El soldado asimétrico (Antonio Manuel)

soldadoEn una de las muchas ferias que se organizan con motivo del día del libro, me encontré hace unas semanas con un pequeño ejemplar que, nada más ver su título, llamó mi atención. Ese libro era  El sacrificio como acto poético, de Angélica Liddell. El motivo de esa llamada inmediata se debió a que acababa de terminar de leer El soldado asimétrico, de Antonio Manuel (Berenice, 2017) y el título de aquel libro podría ser la definición perfecta de esta novela. La historia se presenta como la relación amorosa que surge entre dos hombres: un soldado sin nombre ni pie izquierdo y el hombre que debe asesinar al general Francisco Franco en la final de fútbol de la Copa de las Naciones en 1964.

 Y no hay más verdad que la que uno quiere creerse por mentira que sea.

Después de leer la sinopsis del libro y adentrarse en las primeras páginas, el lector observará que poco o nada tiene que ver con lo que esperaba encontrar. Sería muy fácil pensar en el sexo homosexual o el amor furtivo entre dos hombres en tiempo de guerra, y la  morbosidad  lectora podría estar acechando detrás, para ver cómo termina esa «relación de dos». Pero el autor narra una  historia que va mucho más allá, siendo la relación carnal entre soldados lo menos importante.  Antonio Manuel plasma perfectamente la hipocresía del ser humano, la doble moral, las mentiras, el odio y el egoísmo que convierte al hombre en lo más inhumano y de mayor bajeza en la Tierra; todo esto desde el prisma y la percepción poética. Porque este es el pilar central en torno al que gira todo lo demás en la novela: la poesía.

También soy ateo. Y, sin embargo, creo en las vírgenes de escayola. En alguna parte tendré que depositar la basura que me sobra.

 El autor no se anda con ambages y relata la historia con un lenguaje duro y directo, utilizando frases cortas, muy cortas, sin apenas descripciones de lo que rodea al soldado sin nombre. A veces no son más que un par de palabras que dan la contundencia necesaria para conseguir plasmar esa crueldad alrededor de la cual se mueve el personaje. En otras ocasiones, sin embargo, la narración pasa a todo lo opuesto. Las descripciones se hacen detalladas: sensaciones, olores y el aspecto visual cobran gran relevancia para que el lector comparta mejor los momentos agradables, los conmovedores encuentros en los que a lo único que se aferran los personajes es a los sentimientos.

 Los capítulos son cortos, narrados en pasado en primera persona, pues el personaje está recordando todo lo que ha sucedido a lo largo de su vida. Inevitable acordarse de La conciencia de Zeno, de Svevo, pues igualmente asistimos al relato, de su propia boca, de la vida de un octogenario. El libro se lee de forma amena, lo que lleva al lector a continuar leyendo para averiguar el desenlace de la trama. Cierto es que llega un punto en la obra en el que la historia se hace un poco pesada, quizá por la cantidad de líneas abiertas o quizá debido a los saltos temporales en el relato que facilitan información al lector que, en ese momento, no sabrá cómo interpretar. En algún pasaje la historia se hace poco creíble, por lo enrevesado de la misma, y parecen existir demasiadas casualidades. Pero ya lo dice el personaje sin nombre: el ser humano es sus actos y sus pensamientos. Quizá exista la casualidad, o más bien sea cuestión de causalidad. Por pensar demasiado (y mal) en esos actos, podemos actuar tarde o no actuar. Después siempre estará la conciencia para recordárnoslo toda la vida, de ahí que, para aplacar un poco su mala conciencia, renuncie al amor de su vida a cambio de conservar la dignidad de un poeta, pues él hace tiempo que perdió la suya. Si algo caracteriza a este soldado sin nombre ni pie, es su vida, o más bien si “no vida”. Y ya se sabe que nuestra vida es la que es, una única verdad que no podemos cambiar; con lo que no debemos ser hipócritas con nosotros mismos. El personaje lo es, y esto le ha atormentado desde siempre. Nunca hizo lo que realmente quería, ya fuese deseo de su mente o de su corazón. Debe poner remedio a esto.

Aún más insoportable que la ignorancia es el exceso de conocimiento.

 El hombre es un animal de costumbres, o manías, y una de las mías es no dejar nunca un libro sin terminar, aunque me cueste seguir leyendo palabras. Y en esta ocasión me alegro (mucho) de ser maniático, porque de no serlo no hubiera acabado la lectura de esta novela que en sus últimas 30 páginas, de las 144 que tiene en total, consigue hilar a la perfección todo cuanto pudiera quedar pendiente de cerrar y no deja lugar a ninguna laguna o posible “error de guión”. Es en este momento cuando el lector se da cuenta de que todo lo anterior es necesario, incluso ese pequeño lapso más pesado de leer. Esto demuestra que no debemos juzgar un libro sin haberlo leído entero. Estamos ante una historia preciosa y horrible, de verdades y mentiras, de amor y odio, de complicidad y venganza; pero principalmente de amor llevado al límite a través de la poesía. Una lectura que no deja indiferente e invita a la reflexión.

 El soldado asimétrico
Antonio Manuel (Berenice, 2017)
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Apuntes sobre Caídas (Teresa Soto)

Si cada libro tiene su momento, no había mejor regalo en el último mes que el que Alba Ceres puso en mis manos: un poemario cuadrado y florecido. Caídas es el cuarto título que firma Teresa Soto, después de haber ganado el premio Adonais con Un poemario (Rialp, 2008) y de haber publicado también Erosión en Paisaje  y Nudos.

Formado por dos partes bien delimitadas, este último trabajo de la poeta asturiana es un recorrido por el duelo, explícito en cuanto al ajeno y mucho más comedido en lo propio. La que abre el libro, «El Dorado», hace referencia a un viaje real, en concreto a un punto geográfico existente (el parque californiano), si bien está plagado de la semántica del oro y su simbología, en ocasiones falsa, de esperanza y cambio: «voy a ti / para sanarte del oro / para cuidar la pérdida / abrazar tu exilio».

Esta intención de cuida atraviesa cada una de las páginas, tal vez con menos ternura en la segunda sección, que nomina el total. En ella aparecen la rabia, el gesto violento para demostrar que queda vida (y cómo acogerlo desde fuera, aprobarlo incluso), pero también el abandono de «la lucha de sí mismo hacia las alturas [que] es suficiente para llenar el corazón del hombre» de la que habla Camus en El mito de Sísifo, la rendición ante lo innegable y el posterior descanso:

Y entonces empujar
la gran piedra ladera abajo.
Que caiga.
Un golpe seco,
no fácil,
que duele en las manos.
Luego, el cuerpo aliviado,
arrojado hacia atrás:
la misma fuerza del empuje,
inyectada de vuelta:
fuerza contra fuerza.

A pesar de esta intención de cuidar al (más) doliente, de tratar de dar respuestas a quien pena, los poemas con los que Soto compone este libro son en muchas ocasiones preguntas, llamadas al ausente («Hace falta saber / que no habrá más pérdidas. / Que no me faltarás / nunca. / ¿Qué paraíso me invento / para retenerte siempre?»); de posicionamiento, en definitiva, en el duelo propio.

Lleno de heridas, de dolores, de huecos que rellenar con algo que no sea falta, están estas caídas. Pero también de rodillas obstinadas que empujan el cuerpo hacia arriba de nuevo, de asumir el hueco y habitarlo (y habitar hermosamente al otro) como refugio. Y si en versos en apariencia sencillos condensa Soto el duelo, hace lo propio con lo más simple y obvio, lo que nunca llegamos a decir en voz alta: «Agradecida / celebro / que aún hay / vida».

Caídas
Teresa Soto (incorpore, 2016)
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Prosas reunidas (Wisława Szymborska)

SzymborskaA día de hoy casi siente uno pudor de admitir que le gusta y admira la poesía de la polaca Szymborska, de tan extendida como está esta opinión en nuestro país. Sin embargo, no puedo más que repetirlo: me gusta esta mujer. Me cae bien; incluso en las fotos que conozco de ella me resulta simpática. El libro que hoy nos ocupa no ha hecho más que acrecentar esta opinión.

En esta ocasión no se trata de poesía. En Prosas reunidas, se recogen cientos de artículos publicados a lo largo de unos 40 años y previamente agrupados en tres colecciones: Lecturas no obligatorias, Otras lecturas no obligatorias y Más lecturas no obligatorias. En ellos, Szymborska comenta lecturas de lo más variopinto, desde novelas clásicas de todas las latitudes hasta catálogos de papel de pared (la autora se encarga de dejar claro en el prólogo que no debemos esperar reseñas al uso). Nada más heterogéneo que estas lecturas, de las que se sirve para hablarnos de sí misma, de sus pensamientos y de sus intereses, como una de las últimas seguidoras de la estela de Montaigne, de quien en varias ocasiones manifiesta su admiración.

Estoy leyendo porque desde pequeña me produce placer acumular saberes innecesarios. (p. 33)

Llegado el caso de tener que resumir este extenso volumen de casi 600 páginas en un solo lema, este sería el de «el placer de leer». En este sentido, no he podido evitar pensar en otra ilustre lectora, Helene Hanff, con la que Szymborska comparte el amor por los libros, si bien sus gustos son mucho menos restrictivos que los de la estadounidense.

El libro destila humor en cada página. Cuando reseña algún libro que contiene elementos narrativos, despliega el argumento de este con un estilo muy cercano a la oralidad, como quien le cuenta una anécdota a un amigo (vid. pp. 293-294). Eso no le impide criticar con dureza aquellos que no le gustan o con los que no está de acuerdo:

Y aún otro disgusto: la traducción del libro es horrorosa. La autora parece no darse cuenta en ningún momento de que la sintaxis polaca y la alemana son diferentes (p. 231).

Ahora que sale el tema, en todos y cada uno de los libros reseñados hace mención del traductor, cosa nada habitual.

Personajes históricos, libros de cocina, textos literarios, muchos libros sobre animales y plantas, catálogos. El volumen está poblado de libros de toda índole. Quisiera destacar una de las reseñas que aparecen cerca del principio, el titulado «Pasar página» (p. 55), que en realidad es una exquisita (aunque no esté yo de acuerdo con algunos aspectos de la traducción) felicitación de Año Nuevo, bajo el disfraz de una enumeración de todo lo que se puede uno encontrar en el reverso de las hojas de un calendario.

En conclusión, estas Prosas reunidas de Wislawa Szymborska deparan horas de muy entretenida lectura, durante las cuales no podemos sino pensar con agrado en esa mujer menuda, de sonrisa pícara y agradable, con cuya poesía ya habíamos disfrutado tanto. Una lectura muy recomendable de la mano de la editorial Malpaso.

Prosas reunidas
Wisława Szymborska (Malpaso, 2017)
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decir vivo a quién (Danielle Collobert)

collobertCuando Kokoro emprendió su viaje como editorial después de su andadura como revista imprescindible para aquellos que buscábamos voces distintas a las mismas selecciones de siempre, lo hizo con dos títulos. De uno, Luciérnaga, ya hablamos en su momento. El otro era una antología bilingüe de Danielle Collobert, titulada en castellano decir vivo a quien, que parte del primer volumen de sus obras que recogió P.O.L. Éditeur en 2004.

De esta autora no se sabe mucho: nació en un pueblo de Bretaña, formó parte del FLN, sus textos fueron rechazados alguna vez, escribió algunas obras para radio, se suicidó el día de su cumpleaños (paradójicamente después de publicar con prisas Survie). Tampoco contiene el volumen que nos ocupa mayores aclaraciones con respecto a este personaje. Comenta en la nota introductoria Antonio F. Rodríguez, uno de los responsables de Kokoro y el traductor de la antología, que creen «que la fuerza de estos textos es su despojamiento». Y tienen razón. Por eso los presentan limpios, como los habría querido Collobert: sencillamente el verbo contra la página.

Los textos contenidos en decir vivo a quién pertenecen a Meurtre (1964), Dire I y II (1972), Il donc (1976) y Survie (1978). Mientras que en Asesinato nos enfrentamos a piezas en prosa, en esta muestra —primera y prácticamente textual traducción de Collobert al castellano, por cierto— el lector puede observar cómo la escritora fuerza la descomposición del lenguaje, lo limpia como se retiran de la granada las tastanas para dejar sólo el fruto, que sangra y mancha pero es puro. Comentaba Alba Ceres, autora del Luciérnaga mencionado antes, que «es increíble cómo los poemas se depuran conforme el libro avanza, cómo van de la carne al hueso, del hueso a la médula».

En este viaje cobran especial importancia el cuerpo, metamorfoseado de manera constante («je deviens soif, uniquement, totalement»), desarmado incluso de nombre; la voz que quiere ser grito y sin embargo se diluye, se desconoce; pero también el miedo, el dolor y la muerte en sus formas más esenciales, primitivas, que arrastran al lector. Y, por supuesto, la palabra, el medio para coser estos conceptos a lo largo de las páginas y convertir el conjunto tanto en una única obra como en una obra única.

dire
n’arrive pas à dire
rien n’échappe plus
enfermé
tout es clos
attente
fin
se termine
s’achève peu à peu
les derniers jeux
derniers mots liés de sens
l’espace autor – l’instant là
rien n’échappe
finit là
achève de se séparer en mots
disloqué
se raréfie
n’essaie plus
sans effort – résistance
laisse aller
ce qui continue
vague détresse
douleur – atténue
limite précise de l’immobile
le terme
mesure précise du parcours
limité
les restes – émiettements
parole broyée
se fige
non – vidée de l’intérieur
les mots tendus sur rien
support rétréci – ramassé
aspiré au-dedans
apparence de dureté – osseuse
soutient compact – se désagrège
destruction – terreur*

No resta, en realidad, decir nada. Vale más recurrir de nuevo a la cita extraída de la nota que introduce el volumen: la «experiencia Collobert» sólo puede vivirse leyéndola.

decir vivo a quién
Danielle Collobert (Kriller71-Kokoro, 2017)
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* decir / no logra decir / nada escapa / encerrado / todo cercado / espera / fin / se termina / culmina poco a poco / los últimos juegos / últimas palabras con sentido / el espacio en derredor – el instante ahí / nada escapa / el cuerpo ahí / acaba ahí / termina por separarse en palabras / desmembrado / se enrarece / deja de probar / sin esfuerzo / resistencia / deja ir / lo que continúa / vago desamparo / dolor – atenúa / límite preciso de lo inmóvil / el término / medida precisa del recorrido / limitado / los restos – desmenuzamiento / palabra molida / se fija / no – vaciada en su interior / las palabras tendidas sobre nada / soporte encogido – condensado / aspirado dentro / apariencia de dureza – ósea / apoyo compacto – se disgrega / destrucción – terror

Ser el canto (Vicente Gallego)

Ser el cantoEs evidente que toda la literatura en lengua española no es, ni mucho menos, literatura mística; y por obvio, tampoco toda la literatura mística lo es en lengua española, si bien es una de las lenguas en las que se han escrito algunos de sus textos más famosos. De igual modo, si bien la mística supone en su origen el intento de los poetas por expresar su experiencia directa de la divinidad, no siempre esa divinidad es equiparable al dios de ninguna de las grandes religiones monoteístas.

Dicho todo esto, creo que no yerro al afirmar que el poemario del poeta valenciano Vicente Gallego Ser el canto no es ni más ni menos que un bello fruto reciente dentro de la corriente de poesía mística que tan buena fortuna ha tenido en nuestra lengua. Hoy, la expresión del acercamiento a la totalidad no necesita de deidad alguna. En este libro, Gallego canta al encuentro con la naturaleza, con la existencia en sí misma, con todos los seres que la conforman.

El poemario está formado por cincuenta cantos. Poemas de una preciosa factura técnica, de verso medido con cuidado (casi exclusivamente heptasílabos y endecasílabos), que en ningún momento devienen en arte frío ni en anacronismo, desmintiendo la idea muy extendida de que la poesía actual vive de espaldas a la tradición. Su lenguaje, en apariencia sencillo, forma imágenes de una belleza plástica en ocasiones apabullante:

Muy lavando de pájaros, a vueltas
de pétalos y pólenes, el cuerpo
se derramó en la tierra,
fue quebrado en la fe de lo radiante.
(Canto IX)

Al igual que en los poemas de Juan de la Cruz, de Ramon Llull o de Shelomo Ibn Gabirol, Vicente Gallego canta al Amor, no al amor concreto, minimizado a un solo ser, sino al hecho mismo de amar:

Es todo tan sencillo, es lo de siempre:
entra el amor en uno y siente uno
que lo hace como Pedro por su casa,
(Canto XLIX)

Canta igualmente a la belleza, a la evidencia de que la naturaleza carece de plazos y de que solamente el presente es real:

Canto lo irremediable,
lo que se hace presente en el presente,
canto el olvido y canto
del olvido el olvido; de la muerte
la grandísima muerte.
(Canto XLVI)

Antonio Moreno, dedicatario del libro y autor del texto de la contraportada, duda que estos poemas sean en realidad poesía mística («¿Poesía mística? Solamente poesía. Vibrante, honesta, sabia poesía»). En realidad, es cierto. Poco importa si en los versos de Ser el canto tiembla la necesidad de expresar aquello para lo que, según Gerardo Diego, el lenguaje es insuficiente. No desdiría nada si así fuera de la enorme calidad de estos poemas, de la belleza con la que su autor los cincela.

Ser el canto
Vicente Gallego (Visor, 2016)
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Tú no eres como las otras madres (Angelika Schrobsdorff)

Cuando una se enteró de que dos editoriales con un catálogo resplandeciente como son Periférica y Errata naturae estaban trabajando juntas en un mismo volumen, no pudo sino frotarse las manos y esperar con la impaciencia del niño que aguarda la Navidad. Tú no eres como las otras madres llegó a los estantes españoles en marzo de 2016, pocos meses antes del fallecimiento de su autora, Angelika Schrobsdorff, a los 88 años. Pero en estos tiempos en los que tanto se publica y tanto se vende para que apenas unas semanas más tarde los títulos se difuminen entre las listas hasta desaparecer por completo, tal vez haya que dar un pequeño margen de tiempo y ver, con algo de distancia, qué curva de repercusión dibuja cada libro.

Un año después de su publicación, las memorias de Schrobsdorff han pasado holgadamente de la décima edición. Veinticinco años después del momento de su escritura —y aún digo más, habiendo transcurrido casi un siglo desde los acontecimientos que narra—, es capaz todavía de remover conciencias. La escritora y actriz ofreció en Tú no eres como las otras madres un completo retrato de la suya, Else, enmarcado en el grueso del libro por los hechos más significativos del III Reich (si bien fueron limados del forzado dramatismo que en muchas ocasiones define a los textos de este tipo y tal vez por eso el efecto es más violento, si cabe). Y avalada por fragmentos e incluso cartas enteras de su familia y allegados, nos descubrió que fue una mujer, efectivamente, diferente a muchas otras. Crecida en el seno de una familia judía, Else Kirschner tuvo numerosos affaires, parió un hijo de cada uno de sus tres grandes amores y vivió cómoda y alocadamente más allá de los famosos veinte berlineses. Tanto fue así que, cuando comenzaron los problemas en el paraíso, su círculo de amistades no acababa de creerlo. La Else que su hija mejor recompuso a partir de los testimonios de quienes la conocieron tardó demasiado en darse cuenta de que la felicidad burguesa no es inmune a la estupidez humana, ni al poder en manos erradas, ni al despliegue bélico llegado el momento.

Tras el desfase, las fiestas, los romances y el ajetreado mundo cultural en su adorado Berlín, Else, caracterizada por ese temperamento arrebatado que la hacía irresistible, acabó siendo moldeada a base de dolor. Más por causa de sus dos hijas que por la suya, y con su primogénito en algún punto del mundo pero jamás concreto ni cercano, hubo de pasar los años más duros exiliada en Bulgaria, donde no acabarían tampoco de estar a salvo. Allí recibiría las peores noticias de su vida y a pesar de todo resistió, como tantos otros resistirían. Incluso se esforzó, en los últimos años, por hacer desaparecer el odio que había germinado en su garganta:

Infinitas veces me he imaginado el final de la guerra, el final de los nazis. Y, en efecto, ahora ha ocurrido lo que había soñado y ansiado con todas mis fuerzas. Y así como tú, me imaginaba cómo un día me vengaría, cómo me vengaría en todos aquellos que me ofendieron, me humillaron, me infligieron un mal tan terrible. Que me lo quitaron todo: hijo, madre, marido, patria (…). No obstante, quiero luchar contra el deseo de venganza y quiero dejar de odiar. Lo que quisiera es la paz y un poco de calma. Sólo suplico una cosa: dejar de tener miedo, no estar obligada a vivir en un país extranjero. Y, sobre todo, quisiera saber salvados a mis tres hijos, saberlos seguros, saberlos felices.

En un ejercicio de valentía y honestidad, pero sobre todo de justicia, la autora reconoció sobre el papel sus faltas: si Else repetía en numerosas misivas que no estaba siendo una buena madre y que no podía proteger a su prole de la barbarie, tampoco Angeli, testaruda y egoísta, muchas veces ignorante de las posibles consecuencias que sobre los demás tendrían sus actos, fue la mejor hija. Así lo escribió Elschen y así lo recogió, sin censura, Schrobsdorff.

Así lo publican dos de las mejores editoriales españolas en la actualidad y así, pues, debemos leerlo.

Tú no eres como las otras madres
Angelika Schrobsdorff (Periférica & Errata naturae, 2016)

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La gran adicción (Enric Puig Punyet)

El siglo XIX, con su idealismo liberal, estaba convencido de ir por el camino recto e infalible hacia «el mejor de los mundos». Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, hambrunas y revueltas, como a un tiempo en que la humanidad aún era menor de edad y no lo bastante ilustrada.

Stefan Zweig

la gran adicción - internetAlgo parecido, a tenor de nuestro comportamiento, podría decirse que le sucede a este «fin de la historia» al que frenéticamente hemos ido a hundirnos y entregar lo mejor de nosotros. Hemos alcanzado —diríamos ufanamente— la mayoría de edad y colocamos nuestra enseña en la cumbre de la era digital. Si el siglo pasado veía desarrollarse una trepidante carrera espacial, la meta del presente lo es el manejo simultáneo de múltiples plataformas digitales y el hombre se ve abocado a la lucha por la supremacía del más influencer. Y, en sus antípodas, claro está, se sitúa el exconectado, el anacoreta digital. Ese otro individuo cuya existencia ponemos razonablemente en duda, porque ¿cómo va a ser posible vivir al margen, no, de espaldas a internet?

La respuesta a una pregunta similar es lo que intenta elaborar Enric Puig Punyet a lo largo de las páginas de La gran adicción, duodécimo título publicado por Arpa, editorial-trinchera donde muchos nos escudamos en busca de libros que conviertan la reflexión en un ejercicio crítico. Puig Punyet desarrolla su actividad en diferentes ámbitos, desde la filosofía al comisariado artístico, lo que se presta bien a la amalgama y a la generación apriorística de altas expectativas. En esta ocasión esgrime un discurso divulgativo sobre la base de una investigación que, más desde la sociología que desde la filosofía pura, se articula en la descripción de casos que apuntan una posible respuesta.

Sin embargo, para entender la necesidad de preguntarse por la viabilidad de vivir sin internet es necesario antes saber por qué iba uno a querer hacerlo. Y para ello es mejor empezar por el final. Es en «Enric y la muerte del autor» y en un breve «FAQ» que sirve para capitular y dar cierre a la obra donde desarrollan las bases teóricas que permiten comprender la necesidad de poner el foco sobre aquellos individuos que se han alejado de lo virtual y han decidido volver a un mundo analógico (o, en algunos casos, los de aquellos más jóvenes, construirlo ex nihilo). Lejos de presentar internet como una herramienta neutra que, dependiendo del uso, crea o destruye, Enric Puig Punyet revela la faceta ideológica que condiciona y coacciona al individuo desde sus comienzos (o, al menos desde el comienzo de su era 2.0 y sus sucesivas perversiones). Y, más aún, lo usa para sus propios fines.

De ahí se deriva que no se conforme con un término medio y haya presentado casos de desconexión total, en lugar de una racionalización de su uso (miento, hay un caso de desconexión parcial: el suyo). Casos, como indica en el prólogo, de éxito. De individuos en su mayoría nativos digitales que encontraron en un modus vivendi analógico la única forma de conectar de verdad con su entorno. Algunos casos son extremos (llama la atención un adolescente que pide a sus padres que no contraten internet o un músico que subvierte la necesidad de estar constantemente presente en las plataformas digitales para relanzar su carrera), pero lo son, también en palabras del autor, porque el otro discurso tiene suficientes adeptos y es necesaria la radicalización para encontrar un punto intermedio.

En su mayoría, se trata de ejemplos urbanos, aunque también tiene cabida el de una pareja seducida por el mundo neorrural, donde también se produce un cambio de perspectiva laboral. Son en total diez testimonios que, desde lo laboral al terreno amoroso, desde la dosificación de sustancias adictivas a la vorágine de adicción del teléfono móvil, se convierten en vértices que ayudan a dibujar la problemática que se cierne en torno a un mundo, el nuestro, que parece ser el centro de una distopía, pero también vértices que sirven para ver más allá y mirar al otro lado, donde la vida comienza.

La gran adicción
Enric Puig Punyet (Arpa, 2016)

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Luciérnaga (Alba Ceres)

LuciérnagaLa pregunta de para qué están los textos críticos cuando existe el poema cobra una especial relevancia ante el verso esencial que cruza Luciérnaga con la solidez del filo del cuchillo. La poesía de Alba Ceres —nos dicen, sabemos— permite entenderse como respuesta a una desafortunada declaración de Susan Sontag acerca de la literatura y el cáner. Sí, se puede escribir sobre la enfermedad que acecha en la laguna de Lerna, pero ese nivel de lectura, por sí solo, no agota los significados que resuenan en un poemario como el que aquí me ocupa.

Luciérnaga se estructura en cuatro partes precedidas por cuatro fundidos fundidos en negro que hacen las veces de pórticos. Sobre el negro, tres poetas japoneses presentan las luciérnagas que guían al lector a lo largo del libro. Las luciérnagas o, más específicamente, acaso el viaje de una única luciérnaga que se enfrenta a la pérdida y al proceso de reconstrucción de un yo mutilado cuya memoria, lejos de ajar, por fin crea. Esto último, que sin duda es un lugar común (aunque intento utilizar «lugar común» en el sentido menos estereotipado de la expresión), gracias al trabajo de artesanía realizado por la autora deja una huella imborrable.

Hay en estos textos un aliento poético que se contrae en el verso —pulido, reducido al mínimo indispensable para llenar el vacío— y se expande como lo hace el dolor en las tres primeras secciones, pero también como el abrazo o la calidez de la música hacia el final del libro, en la cuarta sección. Podría hablarse no tanto de secciones como de movimientos, dada la capacidad expresiva que sostiene el vuelo de esta Luciérnaga, aunque, en cualquier caso, secciones o movimientos son difíciles de acotar. Los dos primeros, precedidos por citas de Issa Kobayashi, también los más duros (necesariamente hostiles con el lector), reflejan el proceso de enfermedad, muerte y consiguiente orfandad. Un duelo que se extiende hasta la forma de concebir el lenguaje, donde la voz poética retorna al origen y se vuelve infancia («mamahija / mamadentro / mamaún a / tiempo / de nutrir») u onomatopeya. En la segunda mitad, encontramos primero, como anticipa Masaoka Shiki, una realidad gélida («no tiembla la voz del cartero»), pero también comienza la fase de asimilación del duelo hasta convivir con él («sin tu / cuerpo / soy ¿tu / caja de / resonancias?»), aunque todavía no exento de culpa. Por ultimo, el libro se cierra con un regreso (lo abre un homérico Taneda Santôka), una luz luciérnaga que llena los espacios «y es / reposo».

Cuando el lector llega a la última página una suerte de clama rompe con la tensión acumulada y podemos al fin comenzar a asumir y comprender, un proceso que gana consistencia con las sucesivas relecturas, como si Alba nos atrajera con este poemario a la evolución de su propio aprendizaje.

Luciérnaga
Alba Ceres (Kriller71-Kokoro, 2017)
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Muerde ese fruto (Aharon Quincoces)

QuincocesEl escritor Aharon Quincoces debutaba en la narrativa el pasado verano de la mano de Tolstoievski, una editorial contestana que apuesta por la honestidad, la transparencia y por encima de todo la literatura sin edulcorantes ni vaselina —entiéndanme, no hablo de amor, hablo del «cuanto más azúcar, más dulce» y de «esto es bueno pero lo que en realidad vende es lo otro» que construye pirámides de libros en las grandes superficies—. Muerde ese fruto, la segunda novela de esta colección, da crédito a estas palabras.

Casi acostumbrados ya a las historias de reencuentros de antiguos alumnos que parecen haberse puesto de moda, no extraña que el encargo que recibe el personaje principal (detonante, por cierto, del argumento) siga por esos derroteros. Andrés, periodista relegado al suplemento de fin de semana de un periódico, animal de costumbres hasta para las derrotas y recién abandonado por su novia, debe reencontrarse con su pandilla de la adolescencia y trazar una línea entre el entonces y el ahora, una especie de revival que inevitablemente ha de conllevar consecuencias nefastas. A su alrededor, un jefe ascendente, parroquianos de bar que comparten su rutina, una puta, algunos yonquis, y un puñado de novias fantasmas completan el elenco.

A medida que pasa las páginas, el lector puede suponer no sólo que la novela es una suerte de distopía, sino que además puede imaginar Ciudad envuelta por una estética ciberpunk en la que la publicidad proyectada en la fachada de los imponentes edificios contrasta con la realidad a ras de suelo. No en vano desfila por ella una nómina de personajes en cierto modo estrafalarios, dependientes en su mayoría del consumo de sustancias psicotrópicas o directamente farmacéuticas y suceden cosas como que un edificio se derrumbe a causa de una reunión clandestina de suicidas. No es el caso, sin embargo. Ciudad es «todas las ciudades en una sola. (…) [U]n desafío narrativo», explica el autor, y es indudablemente cierto. Las miserias no difieren tanto de las que puedan encontrarse en los barrios menos afortunados de Barcelona, Turín o Belfast, sino más bien al contrario. El deseo de aparentar, de vivir de acuerdo con unas exigencias sociales o sencillamente de sentir algo diferente al vacío arrastra al ser humano hasta las peores alcantarillas. Y para comprobar esto no hay que inventar un futuro desolador: hay que abrir las ventanas.

Los numerosos diálogos coloquiales, casi transcritos de la calle, entre los que se cuelan préstamos lingüísticos del inglés o el francés, encuentran su contrapunto en algunas reflexiones profundas y argumentadas con solidez sobre cuestiones como la frivolidad o la manipulación por parte de los medios informativos. La escalada de puestos laborales a base de enchufes o polvos y la hipocresía primermundista de las organizaciones que pretenden salvar (entre muchas comillas) a los habitantes de los países en eso que aquí llamamos «vías de desarrollo» cuentan también con su merecido espacio en Muerde ese fruto. Puede hablarse, pues, de un estilo equilibrado y de un argumento que, cuando llega de verdad a la carne, se desvanece como el humo de los coches en cualquier urbe.

Este sorprendente debut de Quincoces es, por muchos motivos, un atrevimiento por parte de autor y editor. Justo lo que esperábamos de Tolstoievski quienes supimos de su nacimiento a principios de 2016. Queda aguardar a ver si la siguiente novela de este autor, ya en marcha, resuelve algunas de las dudas existenciales que quedan en el aire tras la lectura de su primer título.

Muerde ese fruto
Aharon Quincoces (Tolstoievski, 2016)

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Euforia (Lily King)

Portada de Euforia, de Lily KingJusto ahora hace un año desde que Malpaso publicara en España Euforia, la última novela de la escritora americana Lily King. Aunque es una novela de ficción, detrás de ella se esconden un personaje y una historia reales: la antropóloga Margaret Mead. Y es que fue a raíz de la lectura de la polémica biografía de esta mujer, que revolucionó el mundo de la investigación antropológica, que King decidió que era necesario escribir una novela sobre la vida de esta investigadora y los años que pasó entre tribus en Nueva Guinea. De este modo surge esta apasionante novela que esconde poblados reales, comportamientos, formas de vivir y de relacionarse totalmente ciertas (con sus rituales y tabúes), si bien la autora cambia los nombres de tribus e individuos.

La acción se desarrolla en 1931 en diferentes zonas de Nueva Guinea a lo largo del río Sepik. Los personajes son tres: Bankson, un inglés sensible, equilibrado y seguro de sí mismo y de sus ideas pero que depende económicamente de su madre, a la que no aguanta, para poder continuar con sus estudios; nell Stone, el personaje de la antropóloga basado en Margaret Mead, es una mujer americana decidida, valiente e independiente que ya tiene un libro de éxito en el mercado; y, por último, su marido Fen, un hombre australiano egoísta, posesivo y dependiente de Nell, pues si no fuera por ella y su dinero proveniente de becas y del libro no podría seguir con sus expediciones. Las distintas nacionalidades de todos ellos tienen importancia, pues gracias a ello la autora expone de manera sublime las diferencias de pensamiento y costumbres de unos hombres avanzados pero muy diferentes entre sí.

Le pregunté si creía que podría llegar a comprender realmente otra cultura. (…) Lo que había encontrado más interesante era cómo nos convencemos de que podemos ser objetivos de algún modo, nosotros que llegamos con nuestras propias definiciones personales de amabilidad, fuerza, masculinidad, feminidad, Dios, civilización, lo correcto y lo incorrecto. (pág. 56)

Tras casi dos años estudiando a la tribu de los kiona, Bankson no consigue avanzar en sus estudios y, en un arranque de ira unido a la depresión que padece, intenta suicidarse tirándose al río con los bolsillos llenos de piedras. La suerte quiere que, por casualidades varias, sus dos colegas, Nell y Fen, terminen coincidiendo con él en una fiesta de Nochebuena, lo que aprovechará para convencerles de que se queden y así combatir su soledad. Será a partir de este momento cuando los tres trabajen juntos y se cree un extraño triángulo amoroso y competitivo. La información obtenida de las tribus para los futuros libros y trabajos que puedan aportar conocimiento y dinero es muy valiosa para Fen, que desconfía incluso de su propia mujer, con la que no compartirá nada.

Aunque el lector no posea conocimientos de antropología ni tenga el más mínimo interés hacia ella, sin ser consciente avanza en las páginas y llega ese momento en que no puede parar. La autora consigue centrar la acción en las relaciones personales entre los tres antropólogos y las de éstos con los aborígenes, todo ello sin entrar en tecnicismos ni aburrir con información innecesaria. Por la ubicación en la que se desarrolla la aventura, hubiera sido muy fácil caer en el tema quizá monótono de la naturaleza y las extensas descripciones del clima y de los insectos, pero Lily King consigue de manera sutil dar al lector sólo unas pequeñas dosis de calor, de mosquitos, de sudor y olores para que después sea él el que complete las escenas con su imaginación.

En el fondo desearía pasar mucho más tiempo sin saber el idioma. Sin él, hay mucho más espacio para la observación prudente. (…) Hasta que no dispones del lenguaje no te das cuenta de cuánto interfiere con la comunicación. (…) Cuando llega la comprensión, se pierden muchas otras cosas. Confías en las palabras, y las palabras no siempre son lo más fiable. (pág. 85)

La novela está dividida en treinta y un capítulos, alternando los narrados en primera persona por Bankson, con los que él mismo cuenta en tercera persona hablando del matrimonio. Aproximadamente a mitad del libro empiezan a aparecer capítulos a modo de diario (el de Nell, que llegará a manos de Bankson al cabo de los años), en los que la antropóloga cuenta impresiones y sentimientos que en conversaciones en voz alta no se podrían expresar.

Con todo esto, Lily King consigue crear una novela inquietante por momentos, tensa, con algo de sexo, amor furtivo, pero sobre todo una novela muy interesante. Tengamos en cuenta que desde 1930 en adelante el hombre blanco acudía a estudiar a estas tribus, pero también a forzarlas a trabajar en minas y a obligarlos a ser creyentes de unas costumbres para ellos desconocidas. Lo más importante de todo es que el «hombre blanco moderno» llegaba para estudiar a aquellos «negritos» y para enseñarles cómo debían vivir y desarrollarse cuando realmente el hombre blanco, incluso a día de hoy, no se conoce a sí mismo. ¿Debe el hombre blanco enseñar algo a los aborígenes o más bien debería aprender de ellos?

Quizá toda la ciencia no sea más que la investigación de uno mismo. (pág. 89)

Euoforia
Lily King (Malpaso, 2016)

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