A raíz de Miguel Hernández

El tubérculo se arranca con varias manos, con los pies en la tierra. La fuerza tensa el estómago y sale por la boca que comerá cebolla, naranja, limón e higos.

Jaime Ruiz Reig publicó Garbera de recetas hernandianas (Utopía, [2011] 2016), con prólogo de Cristina Almeida en su segunda edición. Se trata de un recorrido por el amor a la comida que profesan desde ese otro arte literario que alimenta el espíritu. Para la propia Almeida «lo que se come puede enseñar cómo eres o quién eres o, en todo caso, cómo vives» (10), cómo escribes. Y es que, como señala esta vez Jaime Ruiz en la introducción, «comer es algo más que alimentarse, es también una manera de relacionarse» (22); ahora bien, continúa, «leer y comer son dos formas de alimentarse» (23).

A diferencia de la ampulosidad gástrica de los cuerpos textuales de Blasco Ibáñez o Azorín, en Miguel Hernández digerimos un poema que desmenuza el pan duro de una «guerra incivil» (9) y denuncia el hambre que siente en correspondencia con su esposa Josefina Manresa. Las cartas que comparten dan pie a esta selección de recetas, a la manera inversa que veíamos con María Luisa Ruiz Maestre, madre de Azorín. El oriolano le escribe a la quesadeña, mientras que la petrelense hacía lo propio con el monovero.

Cada alimento (legumbres, ensaladas, especias, companaje, carnes, de nuevo escasos pescados…) viene descrito por Ruiz Reig, todavía con algunas erratas, a través de referencias que Hernández presenta en sus textos, en buena medida dirigidos a Manresa. El origen de cada haz de recetas fundamenta su testamento coquinario. Así rezan sus endecasílabos «mal diente de turrón del de avellana» (28) o «abandonando el pan que pastoreas» (39), mientras que empleará el octosílabo para describir, por ejemplo, el mar que baña el típico caldero: «se ve lo menor del mar» (94). Los alimentos integran el poema como metáfora del conflicto que se expresa y arraiga. La tortilla de patatas que nos da nombre, por carestía, se cocinaba entonces con «la parte blanca de la piel de las naranjas una vez hervidas para quitarle el amargor» (64). Siguiendo con las recetas clásicas de la zona, sabemos que el primer guiso que Josefina preparó junto a Miguel fue «arroz con conejo» (67), seguramente con caracoles y, por supuesto, con su característico sofrito. También comieron este plato cuando se casaron; esta vez, «arroz con costra» (73): en un ambiente machista que, no lo olvidemos, reducía a la mujer en la cocina.

cebollaCuando estalló la guerra José Guardiola y Ortiz publicó Gastronomía alicantina (Publicacions Universitat d´Alacant, [1936] 2017). La reciente edición, llevada a cabo por Josep Bernabeu-Mestre, Vanesa Cortés Serrano y Eva María Trescastro López, sirve para reconocer la presencia que los ingredientes literarios tienen en las distintas zonas y fiestas de nuestra provincia. Ejemplo de ello es el hincapié que se hace en la sardina y su conservación. La accesibilidad de este alimento por cualquier persona reunió el miércoles 25 de mayo de 1938 a centenares de alicantinos en torno al Mercado central que ese día bombardearon nueve aviones fascistas. La gastronomía, en este caso, protagonizará numerosos poemas a través del acontecimiento histórico que envuelve al pescado. Además, Guardiola se detiene en un producto para la cata que, por su precio, ocupa únicamente particulares ambientes: «sus vinos, con una mención explícita al fondillón, los vinos de la Huerta, de Beneixama y de Monòver» (25); tal como se podrá estudiar en el I Congreso Internacional Lengua, Literatura, Vino y Territorio de la Universidad de La Rioja. Si el mes pasado vimos cómo doña Luisa explicaba que debíamos amasar hasta que salieran ampollas…, para saber cuánto tiempo hay que dejar que hiervan los huevos, Guardiola proponer rezar «tres veces un Padrenuestro, un Avemaría y una Salve» (63). El abogado y gastrónomo alicantino presenta como adición una anónima carta en verso que concluye como podría hacerlo el más dariano de los poemas de Hernández: «Ya no llamaré Alicante / e esta deliciosa patria / sino los Campos Elíseos / o vergeles de Thesalia / y no sólo porque tenga / en vez de invierno estiada / si que también por Emporio / de Virtud hospitalaria» (76).

La Garbera de recetas hernandianas pone en ristra alimentos básicos que con mimo conjugan, como versos, al final de su cadencia. Este podría ser el humilde menú con el que Hernández y Manresa reivindican y enriquecen la gastronomía alicantina.

Entrantes
Pan blanco con tomate
Ensalada de alcachofas, salazones y flor de borrajas

Primer plato
Huevo frito con sardina de bota, sus ajos tiernos y sus dos ñoras verdes

Segundo plato
Arròs amb ceba / Arroz con cebolla

Postres
Almojábanas
Vino dulce

De la capital valenciana, a finales del siglo XX, al interior de la provincia de Alicante, ya con el XXI, llegamos a la Vega Baja del Segura que desemboca tras serpentear Murcia, territorio contestano. Con productos básicos de la tierra que para y pare el agua, Miguel Hernández es, además de nuestro poeta, un comensal que se sube a la mesa si hace falta.

El oriolano se preocupa en su poesía por el crecimiento de una sociedad que mengua, por lo que necesariamente «La palabra toma parte / La paraula pren part»: así se llama la exposición que dialoga con el oriolano y Vicent Andrés Estellés, comisariada por Carmen Alemany, Vicent Salvador y Nacho París. Se podrá visitar en el Centre del Carme, Valencia; hasta después del día de la República, el 15 de abril. Más adelante, el martes 24, tendrá lugar la cata literaria del XV Congreso Internacional ALEPH.

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