Una trilogía inagotable (#puertadeHerakles 2.2)

La pasada edición del taller de lectura fue bautizada como «puerta de Herakles» por la sabia intuición de un compañero. Aunque tuvo muchas sesiones memorables, destaca en nuestro imaginario la unanimidad al declarar El quinto en discordia una obra magistral. Aquella novela estaba elegida dentro de un ciclo en el que buceamos por diferentes de las propuestas canónicas de Harold Bloom. Era la obertura de la segunda trilogía de Robertson Davies, que tiene como escenario la ficticia ciudad de Deptford, trasunto literario de Thamesville, de donde es oriundo nuestro autor.

Si bien es en la primera trilogía del canadiense donde lo teatral sobresale como leitmotiv, Esperanza puso de manifiesto que aquí también se deja ver. No en vano es sobre las tablas donde Robertson Davies comenzó su andadura literaria. Casi como una lluvia de ideas en la primera media hora de la sesión fueron apareciendo los temas principales de toda la trilogía, como la concepción mágica del mundo o la incapacidad de escalada social de las clases bajas. Permeando todos ellos, pero sobre todo este último, apareció la educación. En este sentido, Óscar apuntó que era igual de repugnante el orgullo de los ricos que la mezquindad sus contrarios. El tema quedó zanjado con palabras de Davies: «[l]la educación es un gran escudo que nos protege de la experiencia».

Hubo tiempo para transitar por los volúmenes que conforman la trilogía. En Mantícora sobresale la desconfianza en la psicología. Sin embargo, como expuso Ramón, su teoría de los arquetipos es la premisa sobre la que se construye la ideología. También Óscar sugirió que El mundo de los prodigios era la síntesis de los tres. La prueba de fuego es ver cómo refuta los postulados de Boy Staunton. Para Manuel, el acierto era la creación de personajes, aunque Paco nos diría que, hacia el final, se perdía profundidad en su desarrollo.

Tras un primer repaso, volvieron a resurgir otros elementos que en un comentario superficial se nos habían pasado por alto. La reivindicación de lo monstruoso, así como la amalgama de elementos religiosos y morales, son una constante. Del mismo modo, sin llegar a contradecirse, lo es la profundidad del acercamiento a lo femenino en los libros. Sobre todos ellos Manuel supo verlo en la figura de la piedra prevalece el simbolismo.

Al igual que sucedió en la lectura de El quinto en discordia, nos fuimos con la certeza de que repetiremos a Robertson Davies el próximo año. Mientras esperamos, quedamos emplazados al próximo 26 de noviembre. Otra canadiense, en este caso Margaret Atwood, protagonizará nuestra mañana de tertulia literaria.

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