luchas de opuestos que la historia puede ofrecer como espejo en el que mirar nuestros propios defectos, la de Castellio contra Calvino resulta particularmente ejemplar. A pesar de subdividirse en diez capítulos, su estructura interna es tripartita —Calvino, Servet, Castellio—, y esta coherencia interna puede servir para ilustrar lo que Zweig consigue en esta obra.

De Calvino nos muestra un acerbo retrato que, en ocasiones, raya en el determinismo; en el polo opuesto el biógrafo sitúa a un Castellio que «transmite una delicada y esperanzada serenidad». De un lado, la violencia; del otro, la conciencia. En el centro de ambas, una víctima de sus propias circunstancias: Miguel Servet. Quizá a día de hoy sea el tratamiento de Servet, esa figura que ha servido para reivindicar casi todo, lo que más sobresalga de este lúcido ensayo. En contraposición a un Servet ateo y deliberadamente rebelde, Stefan Zweig describe a un intelecto mediocre cuya obstinación le lleva a tener el dudoso honor de convertirse, históricamente, en la primera víctima del calvinismo.

Los tres retratos apenas esbozados en estas líneas protagonizarán una controversia atemporal: lo anecdótico sirve al autor para hacer una profunda reflexión en torno a la libertad de pensamiento, al humanismo más genuino y a tolerancia como armas contra la perfidia y la estrechez de miras. Armas que hasta la fecha se han revelado estériles (venció Calvino en el siglo XVI y al siglo de Zweig no le fue mucho mejor), pero que han sido y son el único refugio que nos queda.

Castellio contra Calvino
Stefan Zweig (El Acantilado, 2001 [1976])
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Lo posible es un infraleve

De todos los rasgos específicos de la obra y pensamiento de Duchamp, uno de los más fascinantes es el término infraleve. Para el artista francés viene a definir el gesto mínimo, sutil, apenas perceptible: el calor de un asiento que acaba de dejarse, el sonido del roce de los pantalones al caminar, las puertas del metro cuando alguien pasa en el último momento, las caricias, el aliento vital sobre los espejos.

Lo posible es un infraleve, dijo Duchamp. En el fondo, se trata de la expresión mínima, la energía latente, perdida, que habla de lo que queda y lo que sobra, lo que no puede ser medido, lo que resta sin resto apenas perceptible y sin embargo. Apostar por lo infraleve permite un cambio de percepción sobre el conjunto de pequeños y casi inadvertidos cambios que suceden a diario en el ámbito de lo cotidiano.

La obra Aire de París habla por sí misma de esta idea, al tiempo que constituye un ready-made fundamental en la obra de Marcel Duchamp. La pieza es en sí misma una ampolla farmacéutica, vaciada de su contenido y envuelta de misterio. En 1919, los coleccionistas estadounidenses Walter y Louise Arensberg piden al artista que les traiga de su viaje a Europa novedades y aires de París. Durante su estancia, el francés piensa en llevarles un regalo de la ciudad. Se dirigió entonces a una farmacia donde pidió una ampolla de vidrio y construyó una gota de cristal con aire de París. A su regreso en Estados Unidos, ofrece a sus amigos una frágil y bella burbuja de vidrio en la que se depositan 50 cc del aire de París. La pieza es la cápsula protectora que guarda y envuelve el aire de una ciudad valiosa y vital para un Duchamp que en más de una ocasión se definió a sí mismo como un «respirador».

Bien mirado, Aire de París (1919) como infraleve no deja de ser una forma de señalar instantes en la contemplación de la vida cotidiana como el asunto en el que reside la verdadera materia del arte. Como el vaho sobre las superficies pulidas, el sabor del humo que queda en la boca al fumar, la distancia que separa a la sombra del suelo. Lo infrafino de nuevo, el gesto tenue, sutil, que queda en la orilla de las cosas. Algo parecido a lo que sucede en el conocido poema de Borges, titulado «Los justos». Algo así, gestos que se ignoran y parecen estar salvando el mundo a cada instante.

«Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire. / El que agradece que en la tierra haya música. / El que descubre con placer una etimología. / Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez. / El ceramista que premedita un color y una forma. / El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada. / Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto. / El que acaricia a un animal dormido. / El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho. / El que agradece que en la tierra haya Stevenson. / El que prefiere que los otros tengan razón. / Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».