Pensar y no caer (Ramón Andrés)

Portada de Pensar y no caer (Ramón Andrés)Hay obras que perecen y obras que permanecen, ya sea días, meses, todo un periplo vital, acaso menos. Pensar y no caer me ha acompañado durante el último año, un trayecto quizá corto pero en el que volví a sus páginas recurrentemente, para no caer. En los lapsos de tiempo entre una lectura y otra, tacet: su lección fundamental, que requiere silencio para ser oída. Ramón Andrés la sintetizaba en una entrevista para El Cultural: «La escucha, la escucha profunda, es un modo de espera. Hay que esperar para comprender las cosas, el mundo. Poner el oído en la realidad, y no solamente los ojos, completa la aprehensión de lo que ocurre alrededor».

Para la escucha, Ramón Andrés lo sabe, además de la preliminar ausencia de sonido, se necesita de un lenguaje. Y también, como Josep Maria Esquirol apunta en otra obra en la que más adelante me detendré, de la proximidad. Por ello la reflexión se inicia con el pan que posibilita hacernos compañeros; el pan, desde su raíz etimológica, es metáfora de lo cotidiano, a partir de la cual se construye la historia de las clases bajas. En palabras del humanista, «un relato del mundo y de su hambre, un emblema no de la abundancia, sino de la pobreza», donde también rige una jerarquía de clases, como ejemplifican los diferentes tipos de pan (ciuilis, plebeius, acerosus, sordidus). Y, de ahí, la reflexión llega hasta la problemática actual: el engaño de creernos capaces de repartir el pan.

La siguiente escala es la de la carne. De la miseria del cuerpo, lo abyecto y la enfermedad para desembocar en el poema de W. G. Sebald acerca de Matthis Grünerwall, pintor de desesperados. Una miseria análoga a la de la guerra. También, en ambos casos, la unidad en la que todo converge: la supremacía de la muerte. Con otra muerte, la muerte silenciosa de aquel que no puede narrarse, se vertebra «La exclusión». Es el momento de advertir que cada una de las diez secciones de este ensayo es, en sí misma, ensayo que parte de sendas obras.

Lejos de ser lecciones independientes, forman un todo. Éste, en «Animal / Humano», regresa a la deshumanización del hombre tras su gregarización, su transformación en rebaño. Lo hará a partir de la llegada del rinoceronte a Europa y las descripciones del animal en diferentes fuentes, literarias y gráficas, para avanzar hacia los rasgos con los que diacrónicamente se han asemejado animal y hombre por su fisonomía. De ahí la pérdida de identidad al homogeneizarse. Hay, sin embargo, un segundo discurso soterrado a partir de la idea de que «[t]ener piedad de un animal es sentirla por uno mismo» que se podrá vincular a «De músculos y quimeras», sexto apartado que llega tras «Europa».

Quizá debí sugerir, como hizo Antonio Soriano, que este artículo también tuviera banda sonora propia. Música terrible y siniestra para encontrar, tras los escombros, la paz o la nada. «Europa», como más adelante «La muerte» no está construido a partir de una obra literaria, sino a partir de dos de las mejores composiciones musicales que dio el siglo XX: el Cuarteto de cuerda de Witold Lutosławski y el Réquiem de György Ligeti. Aquí la deshumanizada es una Europa cuyo trasunto es una «armonía rota y escindida, extraños acordes esparcidos como cuerpos mutilados». Más tarde, «La muerte» será la que encuentra el último hombre de Fukuyama al perder la capacidad de paladear la verdad, donde «a aquellos que no pueden pagar la luz ni el agua se les denomina “pobres energéticos” (….). Dolcissimo, tenuto».

La muerte es también la del lenguaje que deforma como vemos en los rostros de de algunas obras de arte. Triunfo de la muerte o el detalle de la desesperación de María de Cleofás del Compianto de Niccolò dell’Arca sirven. Guardo en la recámara «La escritura, la tierra» y «La calumnia» para poder regresar de nuevo a este texto. En cambio no puedo acabar sin remitir a «Nada», la espesa nada que encontramos en El caballo de Turín. Esa nada es la niebla espesa que envuelve los últimos días de lucidez de Nietzsche. Y que oscurece como el cierre magistral y cinematográfico con el que nos deja un Pensar y no caer que exhorta y embravece.

Pensar y no caer
Ramón Andrés (El Acantilado, 2016)
Erratas encontradas: 1.

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