Precoz (Ariana Harwicz)

precoz ariana harwiczLa editorial barcelonesa :Rata_ inauguraba su catálogo el pasado mes de noviembre. Entre sus primeros títulos el lector puede toparse con la tercera nouvelle de Ariana Harwicz. Precoz ya había sido publicada en 2015 por Mardulce, sello argentino como la autora. En esta obra, la autora se enreda en una trama con bases muy similares a las que caracterizan tanto Matame amor como La débil mental: la relación tortuosa entre una madre y su fruto.

En esta ocasión, Harwicz refleja el amor perturbador y posiblemente insano que se establece entre la narradora y su hijo adolescente, de quien depende en lo psicológico y casi en lo físico. También pueden verse, sin embargo, la enfermedad, la locura producida por un amor no correspondido, la sexualidad desbordada —incluso desesperada, cabría decir—, la decadencia social del entorno.

A pesar de la cantidad de información que contiene Precoz, lo destacable del texto, y con total seguridad lo destacable de la producción literaria de la escritora argentina es el uso de la palabra como cuchillo. Narrada sin asideros, su último libro es un torrente apenas controlado por los márgenes de sus 101 páginas. En una danza macabra bailan voces y tiempos distintos, como resplandores concretos en medio de un viaje psicotrópico. Contra la lírica hiriente, la oralidad; contra lo visceral, las más grandes muestras de amor.

No debe resultar este comentario demasiado extenso en relación a la obra de la que trata. Decía Iolanda Bataller, responsable de la editorial, que en :Rata_ «quieren libros escritos desde la necesidad. Libros escritos desde la rabia. Libros sin concesiones», y probablemente lo están consiguiendo. No queda, pues, mucho que añadir. Para muestra: Precoz.

Precoz
Ariana Harwicz (:Rata_, 2016)

Erratas encontradas: 2.

Apuntes sobre el suicidio (Simon Critchley)

Portada Apuntes sobre el suicidioPoco después de un año, parece que ha cesado el fervor con el que se abordaba el suicidio a comienzos de 2016. En pocos meses aparecieron dos títulos que se revelaban como los dos paradigmas discursivos desde los que se podía hablar del inefable acto de «levantar la mano contra uno mismo» sobre el que Jean Améry disertaba poco antes de poner fin a su vida. Apuntes sobre el suicidio era uno de ellos; el otro, Semper dolens, lo firmaba Ramón Andrés y penetraba hasta el fondo del asunto con la minuciosidad a la que el filósofo acostumbra. Hasta cierto punto, el contraste hace parecer estos «apuntes» algo desabridos, pero su acercamiento a través de pinceladas, aun con sus sombras, es también sugestivo.

Si Simon Critchley es parco como tienden a serlo muchos de los títulos que engrosan la colección «Héroes modernos» de la editorial Alpha Decay, no es porque le sea ajeno el trabajo monográfico, al que en alguna ocasión se ha acercado (Stay, Illusion! o The Problem with Levinas dan cuenta de su capacidad), sino por una decisión que tiene más que ver con la capacidad de evocación de la brevedad. El filósofo toma la sencillez como premisa y aborda el suicidio a partir de cuatro esbozos, a saber: los casos, la tradición filosófica (articulada en forma de derechos y deberes), las notas de suicidio y la resemantización de la vida tras la muerte voluntaria. Pero al hallarse condensado en ochenta páginas el objeto de reflexión, debe ser el receptor quien ensanche, tras la lectura, su significado.

Mientras los apuntes pares pertenecen a un marco teórico, los impares lo hacen a uno más práctico: el de los ejemplos, si bien no todos están escogidos con la misma fortuna (v. gr., hay notas de suicidio menos polémicas que la de Kurt Cobain). El discurso teórico, por su parte, viene de lejos y se sustenta en el supuesto de que la capacidad potencial de suicidio es aquello que hace hombre al hombre. A esta capacidad se opone, también desde antiguo, la moral cristiana como agente imposibilitador. Como en todo apunte, la disertación se pierde en digresiones, conduce a callejones sin salida y retoma cabos que parecían sueltos.

Critchley pretende alejarse de la problemática moral y jurídica que rodea al asunto y despersonalizar el acto suicida en la medida que sea posible, sin dejar de lado que es personal el motivo que le lleva a escribir el libro. Para ello, contrapone a nuestra moral heredada la familiaridad con la que los antiguos trataban la cuestión, por un lado, y la progresiva disolución al menos desde las Luces de la moral cristiana, por otro. Ello empero no es óbice a que haya seguido ejerciendo su influencia sobre el acto de quitarse la vida por la propia voluntad. Sobre esto también hay un interrogante, que finalmente se responde apelando a la ideología: tener derecho al suicidio es un acto de libertad enfrentado a la supuesta inalienabilidad de la vida. La estructura se repite de forma sucesiva, y cada resolución de un conflicto lleva necesariamente a la aparición de uno nuevo hasta concluir en la dicha y el amor, quiebro que pone punto y final al ensayo. Aunque el final quede diluido en el texto de David Hume que sirve de corolario, es la prueba manifiesta del fracaso de la búsqueda que se emprendía al comienzo. Si no puedes parece decirnos encontrarle una explicación a ninguna de las dos caras que presenta la vida, cántale al ahora.

Apuntes sobre el suicidio
Simon Critchley (Alpha Decay, 2016)
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Ser el canto (Vicente Gallego)

Ser el cantoEs evidente que toda la literatura en lengua española no es, ni mucho menos, literatura mística; y por obvio, tampoco toda la literatura mística lo es en lengua española, si bien es una de las lenguas en las que se han escrito algunos de sus textos más famosos. De igual modo, si bien la mística supone en su origen el intento de los poetas por expresar su experiencia directa de la divinidad, no siempre esa divinidad es equiparable al dios de ninguna de las grandes religiones monoteístas.

Dicho todo esto, creo que no yerro al afirmar que el poemario del poeta valenciano Vicente Gallego Ser el canto no es ni más ni menos que un bello fruto reciente dentro de la corriente de poesía mística que tan buena fortuna ha tenido en nuestra lengua. Hoy, la expresión del acercamiento a la totalidad no necesita de deidad alguna. En este libro, Gallego canta al encuentro con la naturaleza, con la existencia en sí misma, con todos los seres que la conforman.

El poemario está formado por cincuenta cantos. Poemas de una preciosa factura técnica, de verso medido con cuidado (casi exclusivamente heptasílabos y endecasílabos), que en ningún momento devienen en arte frío ni en anacronismo, desmintiendo la idea muy extendida de que la poesía actual vive de espaldas a la tradición. Su lenguaje, en apariencia sencillo, forma imágenes de una belleza plástica en ocasiones apabullante:

Muy lavando de pájaros, a vueltas
de pétalos y pólenes, el cuerpo
se derramó en la tierra,
fue quebrado en la fe de lo radiante.
(Canto IX)

Al igual que en los poemas de Juan de la Cruz, de Ramon Llull o de Shelomo Ibn Gabirol, Vicente Gallego canta al Amor, no al amor concreto, minimizado a un solo ser, sino al hecho mismo de amar:

Es todo tan sencillo, es lo de siempre:
entra el amor en uno y siente uno
que lo hace como Pedro por su casa,
(Canto XLIX)

Canta igualmente a la belleza, a la evidencia de que la naturaleza carece de plazos y de que solamente el presente es real:

Canto lo irremediable,
lo que se hace presente en el presente,
canto el olvido y canto
del olvido el olvido; de la muerte
la grandísima muerte.
(Canto XLVI)

Antonio Moreno, dedicatario del libro y autor del texto de la contraportada, duda que estos poemas sean en realidad poesía mística («¿Poesía mística? Solamente poesía. Vibrante, honesta, sabia poesía»). En realidad, es cierto. Poco importa si en los versos de Ser el canto tiembla la necesidad de expresar aquello para lo que, según Gerardo Diego, el lenguaje es insuficiente. No desdiría nada si así fuera de la enorme calidad de estos poemas, de la belleza con la que su autor los cincela.

Ser el canto
Vicente Gallego (Visor, 2016)
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Eres hermosa (Chuck Palahniuk)

eres-hermosa-chuck-palahniuk-trabalibrosPenny ya no era virgen el día en que había conocido a Maxwell. Había tenido relaciones con unos cuantos chicos en la universidad. Pero siempre de uno en uno. Y sólo chicos. ¡Y nunca por detrás! No era ni una pervertida ni una guarra. (pág. 52)

De este modo nos presenta Palahniuk a Penny Harrigan, la protagonista de su última novela Eres hermosa (Random House, 2016). Una chica de pueblo que, con la intención de labrarse un futuro brillante, se traslada a Nueva York para trabajar en el despacho de abogados más prestigioso de Manhattan. Aunque empieza siendo la joven de los recados y la camarera de los capuccinos, Penny es una licenciada en derecho que aspira a convertirse en una importante y respetada abogada, obteniendo un poder y autoridad que trasciendan los roles de género. Sin embargo, lo que encontrará será una cita para cenar con C. Linus Maxell, CLIMAX, el hombre más rico y famoso del país, gran empresario del sector tecnológico con el cual, de manera fortuita, se cruzará en el despacho en el que trabaja. A partir de esta primera cita, Penny se verá inmersa en una relación con el mejor amante que jamás haya tenido, pues Maxwell está ultimando el lanzamiento al mercado de una línea de «productos de bienestar femenino» de la cual perfecciona detalles con Penny como beneficiaria del placer. Ella pronto descubrirá que la relación está exenta de cualquier tipo de sentimiento por parte de Max y que los juguetes sexuales que llegarán al mercado esconden algo más.

En esta ocasión, Palahniuk vuelve a escoger un tema cuanto menos complicado (como a él le gusta): el sexo o, mejor dicho, la masturbación femenina. Por momentos parece que se deja entrever a aquel autor de AsfixiaMonstruos invisiblesEl club de la lucha, si bien es cierto que tanto el tema como la crítica que a través de él se hace al gran consumo de masas podría haber dado mucho más de sí. En la primera parte del libro, pecando un poco de exceso en cuanto a tecnicismos anatómico-sexuales —aunque lo pueda parecer, esta novela no tiene nada que ver con 50 sombras de Grey (menos mal, si no, ya no sé qué podría haber pasado)—, Palahniuk es el autor mordaz, directo, de frases cortas y siempre crítico que conocimos hace años a través de sus primeros (y mejores) títulos. Es al avanzar en la lectura cuando descubrimos que no, que falta algo. La historia es muy buena, divertida y refleja perfectamente la sociedad en la que vivimos, siempre obsesionados con el consumo y aborregados por la publicidad, que ha adquirido gran relevancia en la vida diaria de todos nosotros. Sin embargo, la narración pasa a ser plana, sosa y simple.

Al finalizar la lectura, el lector se percata de que sí, de que es una novela entretenida, fácil de leer y muy actual en cuanto al asunto tratado, pero también se da cuenta de que no ha empatizado nada con ningún personaje. Es más, no puede imaginarse a ninguno de ellos ya que son personajes vacíos. Chuck los utiliza porque tienen que ser éstos los que hagan de nexo de unión entre los hechos y las acciones, pero cuenta muy poco de su día a día, sus pensamientos o sus personalidades (lo que cuenta lo hace con una narración ramplona y fría), con lo que los convierte en completamente olvidables nada más cerrar el libro. Llega un momento en el lector sólo estará pendiente de (y le interesará/recordará) lo que sucede, sin importar mucho a quién ni por qué.

Algo que siempre me ha gustado de las novelas de Palahniuk han sido sus finales, siempre sorprendentes (para bien o para mal) y con giros inesperados que cambian todo en el último momento, pero esta vez la cosa se le ha ido un poco de las manos y el final es cuanto menos inclasificable: ciencia-ficción, fantasía, o quizá una mezcla de ambas mezclada con una «ida de cabeza» que me ha decepcionado bastante. Estas cosas no le pasaban en sus inicios. Recordemos si no a Brandy Alexander o Tyler Durden.

Con Eres hermosa Palahniuk parece dejar claro que su estilo narrativo ha cambiado para siempre. Sigue siendo ese autor que aprovecha cualquier detalle para criticar a la sociedad americana en general, siempre con un humor ácido y mucha sátira, muy explícito e incisivo, pero ha perdido su toque personal. Así pues, los fans del autor disfrutarán de la novela (¿y les gustará?), pero si no se ha leído nada de él mejor empezar por cualquiera de sus cinco primeros libros.

Eres hermosa
Chuck Palahniuk (Random House, 2016)
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Luciérnaga (Alba Ceres)

LuciérnagaLa pregunta de para qué están los textos críticos cuando existe el poema cobra una especial relevancia ante el verso esencial que cruza Luciérnaga con la solidez del filo del cuchillo. La poesía de Alba Ceres —nos dicen, sabemos— permite entenderse como respuesta a una desafortunada declaración de Susan Sontag acerca de la literatura y el cáner. Sí, se puede escribir sobre la enfermedad que acecha en la laguna de Lerna, pero ese nivel de lectura, por sí solo, no agota los significados que resuenan en un poemario como el que aquí me ocupa.

Luciérnaga se estructura en cuatro partes precedidas por cuatro fundidos fundidos en negro que hacen las veces de pórticos. Sobre el negro, tres poetas japoneses presentan las luciérnagas que guían al lector a lo largo del libro. Las luciérnagas o, más específicamente, acaso el viaje de una única luciérnaga que se enfrenta a la pérdida y al proceso de reconstrucción de un yo mutilado cuya memoria, lejos de ajar, por fin crea. Esto último, que sin duda es un lugar común (aunque intento utilizar «lugar común» en el sentido menos estereotipado de la expresión), gracias al trabajo de artesanía realizado por la autora deja una huella imborrable.

Hay en estos textos un aliento poético que se contrae en el verso —pulido, reducido al mínimo indispensable para llenar el vacío— y se expande como lo hace el dolor en las tres primeras secciones, pero también como el abrazo o la calidez de la música hacia el final del libro, en la cuarta sección. Podría hablarse no tanto de secciones como de movimientos, dada la capacidad expresiva que sostiene el vuelo de esta Luciérnaga, aunque, en cualquier caso, secciones o movimientos son difíciles de acotar. Los dos primeros, precedidos por citas de Issa Kobayashi, también los más duros (necesariamente hostiles con el lector), reflejan el proceso de enfermedad, muerte y consiguiente orfandad. Un duelo que se extiende hasta la forma de concebir el lenguaje, donde la voz poética retorna al origen y se vuelve infancia («mamahija / mamadentro / mamaún a / tiempo / de nutrir») u onomatopeya. En la segunda mitad, encontramos primero, como anticipa Masaoka Shiki, una realidad gélida («no tiembla la voz del cartero»), pero también comienza la fase de asimilación del duelo hasta convivir con él («sin tu / cuerpo / soy ¿tu / caja de / resonancias?»), aunque todavía no exento de culpa. Por ultimo, el libro se cierra con un regreso (lo abre un homérico Taneda Santôka), una luz luciérnaga que llena los espacios «y es / reposo».

Cuando el lector llega a la última página una suerte de clama rompe con la tensión acumulada y podemos al fin comenzar a asumir y comprender, un proceso que gana consistencia con las sucesivas relecturas, como si Alba nos atrajera con este poemario a la evolución de su propio aprendizaje.

Luciérnaga
Alba Ceres (Kriller71-Kokoro, 2017)
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Muerde ese fruto (Aharon Quincoces)

QuincocesEl escritor Aharon Quincoces debutaba en la narrativa el pasado verano de la mano de Tolstoievski, una editorial contestana que apuesta por la honestidad, la transparencia y por encima de todo la literatura sin edulcorantes ni vaselina —entiéndanme, no hablo de amor, hablo del «cuanto más azúcar, más dulce» y de «esto es bueno pero lo que en realidad vende es lo otro» que construye pirámides de libros en las grandes superficies—. Muerde ese fruto, la segunda novela de esta colección, da crédito a estas palabras.

Casi acostumbrados ya a las historias de reencuentros de antiguos alumnos que parecen haberse puesto de moda, no extraña que el encargo que recibe el personaje principal (detonante, por cierto, del argumento) siga por esos derroteros. Andrés, periodista relegado al suplemento de fin de semana de un periódico, animal de costumbres hasta para las derrotas y recién abandonado por su novia, debe reencontrarse con su pandilla de la adolescencia y trazar una línea entre el entonces y el ahora, una especie de revival que inevitablemente ha de conllevar consecuencias nefastas. A su alrededor, un jefe ascendente, parroquianos de bar que comparten su rutina, una puta, algunos yonquis, y un puñado de novias fantasmas completan el elenco.

A medida que pasa las páginas, el lector puede suponer no sólo que la novela es una suerte de distopía, sino que además puede imaginar Ciudad envuelta por una estética ciberpunk en la que la publicidad proyectada en la fachada de los imponentes edificios contrasta con la realidad a ras de suelo. No en vano desfila por ella una nómina de personajes en cierto modo estrafalarios, dependientes en su mayoría del consumo de sustancias psicotrópicas o directamente farmacéuticas y suceden cosas como que un edificio se derrumbe a causa de una reunión clandestina de suicidas. No es el caso, sin embargo. Ciudad es «todas las ciudades en una sola. (…) [U]n desafío narrativo», explica el autor, y es indudablemente cierto. Las miserias no difieren tanto de las que puedan encontrarse en los barrios menos afortunados de Barcelona, Turín o Belfast, sino más bien al contrario. El deseo de aparentar, de vivir de acuerdo con unas exigencias sociales o sencillamente de sentir algo diferente al vacío arrastra al ser humano hasta las peores alcantarillas. Y para comprobar esto no hay que inventar un futuro desolador: hay que abrir las ventanas.

Los numerosos diálogos coloquiales, casi transcritos de la calle, entre los que se cuelan préstamos lingüísticos del inglés o el francés, encuentran su contrapunto en algunas reflexiones profundas y argumentadas con solidez sobre cuestiones como la frivolidad o la manipulación por parte de los medios informativos. La escalada de puestos laborales a base de enchufes o polvos y la hipocresía primermundista de las organizaciones que pretenden salvar (entre muchas comillas) a los habitantes de los países en eso que aquí llamamos «vías de desarrollo» cuentan también con su merecido espacio en Muerde ese fruto. Puede hablarse, pues, de un estilo equilibrado y de un argumento que, cuando llega de verdad a la carne, se desvanece como el humo de los coches en cualquier urbe.

Este sorprendente debut de Quincoces es, por muchos motivos, un atrevimiento por parte de autor y editor. Justo lo que esperábamos de Tolstoievski quienes supimos de su nacimiento a principios de 2016. Queda aguardar a ver si la siguiente novela de este autor, ya en marcha, resuelve algunas de las dudas existenciales que quedan en el aire tras la lectura de su primer título.

Muerde ese fruto
Aharon Quincoces (Tolstoievski, 2016)

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Euforia (Lily King)

Portada de Euforia, de Lily KingJusto ahora hace un año desde que Malpaso publicara en España Euforia, la última novela de la escritora americana Lily King. Aunque es una novela de ficción, detrás de ella se esconden un personaje y una historia reales: la antropóloga Margaret Mead. Y es que fue a raíz de la lectura de la polémica biografía de esta mujer, que revolucionó el mundo de la investigación antropológica, que King decidió que era necesario escribir una novela sobre la vida de esta investigadora y los años que pasó entre tribus en Nueva Guinea. De este modo surge esta apasionante novela que esconde poblados reales, comportamientos, formas de vivir y de relacionarse totalmente ciertas (con sus rituales y tabúes), si bien la autora cambia los nombres de tribus e individuos.

La acción se desarrolla en 1931 en diferentes zonas de Nueva Guinea a lo largo del río Sepik. Los personajes son tres: Bankson, un inglés sensible, equilibrado y seguro de sí mismo y de sus ideas pero que depende económicamente de su madre, a la que no aguanta, para poder continuar con sus estudios; nell Stone, el personaje de la antropóloga basado en Margaret Mead, es una mujer americana decidida, valiente e independiente que ya tiene un libro de éxito en el mercado; y, por último, su marido Fen, un hombre australiano egoísta, posesivo y dependiente de Nell, pues si no fuera por ella y su dinero proveniente de becas y del libro no podría seguir con sus expediciones. Las distintas nacionalidades de todos ellos tienen importancia, pues gracias a ello la autora expone de manera sublime las diferencias de pensamiento y costumbres de unos hombres avanzados pero muy diferentes entre sí.

Le pregunté si creía que podría llegar a comprender realmente otra cultura. (…) Lo que había encontrado más interesante era cómo nos convencemos de que podemos ser objetivos de algún modo, nosotros que llegamos con nuestras propias definiciones personales de amabilidad, fuerza, masculinidad, feminidad, Dios, civilización, lo correcto y lo incorrecto. (pág. 56)

Tras casi dos años estudiando a la tribu de los kiona, Bankson no consigue avanzar en sus estudios y, en un arranque de ira unido a la depresión que padece, intenta suicidarse tirándose al río con los bolsillos llenos de piedras. La suerte quiere que, por casualidades varias, sus dos colegas, Nell y Fen, terminen coincidiendo con él en una fiesta de Nochebuena, lo que aprovechará para convencerles de que se queden y así combatir su soledad. Será a partir de este momento cuando los tres trabajen juntos y se cree un extraño triángulo amoroso y competitivo. La información obtenida de las tribus para los futuros libros y trabajos que puedan aportar conocimiento y dinero es muy valiosa para Fen, que desconfía incluso de su propia mujer, con la que no compartirá nada.

Aunque el lector no posea conocimientos de antropología ni tenga el más mínimo interés hacia ella, sin ser consciente avanza en las páginas y llega ese momento en que no puede parar. La autora consigue centrar la acción en las relaciones personales entre los tres antropólogos y las de éstos con los aborígenes, todo ello sin entrar en tecnicismos ni aburrir con información innecesaria. Por la ubicación en la que se desarrolla la aventura, hubiera sido muy fácil caer en el tema quizá monótono de la naturaleza y las extensas descripciones del clima y de los insectos, pero Lily King consigue de manera sutil dar al lector sólo unas pequeñas dosis de calor, de mosquitos, de sudor y olores para que después sea él el que complete las escenas con su imaginación.

En el fondo desearía pasar mucho más tiempo sin saber el idioma. Sin él, hay mucho más espacio para la observación prudente. (…) Hasta que no dispones del lenguaje no te das cuenta de cuánto interfiere con la comunicación. (…) Cuando llega la comprensión, se pierden muchas otras cosas. Confías en las palabras, y las palabras no siempre son lo más fiable. (pág. 85)

La novela está dividida en treinta y un capítulos, alternando los narrados en primera persona por Bankson, con los que él mismo cuenta en tercera persona hablando del matrimonio. Aproximadamente a mitad del libro empiezan a aparecer capítulos a modo de diario (el de Nell, que llegará a manos de Bankson al cabo de los años), en los que la antropóloga cuenta impresiones y sentimientos que en conversaciones en voz alta no se podrían expresar.

Con todo esto, Lily King consigue crear una novela inquietante por momentos, tensa, con algo de sexo, amor furtivo, pero sobre todo una novela muy interesante. Tengamos en cuenta que desde 1930 en adelante el hombre blanco acudía a estudiar a estas tribus, pero también a forzarlas a trabajar en minas y a obligarlos a ser creyentes de unas costumbres para ellos desconocidas. Lo más importante de todo es que el «hombre blanco moderno» llegaba para estudiar a aquellos «negritos» y para enseñarles cómo debían vivir y desarrollarse cuando realmente el hombre blanco, incluso a día de hoy, no se conoce a sí mismo. ¿Debe el hombre blanco enseñar algo a los aborígenes o más bien debería aprender de ellos?

Quizá toda la ciencia no sea más que la investigación de uno mismo. (pág. 89)

Euoforia
Lily King (Malpaso, 2016)

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Desnuda luz de la melancolía (Ramón Bascuñana)

desnuda luz melancolía ramón bascuñanaQue Ramón Bascuñana (Alicante, 1963) se encuentra en posesión de un voz poética firme y consolidada es algo que no se escapa fácilmente a cuantos seguimos el curso de su obra, extensa y extendida en el tiempo. Lo que quizá pudiera entenderse como un defecto, no lo es en absoluto en este caso ya que regresar a un texto de Bascuñana es como volver a una playa conocida, en la que sabes que el disfrute está garantizado.

Ramón tiene oficio, pero sus poemas no son en absoluto predecibles ni artificiosos. Tiene oficio porque conoce los resortes de su labor y los emplea con habilidad. En su último libro publicado hasta el momento, Desnuda luz de la melancolía, ese oficio es casi el de un orfebre cuando consigue pulir las facetas de los temas que le obsesionan: el paso del tiempo, el vislumbre de la muerte, la decepción ante la realidad.

En el presente poemario, galardonado con el XXI Premio Internacional de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, Ramón Bascuñana labra cada uno de los poemas, consiguiendo que suenen a nuevo las cosas de las que ya nos ha hablado antes:

Este mismo poema puede que lo haya escrito
con alguna variante en un pasado incierto.
La vida y la escritura solo tienen sentido
si encontramos la forma de ver lo que es igual
de un modo diferente. […]

Una característica que vertebra el conjunto de poemas de Desnuda luz de la melancolía es la del ritmo. En todos ellos, Bascuñana hace un sabio uso de los metros clásicos, principalmente endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos (como en el ejemplo expuesto más arriba). Se atreve incluso con estrofas de otras latitudes, aunque muy bien adaptadas a la poesía en español, como el haiku, del que un ejemplo es el poema «Bajo el sol de septiembre». Los poemas de este libro son textos para ser leídos en voz alta, que es como entiende la poesía este autor. No en vano, es uno de los seleccionados para formar parte de Minoría Virgiliana II, entrega número 6 de la revista La Galla Ciencia.

Pero si hay algo, en mi opinión, que singulariza este libro frente a otros suyos anteriores, es la presencia del humor. No un humor irónico o dolido, sino que los poemas despiertan una sonrisa por la actitud que afronta su autor cuando habla de cosas que quizá en otros momentos hubieran sido más amargos:

Amo las cosas breves, todas las cosas breves:
[…]
Quizá por eso amo,
con desesperación, tercamente, la vida.

Por otro lado, aparece en Desnuda luz de la melancolía un tema recurrente en la poesía última de Bascuñana, la reflexión sobre el hecho de la escritura poética. Para él, escribir poesía es un acto doloroso, aunque necesario. Doloroso por la materia de la que se nutre

¿Qué obtuve de la vida?
Puede que la materia
—el dolor y el esfuerzo—
con los que ahora escribo
este frágil poema.

pero doloroso también por el mismo hecho físico del acto de escribir; «¡Cuánto dolor para parir un verso!», dice al concluir el poema «Rendición».

Resulta complicado hacer una crítica de un libro que habla de cosas sobre las que se ha hablado en persona con su autor. No obstante, una cosa son la ideas, y otra bien distinta su plasmación en el poema. Y Ramón Bascuñana ha logrado, de nuevo, plasmar en su poesía todas esas ideas que le rondan, que me consta que le rondan. Todo aquello que, confesado entre cervezas y alguna copa de vino, constituye buena parte del fondo de sus pensamientos. Conocer, sea superficialmente, el alma de una persona no supone un obstáculo para disfrutar de sus criaturas. Más bien al contrario, ayuda a saber apreciarlas quizá un poco mejor.

Desnuda luz de la melancolía
Ramón Bascuñana (Ayto. de Las Palmas de Gran Canaria, 2016)
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Oculto sendero (Elena Fortún)

Oculto sendero de Elena FortúnLa editorial Renacimiento comenzó a reeditar en 2015 la colección de libros juveniles que condujo a Encarnación Aragoneses de Urquijo a la fama bajo el pseudónimo de Elena Fortún. Celia, la niña que cautivó a todos los chiquillos españoles que sabían leer con sus limpias reflexiones, se cuestionaba las acciones y los principios de un mundo de adultos que no acababa de comprender. Protagonizó una serie en TVE con guión de Carmen Martín Gaite e incluso llegó a vivir la Guerra Civil española (Celia y la revolución, 1987), aunque esta aventura se publicase 35 años después de ser escrita. Pero Elena Fortún no escribió sólo para niños. La editorial sevillana recuperó a finales del pasado año una obra hasta el momento inédita que arroja luz sobre esta autora.

A cargo de la edición de Oculto sendero se encuentran Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga, quienes ya se encargaron en su momento de trabajar en la publicación de El camino es nuestro (Fundación Banco Santander, 2015), antología que recoge artículos y correspondencia entre Elena Fortún y la grafóloga Matilde Ras. Capdevila introduce la novela con un prólogo de unas sesenta páginas, jugoso y equilibrado, asequible para el lector medio pero coherentemente sustancial para quien esté algo más puesto tanto en Encarnación Aragoneses como en cuestiones de género (la investigadora es Catedrática asociada de estudios Hispánicos y Estudios de Género en la Universidad de Exer).

Entrados ya en materia, Oculto sendero muestra una narradora cándida como, eso es cierto, pudiera serlo Celia. María Luisa Arroyo, alter ego de la escritora, comienza su historia en la tierna infancia, esa edad en la que nacen todas las preguntas de verdad importantes y se desarrolla hasta su madurez. Por el camino, la inocencia de esta niña —que gusta de vestir trajes de marinerito y no de acunar muñecas o bordar flores— se ve manchada, sin embargo y sin remedio, por un sentimiento de culpa que la asfixiará durante décadas. ¿Por qué se casan las mujeres que la rodean? ¿Por qué admiten que la violencia del apetito masculino invada sus lechos sin quejarse? ¿Ha de hacerlo ella, que lo único que quiere es pintar y, si acaso, contemplar durante un instante los labios carnosos de una mujer que fuma? En efecto, la angustia se apodera de ella en tanto en cuanto lo hacen los «deberes de una mujer». Contrae un matrimonio que ha de liberarla pero queda muy lejos de hacerlo; sus amistades son censuradas por su marido, así como su talento para la pintura, y llega a consultar a un médico por su «dolencia».

María Luisa, como le ocurriera a Elena Fortún, encuentra a lo largo de su vida a muchas mujeres que intentan hacerla ver que poco hay de «desequilibrio de su naturaleza», pero necesita mucho tiempo, quizás demasiado, para que alguien rompa su silencio por ella. «¡Y tú callando! ¿Por qué y en nombre de qué? Perdiendo una vida que pudo ser fecunda para el arte, y haciendo de mujercita casera… ¡Me irritas! En el fondo de todo eso solo hay cobardía, falta de dignidad, rutina… miedo a la vida…».

Puede que el lector actual termine Oculto sendero y no acabe de entender a qué tanto escándalo por una novela que nunca llega a desprenderse del todo del carácter naif de la protagonista. Si esto sucede, deberá recordar que ya —y digo «ya» pero debería decir «ya casi»— no escandaliza precisamente gracias a mujeres como Encarna Aragoneses que, en palabras de Nuria Capdevila, «requirió tratar en su escritura inédita e íntima[:] nociones tradicionales y modernas sobre identidad sexual, haciendo patente la desgarradora contradicción de su propia escondida existencia de mujer en lucha». Extiéndase el justo agradecimiento a las editoras de este volumen, así como a Renacimiento.

Oculto sendero
Elena Fortún (Renacimiento, 2016)
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El espíritu de la ciencia ficción (Roberto Bolaño)

Portada de El espíritu de la ciencia ficción de Roberto BolañoA propósito de la reciente novedad de Alfaguara me viene a la cabeza la reflexión en torno a la calumnia que Ramón Andrés realiza en Pensar y no caer. Dice el filósofo que es un mal insoslayable y que no sabemos desenvolvernos sin ella. Esta reseña pretende, sin falsear la realidad (aunque también Andrés nos advierte de que «nadie más engañoso y solapado que quien apela a la sinceridad para persuadirnos»), alejarse de la calumnia gratuita a un mercado editorial cuyos medios publicitarios, lejos de ser un despliegue de elegancia al estilo de la Madison Avenue, más que convencer asquean.

Como dije recientemente, resulta casi imposible hablar hoy de Roberto Bolaño sin sentir cierto pudor ante lo que parece ser un acto de oportunismo desmedido. La prensa nos ha venido dando nuestra dosis quincenal de amarillismo para intelectuales y ha convertido la figura del escritor chileno en trending topic por razones extraliterarias. No viene mal, en este mar de sargazos, ver qué hay de literario.

El espíritu de la ciencia ficción es una novela que, según la cronología que puso a nuestra disposición el catálogo de la exposición Archivo Bolaño (1977-2003), su autor escribió en 1984 y dejó en el cajón del olvido hasta que el reciente cambio de manos del legado bolañiano ha sacado a la luz. Me parece recordar que Bolaño la menciona en alguno de los artículos de Entre paréntesis y que Rodrigo Fresán hace mención a ella en alguna ocasión, pero, grosso modo, estos son los hechos.

El argumento es más o menos el de siempre: una novela con letraheridos como protagonistas, donde se prefigura algún personaje de sus grandes novelas, como las hermanas Font o Remo Morán, uno de sus primeros heterónimos; o, en determinados capítulos, el ritmo del lenguaje que parece ser el culpable de la adicción a Bolaño. Nada que sus lectores no hubiéramos descubierto en obras anteriores y nada que un neófito no pueda ver mejor en ellas. Sí puede resultar novedoso el intercalado de episodios epistolares o el ámbito en el que circulan algunos de sus intertextos, aunque no sean, ni mucho menos, elementos centrales.

Que una editorial decida publicar una obra menor que su autor había decidido deliberadamente dejar en la sombra no es algo que a estas alturas me sorprenda ni me importe. Sí lo hacen, sin embargo, los galones con los que se ha visto envuelta. El espíritu de la ciencia ficción es una novela cuyo valor difícilmente puede apreciar alguien que, salvo que sea un incondicional, se encuentre fuera del mundo académico. Veo claro por qué debería interesarle a alguien que esté estudiando a Bolaño, para quien pueda ser relevante los diferentes estadios por los que un autor hace pasar elementos que se repiten, de forma transversal, en una obra; pero no al lector medio de Alfaguara. Y no porque sea Alfaguara o porque el lector medio sea imbécil, sino porque semejante nivel de profundización para encontrarle interés a una obra literaria sólo tiene sentido en un ámbito muy específico o como herramienta de generar expectación para que luego el público se trague lo que, aunque de verdad funcione, ya estaba en el mercado editorial hace más de una década.

El espíritu de la ciencia ficción
Roberto Bolaño (Alfaguara, 2016)
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