Precoz (Ariana Harwicz)

precoz ariana harwiczLa editorial barcelonesa :Rata_ inauguraba su catálogo el pasado mes de noviembre. Entre sus primeros títulos el lector puede toparse con la tercera nouvelle de Ariana Harwicz. Precoz ya había sido publicada en 2015 por Mardulce, sello argentino como la autora. En esta obra, la autora se enreda en una trama con bases muy similares a las que caracterizan tanto Matame amor como La débil mental: la relación tortuosa entre una madre y su fruto.

En esta ocasión, Harwicz refleja el amor perturbador y posiblemente insano que se establece entre la narradora y su hijo adolescente, de quien depende en lo psicológico y casi en lo físico. También pueden verse, sin embargo, la enfermedad, la locura producida por un amor no correspondido, la sexualidad desbordada —incluso desesperada, cabría decir—, la decadencia social del entorno.

A pesar de la cantidad de información que contiene Precoz, lo destacable del texto, y con total seguridad lo destacable de la producción literaria de la escritora argentina es el uso de la palabra como cuchillo. Narrada sin asideros, su último libro es un torrente apenas controlado por los márgenes de sus 101 páginas. En una danza macabra bailan voces y tiempos distintos, como resplandores concretos en medio de un viaje psicotrópico. Contra la lírica hiriente, la oralidad; contra lo visceral, las más grandes muestras de amor.

No debe resultar este comentario demasiado extenso en relación a la obra de la que trata. Decía Iolanda Bataller, responsable de la editorial, que en :Rata_ «quieren libros escritos desde la necesidad. Libros escritos desde la rabia. Libros sin concesiones», y probablemente lo están consiguiendo. No queda, pues, mucho que añadir. Para muestra: Precoz.

Precoz
Ariana Harwicz (:Rata_, 2016)

Erratas encontradas: 2.

El espíritu de la ciencia ficción (Roberto Bolaño)

Portada de El espíritu de la ciencia ficción de Roberto BolañoA propósito de la reciente novedad de Alfaguara me viene a la cabeza la reflexión en torno a la calumnia que Ramón Andrés realiza en Pensar y no caer. Dice el filósofo que es un mal insoslayable y que no sabemos desenvolvernos sin ella. Esta reseña pretende, sin falsear la realidad (aunque también Andrés nos advierte de que «nadie más engañoso y solapado que quien apela a la sinceridad para persuadirnos»), alejarse de la calumnia gratuita a un mercado editorial cuyos medios publicitarios, lejos de ser un despliegue de elegancia al estilo de la Madison Avenue, más que convencer asquean.

Como dije recientemente, resulta casi imposible hablar hoy de Roberto Bolaño sin sentir cierto pudor ante lo que parece ser un acto de oportunismo desmedido. La prensa nos ha venido dando nuestra dosis quincenal de amarillismo para intelectuales y ha convertido la figura del escritor chileno en trending topic por razones extraliterarias. No viene mal, en este mar de sargazos, ver qué hay de literario.

El espíritu de la ciencia ficción es una novela que, según la cronología que puso a nuestra disposición el catálogo de la exposición Archivo Bolaño (1977-2003), su autor escribió en 1984 y dejó en el cajón del olvido hasta que el reciente cambio de manos del legado bolañiano ha sacado a la luz. Me parece recordar que Bolaño la menciona en alguno de los artículos de Entre paréntesis y que Rodrigo Fresán hace mención a ella en alguna ocasión, pero, grosso modo, estos son los hechos.

El argumento es más o menos el de siempre: una novela con letraheridos como protagonistas, donde se prefigura algún personaje de sus grandes novelas, como las hermanas Font o Remo Morán, uno de sus primeros heterónimos; o, en determinados capítulos, el ritmo del lenguaje que parece ser el culpable de la adicción a Bolaño. Nada que sus lectores no hubiéramos descubierto en obras anteriores y nada que un neófito no pueda ver mejor en ellas. Sí puede resultar novedoso el intercalado de episodios epistolares o el ámbito en el que circulan algunos de sus intertextos, aunque no sean, ni mucho menos, elementos centrales.

Que una editorial decida publicar una obra menor que su autor había decidido deliberadamente dejar en la sombra no es algo que a estas alturas me sorprenda ni me importe. Sí lo hacen, sin embargo, los galones con los que se ha visto envuelta. El espíritu de la ciencia ficción es una novela cuyo valor difícilmente puede apreciar alguien que, salvo que sea un incondicional, se encuentre fuera del mundo académico. Veo claro por qué debería interesarle a alguien que esté estudiando a Bolaño, para quien pueda ser relevante los diferentes estadios por los que un autor hace pasar elementos que se repiten, de forma transversal, en una obra; pero no al lector medio de Alfaguara. Y no porque sea Alfaguara o porque el lector medio sea imbécil, sino porque semejante nivel de profundización para encontrarle interés a una obra literaria sólo tiene sentido en un ámbito muy específico o como herramienta de generar expectación para que luego el público se trague lo que, aunque de verdad funcione, ya estaba en el mercado editorial hace más de una década.

El espíritu de la ciencia ficción
Roberto Bolaño (Alfaguara, 2016)
Erratas encontradas: 1.

Nefando (Mónica Ojeda)

Portada de Nefando, de Mónica Ojeda

Nefando atrapaba a sus jugadores pero no porque los divirtiera, sino porque tenía el poder de despertar una curiosidad… morbosa (…) podría decirse que era un juego para vouyeristas. (p. 96-97)

Tal cual les sucede a los jugadores del libro le sucede al lector en cuanto tiene entre sus manos Nefando, la última novela de Mónica Ojeda, de la editorial Candaya (2016). Sin saber muy bien cómo, se encuentra leyendo sin poder parar incluso aunque lea cosas desagradables, sucias, de una crudeza bestial rozando el horror que, sin percatarse, le harán poner gestos de desagrado.

Todo gira en torno a un grupo de jóvenes que comparten piso en Barcelona. Tres ecuatorianos, dos mexicanos y un español. Todos con sus actividades diarias, sus deseos y sus metas en la vida. Cada uno con su habitación como caja amurallada donde dar rienda suelta a su imaginación para llevar a cabo la exploración más profunda de ellos mismos. Debido a ello surge el videojuego Nefando, sólo para jugadores de la deep web. Los lectores pronto se percatarán de que esto no es más que un McGuffin para poder hilar todas las historias, pues lo verdaderamente importante no es el videojuego en sí, sino todo lo que esconde. El porqué de su creación, qué finalidad tiene y, lo fundamental: lo que hay detrás de cada uno de estos personajes/protagonistas.

La novela está escrita al estilo de la segunda parte de Los detectives salvajes, de Bolaño; pero Mónica Ojeda va más allá, intercalando entre los episodios de entrevistas a estos compañeros de piso, monólogos interiores, novela dentro de la novela, diálogos, poemas, notas sueltas y dibujos; de hecho, en la historia de Kiki se aprecia la poeticidad del lenguaje que la autora domina a la perfección. Para cada personaje tiene un estilo y una forma diferente. El atormentado Iván, que no se siente «cuerpo en su propio cuerpo»; Kiki, la rara, parca en palabras, escritora de pornovela; el Cuco, diseñador web, friki y ladrón de turistas en las Ramblas.

Son muchas las citas y referencias literarias que Mónica hace, principalmente a la literatura pornoerótica y psicológica desde El marqués de Sade a Krafft-Ebing. Podríamos decir que es un libro metaliterario. Y son muchos también los temas que salen a relucir: el placer del dolor, la sumisión, la violencia, el cuerpo (como parte física de ese dolor o de ese placer), exponiendo la idea de que la muerte puede experimentarse como el mayor orgasmo. Lo sorprendente (a la vez que de agradecer) es la forma en la que Mónica escribe de estos temas sin darles mayor importancia, tratándolos como si fuese algo de lo que charlamos a diario en nuestras conversaciones más convencionales. Nos habla de pedofilia, necrozoofilia, violación, «sadomaso», pero de una forma directa, sin andarse con rodeos ni intentar suavizar la realidad de lo que cuenta, utilizando esas palabras que solemos mantener alejadas de nuestro vocabulario. Lo más desconcertante de todo es el lenguaje poético con el que estructura todo, dejando a los lectores descolocados al no saber si alabar la belleza de la poesía o sentir repugnancia por lo horrible de lo que a través de ella se cuenta. «Las palabras no pueden decir que las palabras no pueden decir, (…) para eso tengo mis agonías» (p. 180).

En Nefando, su autora explica a todos los lectores hasta dónde es capaz de llegar el ser humano, hasta qué abismos es capaz de bucear su imaginación y dónde están los límites de la brutalidad y del placer, para según quién y en qué momento. Desde la infancia (con la fragilidad y lo expuestos que están los niños para que un adulto pueda hacer lo que quiera), hasta la madurez y esa decisión de normalizar el pasado o victimizarse. Después de la lectura quizá quede en la mente del lector alguna imagen grabada que no sea del todo bien recibida. Porque Mónica nos tiende la mano para acompañarla en el descenso a lo más profundo del pensamiento y nos muestra la parte más oscura del ser, nos muestra lo que no se suele ver y apunta hacia donde no queremos mirar pero que siempre terminamos observando por curiosidad y morbosidad.

Excelente trabajo de Mónica Ojeda y excelente la visión de Candaya que, una vez más, nos trae uno de esos libros incómodos pero necesarios, que no todos se hubieran atrevido a editar; uno de esos libros que te hacen pensar y replantearte muchas cosas. Aunque quizá no hables de ello todo lo que te gustaría… por miedo a que te miren raro, ¿o quizá sí?
Nefando
Mónica Ojeda (Candaya, 2016)
Erratas encontradas: 8.

El libro blanco (Augusto Rodríguez)

El libro blancoDe nuevo se adentra la editorial Chamán Ediciones en la terra ignota que para la mayoría de los lectores españoles supone la poesía iberoamericana, después de que en su colección «Chamán ante el fuego» publicara el poemario de Guillermo Samperio Volvimos a escuchar ese adagio de Mozart. En esta ocasión, la curiosidad de los editores nos lleva a Ecuador para presentarnos la antología que de su obra poética ha realizado el joven escritor Augusto Rodríguez y que aquí se agrupa bajo el título de El libro blanco.

Como afirma Rafael Courtoisie en el prólogo a este libro, «El libro blanco es un conjunto poético donde el resultado es mucho más que la suma de las partes». Y es que lo primero que llama la atención al leer estas páginas es la fuerte unidad de la que gozan estos poemas y que nos llevan a la sorpresa de comprobar que se trata de una antología y no de un único poemario.

En estas páginas, el autor habla de temas que no son desconocidos para los lectores de poesía: la muerte, las relaciones con el padre… Sin embargo, cabe destacar la originalidad que supone el que la muerte, es más, la enfermedad, sea tratada sin máscaras, con valentía, con crudeza incluso: «El cáncer es un territorio donde todos de algún modo u otro vamos a perecer» (pág. 56). Esta valentía, que no elude palabras que la sociedad oculta como apestadas, se aprecia desde el mismo título de algunos de los libros que componen esta antología: La enfermedad invisible o El libro del cáncer.

«El hombre es una cabeza que se incendia y que no puede apagar el infierno que lleva dentro» (p. 102), dice el poeta en uno de los poemas en prosa que pueblan esta obra. A lo largo de las páginas de El libro blanco, nos habla de la lucha de su padre contra la enfermedad, el cáncer, del que habla sin tapujos. Para él, la palabra, la poesía, se convierte en un refugio: 

La palabra debe enterrarse en nuestra memoria
y dejar que nos descifre desde adentro.
Incendiémonos el cerebro
y quedémonos desnudos en la intemperie.

(«Desnudos en la intemperie», pág. 57)

En sus poemas, el autor alterna los versos tradicionales con poemas en prosa, sin que por ello el conjunto vea resentida la unidad de la que hablábamos arriba. Esta unidad queda fuertemente amarrada por el tono y por los temas de los que trata.

Para Rodríguez, la muerte no es una amiga. La muerte es la que es inevitable, pero contra la que nos rebelamos: «No podrán derrotarnos. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos dice Pavese y yo digo: Vendrán tus ojos y no habrá muerte. Nuestro amor como una fuente inagotable, jamás se morirá ni acabará en nuestras manos» (pág. 147).

Otro elemento que aparece una y otra vez en estos poemas es el de la sensualidad. Pero no la sensualidad erótica, sino que de lo que nos habla es de la fuerza de las caricias, del tacto, del gusto incluso, del sexo como vehículos de comunicación, de acercamiento: «Los sentidos tienen que fortalecer el puente entre mi padre y yo» (pág. 84). 

En alguna página leo sobre Augusto Rodríguez que se trata de una «joven promesa». Yo más bien creo que es una fuerte realidad. Una voz que, con la dulzura propia de la lengua con la que se comunica, nos enfrenta a todos a una realidad ineludible. A una realidad que no deberíamos querer eludir:

Tengamos precaución
de no morir envenenados
que todavía hay luz y no todo es noche.

El libro blanco
Augusto Rodríguez (Chamán Ediciones, 2016)
Erratas encontradas: 0.

Familias de cereal (Tomás Sánchez Bellocchio)

Familias de cerealA su manera, para el niño protagonista del cuento «Familias de cereal», los meses más felices de su vida fueron aquellos en los que se dedicó a grabar a escondidas las discusiones de sus padres. Solo en el momento en el que los padres son conscientes de ser grabados se convierten en pareja ideal y sonriente, típica de un anuncio de cereales.

Esta es la premisa de la que parte el primero de los relatos, el que da título al libro Familias de cereal de Tomás Sánchez Bellocchio, publicado por la editorial Candaya. En este libro, su autor presenta un conjunto de doce relatos que giran en torno a un mismo tema: la familia. Familias que podrían parecer felices de puertas afuera, pero en las que hay rencores, odios, secretos y mentiras. Todas estas miserias proceden de un mismo mal común, la falta de comunicación.

El catálogo de disfunciones familiares es amplio: un padre que no le presta suficiente atención a su hijo («Disco rígido»), unos padres que apenas conocen al suyo («Familias de cereal»), o la fría relación entre nietos y abuelos («La nube y las muertas»). Todos los personajes aparecen representados a través de sus acciones cotidianas, sin cargar las tintas ni en las virtudes ni en los defectos de ninguno de ellos. El lector irá sintiendo mayor o menor afinidad hacia unos u otros conforme se vaya adentrando en las historias.

En Familias de cereal, Bellocchio deja casi todos los finales de las historias abiertos. De este modo, será el lector quien decida cuál será el destino de cada personaje. En cualquier caso, la conclusión que se extrae de la lectura de estos cuentos es que todas las familias pretenden mostrar la imagen de familia ideal que viene marcada por la sociedad, aunque para ello tengan que convivir con la hipocresía como un miembro más.

En el relato «Cuatro lunas», por ejemplo, una familia de gordos deja de ser todo lo feliz que era al intentar adelgazar para, de ese modo, encajar en el canon que se supone que obliga la sociedad. Por otro lado, en «Mitad de un hermano», un joven da rienda suelta al rencor que tiene reprimido contra la madre de su hermano pequeño pero que nunca muestra delante de ella, diciendo cosas que ni sabía que pensaba. El padre del relato «Disco rígido» pretende recuperar del ordenador de su hijo fallecido toda la información posible para intentar conocerlo mejor de lo que lo conoció en vida, ya que no le había prestado suficiente atención.

Tomás Sánchez Bellocchio también trata otros temas en los diferentes relatos que componen estas «familias de cereal», como el de la vejez, la muerte y la inmortalidad, en el relato «La nube y las muertas», o el de las crueles diferencias entre clases sociales, en «Ciudad de cartón».

No es sino al terminar el libro que uno se da cuenta del poso de tristeza que, por momentos, han ido dejando los personajes y de la sensación de amargura que transmiten las historias. De manera que, tras la lectura de Familias de cereal, nos planteamos muchas cuestiones acerca de la vida, de la forma de enfrentarla y de encajar sus envites, pues muchas de ellas nos resultarán muy cercanas. Y es que los relatos de este libro son de los que te dejan pensando y sobre los que necesitas hablar, cosa que solo consiguen los buenos autores.

Familias de cereal
Tomás Sánchez Bellocchio (Candaya, 2015)

190 páginas. Erratas encontradas: 0.