Visitantes en Ravi Café (puertadeHerakles #11)

Para celebrar que hace un par de semanas entrábamos en unas semanas de merecidas vacaciones, el pasado 7 de abril volvimos a reunirnos en el café Ravi con la intención de charlar sobre la novela Solaris de Stanislaw Lem. Una nueva sesión del club de lectura #puertadeHerakles.

Hubo poca discrepancia al respecto: Solaris es una novela de ciencia ficción que va mucho más allá del género de la ciencia ficción tradicional. Manuel lanzó la piedra que nos llevó a debatir sobre la dificultad de catalogar de forma precisa los diferentes géneros narrativos. Aunque Solaris está ambientada en otro planeta y la acción transcurre en una estación espacial,  todos coincidimos en que esta novela trata temas tan profundos como las dificultades de la comunicación, la convivencia o la delgada línea que separa la realidad de la imaginación así como la locura de la cordura. De ahí que, además de una novela de ciencia ficción, se la pueda considerar como psicológica y filosófica.

Egor apuntó la idea de que en la novela uno de los principales temas tratados, si no el principal de todos, es el de la dificultad o imposibilidad de comunicación. Centrado el debate en esta idea, a todos nos vino a la mente la reciente película La llegada, dirigida por Denis Villeneuve, en la que se trata este mismo asunto aunque quizá desde un punto de vista más naïf y efectista. También dieron mucho que hablar las diferentes adaptaciones cinematográficas de esta novela. Para la mayoría, la mejor de todas es la de Tarkowsky de 1972.

Por otro lado, Ramón comentó que otra de las bases principales sobre la que se sostiene toda la novela son las relaciones humanas. Esto enfocado desde diferentes perspectivas: tanto las relaciones que tiene el ser humano con los demás en la Tierra, como las relaciones que surgen entre los personajes de la novela, encerrados en una nave  prácticamente en soledad (pues apenas se ven unos a otros) pero con la capacidad de generar sentimientos hacia alguien que saben no es real. ¿Desde qué momento somos conscientes de que queremos realizar una acción mandada por nuestro cerebro? ¿Podemos controlar lo que queremos pensar, o es nuestro cerebro el que nos controla a nosotros? A los personajes les va a venir muy bien esta incomunicación para descubrirse y conocerse mejor a sí mismos.

Llegados a este punto surgió el intercambio de interpretaciones acerca del final de la novela. Creemos que los mimoides y los visitantes no son más que regalos de Solaris hacia sus nuevos habitantes, si bien estos no saben interpretarlo de este modo debido a esa incomunicación frustrante que les lleva a enloquecer. Como último tema a tratar todos coincidimos en que, aunque no se diga de forma explícita, el personaje principal, Kris, finalmente decide quedarse en el planeta; pues se da cuenta de que no hay nada a lo que temer.

Se habló de otras muchas cosas: el detalle en las descripciones, la información dada por el autor a través de los libros que lee el personaje, la maestría que tiene Lem para crear un ser extraterrestre saltándose los tópicos de la ciencia ficción,  la consideración del autor como el Borges de la scifi y otros y muy variados temas; pero finalmente la conversación se asentó en el tema del género y pasamos a hablar de Kurt Vonnegut, F.K. Dick o Ray Bradbury, lo cual nos llevó a una charla distendida que terminó con unas cervezas y el propósito de descubrir más obras de estos grandes autores. Pues como comentaba Ramón, aunque hasta no hace mucho el género estaba considerado como menor, Lem con Solaris hace alta literatura y lo sublima.

El cuaderno gris (Josep Pla)

cuaderno grisLa escritura memorialista no es precisamente la que más predicamento tiene en nuestra literatura. No así, dicen, sucede en las letras de otras lenguas, como las anglosajonas, donde gozan de una salud de hierro. No obstante, en las distintas lenguas peninsulares existen algunos ejemplos de excelente calidad. Me vienen de pronto a la cabeza los esfuerzos de Andrés Trapiello y, para no hablar solo de lo reciente, de Teresa de Jesús, en El libro de su vida, o del Diario de un artista seriamente enfermo de Jaime Gil de Biedma.

El año 1966 vio la luz el primer volumen de lo que iba a constituir la colección de las Obras completas de Josep Pla. Este primer volumen lo constituye el que quizá sea la obra maestra del dietario, de las memorias, escrito en España. Se trata de El Quadern Gris. En dicho volumen, Pla presenta, reelaboradas, reescritas, ordenadas y puestas al día, las anotaciones del dietario personal que había llevado durante los años 1918 y 1919.

No me había aproximado antes a la obra de Pla debido a un, ahora lo comprendo, estúpido prejuicio contra la ideología política del autor, tan alejado de la mía propia. Pero es quizá la incipiente madurez la que me ha llevado a dejar caer el velo de esas tonterías y a poder disfrutar (gozar, que diría Roland Barthes) de estas páginas.

No me he atrevido a leer la obra en su lengua original, que comprendo pero no lo suficiente como para adentrarme en ella con suficiente pertrecho. La edición que he leído es la traducción realizada en 1975 por Dionisio Ridruejo y por su esposa Gloria de Ros, asistidos por Josep Vergés, y editada por Destino, en su colección «Áncora y Delfín».

Lo que más llama la atención al leer este “diario” es la aparente frescura y juventud de la voz del narrador-memorialista. No en vano, la obra está elaborada a partir de los apuntes que el propio Josep Pla fue registrando, con esa diligencia de grafómano tan suya, durante los dos últimos años de la Gran Guerra. Pla y su familia, y su entorno, vivían alejados de la Guerra en su idílico entorno de Palafrugell, y luego de Barcelona, aunque sin poder darle la espalda del todo. Quizá debido a la influencia que el conflicto estaba teniendo en toda Europa, incluso en los países no beligerantes como España, en las páginas de El Cuaderno Gris se puede apreciar que el mundo está cambiando; lo que su mundo era antes y lo que es ahora —entonces—, es una constante en las páginas del Cuaderno.

La obra está formada, así, por un mosaico de muy diversos géneros: anécdotas familiares, retratos de costumbres, anécdotas, reflexiones diversas, partes meteorológicos (cuánta importancia tienen, comprensible en el entorno rural del principio del libro, los distintos vientos que soplan sobre Palafrugell), crónicas de sucesos, noticias venidas de más allá de su comarca, etcétera.

Es muy probable, no lo sé,  que los textos plasmados en el libro no se correspondan exactamente con la fecha bajo la que aparecen registrados. Tanto da. El Cuaderno Gris es, como todo buen libro de memorias, el fruto de una relectura por parte de su autor, de una profunda reelaboración y de una reescritura minuciosa. El fruto de todo ese trabajo es un libro de una lectura muy placentera, que se presta a volver a leer a fragmentos de tanto en tanto. Es un libro lleno de sabiduría y de reflexiones memorables. ¡Cuánta influencia no habrá en él de los Essais de Montaigne! Es un documento impagable para conocer un lugar, el Baix Ampordà, y una época, principios del siglo XX, que son trasunto de lo que podría estar sucediendo por esos años en tantos otros lugares de Europa donde los obuses no estuvieran silbando.

El cuaderno gris
Josep Pla (Destino, 1975)
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Bienvenidos al sur (puertadeHerakles #10)

Habían transcurrido varias semanas desde que, por circunstancias diversas, los porteros del héroe griego nos reunimos por última vez. El viernes pasado retomamos la tradición y el club #puertadeHerakles se sentaba de nuevo para hablar, en esta ocasión, de Sangre sabia, una de las dos novelas de la estadounidense Flannery O´Connor.

Como no podía ser de otro modo empezamos por comentar, a grandes rasgos, si nos había gustado o no la historia de Hazel Motes y aquí surgió el debate. Yo no tenía muy clara mi opinión debido a que creo que no es hasta bastante avanzada la mitad de la novela que no sucede nada interesante. A esto hay que sumarle el hecho de que me distraía bastante la cantidad de fallos gramaticales, y alguno ortográfico, que a lo largo de las páginas iba encontrando. Sara comenta que ella piensa que es algo intencionado para caracterizar la clase social y cultural de los personajes, ya que esto sólo se da en los diálogos y no en la parte narrativa. Esperanza coincide en que es cierto que aparecen esos fallos incluso más allá del diálogo, pues la autora utiliza un lenguaje desmañado con rasgos dialectales vulgares en los monólogos interiores y en un sentido indirecto. Este tipo de lenguaje le resulta más extraño en las traducciones que en los propios textos españoles; pero que no son fallos, sino el modo de transmitir la esencia de la zona en la que está ambientada la obra.

Y es que la acción de la novela transcurre en la América profunda del sur de Estados Unidos. Es aquí cuando Óscar comenta lo sencillo que es que en esta zona exista ese fanatismo religioso tan peculiar (y diverso) debido al aislamiento que provocan las grandes distancias, pues el eje de la historia es la crítica a la religión. El personaje principal, Hazel, es un fanático; en este caso de su propia religión, ya que promulga una sin Cristo, de ahí que todo sea una sátira.

Los personajes son muy variopintos, cada cual más raro y todos coincidimos, tal como comenta Esperanza, en que producen rechazo y no se salva ninguno. Peña comenta que el personaje de Enoch le recuerda a Rizzo, de la película Cowboy de medianoche. Enoch siempre está a la espera de que le pase algo importante porque su sangre se lo dice, pero nunca pasa nada; como sucede con las religiones. Una nueva crítica hacia las creencias en deidades. Es aquí cuando Ramón comenta que algunas historias le resultan familiares, como si ya las hubiese leído antes, a lo que Peña añade que muchos de los episodios de la novela son adaptaciones de los cuentos de la propia autora. Quizá por eso hay ratos en los que se da un exceso de palabrería sin que realmente cuente nada concreto e interesante. Algo así como lo que dice el personaje de Onnie en la página 141: «Ahí está, ese es el problema de los intelectuales, palabras, a montones, pero después, no concretáis nada.»

Entre todos llegamos a la conclusión de que Sangre sabia es otra crítica velada (o quizá no tanto) a la iglesia y a los muchos promulgadores de las distintas fes. Y con esta última reflexión llegamos al final de lo que dio de sí el taller en cuanto al libro respecta pues, como suele ser habitual, terminamos hablando de otros muchos temas adyacentes.

 

Tú no eres como las otras madres (Angelika Schrobsdorff)

Cuando una se enteró de que dos editoriales con un catálogo resplandeciente como son Periférica y Errata naturae estaban trabajando juntas en un mismo volumen, no pudo sino frotarse las manos y esperar con la impaciencia del niño que aguarda la Navidad. Tú no eres como las otras madres llegó a los estantes españoles en marzo de 2016, pocos meses antes del fallecimiento de su autora, Angelika Schrobsdorff, a los 88 años. Pero en estos tiempos en los que tanto se publica y tanto se vende para que apenas unas semanas más tarde los títulos se difuminen entre las listas hasta desaparecer por completo, tal vez haya que dar un pequeño margen de tiempo y ver, con algo de distancia, qué curva de repercusión dibuja cada libro.

Un año después de su publicación, las memorias de Schrobsdorff han pasado holgadamente de la décima edición. Veinticinco años después del momento de su escritura —y aún digo más, habiendo transcurrido casi un siglo desde los acontecimientos que narra—, es capaz todavía de remover conciencias. La escritora y actriz ofreció en Tú no eres como las otras madres un completo retrato de la suya, Else, enmarcado en el grueso del libro por los hechos más significativos del III Reich (si bien fueron limados del forzado dramatismo que en muchas ocasiones define a los textos de este tipo y tal vez por eso el efecto es más violento, si cabe). Y avalada por fragmentos e incluso cartas enteras de su familia y allegados, nos descubrió que fue una mujer, efectivamente, diferente a muchas otras. Crecida en el seno de una familia judía, Else Kirschner tuvo numerosos affaires, parió un hijo de cada uno de sus tres grandes amores y vivió cómoda y alocadamente más allá de los famosos veinte berlineses. Tanto fue así que, cuando comenzaron los problemas en el paraíso, su círculo de amistades no acababa de creerlo. La Else que su hija mejor recompuso a partir de los testimonios de quienes la conocieron tardó demasiado en darse cuenta de que la felicidad burguesa no es inmune a la estupidez humana, ni al poder en manos erradas, ni al despliegue bélico llegado el momento.

Tras el desfase, las fiestas, los romances y el ajetreado mundo cultural en su adorado Berlín, Else, caracterizada por ese temperamento arrebatado que la hacía irresistible, acabó siendo moldeada a base de dolor. Más por causa de sus dos hijas que por la suya, y con su primogénito en algún punto del mundo pero jamás concreto ni cercano, hubo de pasar los años más duros exiliada en Bulgaria, donde no acabarían tampoco de estar a salvo. Allí recibiría las peores noticias de su vida y a pesar de todo resistió, como tantos otros resistirían. Incluso se esforzó, en los últimos años, por hacer desaparecer el odio que había germinado en su garganta:

Infinitas veces me he imaginado el final de la guerra, el final de los nazis. Y, en efecto, ahora ha ocurrido lo que había soñado y ansiado con todas mis fuerzas. Y así como tú, me imaginaba cómo un día me vengaría, cómo me vengaría en todos aquellos que me ofendieron, me humillaron, me infligieron un mal tan terrible. Que me lo quitaron todo: hijo, madre, marido, patria (…). No obstante, quiero luchar contra el deseo de venganza y quiero dejar de odiar. Lo que quisiera es la paz y un poco de calma. Sólo suplico una cosa: dejar de tener miedo, no estar obligada a vivir en un país extranjero. Y, sobre todo, quisiera saber salvados a mis tres hijos, saberlos seguros, saberlos felices.

En un ejercicio de valentía y honestidad, pero sobre todo de justicia, la autora reconoció sobre el papel sus faltas: si Else repetía en numerosas misivas que no estaba siendo una buena madre y que no podía proteger a su prole de la barbarie, tampoco Angeli, testaruda y egoísta, muchas veces ignorante de las posibles consecuencias que sobre los demás tendrían sus actos, fue la mejor hija. Así lo escribió Elschen y así lo recogió, sin censura, Schrobsdorff.

Así lo publican dos de las mejores editoriales españolas en la actualidad y así, pues, debemos leerlo.

Tú no eres como las otras madres
Angelika Schrobsdorff (Periférica & Errata naturae, 2016)

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Eres hermosa (Chuck Palahniuk)

eres-hermosa-chuck-palahniuk-trabalibrosPenny ya no era virgen el día en que había conocido a Maxwell. Había tenido relaciones con unos cuantos chicos en la universidad. Pero siempre de uno en uno. Y sólo chicos. ¡Y nunca por detrás! No era ni una pervertida ni una guarra. (pág. 52)

De este modo nos presenta Palahniuk a Penny Harrigan, la protagonista de su última novela Eres hermosa (Random House, 2016). Una chica de pueblo que, con la intención de labrarse un futuro brillante, se traslada a Nueva York para trabajar en el despacho de abogados más prestigioso de Manhattan. Aunque empieza siendo la joven de los recados y la camarera de los capuccinos, Penny es una licenciada en derecho que aspira a convertirse en una importante y respetada abogada, obteniendo un poder y autoridad que trasciendan los roles de género. Sin embargo, lo que encontrará será una cita para cenar con C. Linus Maxell, CLIMAX, el hombre más rico y famoso del país, gran empresario del sector tecnológico con el cual, de manera fortuita, se cruzará en el despacho en el que trabaja. A partir de esta primera cita, Penny se verá inmersa en una relación con el mejor amante que jamás haya tenido, pues Maxwell está ultimando el lanzamiento al mercado de una línea de «productos de bienestar femenino» de la cual perfecciona detalles con Penny como beneficiaria del placer. Ella pronto descubrirá que la relación está exenta de cualquier tipo de sentimiento por parte de Max y que los juguetes sexuales que llegarán al mercado esconden algo más.

En esta ocasión, Palahniuk vuelve a escoger un tema cuanto menos complicado (como a él le gusta): el sexo o, mejor dicho, la masturbación femenina. Por momentos parece que se deja entrever a aquel autor de AsfixiaMonstruos invisiblesEl club de la lucha, si bien es cierto que tanto el tema como la crítica que a través de él se hace al gran consumo de masas podría haber dado mucho más de sí. En la primera parte del libro, pecando un poco de exceso en cuanto a tecnicismos anatómico-sexuales —aunque lo pueda parecer, esta novela no tiene nada que ver con 50 sombras de Grey (menos mal, si no, ya no sé qué podría haber pasado)—, Palahniuk es el autor mordaz, directo, de frases cortas y siempre crítico que conocimos hace años a través de sus primeros (y mejores) títulos. Es al avanzar en la lectura cuando descubrimos que no, que falta algo. La historia es muy buena, divertida y refleja perfectamente la sociedad en la que vivimos, siempre obsesionados con el consumo y aborregados por la publicidad, que ha adquirido gran relevancia en la vida diaria de todos nosotros. Sin embargo, la narración pasa a ser plana, sosa y simple.

Al finalizar la lectura, el lector se percata de que sí, de que es una novela entretenida, fácil de leer y muy actual en cuanto al asunto tratado, pero también se da cuenta de que no ha empatizado nada con ningún personaje. Es más, no puede imaginarse a ninguno de ellos ya que son personajes vacíos. Chuck los utiliza porque tienen que ser éstos los que hagan de nexo de unión entre los hechos y las acciones, pero cuenta muy poco de su día a día, sus pensamientos o sus personalidades (lo que cuenta lo hace con una narración ramplona y fría), con lo que los convierte en completamente olvidables nada más cerrar el libro. Llega un momento en el lector sólo estará pendiente de (y le interesará/recordará) lo que sucede, sin importar mucho a quién ni por qué.

Algo que siempre me ha gustado de las novelas de Palahniuk han sido sus finales, siempre sorprendentes (para bien o para mal) y con giros inesperados que cambian todo en el último momento, pero esta vez la cosa se le ha ido un poco de las manos y el final es cuanto menos inclasificable: ciencia-ficción, fantasía, o quizá una mezcla de ambas mezclada con una «ida de cabeza» que me ha decepcionado bastante. Estas cosas no le pasaban en sus inicios. Recordemos si no a Brandy Alexander o Tyler Durden.

Con Eres hermosa Palahniuk parece dejar claro que su estilo narrativo ha cambiado para siempre. Sigue siendo ese autor que aprovecha cualquier detalle para criticar a la sociedad americana en general, siempre con un humor ácido y mucha sátira, muy explícito e incisivo, pero ha perdido su toque personal. Así pues, los fans del autor disfrutarán de la novela (¿y les gustará?), pero si no se ha leído nada de él mejor empezar por cualquiera de sus cinco primeros libros.

Eres hermosa
Chuck Palahniuk (Random House, 2016)
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Muerde ese fruto (Aharon Quincoces)

QuincocesEl escritor Aharon Quincoces debutaba en la narrativa el pasado verano de la mano de Tolstoievski, una editorial contestana que apuesta por la honestidad, la transparencia y por encima de todo la literatura sin edulcorantes ni vaselina —entiéndanme, no hablo de amor, hablo del «cuanto más azúcar, más dulce» y de «esto es bueno pero lo que en realidad vende es lo otro» que construye pirámides de libros en las grandes superficies—. Muerde ese fruto, la segunda novela de esta colección, da crédito a estas palabras.

Casi acostumbrados ya a las historias de reencuentros de antiguos alumnos que parecen haberse puesto de moda, no extraña que el encargo que recibe el personaje principal (detonante, por cierto, del argumento) siga por esos derroteros. Andrés, periodista relegado al suplemento de fin de semana de un periódico, animal de costumbres hasta para las derrotas y recién abandonado por su novia, debe reencontrarse con su pandilla de la adolescencia y trazar una línea entre el entonces y el ahora, una especie de revival que inevitablemente ha de conllevar consecuencias nefastas. A su alrededor, un jefe ascendente, parroquianos de bar que comparten su rutina, una puta, algunos yonquis, y un puñado de novias fantasmas completan el elenco.

A medida que pasa las páginas, el lector puede suponer no sólo que la novela es una suerte de distopía, sino que además puede imaginar Ciudad envuelta por una estética ciberpunk en la que la publicidad proyectada en la fachada de los imponentes edificios contrasta con la realidad a ras de suelo. No en vano desfila por ella una nómina de personajes en cierto modo estrafalarios, dependientes en su mayoría del consumo de sustancias psicotrópicas o directamente farmacéuticas y suceden cosas como que un edificio se derrumbe a causa de una reunión clandestina de suicidas. No es el caso, sin embargo. Ciudad es «todas las ciudades en una sola. (…) [U]n desafío narrativo», explica el autor, y es indudablemente cierto. Las miserias no difieren tanto de las que puedan encontrarse en los barrios menos afortunados de Barcelona, Turín o Belfast, sino más bien al contrario. El deseo de aparentar, de vivir de acuerdo con unas exigencias sociales o sencillamente de sentir algo diferente al vacío arrastra al ser humano hasta las peores alcantarillas. Y para comprobar esto no hay que inventar un futuro desolador: hay que abrir las ventanas.

Los numerosos diálogos coloquiales, casi transcritos de la calle, entre los que se cuelan préstamos lingüísticos del inglés o el francés, encuentran su contrapunto en algunas reflexiones profundas y argumentadas con solidez sobre cuestiones como la frivolidad o la manipulación por parte de los medios informativos. La escalada de puestos laborales a base de enchufes o polvos y la hipocresía primermundista de las organizaciones que pretenden salvar (entre muchas comillas) a los habitantes de los países en eso que aquí llamamos «vías de desarrollo» cuentan también con su merecido espacio en Muerde ese fruto. Puede hablarse, pues, de un estilo equilibrado y de un argumento que, cuando llega de verdad a la carne, se desvanece como el humo de los coches en cualquier urbe.

Este sorprendente debut de Quincoces es, por muchos motivos, un atrevimiento por parte de autor y editor. Justo lo que esperábamos de Tolstoievski quienes supimos de su nacimiento a principios de 2016. Queda aguardar a ver si la siguiente novela de este autor, ya en marcha, resuelve algunas de las dudas existenciales que quedan en el aire tras la lectura de su primer título.

Muerde ese fruto
Aharon Quincoces (Tolstoievski, 2016)

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Euforia (Lily King)

Portada de Euforia, de Lily KingJusto ahora hace un año desde que Malpaso publicara en España Euforia, la última novela de la escritora americana Lily King. Aunque es una novela de ficción, detrás de ella se esconden un personaje y una historia reales: la antropóloga Margaret Mead. Y es que fue a raíz de la lectura de la polémica biografía de esta mujer, que revolucionó el mundo de la investigación antropológica, que King decidió que era necesario escribir una novela sobre la vida de esta investigadora y los años que pasó entre tribus en Nueva Guinea. De este modo surge esta apasionante novela que esconde poblados reales, comportamientos, formas de vivir y de relacionarse totalmente ciertas (con sus rituales y tabúes), si bien la autora cambia los nombres de tribus e individuos.

La acción se desarrolla en 1931 en diferentes zonas de Nueva Guinea a lo largo del río Sepik. Los personajes son tres: Bankson, un inglés sensible, equilibrado y seguro de sí mismo y de sus ideas pero que depende económicamente de su madre, a la que no aguanta, para poder continuar con sus estudios; nell Stone, el personaje de la antropóloga basado en Margaret Mead, es una mujer americana decidida, valiente e independiente que ya tiene un libro de éxito en el mercado; y, por último, su marido Fen, un hombre australiano egoísta, posesivo y dependiente de Nell, pues si no fuera por ella y su dinero proveniente de becas y del libro no podría seguir con sus expediciones. Las distintas nacionalidades de todos ellos tienen importancia, pues gracias a ello la autora expone de manera sublime las diferencias de pensamiento y costumbres de unos hombres avanzados pero muy diferentes entre sí.

Le pregunté si creía que podría llegar a comprender realmente otra cultura. (…) Lo que había encontrado más interesante era cómo nos convencemos de que podemos ser objetivos de algún modo, nosotros que llegamos con nuestras propias definiciones personales de amabilidad, fuerza, masculinidad, feminidad, Dios, civilización, lo correcto y lo incorrecto. (pág. 56)

Tras casi dos años estudiando a la tribu de los kiona, Bankson no consigue avanzar en sus estudios y, en un arranque de ira unido a la depresión que padece, intenta suicidarse tirándose al río con los bolsillos llenos de piedras. La suerte quiere que, por casualidades varias, sus dos colegas, Nell y Fen, terminen coincidiendo con él en una fiesta de Nochebuena, lo que aprovechará para convencerles de que se queden y así combatir su soledad. Será a partir de este momento cuando los tres trabajen juntos y se cree un extraño triángulo amoroso y competitivo. La información obtenida de las tribus para los futuros libros y trabajos que puedan aportar conocimiento y dinero es muy valiosa para Fen, que desconfía incluso de su propia mujer, con la que no compartirá nada.

Aunque el lector no posea conocimientos de antropología ni tenga el más mínimo interés hacia ella, sin ser consciente avanza en las páginas y llega ese momento en que no puede parar. La autora consigue centrar la acción en las relaciones personales entre los tres antropólogos y las de éstos con los aborígenes, todo ello sin entrar en tecnicismos ni aburrir con información innecesaria. Por la ubicación en la que se desarrolla la aventura, hubiera sido muy fácil caer en el tema quizá monótono de la naturaleza y las extensas descripciones del clima y de los insectos, pero Lily King consigue de manera sutil dar al lector sólo unas pequeñas dosis de calor, de mosquitos, de sudor y olores para que después sea él el que complete las escenas con su imaginación.

En el fondo desearía pasar mucho más tiempo sin saber el idioma. Sin él, hay mucho más espacio para la observación prudente. (…) Hasta que no dispones del lenguaje no te das cuenta de cuánto interfiere con la comunicación. (…) Cuando llega la comprensión, se pierden muchas otras cosas. Confías en las palabras, y las palabras no siempre son lo más fiable. (pág. 85)

La novela está dividida en treinta y un capítulos, alternando los narrados en primera persona por Bankson, con los que él mismo cuenta en tercera persona hablando del matrimonio. Aproximadamente a mitad del libro empiezan a aparecer capítulos a modo de diario (el de Nell, que llegará a manos de Bankson al cabo de los años), en los que la antropóloga cuenta impresiones y sentimientos que en conversaciones en voz alta no se podrían expresar.

Con todo esto, Lily King consigue crear una novela inquietante por momentos, tensa, con algo de sexo, amor furtivo, pero sobre todo una novela muy interesante. Tengamos en cuenta que desde 1930 en adelante el hombre blanco acudía a estudiar a estas tribus, pero también a forzarlas a trabajar en minas y a obligarlos a ser creyentes de unas costumbres para ellos desconocidas. Lo más importante de todo es que el «hombre blanco moderno» llegaba para estudiar a aquellos «negritos» y para enseñarles cómo debían vivir y desarrollarse cuando realmente el hombre blanco, incluso a día de hoy, no se conoce a sí mismo. ¿Debe el hombre blanco enseñar algo a los aborígenes o más bien debería aprender de ellos?

Quizá toda la ciencia no sea más que la investigación de uno mismo. (pág. 89)

Euoforia
Lily King (Malpaso, 2016)

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Oculto sendero (Elena Fortún)

Oculto sendero de Elena FortúnLa editorial Renacimiento comenzó a reeditar en 2015 la colección de libros juveniles que condujo a Encarnación Aragoneses de Urquijo a la fama bajo el pseudónimo de Elena Fortún. Celia, la niña que cautivó a todos los chiquillos españoles que sabían leer con sus limpias reflexiones, se cuestionaba las acciones y los principios de un mundo de adultos que no acababa de comprender. Protagonizó una serie en TVE con guión de Carmen Martín Gaite e incluso llegó a vivir la Guerra Civil española (Celia y la revolución, 1987), aunque esta aventura se publicase 35 años después de ser escrita. Pero Elena Fortún no escribió sólo para niños. La editorial sevillana recuperó a finales del pasado año una obra hasta el momento inédita que arroja luz sobre esta autora.

A cargo de la edición de Oculto sendero se encuentran Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga, quienes ya se encargaron en su momento de trabajar en la publicación de El camino es nuestro (Fundación Banco Santander, 2015), antología que recoge artículos y correspondencia entre Elena Fortún y la grafóloga Matilde Ras. Capdevila introduce la novela con un prólogo de unas sesenta páginas, jugoso y equilibrado, asequible para el lector medio pero coherentemente sustancial para quien esté algo más puesto tanto en Encarnación Aragoneses como en cuestiones de género (la investigadora es Catedrática asociada de estudios Hispánicos y Estudios de Género en la Universidad de Exer).

Entrados ya en materia, Oculto sendero muestra una narradora cándida como, eso es cierto, pudiera serlo Celia. María Luisa Arroyo, alter ego de la escritora, comienza su historia en la tierna infancia, esa edad en la que nacen todas las preguntas de verdad importantes y se desarrolla hasta su madurez. Por el camino, la inocencia de esta niña —que gusta de vestir trajes de marinerito y no de acunar muñecas o bordar flores— se ve manchada, sin embargo y sin remedio, por un sentimiento de culpa que la asfixiará durante décadas. ¿Por qué se casan las mujeres que la rodean? ¿Por qué admiten que la violencia del apetito masculino invada sus lechos sin quejarse? ¿Ha de hacerlo ella, que lo único que quiere es pintar y, si acaso, contemplar durante un instante los labios carnosos de una mujer que fuma? En efecto, la angustia se apodera de ella en tanto en cuanto lo hacen los «deberes de una mujer». Contrae un matrimonio que ha de liberarla pero queda muy lejos de hacerlo; sus amistades son censuradas por su marido, así como su talento para la pintura, y llega a consultar a un médico por su «dolencia».

María Luisa, como le ocurriera a Elena Fortún, encuentra a lo largo de su vida a muchas mujeres que intentan hacerla ver que poco hay de «desequilibrio de su naturaleza», pero necesita mucho tiempo, quizás demasiado, para que alguien rompa su silencio por ella. «¡Y tú callando! ¿Por qué y en nombre de qué? Perdiendo una vida que pudo ser fecunda para el arte, y haciendo de mujercita casera… ¡Me irritas! En el fondo de todo eso solo hay cobardía, falta de dignidad, rutina… miedo a la vida…».

Puede que el lector actual termine Oculto sendero y no acabe de entender a qué tanto escándalo por una novela que nunca llega a desprenderse del todo del carácter naif de la protagonista. Si esto sucede, deberá recordar que ya —y digo «ya» pero debería decir «ya casi»— no escandaliza precisamente gracias a mujeres como Encarna Aragoneses que, en palabras de Nuria Capdevila, «requirió tratar en su escritura inédita e íntima[:] nociones tradicionales y modernas sobre identidad sexual, haciendo patente la desgarradora contradicción de su propia escondida existencia de mujer en lucha». Extiéndase el justo agradecimiento a las editoras de este volumen, así como a Renacimiento.

Oculto sendero
Elena Fortún (Renacimiento, 2016)
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El espíritu de la ciencia ficción (Roberto Bolaño)

Portada de El espíritu de la ciencia ficción de Roberto BolañoA propósito de la reciente novedad de Alfaguara me viene a la cabeza la reflexión en torno a la calumnia que Ramón Andrés realiza en Pensar y no caer. Dice el filósofo que es un mal insoslayable y que no sabemos desenvolvernos sin ella. Esta reseña pretende, sin falsear la realidad (aunque también Andrés nos advierte de que «nadie más engañoso y solapado que quien apela a la sinceridad para persuadirnos»), alejarse de la calumnia gratuita a un mercado editorial cuyos medios publicitarios, lejos de ser un despliegue de elegancia al estilo de la Madison Avenue, más que convencer asquean.

Como dije recientemente, resulta casi imposible hablar hoy de Roberto Bolaño sin sentir cierto pudor ante lo que parece ser un acto de oportunismo desmedido. La prensa nos ha venido dando nuestra dosis quincenal de amarillismo para intelectuales y ha convertido la figura del escritor chileno en trending topic por razones extraliterarias. No viene mal, en este mar de sargazos, ver qué hay de literario.

El espíritu de la ciencia ficción es una novela que, según la cronología que puso a nuestra disposición el catálogo de la exposición Archivo Bolaño (1977-2003), su autor escribió en 1984 y dejó en el cajón del olvido hasta que el reciente cambio de manos del legado bolañiano ha sacado a la luz. Me parece recordar que Bolaño la menciona en alguno de los artículos de Entre paréntesis y que Rodrigo Fresán hace mención a ella en alguna ocasión, pero, grosso modo, estos son los hechos.

El argumento es más o menos el de siempre: una novela con letraheridos como protagonistas, donde se prefigura algún personaje de sus grandes novelas, como las hermanas Font o Remo Morán, uno de sus primeros heterónimos; o, en determinados capítulos, el ritmo del lenguaje que parece ser el culpable de la adicción a Bolaño. Nada que sus lectores no hubiéramos descubierto en obras anteriores y nada que un neófito no pueda ver mejor en ellas. Sí puede resultar novedoso el intercalado de episodios epistolares o el ámbito en el que circulan algunos de sus intertextos, aunque no sean, ni mucho menos, elementos centrales.

Que una editorial decida publicar una obra menor que su autor había decidido deliberadamente dejar en la sombra no es algo que a estas alturas me sorprenda ni me importe. Sí lo hacen, sin embargo, los galones con los que se ha visto envuelta. El espíritu de la ciencia ficción es una novela cuyo valor difícilmente puede apreciar alguien que, salvo que sea un incondicional, se encuentre fuera del mundo académico. Veo claro por qué debería interesarle a alguien que esté estudiando a Bolaño, para quien pueda ser relevante los diferentes estadios por los que un autor hace pasar elementos que se repiten, de forma transversal, en una obra; pero no al lector medio de Alfaguara. Y no porque sea Alfaguara o porque el lector medio sea imbécil, sino porque semejante nivel de profundización para encontrarle interés a una obra literaria sólo tiene sentido en un ámbito muy específico o como herramienta de generar expectación para que luego el público se trague lo que, aunque de verdad funcione, ya estaba en el mercado editorial hace más de una década.

El espíritu de la ciencia ficción
Roberto Bolaño (Alfaguara, 2016)
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Dublinesca a la española (puertadeHerakles #9)

Y el día llegó. La pasada sesión del #puertadeHerakles (y la anterior, pues han sido necesarias dos tardes y aún así podríamos hablar horas y horas) estuvo dedicada a la obra central de todo el taller de este año: Ulises, de James Joyce. Igual de complicado que su lectura sería intentar exponer aquí en unas breves líneas todo lo que dio de sí esta gran (en todos los aspectos) novela.

puertadeHerakles: Ulises

Para comenzar, empezaré por un servidor. Reconozco que tenía muchas dudas respecto a este título, la mayoría de ellas fundadas por prejuicios y consejos de esos que no se piden pero llegan igualmente, además de opiniones y críticas: que es un tostón, que es larguísimo y además complicado de leer, que no se entiende nada, y así un largo etcétera. Todo esto acrecentó mi reticencia a siquiera intentar leerme algo tan largo y, supuestamente, raro y aburrido. Pero todo lo contrario. Me ha parecido una lectura interesante, divertida, no tan difícil como esperaba (eso sí, contando con la ayuda de la estupenda edición de Cátedra) y he conocido a un personaje que ahora sé que es icónico. Tanto Sara como Esperanza y Ralph lo habían leído ya hace años y lo han vuelto a hacer ahora con motivo del taller. Es por ello que comentan que con cada nueva lectura descubres nuevos detalles y entiendes cosas que quizá en su momento pasaron desapercibidas. Esperanza comenta que es un libro que hay que aprender a leer y que ello se consigue sobre la marcha, leyéndolo.

Partimos de la base de qué quiere contar el autor y, a excepción de Ramón que opina que sí cuenta algo, todos coincidimos en que realmente no se cuenta nada concreto. Pero este detalle no importa. No cuenta nada y a la vez lo cuenta todo, porque trata de la vida en general. Todo el transcurso de la historia es un día en la vida de Leopold Bloom, con lo que ello conlleva, desde ir al retrete a masturbarse en la playa o emborracharse en un bar discutiendo de religión o política. Lo que sí tendremos en mente es la ciudad de Dublín (casi como su mapa), pues las descripciones de lugares, direcciones y detalles de locales y entidades públicos es tan detallada que casi pareciera que estamos allí. Llegados a este punto, tanto Óscar como Ralph y Esperanza opinan que la relación con la Odisea no se ve de forma clara y en algunos episodios está cogida con pinzas. Sara piensa que Leopold es un antihéroe, como el protagonista de la Odisea. Óscar cree que la obra tiene múltiples capas, las cuales se pueden disfrutar perfectamente por separado. Se dijo que el personaje de Bloom es quizá el ser más normal en la historia de la literatura. No estamos acostumbrados a toparnos con personajes tan «normales y corrientes».

Esperanza comenta la gran cantidad de referencias literarias a la literatura española clásica: Cervantes, Celestina, Valle-Inclán, el teatro del Siglo de Oro, etcétera. Por otro lado, Ralph cree que los personajes de Leopold y Stephen serían dos aspectos de la personalidad de Joyce. También hablamos de la crítica, a través de la parodia, que se hace a la religión en el contexto de la época: una Irlanda tradicional. La técnica del flujo de conciencia esconde una falsa sencillez. Es imposible que esa espontaneidad sostenida de manera tan prolongada sea fruto de la casualidad. Respecto a esto, Joyce hace un gran trabajo. A día de hoy puede parecer absurdo que se considerase obra obscena e inmoral, pero tengamos en cuenta la época e la que se empezó a publicar. En realidad no deja de ser una novela de humor.

Dicho todo lo anterior, queda para la historia de la literatura el enorme monumento que constituye Ulises, desde el punto de vista técnico pero también como un espejo que nos enseñó el día a día del ser humano del siglo XIX. Presumir a día de hoy de haber leído Ulises es tan inecesario como presumir de no haberlo hecho.