Solaris (Stanislav Lem)

El hombre siempre ha tenido la necesidad de explorar el universo con la esperanza de encontrar otros planetas en los que poder implantar sus conocimientos, con la máxima de que lo conocido por el ser humano siempre es lo superior; ante lo cual no cabe discusión, y si algo no coincide con sus ideas siempre se podrá modificar y adaptar a su deseo. Pero en Solaris la cosa no funciona de este modo. Fue en 1961 cuando el polaco Stanislaw Lem escribió la que sería su obra más conocida y con la que cambió el concepto de lo que hasta entonces era la ciencia ficción.

Tras más de cien años de conocimiento de la existencia del planeta Solaris, después de que muchas expediciones hayan partido de la Tierra con el fin de estudiar este nuevo descubrimiento de la humanidad, algo no anda bien entre los hombres que aún quedan allí. Hace unos días el comandante Gibarian, el que fuera profesor de Kris, se ha suicidado. Por este motivo el psicólogo Kris Kelvin debe reunirse con los compañeros de misión que quedan en la estación espacial. Nada más llegar al planeta y observar el estado en que se encuentra la estación, Kris comprende que algo extraño está pasando allí y tendrá que averiguar qué es lo que atormenta a los otros tripulantes. Para terminar de alimentar su impresión de extrañeza y su incomprensión ante qué es lo que puede estar sucediendo, su compañero Snaut le advierte de que tenga claro que en la estación sólo se encuentran Kris, Snaut y el físico que siempre está encerrado en el laboratorio, Sartorius. Pero Kris pronto se percatará de que tiene algún «visitante».

El hombre se había lanzado al descubrimiento de otros mundos y otras civilizaciones, sin haber explorado íntegramente sus propios abismos… (p. 181).

Toda la historia está narrada en primera persona en función de las vivencias del propio Kris, quien va contando lo que ve, lo que siente, lo que sueña, lo que vive. A esto se añade toda la información que, de manera sutil y eficaz a la vez, el autor va mostrando a los lectores a través de los libros de la biblioteca de la estación espacial que Kris lee. De este modo vamos conociendo mejor la razón de la situación en la que se encuentran los personajes y cómo se ha llegado a esta. En la ciencia ficción estamos acostumbrados a que se nos presente el ser extraterrestre de una forma humanizada (humanoides verdes con cabeza de cono) o bien formas pensadas y creadas a semejanza de algo común en la Tierra (insectos, masas viscosas o animales de tamaño gigante), pero en Solaris ese ser extraterrestre no cumple estas premisas, va más allá .

Tal vez valga la pena quedarse. Sin duda no aprenderemos nada acerca de él, pero sí acerca de nosotros… (p. 93).

Si bien por la situación en la que se desarrolla la acción (un planeta a millones de años luz) sería muy sencillo encasillar esta obra dentro de la ciencia ficción, Lem se vale de este entorno para hablar y tratar otros temas como son la comunicación/incomunicación, las relaciones humanas, la psicología y los sentimientos. Aunque todo transcurre en una estación espacial, este libro tiene mucho más de psicología y filosofía que de ciencia ficción. El autor lanza una serie de preguntas en torno a la metafísica y, más concretamente, a la ontología, preguntas a las que el hombre lleva intentando dar respuesta desde hace siglos y que a los lectores, después de disfrutar Solaris, atraparán del mismo modo y les hará replantearse muchas cosas a las cuales hasta este momento no habían dado la menor importancia. Una lectura muy recomendable.

¿Qué nos sería más sencillo, racionalizar lo irracional o pensar que estamos locos y así tener ese consuelo de sabernos enfermos, con la posibilidad de una curación futura?

Yo no estaba loco. El último rayo de esperanza se había extinguido (p. 64).

Aun cuando el hombre hubiese explorado todos los rincones del cosmos, aun cuando hubiese encontrado otras civilizaciones, fundadas por criaturas semejantes a nosotros, Solaris seguiría siendo un eterno desafío (p. 199).

Solaris
Stanislav Lem (Minotauro, 1961)
Erratas encontradas: 3.

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado (Maya Angelou)

angelouDe sobra es sabido que el catálogo de Libros del Asteroide roza lo impecable. Pero cuando imprimen un título de un autor como Maya Angelou, a mí, particularmente, se me hacen agua las manos.

La polifacética Marguerite Annie Johnson, quien fuera llamada “la más laureada de las poetas de color” en su momento, escribió su autobiografía en siete volúmenes, de los cuales el primero es el más conocido: Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado. En él, Maya cuenta en primera persona y recuperando una inocencia pueril que se va transformando en crudeza cómo fueron sus primeros años (concretamente hasta los 17, cuando da a luz a su hijo). La niña Marguerite creció en un pueblecito de Arkansas junto a su hermano Bailey, su abuela y su tío, en circunstancias de cambio. La yaya poseía una tiendecita y desde los ojos de los niños era un ser casi todopoderoso al que el resto de la comunidad (negra, por supuesto) respetaba. Sin embargo, la emancipación negra no había llegado tan lejos todavía, y los mayores conflictos internos de Maya antes de marcharse a California, se dan cuando experimenta en sus propias carnes el rechazo y el trato de superioridad de los niños blancos. La escritora cuenta cómo ella misma llega a aborrecer los comportamientos y las tradiciones de su raza: no acaba de comprender por qué se doblegan; tampoco le agradan los sermones ni la manera de vivir la religiosidad. «Éramos criadas, granjeros, mozos y lavanderas, y cualquier aspiración a algo superior era ridícula y presuntuosa».

Con sus padres separados, los hermanos Johnson viajan primero a San Luis y más tarde a California, donde Maya se instala definitivamente junto a su madre, a quien ambos tienen por una diosa tanto por su belleza como por su fuerza y descaro contra el mundo. Allí se desarrolla física (más bien poco) e intelectualmente, se instruye, comienza a trabajar, descubre diversas formas de discriminación tanto racial como sexual, tiene contacto con el mundo nocturno y con conceptos como el lesbianismo y finalmente descubre, cuando se entera de que va a ser madre, lo que es el verdadero miedo.

Como decía anteriormente, la narración es naive o parece serlo, porque Angelou no tiene miramientos a la hora de contar linchamientos a negros señalados por un dedo acusador, como tampoco los tiene cuando explica cómo el novio de su madre abusó de ella en repetidas ocasiones. Pero tampoco conoce el pudor y es explícita en cuanto a sus pensamientos acerca de todo lo que sucede o está por suceder a su alrededor. Las memorias de esta poeta, publicadas por primera vez entre 1969 y 2013, un año antes de su muerte, son un reflejo fiel y sin adornos de su evolución como mujer, pero también del tránsito a la emancipación del pueblo negro en los EEUU de principios del siglo XX.

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado
Maya Angelou (Libros del Asteroide, 2016)

Erratas encontradas: 2.

El soldado asimétrico (Antonio Manuel)

soldadoEn una de las muchas ferias que se organizan con motivo del día del libro, me encontré hace unas semanas con un pequeño ejemplar que, nada más ver su título, llamó mi atención. Ese libro era  El sacrificio como acto poético, de Angélica Liddell. El motivo de esa llamada inmediata se debió a que acababa de terminar de leer El soldado asimétrico, de Antonio Manuel (Berenice, 2017) y el título de aquel libro podría ser la definición perfecta de esta novela. La historia se presenta como la relación amorosa que surge entre dos hombres: un soldado sin nombre ni pie izquierdo y el hombre que debe asesinar al general Francisco Franco en la final de fútbol de la Copa de las Naciones en 1964.

 Y no hay más verdad que la que uno quiere creerse por mentira que sea.

Después de leer la sinopsis del libro y adentrarse en las primeras páginas, el lector observará que poco o nada tiene que ver con lo que esperaba encontrar. Sería muy fácil pensar en el sexo homosexual o el amor furtivo entre dos hombres en tiempo de guerra, y la  morbosidad  lectora podría estar acechando detrás, para ver cómo termina esa «relación de dos». Pero el autor narra una  historia que va mucho más allá, siendo la relación carnal entre soldados lo menos importante.  Antonio Manuel plasma perfectamente la hipocresía del ser humano, la doble moral, las mentiras, el odio y el egoísmo que convierte al hombre en lo más inhumano y de mayor bajeza en la Tierra; todo esto desde el prisma y la percepción poética. Porque este es el pilar central en torno al que gira todo lo demás en la novela: la poesía.

También soy ateo. Y, sin embargo, creo en las vírgenes de escayola. En alguna parte tendré que depositar la basura que me sobra.

 El autor no se anda con ambages y relata la historia con un lenguaje duro y directo, utilizando frases cortas, muy cortas, sin apenas descripciones de lo que rodea al soldado sin nombre. A veces no son más que un par de palabras que dan la contundencia necesaria para conseguir plasmar esa crueldad alrededor de la cual se mueve el personaje. En otras ocasiones, sin embargo, la narración pasa a todo lo opuesto. Las descripciones se hacen detalladas: sensaciones, olores y el aspecto visual cobran gran relevancia para que el lector comparta mejor los momentos agradables, los conmovedores encuentros en los que a lo único que se aferran los personajes es a los sentimientos.

 Los capítulos son cortos, narrados en pasado en primera persona, pues el personaje está recordando todo lo que ha sucedido a lo largo de su vida. Inevitable acordarse de La conciencia de Zeno, de Svevo, pues igualmente asistimos al relato, de su propia boca, de la vida de un octogenario. El libro se lee de forma amena, lo que lleva al lector a continuar leyendo para averiguar el desenlace de la trama. Cierto es que llega un punto en la obra en el que la historia se hace un poco pesada, quizá por la cantidad de líneas abiertas o quizá debido a los saltos temporales en el relato que facilitan información al lector que, en ese momento, no sabrá cómo interpretar. En algún pasaje la historia se hace poco creíble, por lo enrevesado de la misma, y parecen existir demasiadas casualidades. Pero ya lo dice el personaje sin nombre: el ser humano es sus actos y sus pensamientos. Quizá exista la casualidad, o más bien sea cuestión de causalidad. Por pensar demasiado (y mal) en esos actos, podemos actuar tarde o no actuar. Después siempre estará la conciencia para recordárnoslo toda la vida, de ahí que, para aplacar un poco su mala conciencia, renuncie al amor de su vida a cambio de conservar la dignidad de un poeta, pues él hace tiempo que perdió la suya. Si algo caracteriza a este soldado sin nombre ni pie, es su vida, o más bien si “no vida”. Y ya se sabe que nuestra vida es la que es, una única verdad que no podemos cambiar; con lo que no debemos ser hipócritas con nosotros mismos. El personaje lo es, y esto le ha atormentado desde siempre. Nunca hizo lo que realmente quería, ya fuese deseo de su mente o de su corazón. Debe poner remedio a esto.

Aún más insoportable que la ignorancia es el exceso de conocimiento.

 El hombre es un animal de costumbres, o manías, y una de las mías es no dejar nunca un libro sin terminar, aunque me cueste seguir leyendo palabras. Y en esta ocasión me alegro (mucho) de ser maniático, porque de no serlo no hubiera acabado la lectura de esta novela que en sus últimas 30 páginas, de las 144 que tiene en total, consigue hilar a la perfección todo cuanto pudiera quedar pendiente de cerrar y no deja lugar a ninguna laguna o posible “error de guión”. Es en este momento cuando el lector se da cuenta de que todo lo anterior es necesario, incluso ese pequeño lapso más pesado de leer. Esto demuestra que no debemos juzgar un libro sin haberlo leído entero. Estamos ante una historia preciosa y horrible, de verdades y mentiras, de amor y odio, de complicidad y venganza; pero principalmente de amor llevado al límite a través de la poesía. Una lectura que no deja indiferente e invita a la reflexión.

 El soldado asimétrico
Antonio Manuel (Berenice, 2017)
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Apuntes sobre Caídas (Teresa Soto)

Si cada libro tiene su momento, no había mejor regalo en el último mes que el que Alba Ceres puso en mis manos: un poemario cuadrado y florecido. Caídas es el cuarto título que firma Teresa Soto, después de haber ganado el premio Adonais con Un poemario (Rialp, 2008) y de haber publicado también Erosión en Paisaje  y Nudos.

Formado por dos partes bien delimitadas, este último trabajo de la poeta asturiana es un recorrido por el duelo, explícito en cuanto al ajeno y mucho más comedido en lo propio. La que abre el libro, «El Dorado», hace referencia a un viaje real, en concreto a un punto geográfico existente (el parque californiano), si bien está plagado de la semántica del oro y su simbología, en ocasiones falsa, de esperanza y cambio: «voy a ti / para sanarte del oro / para cuidar la pérdida / abrazar tu exilio».

Esta intención de cuida atraviesa cada una de las páginas, tal vez con menos ternura en la segunda sección, que nomina el total. En ella aparecen la rabia, el gesto violento para demostrar que queda vida (y cómo acogerlo desde fuera, aprobarlo incluso), pero también el abandono de «la lucha de sí mismo hacia las alturas [que] es suficiente para llenar el corazón del hombre» de la que habla Camus en El mito de Sísifo, la rendición ante lo innegable y el posterior descanso:

Y entonces empujar
la gran piedra ladera abajo.
Que caiga.
Un golpe seco,
no fácil,
que duele en las manos.
Luego, el cuerpo aliviado,
arrojado hacia atrás:
la misma fuerza del empuje,
inyectada de vuelta:
fuerza contra fuerza.

A pesar de esta intención de cuidar al (más) doliente, de tratar de dar respuestas a quien pena, los poemas con los que Soto compone este libro son en muchas ocasiones preguntas, llamadas al ausente («Hace falta saber / que no habrá más pérdidas. / Que no me faltarás / nunca. / ¿Qué paraíso me invento / para retenerte siempre?»); de posicionamiento, en definitiva, en el duelo propio.

Lleno de heridas, de dolores, de huecos que rellenar con algo que no sea falta, están estas caídas. Pero también de rodillas obstinadas que empujan el cuerpo hacia arriba de nuevo, de asumir el hueco y habitarlo (y habitar hermosamente al otro) como refugio. Y si en versos en apariencia sencillos condensa Soto el duelo, hace lo propio con lo más simple y obvio, lo que nunca llegamos a decir en voz alta: «Agradecida / celebro / que aún hay / vida».

Caídas
Teresa Soto (incorpore, 2016)
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El ruido del tiempo (Julian Barnes)

Creo que sus fans lo estábamos esperando desde hace años, más o menos secretamente: un libro de Julian Barnes sobre Dmitri Schostakovich. Ya en La mesa limón (2004) había ensayado un modelo en miniatura de esta última novela, un cuento breve llamado «El silencio» donde parecía intentar restañar, dándole voz, la desolada vejez de otro músico fundamental del siglo xx, el finlandés Jean Sibelius. Barnes empleaba allí la misma rutina narrativa con la que se acerca a Schostakovich en El ruido del tiempo, consistente en inmiscuirse en la intimidad más bien trivial del genio, y desde ahí ahondar en sus miedos y manías, reconstruyendo una memoria personal tan poco indulgente como la escritura que la ilumina. Mordaz, solo en ocasiones amablemente irónico, el narrador convierte la compasión en una responsabilidad del lector que este siempre termina cumpliendo, en parte por la culpa derivada del impúdico escrutinio en que se ha visto arrastrado a participar, en parte por la tragedia que circula bajo la contenida exposición de los hechos. La impresión final era la de que allí había mucho material literario por desarrollar —lo cual, es cierto, es una de las virtudes del cuento—, de modo que parecía solo cuestión de tiempo que el británico terminara cantando la tristísima vida del compositor ruso.

El resultado de este trabajo, acometido en lo que los críticos han querido acotar como «la plenitud» del autor, es una fabulación sobria y realista, asentada con solidez sobre las biografías del músico y la labor de documentación del propio Barnes. Un desarrollo discursivo trabajosamente lineal, veteado por continuos regresos al pasado e inquietas digresiones sobre el presente narrativo, queda contenido en una estructura general bien sencilla: tras un breve introito en cursiva, la novela se divide en tres partes mayores que recorren tres periodos de la vida de Schostakovich. Los dos primeros, separados entre sí por doce años, se desarrollan bajo el mandato de Stalin, y el tema dominante es el de la tortuosa relación del compositor con el poder (el Poder, como aparece siempre en el texto), irrevocablemente conflictiva desde que su Lady Macbeth fuera condenada por el Partido en 1936. En este sentido, la obra es una vívida crónica del utilitarismo torpe e implacable que el régimen hizo del arte y, en particular, de la música, para la que el caso de Schostakóvich resulta paradigmático. Reacio a colaborar pero forzado a hacerlo, el músico vive dividido entre el miedo, el deseo de rebeldía —y los tímidos intentos de manifestarla— y el auto-desprecio por lo que él mismo lee como una larga y degradante sucesión de cobardías. Muy poco cambia la situación en la tercera parte, separada por otros doce años de la segunda, que se sitúa  bajo el gobierno de Kruschev, cuando el Poder, según las palabras de Ajmátova que Barnes recuerda, «se volvió vegetariano».

Penosa y fracturada es la imagen que un narrador omnisciente ofrece de su vida, normalmente a través del filtro del propio Schostakovich. Todo está teñido de su inconsolable pesimismo: el entramado cultural soviético, la idiosincrasia rusa —al margen de la política—, sus relaciones amorosas, los juicios sobre su producción musical, sus pequeñas envidias y vergüenzas. Como sucedía en «El silencio», la posibilidad de la música como bálsamo o vía de fuga queda anulada por su carácter problemático. Si el drama, en el cuento sobre Sibelius, era que no se sentía capaz de continuar escribiendo, en Schostakovich es que no le está permitido, con el añadido de que el narrador, aunque hace de la música un tema recurrente, la excluye de, digámoslo así, el nivel profundo de la escritura. Solo cuando hacia el final se mencionan los cuartetos de cuerda parece que los lectores intuimos ese vínculo entre vida y música que esperábamos cuando esperábamos este libro, y solo en el brevísimo cierre, que retoma y termina el episodio de la introducción, la música aparece como protagonista central, e insinúa, quizá bordeando lo cursi, una vía de redención o, cuanto menos, de consuelo para el ruso.

Tal vez la «plenitud» de Julian Barnes no se manifiesta aquí con el brillo de otras obras como, por ejemplo, Nada que temer, pero en cualquier caso El ruido del tiempo está escrito con la firmeza de un maestro, y logra bosquejar con lucidez fragmentos de la Historia y la condición humana sin resultar ampuloso o pretencioso. Tanto si el lector lo abre atraído por Barnes como si lo hace por fidelidad a Schostakovich, dudo que se sienta defraudado.

(Julian Barnes, The noise of time, London, Vintage, 2016)

Matadero cinco (Kurt Vonnegut)

Y Billy había sido testigo de la mayor carnicería de la historia de Europa, el bombardeo de Dresde. Los dos intentaban rehacerse a sí mismos y rehacer el universo entero. Y por eso la ciencia ficción constituía una gran ayuda para ellos.

En Matadero cinco, Kurt Vonnegut sumerge al lector de pleno en la Segunda Guerra Mundial a través de la historia del soldado Billy Pilgirm, el cual fue hecho prisionero de guerra y trasladado a Dresde para trabajar. Lo que no podía haber imaginado Billy es que viviría el bombardeo de la ciudad en primera persona. Esto mismo le sucedió al autor quien, valiéndose de su experiencia personal, crea este personaje como su álter ego y nos cuenta todo lo que allí vivió. Porque recordemos que Vonnegut se encontraba en Dresde el día del bombardeo, lo que le dejó tan marcado que se vio en la necesidad de escribir un libro acerca de ello. Ese libro es Matadero cinco, pues las paredes que le dieron cobijo durante los días que permaneció en la ciudad fueron las de un matadero de animales señalado con el número cinco.

Si bien el tema principal alrededor del cual gira toda la historia es la guerra y todo lo que ella conlleva (muerte, miseria, sangre, hambre, etcétera), Vonnegut consigue hablar de todo esto de una manera pausada, sin dramatizar e incluso dándole un toque de humor a cualquier situación. Consigue así que, en un tono de sátira y con su peculiar sarcasmo, el lector termine riéndose frente a algunas situaciones e imágenes, pese a lo duro y cruel de ellas.  A todo esto se añade, además, la ciencia ficción, tema que el autor controla a la perfección y que engarza con otros géneros. En este caso no se podría catalogar en ningún estilo concreto la obra, pues este libro engloba la autobiografía, la historia, la fantasía y la ciencia ficción haciendo del conjunto una historia peculiar y, en algún momento al principio de su lectura, un poco rara y difícil de seguir.

Esto se debe a que, entre las muchas cosas que le suceden a Billy Pilgrim, se hable del secuestro que sufre por parte de un platillo volante para exponerlo en el zoo de Trafalmadore, un planeta lejano cuyos habitantes tienen una percepción en cuatro dimensiones. Para los extraterrestres el tiempo no tiene importancia, con lo que tampoco la tiene la vida o la muerte. Según ellos todo lo que existe, fue y siempre será en un momento pasado, presente y futuro. Su lema es que hay que quedarse con las cosas buenas y siempre serán esas cosas las que existan. Vonnegut describe a estos seres como pequeños, de no más de un metro, que no hablan pero se comunican entre ellos por telepatía, y con unos ojos muy graciosos en las palmas de sus manos. Si buscamos la metáfora de esto, el zoo al que esos seres llevan a Billy podría ser el matadero al que los alemanes llevan al autor y esos seres pequeños podrían ser esos niños de la guerra, pues como el propio Vonnegut comenta, una vez afeitados y un poco aseados, la cara de la mayoría de ellos no era la de un hombre, de ahí el otro título por el que se conoce este libro: La cruzada de los niños.

Otra de las características de tan peculiar personaje es su capacidad de viajar por el tiempo. En un momento puede dormirse en el hospital militar y después despertar en su tierna infancia para, tras una descuidada siesta, descubrirse en el día de su boda. Para que el lector no se pierda en estos saltos temporales, con sus personajes y localizaciones, el autor utiliza de forma acertadísima imágenes (colores), detalles (frío, calor), elementos físicos (casa, bosque) y sentimientos para cada época concreta, de manera que es muy sencillo seguir la historia. Además, los diferentes capítulos están relatados en párrafos cortos y con un lenguaje coloquial, con lo que se leen rápidamente sin que se pierda la información.

Lectura obligatoria para los amantes de la ciencia ficción que, detrás de la aventura y la sátira, esconde una denuncia antibelicista y un mensaje claro de cómo sobrellevar las cosas y la perspectiva con la que mirar el día a día que poco tienen que ver con la fantasía. Así pues, gustará a unos y a otros, cada lector la podrá leer desde su propio punto de vista y quedará sorprendido gratamente por esta gran obra. Aunque ya había escrito Cuna de gato, Las sirenas de Titán y otras, Matadero cinco está considerada su mejor obra. Fue esta la que dio nombre y reconocimiento a Kurt Vonnegut, el autor que con el paso del tiempo es considerado uno de los grandes de la literatura contemporánea estadounidense.

Billy miró dentro de las letrinas y comprobó que los lamentos procedían de allí. El lugar estaba abarrotado de americanos con los pantalones bajados. El festín de bienvenida les había transformado en volcanes. Los cubos estaban llenos e incluso rebosaban.

 Un americano que estaba cerca de Billy se lamentaba de que lo había defecado todo menos el cerebro. Momentos después decía:

 -¡Ahí va! ¡Ahí va! – refiriéndose al cerebro.

Este era yo. Este era yo en persona. El autor de este libro. (p. 114)

Matadero cinco
Kurt Vonnegut (Anagrama, 2014)
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Castellio contra Calvino (Stefan Zweig)

castellio-contra-calvinoUn hombre defiende, en un momento histórico donde lo demencial se vuelve norma, al hombre. Da igual si es Sebastian Castellio defendiendo a Miguel Servet; si es Stefan Zweig rescatando del olvido a Sebastian Castellio. Es el hombre defendiendo al hombre. El hombre erigiéndose portavoz de un humanismo contra el que la tiranía impone sus propias leyes y al que, como dijera Primo Levi, le roba la paz, la humanidad, hasta el punto de obligar a una época futura a guardar memoria.

Ignoro si la labor de recuperación que llevó a cabo Stefan Zweig en el siglo pasado obedece exclusivamente a esa necesidad de preservar la memoria, pero, a la luz de los acontecimientos que le tocó vivir —y que, por cierto, relata magistralmente en otro librito publicado por El Acantilado—, no parece descabellado pensar que guardan algún tipo de relación. De entre todas las luchas de opuestos que la historia puede ofrecer como espejo en el que mirar nuestros propios defectos, la de Castellio contra Calvino resulta particularmente ejemplar. A pesar de subdividirse en diez capítulos, su estructura interna es tripartita —Calvino, Servet, Castellio—, y esta coherencia interna puede servir para ilustrar lo que Zweig consigue en esta obra.

De Calvino nos muestra un acerbo retrato que, en ocasiones, raya en el determinismo; en el polo opuesto el biógrafo sitúa a un Castellio que «transmite una delicada y esperanzada serenidad». De un lado, la violencia; del otro, la conciencia. En el centro de ambas, una víctima de sus propias circunstancias: Miguel Servet. Quizá a día de hoy sea el tratamiento de Servet, esa figura que ha servido para reivindicar casi todo, lo que más sobresalga de este lúcido ensayo. En contraposición a un Servet ateo y deliberadamente rebelde, Stefan Zweig describe a un intelecto mediocre cuya obstinación le lleva a tener el dudoso honor de convertirse, históricamente, en la primera víctima del calvinismo.

Los tres retratos apenas esbozados en estas líneas protagonizarán una controversia atemporal: lo anecdótico sirve al autor para hacer una profunda reflexión en torno a la libertad de pensamiento, al humanismo más genuino y a tolerancia como armas contra la perfidia y la estrechez de miras. Armas que hasta la fecha se han revelado estériles (venció Calvino en el siglo XVI y al siglo de Zweig no le fue mucho mejor), pero que han sido y son el único refugio que nos queda.

Castellio contra Calvino
Stefan Zweig (El Acantilado, 2001 [1976])
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Precoz (Ariana Harwicz)

precoz ariana harwiczLa editorial barcelonesa :Rata_ inauguraba su catálogo el pasado mes de noviembre. Entre sus primeros títulos el lector puede toparse con la tercera nouvelle de Ariana Harwicz. Precoz ya había sido publicada en 2015 por Mardulce, sello argentino como la autora. En esta obra, la autora se enreda en una trama con bases muy similares a las que caracterizan tanto Matame amor como La débil mental: la relación tortuosa entre una madre y su fruto.

En esta ocasión, Harwicz refleja el amor perturbador y posiblemente insano que se establece entre la narradora y su hijo adolescente, de quien depende en lo psicológico y casi en lo físico. También pueden verse, sin embargo, la enfermedad, la locura producida por un amor no correspondido, la sexualidad desbordada —incluso desesperada, cabría decir—, la decadencia social del entorno.

A pesar de la cantidad de información que contiene Precoz, lo destacable del texto, y con total seguridad lo destacable de la producción literaria de la escritora argentina es el uso de la palabra como cuchillo. Narrada sin asideros, su último libro es un torrente apenas controlado por los márgenes de sus 101 páginas. En una danza macabra bailan voces y tiempos distintos, como resplandores concretos en medio de un viaje psicotrópico. Contra la lírica hiriente, la oralidad; contra lo visceral, las más grandes muestras de amor.

No debe resultar este comentario demasiado extenso en relación a la obra de la que trata. Decía Iolanda Bataller, responsable de la editorial, que en :Rata_ «quieren libros escritos desde la necesidad. Libros escritos desde la rabia. Libros sin concesiones», y probablemente lo están consiguiendo. No queda, pues, mucho que añadir. Para muestra: Precoz.

Precoz
Ariana Harwicz (:Rata_, 2016)

Erratas encontradas: 2.

Apuntes sobre el suicidio (Simon Critchley)

Portada Apuntes sobre el suicidioPoco después de un año, parece que ha cesado el fervor con el que se abordaba el suicidio a comienzos de 2016. En pocos meses aparecieron dos títulos que se revelaban como los dos paradigmas discursivos desde los que se podía hablar del inefable acto de «levantar la mano contra uno mismo» sobre el que Jean Améry disertaba poco antes de poner fin a su vida. Apuntes sobre el suicidio era uno de ellos; el otro, Semper dolens, lo firmaba Ramón Andrés y penetraba hasta el fondo del asunto con la minuciosidad a la que el filósofo acostumbra. Hasta cierto punto, el contraste hace parecer estos «apuntes» algo desabridos, pero su acercamiento a través de pinceladas, aun con sus sombras, es también sugestivo.

Si Simon Critchley es parco como tienden a serlo muchos de los títulos que engrosan la colección «Héroes modernos» de la editorial Alpha Decay, no es porque le sea ajeno el trabajo monográfico, al que en alguna ocasión se ha acercado (Stay, Illusion! o The Problem with Levinas dan cuenta de su capacidad), sino por una decisión que tiene más que ver con la capacidad de evocación de la brevedad. El filósofo toma la sencillez como premisa y aborda el suicidio a partir de cuatro esbozos, a saber: los casos, la tradición filosófica (articulada en forma de derechos y deberes), las notas de suicidio y la resemantización de la vida tras la muerte voluntaria. Pero al hallarse condensado en ochenta páginas el objeto de reflexión, debe ser el receptor quien ensanche, tras la lectura, su significado.

Mientras los apuntes pares pertenecen a un marco teórico, los impares lo hacen a uno más práctico: el de los ejemplos, si bien no todos están escogidos con la misma fortuna (v. gr., hay notas de suicidio menos polémicas que la de Kurt Cobain). El discurso teórico, por su parte, viene de lejos y se sustenta en el supuesto de que la capacidad potencial de suicidio es aquello que hace hombre al hombre. A esta capacidad se opone, también desde antiguo, la moral cristiana como agente imposibilitador. Como en todo apunte, la disertación se pierde en digresiones, conduce a callejones sin salida y retoma cabos que parecían sueltos.

Critchley pretende alejarse de la problemática moral y jurídica que rodea al asunto y despersonalizar el acto suicida en la medida que sea posible, sin dejar de lado que es personal el motivo que le lleva a escribir el libro. Para ello, contrapone a nuestra moral heredada la familiaridad con la que los antiguos trataban la cuestión, por un lado, y la progresiva disolución al menos desde las Luces de la moral cristiana, por otro. Ello empero no es óbice a que haya seguido ejerciendo su influencia sobre el acto de quitarse la vida por la propia voluntad. Sobre esto también hay un interrogante, que finalmente se responde apelando a la ideología: tener derecho al suicidio es un acto de libertad enfrentado a la supuesta inalienabilidad de la vida. La estructura se repite de forma sucesiva, y cada resolución de un conflicto lleva necesariamente a la aparición de uno nuevo hasta concluir en la dicha y el amor, quiebro que pone punto y final al ensayo. Aunque el final quede diluido en el texto de David Hume que sirve de corolario, es la prueba manifiesta del fracaso de la búsqueda que se emprendía al comienzo. Si no puedes parece decirnos encontrarle una explicación a ninguna de las dos caras que presenta la vida, cántale al ahora.

Apuntes sobre el suicidio
Simon Critchley (Alpha Decay, 2016)
Erratas encontradas: 4.

Ser el canto (Vicente Gallego)

Ser el cantoEs evidente que toda la literatura en lengua española no es, ni mucho menos, literatura mística; y por obvio, tampoco toda la literatura mística lo es en lengua española, si bien es una de las lenguas en las que se han escrito algunos de sus textos más famosos. De igual modo, si bien la mística supone en su origen el intento de los poetas por expresar su experiencia directa de la divinidad, no siempre esa divinidad es equiparable al dios de ninguna de las grandes religiones monoteístas.

Dicho todo esto, creo que no yerro al afirmar que el poemario del poeta valenciano Vicente Gallego Ser el canto no es ni más ni menos que un bello fruto reciente dentro de la corriente de poesía mística que tan buena fortuna ha tenido en nuestra lengua. Hoy, la expresión del acercamiento a la totalidad no necesita de deidad alguna. En este libro, Gallego canta al encuentro con la naturaleza, con la existencia en sí misma, con todos los seres que la conforman.

El poemario está formado por cincuenta cantos. Poemas de una preciosa factura técnica, de verso medido con cuidado (casi exclusivamente heptasílabos y endecasílabos), que en ningún momento devienen en arte frío ni en anacronismo, desmintiendo la idea muy extendida de que la poesía actual vive de espaldas a la tradición. Su lenguaje, en apariencia sencillo, forma imágenes de una belleza plástica en ocasiones apabullante:

Muy lavando de pájaros, a vueltas
de pétalos y pólenes, el cuerpo
se derramó en la tierra,
fue quebrado en la fe de lo radiante.
(Canto IX)

Al igual que en los poemas de Juan de la Cruz, de Ramon Llull o de Shelomo Ibn Gabirol, Vicente Gallego canta al Amor, no al amor concreto, minimizado a un solo ser, sino al hecho mismo de amar:

Es todo tan sencillo, es lo de siempre:
entra el amor en uno y siente uno
que lo hace como Pedro por su casa,
(Canto XLIX)

Canta igualmente a la belleza, a la evidencia de que la naturaleza carece de plazos y de que solamente el presente es real:

Canto lo irremediable,
lo que se hace presente en el presente,
canto el olvido y canto
del olvido el olvido; de la muerte
la grandísima muerte.
(Canto XLVI)

Antonio Moreno, dedicatario del libro y autor del texto de la contraportada, duda que estos poemas sean en realidad poesía mística («¿Poesía mística? Solamente poesía. Vibrante, honesta, sabia poesía»). En realidad, es cierto. Poco importa si en los versos de Ser el canto tiembla la necesidad de expresar aquello para lo que, según Gerardo Diego, el lenguaje es insuficiente. No desdiría nada si así fuera de la enorme calidad de estos poemas, de la belleza con la que su autor los cincela.

Ser el canto
Vicente Gallego (Visor, 2016)
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