Pasaron unos hombres (Marcelle Capy)

capyAndaba una tonteando con La indomable, una novelita autobiográfica de Federica Montseny (la única que se puede encontrar en la biblioteca pública de esta ciudad, por cierto, a pesar de su extensísima obra), cuando cayó en mis manos, al fin, después de esperar unos meses, Pasaron unos hombres. Esta novela que le debió a Marcelle Capy el Premio Séverine en 1930 fue traducida dos años después por Margarita Nelken y se ha reeditado este año en ContraEscritura, conservando aquella primera versión en castellano. De mujer armada con la palabra a ídem.

El argumento es historia conocida: los hombres van a la guerra y por tanto las mujeres se encargan de la casa, pero también del campo, de los animales, de la cosecha, de los niños, los viejos y los enfermos; de conservar y transmitir el ánimo, el sentimiento de patria y orgullo nacional. Son directamente responsables del aliento que recibe el soldado «allá arriba», del recorte en la leña y el puchero para que «allá arriba» se pase menos penuria, de la sonrisa y el consentimiento y el silencio cuando aquellos vuelven de permiso para marcharse de nuevo, quién sabe si a un puesto absurdo pero seguro o a una muerte (igual de absurda e igual de segura, al final). Así lo narra Capy en la primera parte, en la que el empoderamiento femenino es resignado. Cuando los hombres parten al frente ellas aran, siembran, recogen, vendimian sin rechistar, por el bien de La Francia. La Francia, que para cada casa tiene nombre de varón concreto. La Madelina, por ejemplo, tiene a su Sebastián. Se iban a casar, pero acontecen cosas cotidianas en tales situaciones y la boda no se da. Qué remedio, se esperará y mientras tanto el trabajo, el pan y el vino, que de la guerra se ocupan ellos. El reflejo de la vida campesina que da Capy se ve reforzado indiscutiblemente por la traducción de Nelken—no necesariamente literal en su totalidad, como bien explica la nota editorial que encabeza el libro—, así como el espíritu colmado de coraje del que no entiende y aguanta, del que no entiende y se rebela.

Casi a mitad de la novela, aislada entre dos epígrafes idénticos («Y pasó el tiempo…»), aparece esa esperada rebelión en una escena brevísima pero rotunda: Angelina recoge nueces bajo la tormenta y piensa: «La guerra se ha llevado a los hombres. ¡Que se aguanten las mujeres!» y se prende de ira. Y el punto de inflexión se da. Porque son ellas quienes producen el sustento, y necesitan brazos o no habrá mas cosechas: se plantan. La furia y la vehemencia las hacen ganar su particular batalla y reciben primero prisioneros alemanes y más tarde soldados rusos a cambio. Y, a pesar de los prejuicios hacia unos y otros, el miedo y el odio se diluyen al poco de la convivencia. Estos son sólo los hombres de alguna casa en algún lugar, se dicen. Como los nuestros. Sólo hombres, arrastrados por un acontecimiento que alguien o algo casi divino —el Káiser, el Gobierno— dirige y que no acaban de entender («Los franceses cultivaban la tierra alemana. Los alemanes cultivaban la tierra francesa. Y, mientras tanto, otros franceses, y otros alemanes, sangrábanse a cuchilladas»). Y ellas son sólo mujeres, que acaban volviendo a reír, a enfurecerse, a estrujar el corazón y a trabajar ya más para su propio sustento que para la maldita guerra. En definitiva, todo el elenco sin bando que aparece en las páginas de Pasaron unos hombres no quiere nada que no sea suyo: su casa, su familia, sus tierras, su paz. Se dice la Madelina junto al lecho de su padre:

si entre los surcos y la bóveda del cielo las manos campesinas (…) y todas las manos de las mujeres que expulsan el hambre de las casas, el dolor de las cunas, el polvo de los muebles y la mugre de las ropas; si todas las manos trabajadoras y maternas, gracias a las cuales prosigue la vida; si se hubieran unido, a pesar de todo, para vivir: ¿Quién hubiera podido separarlas? (…) No habrían ardido en el fuego de las batallas como leños. No habrían sido engañados, humillados, despreciados. Los hombres no dejarían a sus mujeres y a sus hijos solos y mutilados. Y los muros de las casas no llorarían el pasado.

A propósito de este deseo de hermanamiento pacífico, la presente edición de ContraEscritura incluye al final del volumen el discurso que dio Marcelle Capy en 1932 en la Cruzada de la Paz organizada por la Liga Internacional de Combatientes por la Paz. Bajo el título «¡Abajo las armas!» Capy pronunció un parlamento precioso y durísimo contra el capitalismo, el chauvinismo nacionalista, la hipocresía de los gobernantes pero también de los pueblos que ya no son ignorantes, que tienen los datos sobre la mesa y se dejan hacer; contra el negocio de las armas. Contra el negocio de la guerra. «La humanidad está subyugada por una casta internacional, anónima e irresponsable que manipula gobiernos, diplomacias y opiniones públicas —jugando sobre el mapa del mundo al juego diabólico de sus intereses particulares, sin preocuparse ni del bien ni del mal, ni del sufrimiento ni de la muerte—. El dinero lo puede todo: lo sostiene todo». Señala con dedo firme las incoherencias de la compra-venta de armamento entre países enemigos, el enriquecimiento ilícito y la pasividad del pueblo, y reafirma su lugar en el catálogo de «libros todavía, sorprendente y peligrosamente vigentes» de ContraEscritura con un buen puñado de verdades que podrían pronunciarse hoy, cuando todavía no nos hemos desprendido del yugo.

Pasaron unos hombres
Marcelle Capy (ContraEscritura, 2017)

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