Nexo: escribir sobre música

Escribir sobre música siempre tiene algo de erróneo. Aunque es casi una necesidad para quien de algún modo busca, también de forma errónea, comprender el concepto sonoro desde una perspectiva literaria. Son mundos similares, semánticos, pero la comunicación entre ellos es siempre algo difusa. Es algo parecido a lo que ocurre en Solaris cuando Kelvin reconoce la imposibilidad de comunicación con el gran océano protoplasmático, que asegura inteligente, pero no cognoscible desde su percepción, o lo que es lo mismo, desde su lenguaje.

Perdonen la referencia a Lem y al estructuralismo, se me ve el plumero. Aun así, estoy aquí para hablarles de música. Y permítanme asumir la primera persona y presentarme ante ustedes para hacer algo diferente el presente artículo. Vamos a intentar llevar a la performatividad este escrito, para al menos estar más cerca de la idea del momento sonoro que sólo vive en un instante determinado. Por ello, voy a intentar interactuar con el lector desde aquí y, además, les sugiero una metodología para leerme, al menos en el escrito presente y quizá también en los artículos siguientes. En primer lugar, necesitan acceso a la música para leer sobre música, así que les propongo que tengan a mano cualquiera de las muchas formas modernas maravillosas de escuchar (y concebir, claro) la música. En segundo, abran los oídos y los ojos y veamos si al menos conseguimos hacer más amena la lectura y la escucha que les voy a proponer.

La naturaleza de la música, al menos a día de hoy, es algo extraño. No sabemos realmente delimitar en muchas ocasiones cuál es la diferencia, la línea divisoria, entre música y sonido o ruido y sonido. Tampoco sabemos si el ruido es o no es música. Los límites del arte, como ocurre en muchísimos artes contemporáneos, son afortunadamente inexistentes. Bien, quiero que asuman esto en primer lugar, lo de ordenación de los sonidos en altura y tiempo suena un poco a diccionario castizo, y ya ha sido olvidado. La música es siempre algo más, aunque no sepamos muy bien el qué. Sin embargo, hay algo que toda música tiene. Busquemos un elemento concreto que aparezca en cualquier música que se les ocurra, inclusive en aquellas vanguardias tan abstractas como ésta: [Audición: Prossopopeé I, de Pierre Schaeffer]. Piénsenlo mientras suena esta maravilla o desfalco contra la humanidad; la crítica, de momento, a su elección.

¿Y bien? Supongo que se habrán dado cuenta de que todo sonido tiene una frecuencia determinada y un ritmo determinado. El problema de la frecuencia, o lo que habitualmente se conoce como altura, es que cuando es indeterminada (como cualquier instrumento de percusión, habla o sonido mundano) el oído no la percibe como melódica. Esto es un poco difuso y me gustaría volver aquí en otro momento, pero lamentablemente no es la finalidad del presente artículo (sí, tengo una finalidad, aunque no lo parezca), así que pidiendo perdón vamos a olvidar la frecuencia para centrarnos en algo que el oído siempre percibe: el ritmo. Como es lógico, todo sonido dura algo, ya sea de modo individual o en un contexto de repetición o variación, por tanto, el ritmo siempre es perceptible y fácilmente comprensible sin, como ocurre con el concepto de frecuencia, un estudio acústico previa reflexión pormenorizada. Sigamos: el ritmo es algo que tiene toda música, pero quizá piensen que extrapolo diciendo que todo sonido rítmico (lo que equivale a decir: todo sonido) es música. Bueno, teniendo en cuenta que ya deben de haber terminado de escuchar la obra de Schaeffer, un clásico de la música concreta, deben de haber comprendido que la conceptualización de la música hace tiempo que dejó de ser sencilla. Quizá dediquemos en el futuro algunos párrafos a este tema de candente interés, pero ahora quiero volver a la importancia del sonido rítmico. Quizá un ritmo (qué concepto más difícil, por cierto) en sí no sea musical, pero creo que nadie dudará si utilizamos un ritmo concreto de manera artística intentando con ello conseguir un todo con finalidad estética. Como ejemplo perfecto de música rítmica les propongo esto: [Audición: Toccata para percusión, de Carlos Chávez] algo realmente interesante. Hasta mitad de la obra que entran los laminófonos (familia de los xilófonos, marimbas, etcétera) no aparece ningún sonido con altura determinada, sino un contrapunto de percusiones y ritmos enfrentados.

De nuevo la crítica es cosa suya, yo sólo propongo. Ahora quiero hacer un poco de extrapolación entre artes. La obra anterior demuestra ya la posibilidad de hacer música con sonidos indeterminados de manera fehaciente. La utilización del material sonoro rítmico puede configurar una obra musical en su totalidad de manera autónoma. Ahora quiero romper y hablar de prosodia. Del componente rítmico del lenguaje. Todo texto, escrito u oral, es inherentemente prosódico. El lenguaje y su diferenciación entre sílabas tónicas y átonas así lo configura, y hace de lo rítmico una parte fundamental de la poesía y una parte poco o nada importante en la prosa. No quiero ponerme a dilucidar el problema de dónde está la separación en la literatura actual entre la poesía y la prosa, cuestión interesante de debatir, pero difícil de concluir. En lo que creo que estaremos de acuerdo es en que, entre prosa y poesía, es en la segunda donde el ritmo es uno de sus elementos constituyentes y prioritarios. Aunque la poesía actual tiende a centrarse en la métrica libre del verso, convirtiendo las estrofas y el poema en sí en algo polimétrico, lo cierto es que este tipo de versificación no ha sido norma históricamente hablando. Lo habitual en la historia de la literatura ha sido, como ustedes ya saben, componer el verso en la totalidad de un poema con un metro determinado y predispuesto.

Los metros de los poemas no son exclusivamente algo ornamental, sino mucho más. Y esto lo avala el teatro español de los siglos XVII y XVIII, contexto artístico donde algunos metros concretos están asociados a algunos afectos y situaciones determinados. Con un público que acudía masivamente, la poesía del teatro pudo desarrollar una serie de situaciones tópicas en las comedias que siempre tenían, a fuerza de costumbre, unos metros característicos. El público, también a fuerza de escucharlos siempre repetidos, estaba educado en la percepción de estos metros situacionales, aun cuando la mayoría de esta población fuera de seguro analfabeta. La redondilla, por ejemplo, se asociaba a la declaración amorosa; las décimas, a las quejas; las seguidillas, a los ámbitos cómicos o pastorales; y, entre estos, muchos más que podemos estar seguros que ya estaban claros a principios del siglo XVII, puesto que ya aparecen descritos en el Arte nuevo para hacer comedias en este tiempo (1609) de Lope de Vega. El público asumía la transliteración de los metros concretos, independientemente de lo que dijese en sí el poema. Cuando aparecían unas seguidillas, un poema tan característico cuya métrica se aprecia en las primeras estrofas, el público ya lo situaba en un contexto cómico, mundano o popular, al margen de lo que la acción realmente estuviese representando. Los dramaturgos, por supuesto, utilizan este recurso metateatral para contraponer o potenciar afectos concretos en la escena. Es el componente exclusivamente rítmico del verso el que, en primer lugar, sirve como esqueleto a la hora de componer el poema, y, en segundo, el que aporta información ajena al espacio plenamente escénico. Es la música de la poesía, el componente plenamente rítmico.

El ritmo es música, y la poesía es ritmo. Quizá por ello la palabra música deriva etimológicamente de la palabra griega mousiké, que hace referencia a la vez a la poesía, la música y la danza. En esencia, al ritmo y a sus consecuencias en el lenguaje, la percepción sonora y en el movimiento del cuerpo. Actualmente, y tras una odiosa tendencia decimonónica a la estandarización, es complicado entender la música de modo exclusivamente rítmico. Sin embargo, tras las benditas vanguardias (no tanto por su resultado sonoro como por su papel rompedor) esta percepción ha cambiado y, gracias a eso, podemos volver la vista a la Hélade y quizá entender un conjunto estético más global. Y, también, si han entendido el carácter estético de Chávez y Schaeffer, quizá les sea más fácil entender lo que propongo.

El ritmo condiciona, el ritmo en sí, el ritmo configura. El ritmo hace poesía, y también música. Y por ello he creído lógico exponer todo este anacrónico collage que sirve de nexo entre música y poesía. Sin embargo, es cierto: no son ustedes majas o majos que van al teatro del Buen Retiro en una calurosa noche del agosto madrileño de 1762. Si así fuera se habrían dado cuenta de que las dos primeras frases de este párrafo son unas seguidillas al uso, y ya tendrían la sonrisa en el rostro esperando que el gracioso de turno hiciese de las suyas. Tampoco son ustedes helenos que, quizá al escuchar lo rítmico del verso lo hubiesen danzado de una manera concreta. No. No lo son, ni yo tampoco, pero ello no nos priva de comprender que, en otras épocas, lo rítmico del poema, la música de la poesía, era mucho más que un simple componente que con el tiempo se abandonó. Quizá entonces Solaris sí sea comprensible. Quizá ahora sí tenga sentido, desde este inicio y con esta unión, empezar a escribir sobre música. Ahora sí, pues, escuchen y lean.

Non omnis moriar: sepan más.

Carlos Chávez (1899-1978) fue un compositor mexicano sobre el que el México revolucionario construyó su identidad musical. Para el compositor esto fue tanto bueno como malo, porque lo cierto es que su carácter de vanguardista se ve eclipsado por su vertiente nacionalista. Concretamente la obra que se propone, la Tocatta para percusión, compuesta en 1942, es uno de los mejores ejemplos de su música contemporánea de vanguardia.

Pierre Schaeffer (1910-1995) es un compositor francés que creó la llamada música concreta, teorizada previamente en su Tratado de los objetos musicales. La música concreta fue una vanguardia musical que consistía en la utilización del sonido mundano (del día a día, por tanto no producido por instrumentos académicos convencionales) descontextualizado de la interpretación, fijándolo, por primera vez, en un soporte analógico que a su vez era manipulable. Sus prosopopeyas son las obras más representativas del movimiento.

¿Se han fijado en que los vanguardistas viven mucho? ¿Creen que demasiado?

Siempre hay #poetasenCercanías, pero esta semana MÁS (vía 2 – vagón 08)

Si es cierto que en la variedad está el gusto, el sábado pasado disfrutamos de un banquete de pluralidad en la última sesión del #poetasenCercanías que, como cada quince días, tuvo lugar en The October Press. Buen ambiente, buena compañía y, como siempre, la presencia de tres buenos poetas, que cogieron el tren para acercarse a pasar con nosotros otra mañana de sábado. Esta sesión, además, tenía algo de especial: era la primera actividad de nuestro primer festival de poesía «…pero esta semana MÁS».

La sesión discurrió dentro de los cánones que nosotros mismos establecimos para este ciclo y esta vez no hubo sorpresas en el discurrir del recital. Otra cosa es que las emociones de todo tipo anduvieran campando a sus anchas entre los asistentes, que lo hicieron, sin dejar un minuto para el descanso o para la distracción.

El papel de anfitriona corrió a cargo de la jovencísima poeta ilicitana Andrea Gimeno, una escritora inédita que, sin embargo, ha visto ya poemas suyos recogidos en algunas publicaciones, entre las que cabe destacar el número SEIS de la revista La Galla Ciencia, «Minoría Virgiliana II». Con su voz calmada y queda, nos recitó varios de sus poemas, breves, concisos y repletos de referencias que ella misma fue explicando.

Desde Murcia, se acercó para acompañarnos otro poeta inédito, Juan Manuel Sanchez Meroño. Él, por su parte, forma parte del núcleo del Colectivo Iletrados de Murcia y, entre otras labores, se encarga de la maquetación del fanzine Manifiesto Azul, que se publica anualmente y que va ya por el número 17. En sus poemas descubrimos elementos fuertemente apegados a la realidad y a la experiencia. Diseñó su intervención alrededor del motivo del viaje, del alejamiento y la huida, pero sabiendo siempre dónde volver.

El último y atrevido poeta —llegado por carretera nacional desde Valencia—, fue David Trashumante, natural de Logroño, circunstancia que llevó a alguna que otra broma. Es autor de una prolífica obra y un experto en la corriente performativa de la poesía, y así nos lo demostró con textos de A viva muerte o Tópo. Su recital, su voz potente y modulada, hizo vibrar a todos los asistentes.

Tras los bises de rigor, y tras recordar a los asistentes que el festival se prolongará toda la semana con actividades de lunes a sábado, sólo nos quedó aplaudir y disfrutar del vermut (con aceitunas y limón, como debe ser).

Ser el canto (Vicente Gallego)

Ser el cantoEs evidente que toda la literatura en lengua española no es, ni mucho menos, literatura mística; y por obvio, tampoco toda la literatura mística lo es en lengua española, si bien es una de las lenguas en las que se han escrito algunos de sus textos más famosos. De igual modo, si bien la mística supone en su origen el intento de los poetas por expresar su experiencia directa de la divinidad, no siempre esa divinidad es equiparable al dios de ninguna de las grandes religiones monoteístas.

Dicho todo esto, creo que no yerro al afirmar que el poemario del poeta valenciano Vicente Gallego Ser el canto no es ni más ni menos que un bello fruto reciente dentro de la corriente de poesía mística que tan buena fortuna ha tenido en nuestra lengua. Hoy, la expresión del acercamiento a la totalidad no necesita de deidad alguna. En este libro, Gallego canta al encuentro con la naturaleza, con la existencia en sí misma, con todos los seres que la conforman.

El poemario está formado por cincuenta cantos. Poemas de una preciosa factura técnica, de verso medido con cuidado (casi exclusivamente heptasílabos y endecasílabos), que en ningún momento devienen en arte frío ni en anacronismo, desmintiendo la idea muy extendida de que la poesía actual vive de espaldas a la tradición. Su lenguaje, en apariencia sencillo, forma imágenes de una belleza plástica en ocasiones apabullante:

Muy lavando de pájaros, a vueltas
de pétalos y pólenes, el cuerpo
se derramó en la tierra,
fue quebrado en la fe de lo radiante.
(Canto IX)

Al igual que en los poemas de Juan de la Cruz, de Ramon Llull o de Shelomo Ibn Gabirol, Vicente Gallego canta al Amor, no al amor concreto, minimizado a un solo ser, sino al hecho mismo de amar:

Es todo tan sencillo, es lo de siempre:
entra el amor en uno y siente uno
que lo hace como Pedro por su casa,
(Canto XLIX)

Canta igualmente a la belleza, a la evidencia de que la naturaleza carece de plazos y de que solamente el presente es real:

Canto lo irremediable,
lo que se hace presente en el presente,
canto el olvido y canto
del olvido el olvido; de la muerte
la grandísima muerte.
(Canto XLVI)

Antonio Moreno, dedicatario del libro y autor del texto de la contraportada, duda que estos poemas sean en realidad poesía mística («¿Poesía mística? Solamente poesía. Vibrante, honesta, sabia poesía»). En realidad, es cierto. Poco importa si en los versos de Ser el canto tiembla la necesidad de expresar aquello para lo que, según Gerardo Diego, el lenguaje es insuficiente. No desdiría nada si así fuera de la enorme calidad de estos poemas, de la belleza con la que su autor los cincela.

Ser el canto
Vicente Gallego (Visor, 2016)
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Trayecto intimista (vía 2 – vagón 07)

El sábado pasado partió de nuevo el vagón, este con el número 7, de #poetasenCercanías. Como en cada ocasión, y acompañados por una lluvia que este año se está convirtiendo en presencia habitual en estos recitales, fuimos acogidos por The October Press junto a tres poetas que recitaron sus poemas y que procedían, esta vez sí, de tres provincias contestanas distintas.

En este vagón, estuvieron con nosotros los poetas Ángel Belmonte, de (Almoradí) Alicante, ejerciendo el papel de anfitrión; Jaufré Rudel, de Albacete; y Annie Costello, desde Murcia. Tres poetas de corta, pero intensísima obra.

Al joven alicantino Ángel Belmonte, a pesar de ser poema inédito, lo conocíamos ya de algún recital en Alicante y de unos versos suyos con los que colaboró en el fanzine escribo porque eso, porque no puedo hablar, del año 2016. Su poesía, expresada en voz baja y con timidez, nos hablaba de un intenso mundo interior, patente quizá de manera especial en el poema con el que cerró su recital, a modo de propina.

El segundo turno en las tres rondas de poemas de que constó el recital fue para el albaceteño Jaufré Rudel. Este autor, que aún no ha tiene ningún libro publicado, ha sido sin embargo incluido en varias antologías de poetas bien de Albacete, bien de la franja Cartagena-Murcia-Albacete; nos referimos a las excelentes compilaciones Desde el mar a la estepa, de Chamán Ediciones, y El peligro y el sueño. La escuela poética de Albacete (2000-2016), editada por Celya. El autor hizo girar cada uno de sus turnos en torno a un bloque temático, el amor, la poesía de corte social, etc.

Para terminar, contamos con la presencia de la murciana Annie Costello, a la que algunos ya conocíamos por su presencia en diversas antologías, fanzines y publicaciones tanto en papel como digitales. Es autora del poemario Catábasis, editado por Raspabook, del que leyó diversos textos durante el recital del sábado. En un momento dado, empujada por el desgarro de Ángel Belmonte, se lanzó a leer unos poemas de carácter intimista que, según confesó, no tenía previsto sacar a la luz en este evento.

Quizá debido a la sorpresa que supuso lo inclemente de la mañana, este #poetasenCercanías fue más bien una reunión de amigos. A pesar de ello, los asistentes fuimos testigos privilegiados del despliegue de una amplia gama de sentimientos expresados a través de los versos de estos tres autores: desde la más descarnada intimidad y la expansión amorosa, hasta la risa irónica de un poema recitado con “acento argentino”. Como siempre, un placer compartir vermut y poesía un sábado por la mañana.

Bullicio en la redacción de The October Press (vía 2 – vagón 06)

Fieles a nuestra cita quincenal con la poesía, el pasado sábado nos volvimos a reunir en The October Press en torno a tres autores para la sexta sesión de esta vía 2 del ciclo #poetasenCercanías. En el vagón 6, también según viene siendo nuestra costumbre, nos saltamos todas las reglas que nos impusimos para este ciclo. No había poetas procedentes de tres provincias, sino solamente de dos (aunque esto quedase compensado por la tarde, con la presencia del poeta murciano Juan de Dios García en Mistos). Además, ninguno de los tres autores era inédito, otro de los sellos de identidad de este ciclo de recitales. Pero qué maravilla cuando las reglas se subvierten por un buen motivo y el resultado es, como fue el caso, espectacular.

En esta ocasión nos acompañaron los poetas Isabel Navarro, de Petrel y residente en Madrid; Adrián Bernal, de Alicante y residente en Barcelona; y Lucía Plaza, de Albacete, miembro del Colectivo Fractal, que tan buena labor realizan por la promoción de la poesía en dicha provincia. Los tres autores ofrecieron un recital que unió lo intenso de sus voces (que no del volumen de las mismas) con la homogeneidad de sus universos poéticos e inquietudes, muy apegadas a la realidad social en cuanto a temática y a la «legibilidad», así como a la inmediatez en la transmisión del mensaje.

El primer paso lo dio Adrián Bernal, que inició la primera de las dos rondas en que dividieron el acto recitando de memoria, de pie y con voz profunda y cadenciosa, casi salmódica, varios poemas extensos de su libro Estaciones de invierno, comenzando por el titulado «Octubre». En su segunda ronda, además, leyó el poema con el que colabora en el Lift off, número especial de la revista La Galla Ciencia en homenaje a David Bowie. Siguió el turno de intervenciones Lucía Plaza con textos de Piso piloto, engarzados como si de los distintos momentos de una historia de amor se tratara. En su segunda ronda, se centró en Lonely Planet, «guía de viajes» de los lugares a los que nadie quiere ir. Finalmente, Isabel Navarro leyó poemas, en sus dos rondas, de su poemario Cláusula suelo, en el que la maternidad se mezcla con la crisis cotidiana de un país primermundista. La poeta hizo un hueco ese fin de semana para estar con nosotros, ya que tanto el día anterior como ese mismo sábado por la tarde, presentó este título en Novelda y en Petrel.

La jornada transcurrió de una manera un tanto peculiar, dejémoslo ahí, ya que el recital estuvo recorrido por ruidos y por un rumor de fondo al que no estamos acostumbrados. No obstante, la mañana fue tan agradable e intensa que, como en todo evento exitoso, tampoco faltaron los bises. Tanto fue así que no pudimos evitar prolongar la tertulia literaria hasta bien entrada la tarde.

Luciérnaga (Alba Ceres)

LuciérnagaLa pregunta de para qué están los textos críticos cuando existe el poema cobra una especial relevancia ante el verso esencial que cruza Luciérnaga con la solidez del filo del cuchillo. La poesía de Alba Ceres —nos dicen, sabemos— permite entenderse como respuesta a una desafortunada declaración de Susan Sontag acerca de la literatura y el cáner. Sí, se puede escribir sobre la enfermedad que acecha en la laguna de Lerna, pero ese nivel de lectura, por sí solo, no agota los significados que resuenan en un poemario como el que aquí me ocupa.

Luciérnaga se estructura en cuatro partes precedidas por cuatro fundidos fundidos en negro que hacen las veces de pórticos. Sobre el negro, tres poetas japoneses presentan las luciérnagas que guían al lector a lo largo del libro. Las luciérnagas o, más específicamente, acaso el viaje de una única luciérnaga que se enfrenta a la pérdida y al proceso de reconstrucción de un yo mutilado cuya memoria, lejos de ajar, por fin crea. Esto último, que sin duda es un lugar común (aunque intento utilizar «lugar común» en el sentido menos estereotipado de la expresión), gracias al trabajo de artesanía realizado por la autora deja una huella imborrable.

Hay en estos textos un aliento poético que se contrae en el verso —pulido, reducido al mínimo indispensable para llenar el vacío— y se expande como lo hace el dolor en las tres primeras secciones, pero también como el abrazo o la calidez de la música hacia el final del libro, en la cuarta sección. Podría hablarse no tanto de secciones como de movimientos, dada la capacidad expresiva que sostiene el vuelo de esta Luciérnaga, aunque, en cualquier caso, secciones o movimientos son difíciles de acotar. Los dos primeros, precedidos por citas de Issa Kobayashi, también los más duros (necesariamente hostiles con el lector), reflejan el proceso de enfermedad, muerte y consiguiente orfandad. Un duelo que se extiende hasta la forma de concebir el lenguaje, donde la voz poética retorna al origen y se vuelve infancia («mamahija / mamadentro / mamaún a / tiempo / de nutrir») u onomatopeya. En la segunda mitad, encontramos primero, como anticipa Masaoka Shiki, una realidad gélida («no tiembla la voz del cartero»), pero también comienza la fase de asimilación del duelo hasta convivir con él («sin tu / cuerpo / soy ¿tu / caja de / resonancias?»), aunque todavía no exento de culpa. Por ultimo, el libro se cierra con un regreso (lo abre un homérico Taneda Santôka), una luz luciérnaga que llena los espacios «y es / reposo».

Cuando el lector llega a la última página una suerte de clama rompe con la tensión acumulada y podemos al fin comenzar a asumir y comprender, un proceso que gana consistencia con las sucesivas relecturas, como si Alba nos atrajera con este poemario a la evolución de su propio aprendizaje.

Luciérnaga
Alba Ceres (Kriller71-Kokoro, 2017)
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Desnuda luz de la melancolía (Ramón Bascuñana)

desnuda luz melancolía ramón bascuñanaQue Ramón Bascuñana (Alicante, 1963) se encuentra en posesión de un voz poética firme y consolidada es algo que no se escapa fácilmente a cuantos seguimos el curso de su obra, extensa y extendida en el tiempo. Lo que quizá pudiera entenderse como un defecto, no lo es en absoluto en este caso ya que regresar a un texto de Bascuñana es como volver a una playa conocida, en la que sabes que el disfrute está garantizado.

Ramón tiene oficio, pero sus poemas no son en absoluto predecibles ni artificiosos. Tiene oficio porque conoce los resortes de su labor y los emplea con habilidad. En su último libro publicado hasta el momento, Desnuda luz de la melancolía, ese oficio es casi el de un orfebre cuando consigue pulir las facetas de los temas que le obsesionan: el paso del tiempo, el vislumbre de la muerte, la decepción ante la realidad.

En el presente poemario, galardonado con el XXI Premio Internacional de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, Ramón Bascuñana labra cada uno de los poemas, consiguiendo que suenen a nuevo las cosas de las que ya nos ha hablado antes:

Este mismo poema puede que lo haya escrito
con alguna variante en un pasado incierto.
La vida y la escritura solo tienen sentido
si encontramos la forma de ver lo que es igual
de un modo diferente. […]

Una característica que vertebra el conjunto de poemas de Desnuda luz de la melancolía es la del ritmo. En todos ellos, Bascuñana hace un sabio uso de los metros clásicos, principalmente endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos (como en el ejemplo expuesto más arriba). Se atreve incluso con estrofas de otras latitudes, aunque muy bien adaptadas a la poesía en español, como el haiku, del que un ejemplo es el poema «Bajo el sol de septiembre». Los poemas de este libro son textos para ser leídos en voz alta, que es como entiende la poesía este autor. No en vano, es uno de los seleccionados para formar parte de Minoría Virgiliana II, entrega número 6 de la revista La Galla Ciencia.

Pero si hay algo, en mi opinión, que singulariza este libro frente a otros suyos anteriores, es la presencia del humor. No un humor irónico o dolido, sino que los poemas despiertan una sonrisa por la actitud que afronta su autor cuando habla de cosas que quizá en otros momentos hubieran sido más amargos:

Amo las cosas breves, todas las cosas breves:
[…]
Quizá por eso amo,
con desesperación, tercamente, la vida.

Por otro lado, aparece en Desnuda luz de la melancolía un tema recurrente en la poesía última de Bascuñana, la reflexión sobre el hecho de la escritura poética. Para él, escribir poesía es un acto doloroso, aunque necesario. Doloroso por la materia de la que se nutre

¿Qué obtuve de la vida?
Puede que la materia
—el dolor y el esfuerzo—
con los que ahora escribo
este frágil poema.

pero doloroso también por el mismo hecho físico del acto de escribir; «¡Cuánto dolor para parir un verso!», dice al concluir el poema «Rendición».

Resulta complicado hacer una crítica de un libro que habla de cosas sobre las que se ha hablado en persona con su autor. No obstante, una cosa son la ideas, y otra bien distinta su plasmación en el poema. Y Ramón Bascuñana ha logrado, de nuevo, plasmar en su poesía todas esas ideas que le rondan, que me consta que le rondan. Todo aquello que, confesado entre cervezas y alguna copa de vino, constituye buena parte del fondo de sus pensamientos. Conocer, sea superficialmente, el alma de una persona no supone un obstáculo para disfrutar de sus criaturas. Más bien al contrario, ayuda a saber apreciarlas quizá un poco mejor.

Desnuda luz de la melancolía
Ramón Bascuñana (Ayto. de Las Palmas de Gran Canaria, 2016)
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Un #poetasenCercanías solemne (vía 2 – vagón 05)

El pasado sábado, por primera vez en mucho tiempo, se cumplieron religiosamente las tres premisas sobre las que se sostenía en origen este ciclo, a saber: la presencia de un poeta anfitrión originario o residente en Alicante y dos de provincias colindantes; de todos ellos, al menos uno inédito. En esta ocasión, el papel de inédito y de oriundo de Alicante recaían sobre la misma persona: Clara Andreu (Torrevieja, 1991). Decimos inédita, aunque nos congratula poder decir que su único texto publicado está en el número piloto de Carne para el perro, nuestro recién nacido fanzine. Adyacentes pero no secundarios, tomaron asiento Rubén Martín Díaz, de Albacete y Pedro Alberto Cruz, de Murcia.

Cada vagón es distinto a los anteriores y hay algo en el ambiente que los hace especiales. Si tuviéramos que definir la sesión del día 4 con una sola palabra, escogeríamos «solemne». Con discursos poéticos muy diferentes, los escritores tenían algo en común: la sobriedad a la hora de acercarse a la palabra, y también al exponerla. Clara inició cada una de las habituales rondas con una serie de poemas breves de corte metalingüístico para que Pedro la siguiera introduciendo una vertiente artística aunque no necesariamente ecfrástica. Por último, Rubén cerraba la vuelta honrando eso que se ha venido a denominar «escuela poética de Albacete», recogiendo una tradición que hace suya.

La sorpresa vino cuando, al acabar, el público solicitó una ronda de bises en la que algunos aprovechamos para hacer peticiones. Clara Andreu leyó dos poemas en catalán (lengua por primera vez empleada en nuestros recitales) que recibieron una fantástica acogida. Pedro, por su parte, fue instado a leer el texto con el que colaboró en el número especial dedicado a David Bowie que publicó la revista La Galla Ciencia el pasado mes de diciembre. Del mismo modo, a Rubén se le pidió que recitase uno de los poemas recogidos en la antología Desde el mar a la estepa.

Desde Letras de Contestania estamos contentos y orgullosos: el quinto vagón de esta vía 2 fue uno de los más multitudinarios. El numeroso público agotó las sillas (y el vermut) de The October Press, ese maravilloso local que se convierte en nuestro hogar cada dos sábados.

Sábado de #poetasenCercanías contra viento y marea (vía 2 – vagón 04)

En las últimas semanas, el clima no está acompañando a los eventos contestanos, pero nosotros insistimos. El sábado pasado, sinceramente, no dábamos un cuarto por que viniera mucha gente a la reciente sesión de nuestro querido ciclo #poetasenCercanías. El tiempo invitaba a no poner un pie en la calle. Y sin embargo, una conjunción de elementos hizo que esta fuera, hasta ahora, no sólo la más concurrida de todas las sesiones sino, en nuestra opinión, una de las más emotivas. Hubo emociones de todos los colores: risas, estremecimientos, reivindicación. Hubo incluso algo que cualquier internauta que haya vivido los noventa sabe que es un síntoma de que las cosas se están haciendo bien: la intervención del espontáneo de turno.

La magia la realizaron los tres poetas que tuvieron la generosidad de venir a compartir su tiempo con nosotros. Desde Valencia vino, tras un viaje accidentado, Antonio Praena, que recitó sus poemas con un manejo de los recursos expresivos envidiable; nos leyó versos de sus libros Yo he querido ser grúa muchas veces y del recientemente reeditado por Raspabook Actos de amor, así como algunos inéditos. El papel de anfitrión corrió a cargo de ilicitano Andreu Cañadas, que recitó versos de su libro Del cascarón y el huevo, así como otros poemas inéditos, algunos coetáneos a su libro y otros que formarán parte de un proyecto futuro.

Sabemos que los dos poetas ya mencionados no se tomarán a mal que digamos que la sorpresa de la mañana fue escuchar a la inédita María Marín, que llegó muy bien acompañada desde Cieza. Superando los nervios, aunque con voz temblorosa en algunos versos, nos ofreció un precioso a la par que divertido recital. Todos contuvimos el aliento cuando leyó, casi sin resuello, el poema sobre los «expertos en casi todo», que concluyó con una salva de aplausos.

Hay algo común a todas las sesiones que las hace aún más gratificantes. Nuestros poetas, lejos de limitarse a cumplir en cada una de sus rondas, crean un espacio de comunicación en el que poéticas y temas se entrecruzan y resignifican. Varias veces respaldaron su selección en versos escuchados con anterioridad, cohesionano así tres voces que, aunque distintas, sonaron complementarias.

Como en cada convocatoria, todos los asistentes a esos encuentros de sábado por la mañana salimos con la convicción de que sí, de que hay espacio para la poesía.

Un nuevo #poetasenCercanías para empezar el año (vía 2 – vagón 03)

Tercer vagón del #poetasenCercaníasEl sábado pasado volvió a partir de la vía 2 un nuevo vagón de #poetasenCercanías. Como es habitual, nos reunimos en torno a tres poetas en The October Press. En esta ocasión, nos acompañaban Antonio Soriano Santacruz (Alicante), Milagros López (Murcia), y Matías Miguel Clemente (Albacete).

Antonio Soriano actuó como anfitrión de sus dos compañeros. Además, al tratarse de un poeta inédito, resultó ser la sorpresa de la jornada, por la hondura y calidad de sus versos. En segundo lugar, Milagros López leyó poemas del que por el momento es su único poemario publicado, A ras del mar, así como inéditos que formarán parte de un libro de próxima publicación en la editorial Amargord. Por su parte, Matías Miguel Clemente comenzó su participación con un breve texto de su primer libro, Lo que queda, con el que obtuvo el Premio de Poesía Joven Radio 3 para, a continuación, centrar su lectura en su último libro, Dreno (La Bella Varsovia, 2015).

Tercer vagón del #poetasenCercanías

Nuestros invitados se turnaron para ofrecernos tres bloques de poemas cada uno, de manera que los respectivos turnos guardaron algún tipo de coherencia temática o de inspiración, desde el amor, en la primera ronda de Milagros, el extrañamiento ante la realidad en la de Antonio o el homenaje a los detalles que conforman lo cotidiano en la de Matías. Como ha sucedido en anteriores ocasiones, cada intervención se iniciaba con comentarios y alusiones a las de sus otros dos colegas, lo que, desde el punto de vista del público, se convierte en un añadido que enriquece cada encuentro.

Tercer vagón del #poetasenCercanías

Entre los tres autores se creó un ambiente de complicidad, diálogo y admiración recíproca que lograron contagiar al público. Éste siguió todo el acto en respetuoso y atento silencio —salvo por la intervención espontánea de algún teléfono móvil—, e incluso pidió una ronda final de bises, algo a lo que ya estamos acostumbrados en estas citas de los sábados por la mañana.