Número uno: NADA EN LA NEVERA (Carne para el perro #1)

Número uno (portada)

 

Carne para el perro (número uno)

PVP 3€
32 páginas.
150 ejemplares.

 

 

Nada en la nevera

Después de la cálida acogida que obtuvo el número piloto, nos lanzamos definitivamente a la piscina con el primero de un fanzine con periodicidad trimestral. El leitmotiv de este primer número es el tratamiento de la realidad como objeto artístico sin convertirse en algo panfletario. 32 páginas con textos e imágenes inéditas de los contestanos Dani Bravo (autor de la portada), Gala de León, Katherine Muñoz, Ramón Bascuñana, Joaquín Aldeguer, Luz Cuervo, Clara Andreu, Edu Vidal, Gustavo Valiente, Juan Ramón Torregrosa, A. Soriano Santacruz, Ramón Andreu, Carlos Ramírez, Manuel Jorques, Emilia Colino, Luis Fernández Abenia, Víctor Olcina, Radioboy, Jorge Ortiz Robla, Ignacio Ballester y Vanessa Castaño, a quienes se suma «el hueso», una colaboración especial doble, de la mano de Andrés Catalán y Ben Clark, con un poema publicado en Mantener la cadena de frío (Pre-Textos, 2012).

Si te interesa adquirir algún ejemplar del número, sólo tienes que venir a cualquiera de nuestras actividades o escribirnos a fanzine@librosdecontestania.es y te indicaremos los pasos que deberás seguir.

Nexo: escribir sobre música

Escribir sobre música siempre tiene algo de erróneo. Aunque es casi una necesidad para quien de algún modo busca, también de forma errónea, comprender el concepto sonoro desde una perspectiva literaria. Son mundos similares, semánticos, pero la comunicación entre ellos es siempre algo difusa. Es algo parecido a lo que ocurre en Solaris cuando Kelvin reconoce la imposibilidad de comunicación con el gran océano protoplasmático, que asegura inteligente, pero no cognoscible desde su percepción, o lo que es lo mismo, desde su lenguaje.

Perdonen la referencia a Lem y al estructuralismo, se me ve el plumero. Aun así, estoy aquí para hablarles de música. Y permítanme asumir la primera persona y presentarme ante ustedes para hacer algo diferente el presente artículo. Vamos a intentar llevar a la performatividad este escrito, para al menos estar más cerca de la idea del momento sonoro que sólo vive en un instante determinado. Por ello, voy a intentar interactuar con el lector desde aquí y, además, les sugiero una metodología para leerme, al menos en el escrito presente y quizá también en los artículos siguientes. En primer lugar, necesitan acceso a la música para leer sobre música, así que les propongo que tengan a mano cualquiera de las muchas formas modernas maravillosas de escuchar (y concebir, claro) la música. En segundo, abran los oídos y los ojos y veamos si al menos conseguimos hacer más amena la lectura y la escucha que les voy a proponer.

La naturaleza de la música, al menos a día de hoy, es algo extraño. No sabemos realmente delimitar en muchas ocasiones cuál es la diferencia, la línea divisoria, entre música y sonido o ruido y sonido. Tampoco sabemos si el ruido es o no es música. Los límites del arte, como ocurre en muchísimos artes contemporáneos, son afortunadamente inexistentes. Bien, quiero que asuman esto en primer lugar, lo de ordenación de los sonidos en altura y tiempo suena un poco a diccionario castizo, y ya ha sido olvidado. La música es siempre algo más, aunque no sepamos muy bien el qué. Sin embargo, hay algo que toda música tiene. Busquemos un elemento concreto que aparezca en cualquier música que se les ocurra, inclusive en aquellas vanguardias tan abstractas como ésta: [Audición: Prossopopeé I, de Pierre Schaeffer]. Piénsenlo mientras suena esta maravilla o desfalco contra la humanidad; la crítica, de momento, a su elección.

¿Y bien? Supongo que se habrán dado cuenta de que todo sonido tiene una frecuencia determinada y un ritmo determinado. El problema de la frecuencia, o lo que habitualmente se conoce como altura, es que cuando es indeterminada (como cualquier instrumento de percusión, habla o sonido mundano) el oído no la percibe como melódica. Esto es un poco difuso y me gustaría volver aquí en otro momento, pero lamentablemente no es la finalidad del presente artículo (sí, tengo una finalidad, aunque no lo parezca), así que pidiendo perdón vamos a olvidar la frecuencia para centrarnos en algo que el oído siempre percibe: el ritmo. Como es lógico, todo sonido dura algo, ya sea de modo individual o en un contexto de repetición o variación, por tanto, el ritmo siempre es perceptible y fácilmente comprensible sin, como ocurre con el concepto de frecuencia, un estudio acústico previa reflexión pormenorizada. Sigamos: el ritmo es algo que tiene toda música, pero quizá piensen que extrapolo diciendo que todo sonido rítmico (lo que equivale a decir: todo sonido) es música. Bueno, teniendo en cuenta que ya deben de haber terminado de escuchar la obra de Schaeffer, un clásico de la música concreta, deben de haber comprendido que la conceptualización de la música hace tiempo que dejó de ser sencilla. Quizá dediquemos en el futuro algunos párrafos a este tema de candente interés, pero ahora quiero volver a la importancia del sonido rítmico. Quizá un ritmo (qué concepto más difícil, por cierto) en sí no sea musical, pero creo que nadie dudará si utilizamos un ritmo concreto de manera artística intentando con ello conseguir un todo con finalidad estética. Como ejemplo perfecto de música rítmica les propongo esto: [Audición: Toccata para percusión, de Carlos Chávez] algo realmente interesante. Hasta mitad de la obra que entran los laminófonos (familia de los xilófonos, marimbas, etcétera) no aparece ningún sonido con altura determinada, sino un contrapunto de percusiones y ritmos enfrentados.

De nuevo la crítica es cosa suya, yo sólo propongo. Ahora quiero hacer un poco de extrapolación entre artes. La obra anterior demuestra ya la posibilidad de hacer música con sonidos indeterminados de manera fehaciente. La utilización del material sonoro rítmico puede configurar una obra musical en su totalidad de manera autónoma. Ahora quiero romper y hablar de prosodia. Del componente rítmico del lenguaje. Todo texto, escrito u oral, es inherentemente prosódico. El lenguaje y su diferenciación entre sílabas tónicas y átonas así lo configura, y hace de lo rítmico una parte fundamental de la poesía y una parte poco o nada importante en la prosa. No quiero ponerme a dilucidar el problema de dónde está la separación en la literatura actual entre la poesía y la prosa, cuestión interesante de debatir, pero difícil de concluir. En lo que creo que estaremos de acuerdo es en que, entre prosa y poesía, es en la segunda donde el ritmo es uno de sus elementos constituyentes y prioritarios. Aunque la poesía actual tiende a centrarse en la métrica libre del verso, convirtiendo las estrofas y el poema en sí en algo polimétrico, lo cierto es que este tipo de versificación no ha sido norma históricamente hablando. Lo habitual en la historia de la literatura ha sido, como ustedes ya saben, componer el verso en la totalidad de un poema con un metro determinado y predispuesto.

Los metros de los poemas no son exclusivamente algo ornamental, sino mucho más. Y esto lo avala el teatro español de los siglos XVII y XVIII, contexto artístico donde algunos metros concretos están asociados a algunos afectos y situaciones determinados. Con un público que acudía masivamente, la poesía del teatro pudo desarrollar una serie de situaciones tópicas en las comedias que siempre tenían, a fuerza de costumbre, unos metros característicos. El público, también a fuerza de escucharlos siempre repetidos, estaba educado en la percepción de estos metros situacionales, aun cuando la mayoría de esta población fuera de seguro analfabeta. La redondilla, por ejemplo, se asociaba a la declaración amorosa; las décimas, a las quejas; las seguidillas, a los ámbitos cómicos o pastorales; y, entre estos, muchos más que podemos estar seguros que ya estaban claros a principios del siglo XVII, puesto que ya aparecen descritos en el Arte nuevo para hacer comedias en este tiempo (1609) de Lope de Vega. El público asumía la transliteración de los metros concretos, independientemente de lo que dijese en sí el poema. Cuando aparecían unas seguidillas, un poema tan característico cuya métrica se aprecia en las primeras estrofas, el público ya lo situaba en un contexto cómico, mundano o popular, al margen de lo que la acción realmente estuviese representando. Los dramaturgos, por supuesto, utilizan este recurso metateatral para contraponer o potenciar afectos concretos en la escena. Es el componente exclusivamente rítmico del verso el que, en primer lugar, sirve como esqueleto a la hora de componer el poema, y, en segundo, el que aporta información ajena al espacio plenamente escénico. Es la música de la poesía, el componente plenamente rítmico.

El ritmo es música, y la poesía es ritmo. Quizá por ello la palabra música deriva etimológicamente de la palabra griega mousiké, que hace referencia a la vez a la poesía, la música y la danza. En esencia, al ritmo y a sus consecuencias en el lenguaje, la percepción sonora y en el movimiento del cuerpo. Actualmente, y tras una odiosa tendencia decimonónica a la estandarización, es complicado entender la música de modo exclusivamente rítmico. Sin embargo, tras las benditas vanguardias (no tanto por su resultado sonoro como por su papel rompedor) esta percepción ha cambiado y, gracias a eso, podemos volver la vista a la Hélade y quizá entender un conjunto estético más global. Y, también, si han entendido el carácter estético de Chávez y Schaeffer, quizá les sea más fácil entender lo que propongo.

El ritmo condiciona, el ritmo en sí, el ritmo configura. El ritmo hace poesía, y también música. Y por ello he creído lógico exponer todo este anacrónico collage que sirve de nexo entre música y poesía. Sin embargo, es cierto: no son ustedes majas o majos que van al teatro del Buen Retiro en una calurosa noche del agosto madrileño de 1762. Si así fuera se habrían dado cuenta de que las dos primeras frases de este párrafo son unas seguidillas al uso, y ya tendrían la sonrisa en el rostro esperando que el gracioso de turno hiciese de las suyas. Tampoco son ustedes helenos que, quizá al escuchar lo rítmico del verso lo hubiesen danzado de una manera concreta. No. No lo son, ni yo tampoco, pero ello no nos priva de comprender que, en otras épocas, lo rítmico del poema, la música de la poesía, era mucho más que un simple componente que con el tiempo se abandonó. Quizá entonces Solaris sí sea comprensible. Quizá ahora sí tenga sentido, desde este inicio y con esta unión, empezar a escribir sobre música. Ahora sí, pues, escuchen y lean.

Non omnis moriar: sepan más.

Carlos Chávez (1899-1978) fue un compositor mexicano sobre el que el México revolucionario construyó su identidad musical. Para el compositor esto fue tanto bueno como malo, porque lo cierto es que su carácter de vanguardista se ve eclipsado por su vertiente nacionalista. Concretamente la obra que se propone, la Tocatta para percusión, compuesta en 1942, es uno de los mejores ejemplos de su música contemporánea de vanguardia.

Pierre Schaeffer (1910-1995) es un compositor francés que creó la llamada música concreta, teorizada previamente en su Tratado de los objetos musicales. La música concreta fue una vanguardia musical que consistía en la utilización del sonido mundano (del día a día, por tanto no producido por instrumentos académicos convencionales) descontextualizado de la interpretación, fijándolo, por primera vez, en un soporte analógico que a su vez era manipulable. Sus prosopopeyas son las obras más representativas del movimiento.

¿Se han fijado en que los vanguardistas viven mucho? ¿Creen que demasiado?

Siempre hay #poetasenCercanías, pero esta semana MÁS (vía 2 – vagón 08)

Si es cierto que en la variedad está el gusto, el sábado pasado disfrutamos de un banquete de pluralidad en la última sesión del #poetasenCercanías que, como cada quince días, tuvo lugar en The October Press. Buen ambiente, buena compañía y, como siempre, la presencia de tres buenos poetas, que cogieron el tren para acercarse a pasar con nosotros otra mañana de sábado. Esta sesión, además, tenía algo de especial: era la primera actividad de nuestro primer festival de poesía «…pero esta semana MÁS».

La sesión discurrió dentro de los cánones que nosotros mismos establecimos para este ciclo y esta vez no hubo sorpresas en el discurrir del recital. Otra cosa es que las emociones de todo tipo anduvieran campando a sus anchas entre los asistentes, que lo hicieron, sin dejar un minuto para el descanso o para la distracción.

El papel de anfitriona corrió a cargo de la jovencísima poeta ilicitana Andrea Gimeno, una escritora inédita que, sin embargo, ha visto ya poemas suyos recogidos en algunas publicaciones, entre las que cabe destacar el número SEIS de la revista La Galla Ciencia, «Minoría Virgiliana II». Con su voz calmada y queda, nos recitó varios de sus poemas, breves, concisos y repletos de referencias que ella misma fue explicando.

Desde Murcia, se acercó para acompañarnos otro poeta inédito, Juan Manuel Sanchez Meroño. Él, por su parte, forma parte del núcleo del Colectivo Iletrados de Murcia y, entre otras labores, se encarga de la maquetación del fanzine Manifiesto Azul, que se publica anualmente y que va ya por el número 17. En sus poemas descubrimos elementos fuertemente apegados a la realidad y a la experiencia. Diseñó su intervención alrededor del motivo del viaje, del alejamiento y la huida, pero sabiendo siempre dónde volver.

El último y atrevido poeta —llegado por carretera nacional desde Valencia—, fue David Trashumante, natural de Logroño, circunstancia que llevó a alguna que otra broma. Es autor de una prolífica obra y un experto en la corriente performativa de la poesía, y así nos lo demostró con textos de A viva muerte o Tópo. Su recital, su voz potente y modulada, hizo vibrar a todos los asistentes.

Tras los bises de rigor, y tras recordar a los asistentes que el festival se prolongará toda la semana con actividades de lunes a sábado, sólo nos quedó aplaudir y disfrutar del vermut (con aceitunas y limón, como debe ser).

Reflejos en un ojo dorado (Carson McCullers)

mccullersEl pasado mes de febrero se cumplió el centenario de su nacimiento y el próximo mes de septiembre se cumplirán cincuenta años de su muerte. Ella es, porque siempre será mientras exista su obra, Carson McCullers (Georgia, 1917). En Reflejos en un ojo dorado la autora sitúa la acción en un centro militar recóndito en un islote, creando de esta manera una parcela física acotada a unos lugares que se repiten durante toda la narración y que, con el paso de la misma, el lector conocerá ya como su propio barrio; pues las minuciosas descripciones de las casas, los senderos, el bosque y todo lo que rodea la vida de los personajes, así como el clima y todas las sensaciones relacionadas con él hacen muy fácil el viaje desde nuestro sillón al cuartel militar.

Con tan sólo cinco personajes, McCullers consigue crear una historia emocionante y cada vez más intrigante hasta llegar a un final que, aunque previsible, no es el esperado. El capitán Penderton, un hombre cobarde y de sentimientos reprimidos, está casado con Leonora, una mujer fuerte, valiente y campechana, cosa que enerva a su marido. Además se suma el hecho de que Leonora mantiene una relación con el comandante Langdom, de la cual su marido es sabedor así como Alison, la mujer del comandante, sin embargo ambos callan y hacen como que no pasa nada. Si a todo esto añadimos a un soldado peculiarmente raro ya tenemos los ingredientes perfectos para la historia en la que la autora expone de forma brillante la doble moral, lo importante de guardar las apariencias en una sociedad como la de entonces en el entorno militar y los peligros de la hipocresía, especialmente con uno mismo.

Como es habitual en su obra, Carson McCullers crea unos personajes incomprendidos, luchadores fuera de lugar, que se sienten incómodos con su vida.  Unos personajes que deben lidiar consigo mismos, esforzarse por aplacar sus sentimientos más profundos y reprimir las palabras que quedan sólo en pensamientos. De una forma un tanto sutil, también se hace referencia al racismo a través de los sirvientes. La relación entre Anacleto, el sirviente de su «ama» la señora Langdom y el comandante da fe de ello. Y el sentimiento de superioridad del soldado Williams ante los demás, sean quienes sean, que los ve y piensa que están ahí del mismo modo que existen los negros, como algo sin remedio pero con lo que hay que convivir.

Esta es una historia en la que al principio parece todo muy normal, con unas vidas en las que todo sucede como se supone que debe suceder. Pero los lectores pronto se percatarán de que nada es lo que parece y que detrás de una sonrisa puede haber unos ojos llenos de odio. Nadie es lo que aparenta ser y todos somos lo que pensamos estando a solas y no le contamos a nadie. La señora Langdom, enferma del corazón y a la que todos toman por loca, es la más cuerda de todos; sin embargo Leonora, a quien todos ensalzan y admiran, es la que está un poco «retrasada mental». Esta paradoja da mucho que pensar. Pocos como McCullers logran plasmar la psicología del ser humano, sin caer en tecnicismos ni lenguaje enrevesado. De la manera más fácil y sencilla la autora transmite esos pensamientos que sus propios personajes no son capaces de expresar y muestra sus vidas vistas por lo que se espera de ellos, según los demás creen saber y conocer, pero que no tiene nada que ver con quienes realmente son.

Reflejos en un ojo dorado
Carson McCullers (Seix-Barral, 1988)
Erratas encontradas: 7.

Precoz (Ariana Harwicz)

precoz ariana harwiczLa editorial barcelonesa :Rata_ inauguraba su catálogo el pasado mes de noviembre. Entre sus primeros títulos el lector puede toparse con la tercera nouvelle de Ariana Harwicz. Precoz ya había sido publicada en 2015 por Mardulce, sello argentino como la autora. En esta obra, la autora se enreda en una trama con bases muy similares a las que caracterizan tanto Matame amor como La débil mental: la relación tortuosa entre una madre y su fruto.

En esta ocasión, Harwicz refleja el amor perturbador y posiblemente insano que se establece entre la narradora y su hijo adolescente, de quien depende en lo psicológico y casi en lo físico. También pueden verse, sin embargo, la enfermedad, la locura producida por un amor no correspondido, la sexualidad desbordada —incluso desesperada, cabría decir—, la decadencia social del entorno.

A pesar de la cantidad de información que contiene Precoz, lo destacable del texto, y con total seguridad lo destacable de la producción literaria de la escritora argentina es el uso de la palabra como cuchillo. Narrada sin asideros, su último libro es un torrente apenas controlado por los márgenes de sus 101 páginas. En una danza macabra bailan voces y tiempos distintos, como resplandores concretos en medio de un viaje psicotrópico. Contra la lírica hiriente, la oralidad; contra lo visceral, las más grandes muestras de amor.

No debe resultar este comentario demasiado extenso en relación a la obra de la que trata. Decía Iolanda Bataller, responsable de la editorial, que en :Rata_ «quieren libros escritos desde la necesidad. Libros escritos desde la rabia. Libros sin concesiones», y probablemente lo están consiguiendo. No queda, pues, mucho que añadir. Para muestra: Precoz.

Precoz
Ariana Harwicz (:Rata_, 2016)

Erratas encontradas: 2.

El plagio de Jeff Koons

​La noticia de que Jeff Koons y el Pompidou han sido obligados a pagar 20.000 euros a los herederos del fotógrafo francés Juan-François Bauret en concepto de plagio por la obra «Naked», del artista norteamericano, traspasa la simple anécdota. Incluido dentro de la tendencia denominada como «posparopiacionismo», que emerge a mediados de los años 80, Koons es un autor cuyo éxito mundial se ha cimentado en la utilización explícita de imágenes y objetos pertenecientes a la cultura popular, y cuya «descontextualización» artística resultó siempre tan impactante como escandalosa. Este procedimiento había conocido precedentes inmediatos, en los que –como en el caso de Sherrie Levine o Richard Prince- las obras de otros autores célebres de la historia del arte eran reproducidas sin más, con leves o ningún retoque, y exhibidas bajo la firma de sus «apropiadores». La cita de la fuente original salvaguardaba a estos artistas de ser denunciados por plagio, y situaba la creación artística en el abismo representado por la muerte de la originalidad e, incluso, de la idea del autor.

​A la izquierda, Enfants (Jean-François Bauret); a la derecha, Naked (Jeff Koons).

​La doble cuestión que se levanta a resultas del «caso Koons» es: en primer lugar, ¿por qué el artífice de «Banality», en lugar de apropiarse directamente y sin tapujos de la fotografía de Beuret, ha elegido una estrategia que, a todas luces, constituye un plagio encubierto? Y, en segundo lugar y por consiguiente, ¿cuáles consecuencias tendrá esta decisión judicial sobre un tipo de práctica artística, completamente generalizada, y que recurre a la réplica de obras preexistentes de otros autores? ¿Supondrá este dictamen el golpe de gracia al apropiacionismo, que, desde Duchamp, ha supuesto la propuesta artística más revolucionaria del último siglo? ¿Se ha puesto finalmente un límite legal a este tipo de «elaboración conceptual», que liberó a la experiencia artística de la obligación de hacer un producto ex novo, desde la nada? Evidentemente, el desliz de Koons explicita el divismo de un artista que ha perdido toda la magia y encanto de los años 80 para convertirse en una simple y vulgar factoría de mercancías sin valor discursivo alguno. Su autoconsideración como alguien que está más allá del bien y del mal demuestra la perversión que, en este mundo hipermercantilizado, han sufrido estrategias de una envergadura intelectual tan lúcida como la apropiacionista.

Bienvenidos al sur (puertadeHerakles #10)

Habían transcurrido varias semanas desde que, por circunstancias diversas, los porteros del héroe griego nos reunimos por última vez. El viernes pasado retomamos la tradición y el club #puertadeHerakles se sentaba de nuevo para hablar, en esta ocasión, de Sangre sabia, una de las dos novelas de la estadounidense Flannery O´Connor.

Como no podía ser de otro modo empezamos por comentar, a grandes rasgos, si nos había gustado o no la historia de Hazel Motes y aquí surgió el debate. Yo no tenía muy clara mi opinión debido a que creo que no es hasta bastante avanzada la mitad de la novela que no sucede nada interesante. A esto hay que sumarle el hecho de que me distraía bastante la cantidad de fallos gramaticales, y alguno ortográfico, que a lo largo de las páginas iba encontrando. Sara comenta que ella piensa que es algo intencionado para caracterizar la clase social y cultural de los personajes, ya que esto sólo se da en los diálogos y no en la parte narrativa. Esperanza coincide en que es cierto que aparecen esos fallos incluso más allá del diálogo, pues la autora utiliza un lenguaje desmañado con rasgos dialectales vulgares en los monólogos interiores y en un sentido indirecto. Este tipo de lenguaje le resulta más extraño en las traducciones que en los propios textos españoles; pero que no son fallos, sino el modo de transmitir la esencia de la zona en la que está ambientada la obra.

Y es que la acción de la novela transcurre en la América profunda del sur de Estados Unidos. Es aquí cuando Óscar comenta lo sencillo que es que en esta zona exista ese fanatismo religioso tan peculiar (y diverso) debido al aislamiento que provocan las grandes distancias, pues el eje de la historia es la crítica a la religión. El personaje principal, Hazel, es un fanático; en este caso de su propia religión, ya que promulga una sin Cristo, de ahí que todo sea una sátira.

Los personajes son muy variopintos, cada cual más raro y todos coincidimos, tal como comenta Esperanza, en que producen rechazo y no se salva ninguno. Peña comenta que el personaje de Enoch le recuerda a Rizzo, de la película Cowboy de medianoche. Enoch siempre está a la espera de que le pase algo importante porque su sangre se lo dice, pero nunca pasa nada; como sucede con las religiones. Una nueva crítica hacia las creencias en deidades. Es aquí cuando Ramón comenta que algunas historias le resultan familiares, como si ya las hubiese leído antes, a lo que Peña añade que muchos de los episodios de la novela son adaptaciones de los cuentos de la propia autora. Quizá por eso hay ratos en los que se da un exceso de palabrería sin que realmente cuente nada concreto e interesante. Algo así como lo que dice el personaje de Onnie en la página 141: «Ahí está, ese es el problema de los intelectuales, palabras, a montones, pero después, no concretáis nada.»

Entre todos llegamos a la conclusión de que Sangre sabia es otra crítica velada (o quizá no tanto) a la iglesia y a los muchos promulgadores de las distintas fes. Y con esta última reflexión llegamos al final de lo que dio de sí el taller en cuanto al libro respecta pues, como suele ser habitual, terminamos hablando de otros muchos temas adyacentes.

 

Apuntes sobre el suicidio (Simon Critchley)

Portada Apuntes sobre el suicidioPoco después de un año, parece que ha cesado el fervor con el que se abordaba el suicidio a comienzos de 2016. En pocos meses aparecieron dos títulos que se revelaban como los dos paradigmas discursivos desde los que se podía hablar del inefable acto de «levantar la mano contra uno mismo» sobre el que Jean Améry disertaba poco antes de poner fin a su vida. Apuntes sobre el suicidio era uno de ellos; el otro, Semper dolens, lo firmaba Ramón Andrés y penetraba hasta el fondo del asunto con la minuciosidad a la que el filósofo acostumbra. Hasta cierto punto, el contraste hace parecer estos «apuntes» algo desabridos, pero su acercamiento a través de pinceladas, aun con sus sombras, es también sugestivo.

Si Simon Critchley es parco como tienden a serlo muchos de los títulos que engrosan la colección «Héroes modernos» de la editorial Alpha Decay, no es porque le sea ajeno el trabajo monográfico, al que en alguna ocasión se ha acercado (Stay, Illusion! o The Problem with Levinas dan cuenta de su capacidad), sino por una decisión que tiene más que ver con la capacidad de evocación de la brevedad. El filósofo toma la sencillez como premisa y aborda el suicidio a partir de cuatro esbozos, a saber: los casos, la tradición filosófica (articulada en forma de derechos y deberes), las notas de suicidio y la resemantización de la vida tras la muerte voluntaria. Pero al hallarse condensado en ochenta páginas el objeto de reflexión, debe ser el receptor quien ensanche, tras la lectura, su significado.

Mientras los apuntes pares pertenecen a un marco teórico, los impares lo hacen a uno más práctico: el de los ejemplos, si bien no todos están escogidos con la misma fortuna (v. gr., hay notas de suicidio menos polémicas que la de Kurt Cobain). El discurso teórico, por su parte, viene de lejos y se sustenta en el supuesto de que la capacidad potencial de suicidio es aquello que hace hombre al hombre. A esta capacidad se opone, también desde antiguo, la moral cristiana como agente imposibilitador. Como en todo apunte, la disertación se pierde en digresiones, conduce a callejones sin salida y retoma cabos que parecían sueltos.

Critchley pretende alejarse de la problemática moral y jurídica que rodea al asunto y despersonalizar el acto suicida en la medida que sea posible, sin dejar de lado que es personal el motivo que le lleva a escribir el libro. Para ello, contrapone a nuestra moral heredada la familiaridad con la que los antiguos trataban la cuestión, por un lado, y la progresiva disolución al menos desde las Luces de la moral cristiana, por otro. Ello empero no es óbice a que haya seguido ejerciendo su influencia sobre el acto de quitarse la vida por la propia voluntad. Sobre esto también hay un interrogante, que finalmente se responde apelando a la ideología: tener derecho al suicidio es un acto de libertad enfrentado a la supuesta inalienabilidad de la vida. La estructura se repite de forma sucesiva, y cada resolución de un conflicto lleva necesariamente a la aparición de uno nuevo hasta concluir en la dicha y el amor, quiebro que pone punto y final al ensayo. Aunque el final quede diluido en el texto de David Hume que sirve de corolario, es la prueba manifiesta del fracaso de la búsqueda que se emprendía al comienzo. Si no puedes parece decirnos encontrarle una explicación a ninguna de las dos caras que presenta la vida, cántale al ahora.

Apuntes sobre el suicidio
Simon Critchley (Alpha Decay, 2016)
Erratas encontradas: 4.

Ser el canto (Vicente Gallego)

Ser el cantoEs evidente que toda la literatura en lengua española no es, ni mucho menos, literatura mística; y por obvio, tampoco toda la literatura mística lo es en lengua española, si bien es una de las lenguas en las que se han escrito algunos de sus textos más famosos. De igual modo, si bien la mística supone en su origen el intento de los poetas por expresar su experiencia directa de la divinidad, no siempre esa divinidad es equiparable al dios de ninguna de las grandes religiones monoteístas.

Dicho todo esto, creo que no yerro al afirmar que el poemario del poeta valenciano Vicente Gallego Ser el canto no es ni más ni menos que un bello fruto reciente dentro de la corriente de poesía mística que tan buena fortuna ha tenido en nuestra lengua. Hoy, la expresión del acercamiento a la totalidad no necesita de deidad alguna. En este libro, Gallego canta al encuentro con la naturaleza, con la existencia en sí misma, con todos los seres que la conforman.

El poemario está formado por cincuenta cantos. Poemas de una preciosa factura técnica, de verso medido con cuidado (casi exclusivamente heptasílabos y endecasílabos), que en ningún momento devienen en arte frío ni en anacronismo, desmintiendo la idea muy extendida de que la poesía actual vive de espaldas a la tradición. Su lenguaje, en apariencia sencillo, forma imágenes de una belleza plástica en ocasiones apabullante:

Muy lavando de pájaros, a vueltas
de pétalos y pólenes, el cuerpo
se derramó en la tierra,
fue quebrado en la fe de lo radiante.
(Canto IX)

Al igual que en los poemas de Juan de la Cruz, de Ramon Llull o de Shelomo Ibn Gabirol, Vicente Gallego canta al Amor, no al amor concreto, minimizado a un solo ser, sino al hecho mismo de amar:

Es todo tan sencillo, es lo de siempre:
entra el amor en uno y siente uno
que lo hace como Pedro por su casa,
(Canto XLIX)

Canta igualmente a la belleza, a la evidencia de que la naturaleza carece de plazos y de que solamente el presente es real:

Canto lo irremediable,
lo que se hace presente en el presente,
canto el olvido y canto
del olvido el olvido; de la muerte
la grandísima muerte.
(Canto XLVI)

Antonio Moreno, dedicatario del libro y autor del texto de la contraportada, duda que estos poemas sean en realidad poesía mística («¿Poesía mística? Solamente poesía. Vibrante, honesta, sabia poesía»). En realidad, es cierto. Poco importa si en los versos de Ser el canto tiembla la necesidad de expresar aquello para lo que, según Gerardo Diego, el lenguaje es insuficiente. No desdiría nada si así fuera de la enorme calidad de estos poemas, de la belleza con la que su autor los cincela.

Ser el canto
Vicente Gallego (Visor, 2016)
Erratas encontradas: 0.

Trayecto intimista (vía 2 – vagón 07)

El sábado pasado partió de nuevo el vagón, este con el número 7, de #poetasenCercanías. Como en cada ocasión, y acompañados por una lluvia que este año se está convirtiendo en presencia habitual en estos recitales, fuimos acogidos por The October Press junto a tres poetas que recitaron sus poemas y que procedían, esta vez sí, de tres provincias contestanas distintas.

En este vagón, estuvieron con nosotros los poetas Ángel Belmonte, de (Almoradí) Alicante, ejerciendo el papel de anfitrión; Jaufré Rudel, de Albacete; y Annie Costello, desde Murcia. Tres poetas de corta, pero intensísima obra.

Al joven alicantino Ángel Belmonte, a pesar de ser poema inédito, lo conocíamos ya de algún recital en Alicante y de unos versos suyos con los que colaboró en el fanzine escribo porque eso, porque no puedo hablar, del año 2016. Su poesía, expresada en voz baja y con timidez, nos hablaba de un intenso mundo interior, patente quizá de manera especial en el poema con el que cerró su recital, a modo de propina.

El segundo turno en las tres rondas de poemas de que constó el recital fue para el albaceteño Jaufré Rudel. Este autor, que aún no ha tiene ningún libro publicado, ha sido sin embargo incluido en varias antologías de poetas bien de Albacete, bien de la franja Cartagena-Murcia-Albacete; nos referimos a las excelentes compilaciones Desde el mar a la estepa, de Chamán Ediciones, y El peligro y el sueño. La escuela poética de Albacete (2000-2016), editada por Celya. El autor hizo girar cada uno de sus turnos en torno a un bloque temático, el amor, la poesía de corte social, etc.

Para terminar, contamos con la presencia de la murciana Annie Costello, a la que algunos ya conocíamos por su presencia en diversas antologías, fanzines y publicaciones tanto en papel como digitales. Es autora del poemario Catábasis, editado por Raspabook, del que leyó diversos textos durante el recital del sábado. En un momento dado, empujada por el desgarro de Ángel Belmonte, se lanzó a leer unos poemas de carácter intimista que, según confesó, no tenía previsto sacar a la luz en este evento.

Quizá debido a la sorpresa que supuso lo inclemente de la mañana, este #poetasenCercanías fue más bien una reunión de amigos. A pesar de ello, los asistentes fuimos testigos privilegiados del despliegue de una amplia gama de sentimientos expresados a través de los versos de estos tres autores: desde la más descarnada intimidad y la expansión amorosa, hasta la risa irónica de un poema recitado con “acento argentino”. Como siempre, un placer compartir vermut y poesía un sábado por la mañana.