El plagio de Jeff Koons

​La noticia de que Jeff Koons y el Pompidou han sido obligados a pagar 20.000 euros a los herederos del fotógrafo francés Juan-François Bauret en concepto de plagio por la obra «Naked», del artista norteamericano, traspasa la simple anécdota. Incluido dentro de la tendencia denominada como «posparopiacionismo», que emerge a mediados de los años 80, Koons es un autor cuyo éxito mundial se ha cimentado en la utilización explícita de imágenes y objetos pertenecientes a la cultura popular, y cuya «descontextualización» artística resultó siempre tan impactante como escandalosa. Este procedimiento había conocido precedentes inmediatos, en los que –como en el caso de Sherrie Levine o Richard Prince- las obras de otros autores célebres de la historia del arte eran reproducidas sin más, con leves o ningún retoque, y exhibidas bajo la firma de sus «apropiadores». La cita de la fuente original salvaguardaba a estos artistas de ser denunciados por plagio, y situaba la creación artística en el abismo representado por la muerte de la originalidad e, incluso, de la idea del autor.

​A la izquierda, Enfants (Jean-François Bauret); a la derecha, Naked (Jeff Koons).

​La doble cuestión que se levanta a resultas del «caso Koons» es: en primer lugar, ¿por qué el artífice de «Banality», en lugar de apropiarse directamente y sin tapujos de la fotografía de Beuret, ha elegido una estrategia que, a todas luces, constituye un plagio encubierto? Y, en segundo lugar y por consiguiente, ¿cuáles consecuencias tendrá esta decisión judicial sobre un tipo de práctica artística, completamente generalizada, y que recurre a la réplica de obras preexistentes de otros autores? ¿Supondrá este dictamen el golpe de gracia al apropiacionismo, que, desde Duchamp, ha supuesto la propuesta artística más revolucionaria del último siglo? ¿Se ha puesto finalmente un límite legal a este tipo de «elaboración conceptual», que liberó a la experiencia artística de la obligación de hacer un producto ex novo, desde la nada? Evidentemente, el desliz de Koons explicita el divismo de un artista que ha perdido toda la magia y encanto de los años 80 para convertirse en una simple y vulgar factoría de mercancías sin valor discursivo alguno. Su autoconsideración como alguien que está más allá del bien y del mal demuestra la perversión que, en este mundo hipermercantilizado, han sufrido estrategias de una envergadura intelectual tan lúcida como la apropiacionista.

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