Solaris (Stanislav Lem)

El hombre siempre ha tenido la necesidad de explorar el universo con la esperanza de encontrar otros planetas en los que poder implantar sus conocimientos, con la máxima de que lo conocido por el ser humano siempre es lo superior; ante lo cual no cabe discusión, y si algo no coincide con sus ideas siempre se podrá modificar y adaptar a su deseo. Pero en Solaris la cosa no funciona de este modo. Fue en 1961 cuando el polaco Stanislaw Lem escribió la que sería su obra más conocida y con la que cambió el concepto de lo que hasta entonces era la ciencia ficción.

Tras más de cien años de conocimiento de la existencia del planeta Solaris, después de que muchas expediciones hayan partido de la Tierra con el fin de estudiar este nuevo descubrimiento de la humanidad, algo no anda bien entre los hombres que aún quedan allí. Hace unos días el comandante Gibarian, el que fuera profesor de Kris, se ha suicidado. Por este motivo el psicólogo Kris Kelvin debe reunirse con los compañeros de misión que quedan en la estación espacial. Nada más llegar al planeta y observar el estado en que se encuentra la estación, Kris comprende que algo extraño está pasando allí y tendrá que averiguar qué es lo que atormenta a los otros tripulantes. Para terminar de alimentar su impresión de extrañeza y su incomprensión ante qué es lo que puede estar sucediendo, su compañero Snaut le advierte de que tenga claro que en la estación sólo se encuentran Kris, Snaut y el físico que siempre está encerrado en el laboratorio, Sartorius. Pero Kris pronto se percatará de que tiene algún «visitante».

El hombre se había lanzado al descubrimiento de otros mundos y otras civilizaciones, sin haber explorado íntegramente sus propios abismos… (p. 181).

Toda la historia está narrada en primera persona en función de las vivencias del propio Kris, quien va contando lo que ve, lo que siente, lo que sueña, lo que vive. A esto se añade toda la información que, de manera sutil y eficaz a la vez, el autor va mostrando a los lectores a través de los libros de la biblioteca de la estación espacial que Kris lee. De este modo vamos conociendo mejor la razón de la situación en la que se encuentran los personajes y cómo se ha llegado a esta. En la ciencia ficción estamos acostumbrados a que se nos presente el ser extraterrestre de una forma humanizada (humanoides verdes con cabeza de cono) o bien formas pensadas y creadas a semejanza de algo común en la Tierra (insectos, masas viscosas o animales de tamaño gigante), pero en Solaris ese ser extraterrestre no cumple estas premisas, va más allá .

Tal vez valga la pena quedarse. Sin duda no aprenderemos nada acerca de él, pero sí acerca de nosotros… (p. 93).

Si bien por la situación en la que se desarrolla la acción (un planeta a millones de años luz) sería muy sencillo encasillar esta obra dentro de la ciencia ficción, Lem se vale de este entorno para hablar y tratar otros temas como son la comunicación/incomunicación, las relaciones humanas, la psicología y los sentimientos. Aunque todo transcurre en una estación espacial, este libro tiene mucho más de psicología y filosofía que de ciencia ficción. El autor lanza una serie de preguntas en torno a la metafísica y, más concretamente, a la ontología, preguntas a las que el hombre lleva intentando dar respuesta desde hace siglos y que a los lectores, después de disfrutar Solaris, atraparán del mismo modo y les hará replantearse muchas cosas a las cuales hasta este momento no habían dado la menor importancia. Una lectura muy recomendable.

¿Qué nos sería más sencillo, racionalizar lo irracional o pensar que estamos locos y así tener ese consuelo de sabernos enfermos, con la posibilidad de una curación futura?

Yo no estaba loco. El último rayo de esperanza se había extinguido (p. 64).

Aun cuando el hombre hubiese explorado todos los rincones del cosmos, aun cuando hubiese encontrado otras civilizaciones, fundadas por criaturas semejantes a nosotros, Solaris seguiría siendo un eterno desafío (p. 199).

Solaris
Stanislav Lem (Minotauro, 1961)
Erratas encontradas: 3.

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado (Maya Angelou)

angelouDe sobra es sabido que el catálogo de Libros del Asteroide roza lo impecable. Pero cuando imprimen un título de un autor como Maya Angelou, a mí, particularmente, se me hacen agua las manos.

La polifacética Marguerite Annie Johnson, quien fuera llamada “la más laureada de las poetas de color” en su momento, escribió su autobiografía en siete volúmenes, de los cuales el primero es el más conocido: Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado. En él, Maya cuenta en primera persona y recuperando una inocencia pueril que se va transformando en crudeza cómo fueron sus primeros años (concretamente hasta los 17, cuando da a luz a su hijo). La niña Marguerite creció en un pueblecito de Arkansas junto a su hermano Bailey, su abuela y su tío, en circunstancias de cambio. La yaya poseía una tiendecita y desde los ojos de los niños era un ser casi todopoderoso al que el resto de la comunidad (negra, por supuesto) respetaba. Sin embargo, la emancipación negra no había llegado tan lejos todavía, y los mayores conflictos internos de Maya antes de marcharse a California, se dan cuando experimenta en sus propias carnes el rechazo y el trato de superioridad de los niños blancos. La escritora cuenta cómo ella misma llega a aborrecer los comportamientos y las tradiciones de su raza: no acaba de comprender por qué se doblegan; tampoco le agradan los sermones ni la manera de vivir la religiosidad. «Éramos criadas, granjeros, mozos y lavanderas, y cualquier aspiración a algo superior era ridícula y presuntuosa».

Con sus padres separados, los hermanos Johnson viajan primero a San Luis y más tarde a California, donde Maya se instala definitivamente junto a su madre, a quien ambos tienen por una diosa tanto por su belleza como por su fuerza y descaro contra el mundo. Allí se desarrolla física (más bien poco) e intelectualmente, se instruye, comienza a trabajar, descubre diversas formas de discriminación tanto racial como sexual, tiene contacto con el mundo nocturno y con conceptos como el lesbianismo y finalmente descubre, cuando se entera de que va a ser madre, lo que es el verdadero miedo.

Como decía anteriormente, la narración es naive o parece serlo, porque Angelou no tiene miramientos a la hora de contar linchamientos a negros señalados por un dedo acusador, como tampoco los tiene cuando explica cómo el novio de su madre abusó de ella en repetidas ocasiones. Pero tampoco conoce el pudor y es explícita en cuanto a sus pensamientos acerca de todo lo que sucede o está por suceder a su alrededor. Las memorias de esta poeta, publicadas por primera vez entre 1969 y 2013, un año antes de su muerte, son un reflejo fiel y sin adornos de su evolución como mujer, pero también del tránsito a la emancipación del pueblo negro en los EEUU de principios del siglo XX.

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado
Maya Angelou (Libros del Asteroide, 2016)

Erratas encontradas: 2.

Patología o simple queja (puertadeHerakles #12)

El 12 de mayo asistimos puntuales a nuestra cita quincenal en Ravi Café. Aunque echamos de menos a algunos habituales en las sesiones del Puerta de Herakles, cumplimos con nuestro propósito, que no era otro que hablar de la lectura que nos había ocupado los últimos días: El lamento (o mal, según el gusto del traductorde Portnoy de Philip Roth. Antes de entrar en materia comentamos que las novelas propuestas a lo largo de este año parecen comunicarse entre ellas —no en vano se configuró una lista en octubre que hemos conseguido conservar casi intacta—. En este caso, se da al menos una similitud innegable: la del monólogo de Portnoy con aquel Zeno de Svevo.

Con la lectura caliente, puesto que algunos de los participantes recorrieron las últimas páginas justo antes de entrar al café, hablamos de lo sorprendente del final y, en general, del tono de la novela si se pone en contexto: si no escandalizó, al menos debió causar impacto. Sobre la mesa se destacan factores como la falta de pudor. De hecho, a lo largo de la narración se cambia de interlocutor con frecuencia: Portnoy habla a un doctor, a sí mismo o a su propia polla (con aparente voluntad propia), de un modo tan latente que el protagonista, propone Manuel, no es tanto Alexander como ésta.

Por supuesto, no nos pasa desapercibida la destreza de Roth al perfilar personajes con lo que se nos antojan, a primera vista, unas pocas pinceladas. Se ponen como ejemplos Mona, que es la antítesis —intelectual y social— de Alex en tanto en cuanto ella desea una vida acomodada y «normal», mientras él trata como puede de alejarse de los parámetros que se le imponen en su casa, su religión o su país; y de su madre. En este caso, Raúl expone que ella ejerce un rol de dominación sobre su hijo, por muchos detalles que aparecen sobre todo en la primera mitad de la novela. Yo apunto que el discurso es subjetivo y como tal, debería valorarse la posibilidad de que el retrato de este personaje esté manipulado por Portnoy para justificar las obsesiones que arrastra a la vida adulta, como ya sucedió con la mencionada novela de Svevo.

Sara dirigió el puntero hacia la figura del autor para señalar que, tal y como era de esperar, en El mal de Portnoy aparecen los pilares temáticos que se reflejan en gran parte de la bibliografía de Roth: el judaísmo y el sexo. Discutimos también acerca de la traducción del título, puesto que Portnoy’s Complaint ha sido trasladado al castellano, como señalábamos al principio, como El lamento de Portnoy o como El mal de Portnoy, sutil diferencia que, como bien indicó Ramón, puede condicionar el enfoque preliminar del lector a la hora de abordar la novela.

Queda pendiente para todo el grupo la versión cinematográfica, que data de 1972, aunque hay algunas reticencias a verla, dada la estructura narrativa, que roza lo caótico y salta de un recuerdo a otro sin un argumento definido. La propuesta, eso sí, queda lanzada.

El soldado asimétrico (Antonio Manuel)

soldadoEn una de las muchas ferias que se organizan con motivo del día del libro, me encontré hace unas semanas con un pequeño ejemplar que, nada más ver su título, llamó mi atención. Ese libro era  El sacrificio como acto poético, de Angélica Liddell. El motivo de esa llamada inmediata se debió a que acababa de terminar de leer El soldado asimétrico, de Antonio Manuel (Berenice, 2017) y el título de aquel libro podría ser la definición perfecta de esta novela. La historia se presenta como la relación amorosa que surge entre dos hombres: un soldado sin nombre ni pie izquierdo y el hombre que debe asesinar al general Francisco Franco en la final de fútbol de la Copa de las Naciones en 1964.

 Y no hay más verdad que la que uno quiere creerse por mentira que sea.

Después de leer la sinopsis del libro y adentrarse en las primeras páginas, el lector observará que poco o nada tiene que ver con lo que esperaba encontrar. Sería muy fácil pensar en el sexo homosexual o el amor furtivo entre dos hombres en tiempo de guerra, y la  morbosidad  lectora podría estar acechando detrás, para ver cómo termina esa «relación de dos». Pero el autor narra una  historia que va mucho más allá, siendo la relación carnal entre soldados lo menos importante.  Antonio Manuel plasma perfectamente la hipocresía del ser humano, la doble moral, las mentiras, el odio y el egoísmo que convierte al hombre en lo más inhumano y de mayor bajeza en la Tierra; todo esto desde el prisma y la percepción poética. Porque este es el pilar central en torno al que gira todo lo demás en la novela: la poesía.

También soy ateo. Y, sin embargo, creo en las vírgenes de escayola. En alguna parte tendré que depositar la basura que me sobra.

 El autor no se anda con ambages y relata la historia con un lenguaje duro y directo, utilizando frases cortas, muy cortas, sin apenas descripciones de lo que rodea al soldado sin nombre. A veces no son más que un par de palabras que dan la contundencia necesaria para conseguir plasmar esa crueldad alrededor de la cual se mueve el personaje. En otras ocasiones, sin embargo, la narración pasa a todo lo opuesto. Las descripciones se hacen detalladas: sensaciones, olores y el aspecto visual cobran gran relevancia para que el lector comparta mejor los momentos agradables, los conmovedores encuentros en los que a lo único que se aferran los personajes es a los sentimientos.

 Los capítulos son cortos, narrados en pasado en primera persona, pues el personaje está recordando todo lo que ha sucedido a lo largo de su vida. Inevitable acordarse de La conciencia de Zeno, de Svevo, pues igualmente asistimos al relato, de su propia boca, de la vida de un octogenario. El libro se lee de forma amena, lo que lleva al lector a continuar leyendo para averiguar el desenlace de la trama. Cierto es que llega un punto en la obra en el que la historia se hace un poco pesada, quizá por la cantidad de líneas abiertas o quizá debido a los saltos temporales en el relato que facilitan información al lector que, en ese momento, no sabrá cómo interpretar. En algún pasaje la historia se hace poco creíble, por lo enrevesado de la misma, y parecen existir demasiadas casualidades. Pero ya lo dice el personaje sin nombre: el ser humano es sus actos y sus pensamientos. Quizá exista la casualidad, o más bien sea cuestión de causalidad. Por pensar demasiado (y mal) en esos actos, podemos actuar tarde o no actuar. Después siempre estará la conciencia para recordárnoslo toda la vida, de ahí que, para aplacar un poco su mala conciencia, renuncie al amor de su vida a cambio de conservar la dignidad de un poeta, pues él hace tiempo que perdió la suya. Si algo caracteriza a este soldado sin nombre ni pie, es su vida, o más bien si “no vida”. Y ya se sabe que nuestra vida es la que es, una única verdad que no podemos cambiar; con lo que no debemos ser hipócritas con nosotros mismos. El personaje lo es, y esto le ha atormentado desde siempre. Nunca hizo lo que realmente quería, ya fuese deseo de su mente o de su corazón. Debe poner remedio a esto.

Aún más insoportable que la ignorancia es el exceso de conocimiento.

 El hombre es un animal de costumbres, o manías, y una de las mías es no dejar nunca un libro sin terminar, aunque me cueste seguir leyendo palabras. Y en esta ocasión me alegro (mucho) de ser maniático, porque de no serlo no hubiera acabado la lectura de esta novela que en sus últimas 30 páginas, de las 144 que tiene en total, consigue hilar a la perfección todo cuanto pudiera quedar pendiente de cerrar y no deja lugar a ninguna laguna o posible “error de guión”. Es en este momento cuando el lector se da cuenta de que todo lo anterior es necesario, incluso ese pequeño lapso más pesado de leer. Esto demuestra que no debemos juzgar un libro sin haberlo leído entero. Estamos ante una historia preciosa y horrible, de verdades y mentiras, de amor y odio, de complicidad y venganza; pero principalmente de amor llevado al límite a través de la poesía. Una lectura que no deja indiferente e invita a la reflexión.

 El soldado asimétrico
Antonio Manuel (Berenice, 2017)
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Visitantes en Ravi Café (puertadeHerakles #11)

Para celebrar que hace un par de semanas entrábamos en unas semanas de merecidas vacaciones, el pasado 7 de abril volvimos a reunirnos en el café Ravi con la intención de charlar sobre la novela Solaris de Stanislaw Lem. Una nueva sesión del club de lectura #puertadeHerakles.

Hubo poca discrepancia al respecto: Solaris es una novela de ciencia ficción que va mucho más allá del género de la ciencia ficción tradicional. Manuel lanzó la piedra que nos llevó a debatir sobre la dificultad de catalogar de forma precisa los diferentes géneros narrativos. Aunque Solaris está ambientada en otro planeta y la acción transcurre en una estación espacial,  todos coincidimos en que esta novela trata temas tan profundos como las dificultades de la comunicación, la convivencia o la delgada línea que separa la realidad de la imaginación así como la locura de la cordura. De ahí que, además de una novela de ciencia ficción, se la pueda considerar como psicológica y filosófica.

Egor apuntó la idea de que en la novela uno de los principales temas tratados, si no el principal de todos, es el de la dificultad o imposibilidad de comunicación. Centrado el debate en esta idea, a todos nos vino a la mente la reciente película La llegada, dirigida por Denis Villeneuve, en la que se trata este mismo asunto aunque quizá desde un punto de vista más naïf y efectista. También dieron mucho que hablar las diferentes adaptaciones cinematográficas de esta novela. Para la mayoría, la mejor de todas es la de Tarkowsky de 1972.

Por otro lado, Ramón comentó que otra de las bases principales sobre la que se sostiene toda la novela son las relaciones humanas. Esto enfocado desde diferentes perspectivas: tanto las relaciones que tiene el ser humano con los demás en la Tierra, como las relaciones que surgen entre los personajes de la novela, encerrados en una nave  prácticamente en soledad (pues apenas se ven unos a otros) pero con la capacidad de generar sentimientos hacia alguien que saben no es real. ¿Desde qué momento somos conscientes de que queremos realizar una acción mandada por nuestro cerebro? ¿Podemos controlar lo que queremos pensar, o es nuestro cerebro el que nos controla a nosotros? A los personajes les va a venir muy bien esta incomunicación para descubrirse y conocerse mejor a sí mismos.

Llegados a este punto surgió el intercambio de interpretaciones acerca del final de la novela. Creemos que los mimoides y los visitantes no son más que regalos de Solaris hacia sus nuevos habitantes, si bien estos no saben interpretarlo de este modo debido a esa incomunicación frustrante que les lleva a enloquecer. Como último tema a tratar todos coincidimos en que, aunque no se diga de forma explícita, el personaje principal, Kris, finalmente decide quedarse en el planeta; pues se da cuenta de que no hay nada a lo que temer.

Se habló de otras muchas cosas: el detalle en las descripciones, la información dada por el autor a través de los libros que lee el personaje, la maestría que tiene Lem para crear un ser extraterrestre saltándose los tópicos de la ciencia ficción,  la consideración del autor como el Borges de la scifi y otros y muy variados temas; pero finalmente la conversación se asentó en el tema del género y pasamos a hablar de Kurt Vonnegut, F.K. Dick o Ray Bradbury, lo cual nos llevó a una charla distendida que terminó con unas cervezas y el propósito de descubrir más obras de estos grandes autores. Pues como comentaba Ramón, aunque hasta no hace mucho el género estaba considerado como menor, Lem con Solaris hace alta literatura y lo sublima.

El cuaderno gris (Josep Pla)

cuaderno grisLa escritura memorialista no es precisamente la que más predicamento tiene en nuestra literatura. No así, dicen, sucede en las letras de otras lenguas, como las anglosajonas, donde gozan de una salud de hierro. No obstante, en las distintas lenguas peninsulares existen algunos ejemplos de excelente calidad. Me vienen de pronto a la cabeza los esfuerzos de Andrés Trapiello y, para no hablar solo de lo reciente, de Teresa de Jesús, en El libro de su vida, o del Diario de un artista seriamente enfermo de Jaime Gil de Biedma.

El año 1966 vio la luz el primer volumen de lo que iba a constituir la colección de las Obras completas de Josep Pla. Este primer volumen lo constituye el que quizá sea la obra maestra del dietario, de las memorias, escrito en España. Se trata de El Quadern Gris. En dicho volumen, Pla presenta, reelaboradas, reescritas, ordenadas y puestas al día, las anotaciones del dietario personal que había llevado durante los años 1918 y 1919.

No me había aproximado antes a la obra de Pla debido a un, ahora lo comprendo, estúpido prejuicio contra la ideología política del autor, tan alejado de la mía propia. Pero es quizá la incipiente madurez la que me ha llevado a dejar caer el velo de esas tonterías y a poder disfrutar (gozar, que diría Roland Barthes) de estas páginas.

No me he atrevido a leer la obra en su lengua original, que comprendo pero no lo suficiente como para adentrarme en ella con suficiente pertrecho. La edición que he leído es la traducción realizada en 1975 por Dionisio Ridruejo y por su esposa Gloria de Ros, asistidos por Josep Vergés, y editada por Destino, en su colección «Áncora y Delfín».

Lo que más llama la atención al leer este “diario” es la aparente frescura y juventud de la voz del narrador-memorialista. No en vano, la obra está elaborada a partir de los apuntes que el propio Josep Pla fue registrando, con esa diligencia de grafómano tan suya, durante los dos últimos años de la Gran Guerra. Pla y su familia, y su entorno, vivían alejados de la Guerra en su idílico entorno de Palafrugell, y luego de Barcelona, aunque sin poder darle la espalda del todo. Quizá debido a la influencia que el conflicto estaba teniendo en toda Europa, incluso en los países no beligerantes como España, en las páginas de El Cuaderno Gris se puede apreciar que el mundo está cambiando; lo que su mundo era antes y lo que es ahora —entonces—, es una constante en las páginas del Cuaderno.

La obra está formada, así, por un mosaico de muy diversos géneros: anécdotas familiares, retratos de costumbres, anécdotas, reflexiones diversas, partes meteorológicos (cuánta importancia tienen, comprensible en el entorno rural del principio del libro, los distintos vientos que soplan sobre Palafrugell), crónicas de sucesos, noticias venidas de más allá de su comarca, etcétera.

Es muy probable, no lo sé,  que los textos plasmados en el libro no se correspondan exactamente con la fecha bajo la que aparecen registrados. Tanto da. El Cuaderno Gris es, como todo buen libro de memorias, el fruto de una relectura por parte de su autor, de una profunda reelaboración y de una reescritura minuciosa. El fruto de todo ese trabajo es un libro de una lectura muy placentera, que se presta a volver a leer a fragmentos de tanto en tanto. Es un libro lleno de sabiduría y de reflexiones memorables. ¡Cuánta influencia no habrá en él de los Essais de Montaigne! Es un documento impagable para conocer un lugar, el Baix Ampordà, y una época, principios del siglo XX, que son trasunto de lo que podría estar sucediendo por esos años en tantos otros lugares de Europa donde los obuses no estuvieran silbando.

El cuaderno gris
Josep Pla (Destino, 1975)
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Bienvenidos al sur (puertadeHerakles #10)

Habían transcurrido varias semanas desde que, por circunstancias diversas, los porteros del héroe griego nos reunimos por última vez. El viernes pasado retomamos la tradición y el club #puertadeHerakles se sentaba de nuevo para hablar, en esta ocasión, de Sangre sabia, una de las dos novelas de la estadounidense Flannery O´Connor.

Como no podía ser de otro modo empezamos por comentar, a grandes rasgos, si nos había gustado o no la historia de Hazel Motes y aquí surgió el debate. Yo no tenía muy clara mi opinión debido a que creo que no es hasta bastante avanzada la mitad de la novela que no sucede nada interesante. A esto hay que sumarle el hecho de que me distraía bastante la cantidad de fallos gramaticales, y alguno ortográfico, que a lo largo de las páginas iba encontrando. Sara comenta que ella piensa que es algo intencionado para caracterizar la clase social y cultural de los personajes, ya que esto sólo se da en los diálogos y no en la parte narrativa. Esperanza coincide en que es cierto que aparecen esos fallos incluso más allá del diálogo, pues la autora utiliza un lenguaje desmañado con rasgos dialectales vulgares en los monólogos interiores y en un sentido indirecto. Este tipo de lenguaje le resulta más extraño en las traducciones que en los propios textos españoles; pero que no son fallos, sino el modo de transmitir la esencia de la zona en la que está ambientada la obra.

Y es que la acción de la novela transcurre en la América profunda del sur de Estados Unidos. Es aquí cuando Óscar comenta lo sencillo que es que en esta zona exista ese fanatismo religioso tan peculiar (y diverso) debido al aislamiento que provocan las grandes distancias, pues el eje de la historia es la crítica a la religión. El personaje principal, Hazel, es un fanático; en este caso de su propia religión, ya que promulga una sin Cristo, de ahí que todo sea una sátira.

Los personajes son muy variopintos, cada cual más raro y todos coincidimos, tal como comenta Esperanza, en que producen rechazo y no se salva ninguno. Peña comenta que el personaje de Enoch le recuerda a Rizzo, de la película Cowboy de medianoche. Enoch siempre está a la espera de que le pase algo importante porque su sangre se lo dice, pero nunca pasa nada; como sucede con las religiones. Una nueva crítica hacia las creencias en deidades. Es aquí cuando Ramón comenta que algunas historias le resultan familiares, como si ya las hubiese leído antes, a lo que Peña añade que muchos de los episodios de la novela son adaptaciones de los cuentos de la propia autora. Quizá por eso hay ratos en los que se da un exceso de palabrería sin que realmente cuente nada concreto e interesante. Algo así como lo que dice el personaje de Onnie en la página 141: «Ahí está, ese es el problema de los intelectuales, palabras, a montones, pero después, no concretáis nada.»

Entre todos llegamos a la conclusión de que Sangre sabia es otra crítica velada (o quizá no tanto) a la iglesia y a los muchos promulgadores de las distintas fes. Y con esta última reflexión llegamos al final de lo que dio de sí el taller en cuanto al libro respecta pues, como suele ser habitual, terminamos hablando de otros muchos temas adyacentes.

 

Tú no eres como las otras madres (Angelika Schrobsdorff)

Cuando una se enteró de que dos editoriales con un catálogo resplandeciente como son Periférica y Errata naturae estaban trabajando juntas en un mismo volumen, no pudo sino frotarse las manos y esperar con la impaciencia del niño que aguarda la Navidad. Tú no eres como las otras madres llegó a los estantes españoles en marzo de 2016, pocos meses antes del fallecimiento de su autora, Angelika Schrobsdorff, a los 88 años. Pero en estos tiempos en los que tanto se publica y tanto se vende para que apenas unas semanas más tarde los títulos se difuminen entre las listas hasta desaparecer por completo, tal vez haya que dar un pequeño margen de tiempo y ver, con algo de distancia, qué curva de repercusión dibuja cada libro.

Un año después de su publicación, las memorias de Schrobsdorff han pasado holgadamente de la décima edición. Veinticinco años después del momento de su escritura —y aún digo más, habiendo transcurrido casi un siglo desde los acontecimientos que narra—, es capaz todavía de remover conciencias. La escritora y actriz ofreció en Tú no eres como las otras madres un completo retrato de la suya, Else, enmarcado en el grueso del libro por los hechos más significativos del III Reich (si bien fueron limados del forzado dramatismo que en muchas ocasiones define a los textos de este tipo y tal vez por eso el efecto es más violento, si cabe). Y avalada por fragmentos e incluso cartas enteras de su familia y allegados, nos descubrió que fue una mujer, efectivamente, diferente a muchas otras. Crecida en el seno de una familia judía, Else Kirschner tuvo numerosos affaires, parió un hijo de cada uno de sus tres grandes amores y vivió cómoda y alocadamente más allá de los famosos veinte berlineses. Tanto fue así que, cuando comenzaron los problemas en el paraíso, su círculo de amistades no acababa de creerlo. La Else que su hija mejor recompuso a partir de los testimonios de quienes la conocieron tardó demasiado en darse cuenta de que la felicidad burguesa no es inmune a la estupidez humana, ni al poder en manos erradas, ni al despliegue bélico llegado el momento.

Tras el desfase, las fiestas, los romances y el ajetreado mundo cultural en su adorado Berlín, Else, caracterizada por ese temperamento arrebatado que la hacía irresistible, acabó siendo moldeada a base de dolor. Más por causa de sus dos hijas que por la suya, y con su primogénito en algún punto del mundo pero jamás concreto ni cercano, hubo de pasar los años más duros exiliada en Bulgaria, donde no acabarían tampoco de estar a salvo. Allí recibiría las peores noticias de su vida y a pesar de todo resistió, como tantos otros resistirían. Incluso se esforzó, en los últimos años, por hacer desaparecer el odio que había germinado en su garganta:

Infinitas veces me he imaginado el final de la guerra, el final de los nazis. Y, en efecto, ahora ha ocurrido lo que había soñado y ansiado con todas mis fuerzas. Y así como tú, me imaginaba cómo un día me vengaría, cómo me vengaría en todos aquellos que me ofendieron, me humillaron, me infligieron un mal tan terrible. Que me lo quitaron todo: hijo, madre, marido, patria (…). No obstante, quiero luchar contra el deseo de venganza y quiero dejar de odiar. Lo que quisiera es la paz y un poco de calma. Sólo suplico una cosa: dejar de tener miedo, no estar obligada a vivir en un país extranjero. Y, sobre todo, quisiera saber salvados a mis tres hijos, saberlos seguros, saberlos felices.

En un ejercicio de valentía y honestidad, pero sobre todo de justicia, la autora reconoció sobre el papel sus faltas: si Else repetía en numerosas misivas que no estaba siendo una buena madre y que no podía proteger a su prole de la barbarie, tampoco Angeli, testaruda y egoísta, muchas veces ignorante de las posibles consecuencias que sobre los demás tendrían sus actos, fue la mejor hija. Así lo escribió Elschen y así lo recogió, sin censura, Schrobsdorff.

Así lo publican dos de las mejores editoriales españolas en la actualidad y así, pues, debemos leerlo.

Tú no eres como las otras madres
Angelika Schrobsdorff (Periférica & Errata naturae, 2016)

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Eres hermosa (Chuck Palahniuk)

eres-hermosa-chuck-palahniuk-trabalibrosPenny ya no era virgen el día en que había conocido a Maxwell. Había tenido relaciones con unos cuantos chicos en la universidad. Pero siempre de uno en uno. Y sólo chicos. ¡Y nunca por detrás! No era ni una pervertida ni una guarra. (pág. 52)

De este modo nos presenta Palahniuk a Penny Harrigan, la protagonista de su última novela Eres hermosa (Random House, 2016). Una chica de pueblo que, con la intención de labrarse un futuro brillante, se traslada a Nueva York para trabajar en el despacho de abogados más prestigioso de Manhattan. Aunque empieza siendo la joven de los recados y la camarera de los capuccinos, Penny es una licenciada en derecho que aspira a convertirse en una importante y respetada abogada, obteniendo un poder y autoridad que trasciendan los roles de género. Sin embargo, lo que encontrará será una cita para cenar con C. Linus Maxell, CLIMAX, el hombre más rico y famoso del país, gran empresario del sector tecnológico con el cual, de manera fortuita, se cruzará en el despacho en el que trabaja. A partir de esta primera cita, Penny se verá inmersa en una relación con el mejor amante que jamás haya tenido, pues Maxwell está ultimando el lanzamiento al mercado de una línea de «productos de bienestar femenino» de la cual perfecciona detalles con Penny como beneficiaria del placer. Ella pronto descubrirá que la relación está exenta de cualquier tipo de sentimiento por parte de Max y que los juguetes sexuales que llegarán al mercado esconden algo más.

En esta ocasión, Palahniuk vuelve a escoger un tema cuanto menos complicado (como a él le gusta): el sexo o, mejor dicho, la masturbación femenina. Por momentos parece que se deja entrever a aquel autor de AsfixiaMonstruos invisiblesEl club de la lucha, si bien es cierto que tanto el tema como la crítica que a través de él se hace al gran consumo de masas podría haber dado mucho más de sí. En la primera parte del libro, pecando un poco de exceso en cuanto a tecnicismos anatómico-sexuales —aunque lo pueda parecer, esta novela no tiene nada que ver con 50 sombras de Grey (menos mal, si no, ya no sé qué podría haber pasado)—, Palahniuk es el autor mordaz, directo, de frases cortas y siempre crítico que conocimos hace años a través de sus primeros (y mejores) títulos. Es al avanzar en la lectura cuando descubrimos que no, que falta algo. La historia es muy buena, divertida y refleja perfectamente la sociedad en la que vivimos, siempre obsesionados con el consumo y aborregados por la publicidad, que ha adquirido gran relevancia en la vida diaria de todos nosotros. Sin embargo, la narración pasa a ser plana, sosa y simple.

Al finalizar la lectura, el lector se percata de que sí, de que es una novela entretenida, fácil de leer y muy actual en cuanto al asunto tratado, pero también se da cuenta de que no ha empatizado nada con ningún personaje. Es más, no puede imaginarse a ninguno de ellos ya que son personajes vacíos. Chuck los utiliza porque tienen que ser éstos los que hagan de nexo de unión entre los hechos y las acciones, pero cuenta muy poco de su día a día, sus pensamientos o sus personalidades (lo que cuenta lo hace con una narración ramplona y fría), con lo que los convierte en completamente olvidables nada más cerrar el libro. Llega un momento en el lector sólo estará pendiente de (y le interesará/recordará) lo que sucede, sin importar mucho a quién ni por qué.

Algo que siempre me ha gustado de las novelas de Palahniuk han sido sus finales, siempre sorprendentes (para bien o para mal) y con giros inesperados que cambian todo en el último momento, pero esta vez la cosa se le ha ido un poco de las manos y el final es cuanto menos inclasificable: ciencia-ficción, fantasía, o quizá una mezcla de ambas mezclada con una «ida de cabeza» que me ha decepcionado bastante. Estas cosas no le pasaban en sus inicios. Recordemos si no a Brandy Alexander o Tyler Durden.

Con Eres hermosa Palahniuk parece dejar claro que su estilo narrativo ha cambiado para siempre. Sigue siendo ese autor que aprovecha cualquier detalle para criticar a la sociedad americana en general, siempre con un humor ácido y mucha sátira, muy explícito e incisivo, pero ha perdido su toque personal. Así pues, los fans del autor disfrutarán de la novela (¿y les gustará?), pero si no se ha leído nada de él mejor empezar por cualquiera de sus cinco primeros libros.

Eres hermosa
Chuck Palahniuk (Random House, 2016)
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Muerde ese fruto (Aharon Quincoces)

QuincocesEl escritor Aharon Quincoces debutaba en la narrativa el pasado verano de la mano de Tolstoievski, una editorial contestana que apuesta por la honestidad, la transparencia y por encima de todo la literatura sin edulcorantes ni vaselina —entiéndanme, no hablo de amor, hablo del «cuanto más azúcar, más dulce» y de «esto es bueno pero lo que en realidad vende es lo otro» que construye pirámides de libros en las grandes superficies—. Muerde ese fruto, la segunda novela de esta colección, da crédito a estas palabras.

Casi acostumbrados ya a las historias de reencuentros de antiguos alumnos que parecen haberse puesto de moda, no extraña que el encargo que recibe el personaje principal (detonante, por cierto, del argumento) siga por esos derroteros. Andrés, periodista relegado al suplemento de fin de semana de un periódico, animal de costumbres hasta para las derrotas y recién abandonado por su novia, debe reencontrarse con su pandilla de la adolescencia y trazar una línea entre el entonces y el ahora, una especie de revival que inevitablemente ha de conllevar consecuencias nefastas. A su alrededor, un jefe ascendente, parroquianos de bar que comparten su rutina, una puta, algunos yonquis, y un puñado de novias fantasmas completan el elenco.

A medida que pasa las páginas, el lector puede suponer no sólo que la novela es una suerte de distopía, sino que además puede imaginar Ciudad envuelta por una estética ciberpunk en la que la publicidad proyectada en la fachada de los imponentes edificios contrasta con la realidad a ras de suelo. No en vano desfila por ella una nómina de personajes en cierto modo estrafalarios, dependientes en su mayoría del consumo de sustancias psicotrópicas o directamente farmacéuticas y suceden cosas como que un edificio se derrumbe a causa de una reunión clandestina de suicidas. No es el caso, sin embargo. Ciudad es «todas las ciudades en una sola. (…) [U]n desafío narrativo», explica el autor, y es indudablemente cierto. Las miserias no difieren tanto de las que puedan encontrarse en los barrios menos afortunados de Barcelona, Turín o Belfast, sino más bien al contrario. El deseo de aparentar, de vivir de acuerdo con unas exigencias sociales o sencillamente de sentir algo diferente al vacío arrastra al ser humano hasta las peores alcantarillas. Y para comprobar esto no hay que inventar un futuro desolador: hay que abrir las ventanas.

Los numerosos diálogos coloquiales, casi transcritos de la calle, entre los que se cuelan préstamos lingüísticos del inglés o el francés, encuentran su contrapunto en algunas reflexiones profundas y argumentadas con solidez sobre cuestiones como la frivolidad o la manipulación por parte de los medios informativos. La escalada de puestos laborales a base de enchufes o polvos y la hipocresía primermundista de las organizaciones que pretenden salvar (entre muchas comillas) a los habitantes de los países en eso que aquí llamamos «vías de desarrollo» cuentan también con su merecido espacio en Muerde ese fruto. Puede hablarse, pues, de un estilo equilibrado y de un argumento que, cuando llega de verdad a la carne, se desvanece como el humo de los coches en cualquier urbe.

Este sorprendente debut de Quincoces es, por muchos motivos, un atrevimiento por parte de autor y editor. Justo lo que esperábamos de Tolstoievski quienes supimos de su nacimiento a principios de 2016. Queda aguardar a ver si la siguiente novela de este autor, ya en marcha, resuelve algunas de las dudas existenciales que quedan en el aire tras la lectura de su primer título.

Muerde ese fruto
Aharon Quincoces (Tolstoievski, 2016)

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