El ruido del tiempo (Julian Barnes)

Creo que sus fans lo estábamos esperando desde hace años, más o menos secretamente: un libro de Julian Barnes sobre Dmitri Schostakovich. Ya en La mesa limón (2004) había ensayado un modelo en miniatura de esta última novela, un cuento breve llamado «El silencio» donde parecía intentar restañar, dándole voz, la desolada vejez de otro músico fundamental del siglo xx, el finlandés Jean Sibelius. Barnes empleaba allí la misma rutina narrativa con la que se acerca a Schostakovich en El ruido del tiempo, consistente en inmiscuirse en la intimidad más bien trivial del genio, y desde ahí ahondar en sus miedos y manías, reconstruyendo una memoria personal tan poco indulgente como la escritura que la ilumina. Mordaz, solo en ocasiones amablemente irónico, el narrador convierte la compasión en una responsabilidad del lector que este siempre termina cumpliendo, en parte por la culpa derivada del impúdico escrutinio en que se ha visto arrastrado a participar, en parte por la tragedia que circula bajo la contenida exposición de los hechos. La impresión final era la de que allí había mucho material literario por desarrollar —lo cual, es cierto, es una de las virtudes del cuento—, de modo que parecía solo cuestión de tiempo que el británico terminara cantando la tristísima vida del compositor ruso.

El resultado de este trabajo, acometido en lo que los críticos han querido acotar como «la plenitud» del autor, es una fabulación sobria y realista, asentada con solidez sobre las biografías del músico y la labor de documentación del propio Barnes. Un desarrollo discursivo trabajosamente lineal, veteado por continuos regresos al pasado e inquietas digresiones sobre el presente narrativo, queda contenido en una estructura general bien sencilla: tras un breve introito en cursiva, la novela se divide en tres partes mayores que recorren tres periodos de la vida de Schostakovich. Los dos primeros, separados entre sí por doce años, se desarrollan bajo el mandato de Stalin, y el tema dominante es el de la tortuosa relación del compositor con el poder (el Poder, como aparece siempre en el texto), irrevocablemente conflictiva desde que su Lady Macbeth fuera condenada por el Partido en 1936. En este sentido, la obra es una vívida crónica del utilitarismo torpe e implacable que el régimen hizo del arte y, en particular, de la música, para la que el caso de Schostakóvich resulta paradigmático. Reacio a colaborar pero forzado a hacerlo, el músico vive dividido entre el miedo, el deseo de rebeldía —y los tímidos intentos de manifestarla— y el auto-desprecio por lo que él mismo lee como una larga y degradante sucesión de cobardías. Muy poco cambia la situación en la tercera parte, separada por otros doce años de la segunda, que se sitúa  bajo el gobierno de Kruschev, cuando el Poder, según las palabras de Ajmátova que Barnes recuerda, «se volvió vegetariano».

Penosa y fracturada es la imagen que un narrador omnisciente ofrece de su vida, normalmente a través del filtro del propio Schostakovich. Todo está teñido de su inconsolable pesimismo: el entramado cultural soviético, la idiosincrasia rusa —al margen de la política—, sus relaciones amorosas, los juicios sobre su producción musical, sus pequeñas envidias y vergüenzas. Como sucedía en «El silencio», la posibilidad de la música como bálsamo o vía de fuga queda anulada por su carácter problemático. Si el drama, en el cuento sobre Sibelius, era que no se sentía capaz de continuar escribiendo, en Schostakovich es que no le está permitido, con el añadido de que el narrador, aunque hace de la música un tema recurrente, la excluye de, digámoslo así, el nivel profundo de la escritura. Solo cuando hacia el final se mencionan los cuartetos de cuerda parece que los lectores intuimos ese vínculo entre vida y música que esperábamos cuando esperábamos este libro, y solo en el brevísimo cierre, que retoma y termina el episodio de la introducción, la música aparece como protagonista central, e insinúa, quizá bordeando lo cursi, una vía de redención o, cuanto menos, de consuelo para el ruso.

Tal vez la «plenitud» de Julian Barnes no se manifiesta aquí con el brillo de otras obras como, por ejemplo, Nada que temer, pero en cualquier caso El ruido del tiempo está escrito con la firmeza de un maestro, y logra bosquejar con lucidez fragmentos de la Historia y la condición humana sin resultar ampuloso o pretencioso. Tanto si el lector lo abre atraído por Barnes como si lo hace por fidelidad a Schostakovich, dudo que se sienta defraudado.

(Julian Barnes, The noise of time, London, Vintage, 2016)

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